Publicado en Aguafuerte el 31 de Julio, 2008, 12:48
por Saty
“Romina X, de 21 años, fue sepultada ayer en un cementerio privado, entre muestras de profundo dolor de sus familiares, amigos y allegados”.
La noticia… una de tantas que aparecen en los diarios.
Romina es anónima, como así también lo son, todas las mujeres que han muerto en la búsqueda de la perfección de sus cuerpos.
La muerte absurda de esta chica, que entró a la sala de operaciones para afinar su cintura y modelar sus glúteos y no se despertó más, nos obliga como sociedad, a replantearnos valores.
Desde la televisión, las propagandas gráficas y los comerciales, nos atosigan de programas, dietas y un sin fin de recursos para vernos más bellas y elegantes, de acuerdo a la imagen, que hoy, como féminas que somos, debemos dar.
Muy lejos está la sensación de placer que nos provocaba comer un chocolate. Hoy, hacerlo, nos sumerge en las profundidades recónditas de la culpa.
A la hora de hacer las compras, nos tiramos de cabeza en las góndolas de los productos de bajas calorías, buscando la solución mágica a nuestro problema de peso.
Porque en realidad, como somos humanas, no podemos dejar de comer.
Nos subimos diariamente a la balanza, con la esperanza de haber adelgazado esos kilos que molestan, más que a nosotras mismas, a la sociedad que parece enarbolar como ejemplo de perfección a la delgadez. Y si no lo logramos ingiriendo productos diet, corremos al gimnasio para someternos a intensas jornadas de aeróbicos, muchas veces sin tener conciencia de si es lo correcto para nuestro cuerpo.
Todo por estar más flacas.
Porque la mujer del siglo 21, debe ser perfecta, aunque para ello deba desafiar el paso del tiempo y contrarrestar su propio metabolismo. No importan los medios, hay que afinar cintura, levantar el culo, quitar arrugas, suplementar tetas.
Atrás quedaron los tiempos de las abuelitas de cabello cano, que nos contaban cuentos sentadas en la mecedora. Hoy esa imagen no existe. Podrá sobrevivir alguna, perdida en un geriátrico, pero por poco tiempo.
Hasta se nos ha vetado la posibilidad de envejecer.
¿A qué extremo hemos llegado como sociedad, para castigar duramente lo que es consecuencia lógica de nuestros genes y del paso del tiempo?
No dudemos que estamos desafiando a los dioses. No nos asombremos cuando el cielo se torne rojo y aparezca Artemisa llena de ira a destruir la humanidad y rehacer un nuevo mundo. Como le dijo Apolo a Seiya, “eso es algo que los humanos jamás entenderán”.
Los burócratas nadan en un mar de aburrimiento tempestuoso.
Desde el horror de sus bostezos son los primeros asesinos de la ternura terminan por enfermarse del hígado y mueren aferrados a los teléfonos con los ojos amarillos fijos en el reloj.
Los burócratas tienen linda letra y se compran corbatas sufren síncopes al comprobar que sus hijas se masturban deben al sastre acaparan los bares leen el Reader Digest y los poemas de amor de Neruda asisten a la ópera italiana se persignan firman los pliegos nítidos del anticomunismo los hunde el adulterio se suicidan sin arrogancia tienen fe en el deporte se avergüenzan se avergüenzan a mares de que su padre sea un carpintero
Dios sabe que siempre he querido ser un hombre. Pero a mi progenitor le importaba más que fuera ingeniero y, más aún, que lo fuera con título. Recibido. Sé un ingeniero recibido y serás hombrepor añadidura. Pero yo no quería ser un hombre por añadidura. Yo quería, primordialmente, ser un hombre. Recíbete de ingeniero y serás un hombre. ¿Qué importa que lo seas primordialmente o por añadidura? Entonces, ¿Cómo se lo hacía entender? Recíbete de ingeniero y paréceteme. Y en el parécerteme serás distinto, hijo. ¿Cómo hacértelo entender? Parecido que no es lo mismo/ lo mismo pero parecido. Hijo, tú admiras al Fogonero. Pero existen en la Creación otros tres elementos tanto o más poderosos que el Fuego. Y el Fogonero no lo sabe, hijo. Porque no es ingeniero. El Fuego no da título. Con el fuego no basta. ¿Y el Aire? ¿El Agua? ¿Y la tierra? Pero a mí me bastaba. Pero ¿cómo se lo hacía entender? Entre un progenitor y su progenitado; entre un progenitado y su progenitor, los pero se multiplican y no es cuestión, por tanto, de seguir y seguir hablando al pero. Peri quizás habría que decirlo desde un principio: hay, al menos, dos clases de parodia, amigo taxista. La parodia burlesca que ríe del Modelo y la que lo emula en "serio". (Así, entre comillas, escucho más la risilla). De acuerdo, de acuerdo. En fin, cantos contrastantes por un lado y cantos paralelos por el otro. Y de este tipo de relaciones está hecho todo el sistema de la literatura. Disrupción pero también-y mucho- emulación. Intentos de hacer tabla rasa con el Modelo e intentos de descubrir nuevas posibilidades para el Modelo. Y lo demás es copia, imitación. Ahora, digamos, desde un costado teológico, la parodia sería la expresión más patente del odio de Dios al par, razón por la cual es tan difícil constituir una pareja como Dios manda: porque Dios odia al par. Y porque Dios no lo manda así, por otra parte. La gente del Agro lo sabe y por eso se aparejean de a tres: el hombre, la mujer y la oveja. Dios es una Trinidad de la que Tres son parte. Tres personas que son lo mismo: el Impar y Supremo Riente. De acuerdo, de acuerdo, ingeniero. Pero ¿Cómo entenderlo? Pero no hay que entenderlo; solo gozarlo hay que. Y en este "hay que" está todo el goce. Y todo el misterio del goce que, para el caso específico de la parodia, no es otro que el de parodiar. Sí, no podría ser otro. Estas son, por asídecírselo, las creencias básicas de mi Secta; la Secta del Dios Riente y Tino. Yo era un progenitado enclenque y melancólico. Sin fuerzas para practicar una u otra clase de parodia. Aunque más inclinado a la primera que a la segunda. Pero me recibí nadeando en la corriente emulativa para no tener que escucharlo más a mi progenitor sin entenderlo. ¡Emúlame! ¡Súbete al Árbol de la progenie! ¡Un hombre no es hombre ni lo será jamás si no se recibe de ingeniero: y en nuestro Árbol encontrarás un ingeniero recibido- con su correspondiente título- en cada rama! ¡Toda una progenie! Y subí, empecé a hacerlo. Intentando llegar, intentando llegar, intentándolo al menos, para no tener que escuchar más sus. Creo que lo hice por eso. Despajero y melancólico.
Leónidas Lamborghini
La Experiencia de la Vida,p. 9-10 ,Santiago Arcos Editor
Conocí a Evita en un hotel del bajo, ¡hace ya tantos años! Yo vivía, bueno, vivía, estaba con un marinero negro que me había levantado yirando por el puerto. Esa noche, recuerdo, era verano, febrero quizás, hacía mucho calor. Yo trabajaba en un bar nocturno, atendiendo la caja hasta las tres de la mañana. Pero esa noche justo me peleé, con la Lelé, ay la Lelé, una marica envidiosa que me quería sacar todos los tipos. Estábamos agarrándonos de las mechas detrás del mostrador y justo apareció el patrón: "Tres días de suspensión, por bochinchera" Qué me importaba, rapidito me volví para la pieza, abro… y me la encuentro a ella, con el negro. Claro, en el primer momento me indigné, además ya venía engranada de pelearme con la otra y casi me le tiro encima sin mirarla siquiera, pero el negro –dulcísimo- me dirigió una mirada toda sensual y me dijo algo así como: "Veníte que para vos también alcanza". Bueno, en realidad, no mentía, con el regreso era yo la que abandonaba por cansancio, pero en el primer momento, qué sé yo, los celos, el hogar, la cosa que le dije: "Bueno, está bien, pero ésta ¿quién es?". El negro se mordió un labio porque vio que yo había entrado en la sofocación, y a mí, en esa época, cuando me venía una rabieta era terrible –ahora no tanto, estoy, no sé, más armonioso-. Pero en ese tiempo era lo que podía decirse una marica mala, de temer. Ella me contestó, mirándome a los ojos (hasta ese momento tenía la cabeza metida entre las piernas del morocho y, claro, estaba en la penumbra, muy bien no lo había visto): "¿Cómo? ¿No me conocés? Soy Evita". "¿Evita?" –dije, yo no lo podía creer-. "¿Evita, vos?" –y le prendí la lámpara en la cara. Y era ella nomás, inconfundible, con esa piel brillosa, brillosa, y las manchitas del cáncer por abajo, que –la verdad- no le quedaban nada mal. Yo me quedé como muda, pero claro, no era cosa de aparecer como una bruta que se desconcierta ante cualquier visita inesperada. "Evita, querida" –ay, pensaba yo- "¿no querés un poco de cointreau?" (porque yo sabía que a ella le encantaba las bebidas finas). "No te molestes, querida, ahora tenemos otras cosas que hacer, ¿no te parece?" "Ay, pero esperá", le dije yo, "contame de dónde se conocen, por lo menos". "De hace mucho, preciosa, de hace mucho, casi como del África" (después Jimmy me contó que se habían conocido hacía una hora, pero son matices que no hacen a la personalidad de ella. ¡Era tan hermosa!) "¿Querés que te cuente cómo fue?" Yo ansiosa, total igual tenía el encame asegurado: "Sí, sí, ay Evita, ¿no querés un cigarrillo?", pero me quedé con las ganas para siempre de enterarme de esa mentira (o me habrá mentido el negro, nunca lo supe) porque Jimmy se pudrió de tanta charla y dijo: "Bueno, basta", le agarró la cabeza –ese rodete todo deshecho que tenía- y se la puso entre las piernas. La verdad es que no sé si me acuerdo más de ella o de él, bueno, yo soy tan puta, pero de él no voy a hablar hoy, lo único que el negro ese día estaba tan gozoso que me hizo gritar como una puerca, me llenó de chupones, en fin. Después al otro día ella se quedó a desayunar y mientras Jimmy salió a comprar facturas, ella me dijo que era muy feliz, y si no quería acompañarla al Cielo, que estaba lleno de negros y rubios y muchachos así. Yo mucho no se lo creí, porque si fuera cierto, para qué ibaavenir a buscarlo nada menos que a la calle Reconquista, no les parece…pero no le dije nada, para qué; le dije que no, que por el momento estaba bien, así, con Jimmy (hoy hubiera dicho "agitar la experiencia", pero en esa época no se usaba), y que, cualquier cosa, me llamara por teléfono, porque con los marineros, viste, nunca se sabe. Con los generales tampoco, me acuerdo que dijo ella, y estaba un poco triste. Después tomamos la leche y se fue. De recuerdo me dejó un pañuelito, que guardé algunos años: estaba bordado en hilo de oro, pero después alguien, no supe nunca quién, se lo llevó (han pasado tantos, tantos). El pañuelito decía Evita y tenía dibujado un barco. ¿El recuerdo más vivo? Bueno, ella, tenía las uñas largas muy pintadas de verde –que en ese tiempo era un color muy raro para uñas- y se las cortó, se las cortó para que el pedazo inmenso que tenía el marinero me entrara más y más, y ella entretanto le mordía las tetillas y gozaba, así de esa manera era como más gozaba.
***
Estábamos en la casa donde nos juntábamos para quemar, y el tipo que traía la droga ese día se apareció con una mujer de unos 38 años, rubia, un poco con aires de estar muy reventada, recargada de maquillaje, con rodete… Yo le veía cara conocida y supongo que los otros también, pero era un poco bobo, andaba con Jaime que se estaba picando con Instilasa y yo le tenía la goma, se lo comenté en voz baja y él me dijo algo así como: "cortála loco sabés que sí". Con los ojos en blanco, parecía hacerlo de modo impersonal. Nos sentamos todos en el piso y ella empezó a sacar joints y joints, el flaco de la droga le metía la mano por las tetas y ella se retorcía como una víbora. Después quiso que la picaran en el cuello, los dos se revolcaban por el piso y los demás mirábamos. Jaime apenas me daba un beso largo, muy suave, para eso sí que era genial, porque dos pendejos repálidos se rayaron totalmente entre lo gay y la vieja y se fueron. Pero estaban los blues en la puerta y a los cinco minutos se aparecieron todos con el subcomisario inclusive, chau loco, acá perdimos, menos mal que no había ningún menor porque Jaime había cumplido los 18 la semana pasada, pero igual loco, le habíamos pedido el rouge a Evita y estábamos casi todos pintados como puertas tipo Alice Cooper. Los azules entraron muy decididos, el comi adelante y los agentes atrás, el flaco que andaba con un bolsón lleno de pot le dijo: "Un momento, sargento" pero el cana le dio un empujón brutal, entonces ella, que era la única mujer, se acomodó el bretel de la solera y se alzó: "Pero pedazo de animal, ¿cómo vas a llevar presa a Evita?" El ofiche pálido, los dos agentes sacaron las pistolas, pero el comi les hizo un gesto que se volvieron a la puerta y se quedaron en el molde. "No, que oigan, que oigan todos –dijo la yegua-, ahora me querés meter en cana cuando hace 22 años, sí, o 23, yo misma te llevé la bicicleta a tu casa para el pibe, y vos eras un pobre conscripto de la cana, pelotudo, y si no me querés creer, si te querés hacer el que no te acordás, yo sé lo que son las pruebas". (Chau, fue un delirio increíble, le rasgó la camisa al cana a la altura del hombro y le descubrió una verruga roja gorda como una frutilla y se la empezó a chupar, el taquero se revolvía como una puta, y los otros dos que estaban en la puerta fichando primero se cagaban de risa, pero después se empezaron a llenar de pavor porque se dieron cuenta de que sí, que la mina era Evita). Yo aproveché a chuparle la pija a Jaime delante de los canas que no sabían qué hacer, ni dónde meterse: de pronto el flaco del trafic entró en el circo y se puso a gritar: "Compañeros, compañeros, quieren llevar presa a Evita" por el pasillo. La gente de las otras piezas empezó a asomarse para verla, y una vieja salió gritando: "Evita, Evita vino desde el cielo". La cosa es que los canas se las tomaron, largaron a los dos pendejos que encima se hacían muy los chetos, y ella se fue caminando muy tranquila con el flaco, diciéndole a la gente que estaba en el patio primero y después en la puerta: "Grasitas, grasitas míos, Evita lo vigila todo, Evita va a volver por este barrio y por todos los barrios para que no les hagan nada a sus descamisados". Chau loco, hasta los viejos lloraban, algunos se le querían acercar, pero ella les decía: "Ahora debo irme, debo volver al cielo" decía Evita. Nosotros nos quedamos quemando un poco más y ya nos íbamos, entonces algunas tipas nos hicieron pasar a las habitaciones para que les contáramos –las mismas que hasta hacía una hora nos habían hecho una guerra que no podía ser-. Jaime y yo les hicimos toda una historieta: ella decía que había que drogarse porque se era muy infeliz, y chau, loco, si te quedabas down era imbancable. Claro, la gente no nos entendía, pero como no estábamos haciendo laburo de base sino sólo public relations para tener un lugar no pálido donde tripear, no nos importaba. Estábamos relocos y las viejas déle coparse con el llanto, nosotros les pedimos que ese bajón de anfeta lo cortaran, sí, total, Evita iba a volver: había ido a hacer un rescate y ya venía, ella quería repartirle un lote de marihuana a cada pobre para que todos los humildes andaran superbien, y nadie se comiera una pálida más, loco, ni un bife.
Es preciso que nos entendamos. Yo hablo de algo seguro y de algo posible. Seguro es que todos coman y vivan dignamente y es posible saber algún día muchas cosas que hoy ignoramos. Entonces, es necesario que esto cambie.
El carpintero ha hecho esta mesa verdaderamente perfecta donde se inclina la niña dorada y el celeste padre rezonga. Un ebanista, un albañil, un herrero, un zapatero, también saben lo suyo.
El minero baja a la mina, al fondo de la estrella muerta. El campesino siembra y siega la estrella ya resucitada. Todo sería maravilloso si cada cual viviera dignamente.
Un poema no es una mesa, ni un pan, ni un muro, ni una silla, ni una bota.
Con una mesa, con un pan, con un muro, con una silla, con una bota, no se puede cambiar el mundo.
Con una carabina, con un libro, eso es posible.
¿Comprendéis por qué el poeta y el soldado pueden ser una misma cosa?
He marchado detrás de los obreros lúcidos y no me arrepiento. Ellos saben lo que quieren y yo quiero lo que ellos quieren: la libertad, bien entendida.
El poeta es siempre poeta pero es bueno que al fin comprenda de una manera alegre y terrible cuánto mejor sería para todos que esto cambiara.
Yo los seguí y ellos me siguieron. ¡Ahí está la cosa!
Cuando haya que lanzar la pólvora el hombre lanzará la pólvora. Cuando haya que lanzar el libro el hombre lanzará el libro. De la unión de la pólvora y el libro puede brotar la rosa más pura.
Digo al pequeño cura y al ateo de rebotica y al ensayista, al neutral, al solemne y al frívolo, al notario y a la corista, al buen enterrador, al silencioso vecino del tercero, a mi amiga que toca el acordeón: -Mirad la mosca aplastada bajo la campana de vidrio.
No quiero ser la mosca aplastada. Tampoco tengo nada que ver con el mono. No quiero ser abeja. No quiero ser únicamente cigarra. Tampoco tengo nada que ver con el mono. Yo soy un hombre o quiero ser un verdadero hombre y no quiero ser, jamás, una mosca aplastada bajo la campana de vidrio.
Ni colmena, ni hormiguero, no comparéis a los hombres nada más que con los hombres.
Dadle al hombre todo lo que necesite. Las pesas para pesar, las medidas para medir, el pan ganado altivamente, la flor del aire, el dolor auténtico, la alegría sin una mancha.
Tengo derecho al vino, al aceite, al Museo, a la Enciclopedia Británica, a un lugar en el ómnibus, a un parque abandonado, a un muelle, a una azucena, a salir, a quedarme, a bailar sobre la piel del Último Hombre Antiguo, con mi esqueleto nuevo, cubierto con piel nueva de hombre flamante.
No puedo cruzarme de brazos e interrogar ahora al vacío. Me rodean la indignidad y el desprecio; me amenazan la cárcel y el hambre. ¡No me dejaré sobornar!
No. No se puede ser libre enteramente ni estrictamente digno ahora cuando el chacal está a la puerta esperando que nuestra carne caiga, podrida.
Subiré al cielo, le pondré gatillo a la luna y desde arriba fusilaré al mundo, suavemente, para que esto cambie de una vez.
A los 8 años y con leucemia, se "casó" con su novia del colegio
PURO AMOR. La "ceremonia" no tuvo nada que envidiarle a una de verdad, tuvo hasta un vicario que les dio un certificado.
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Reece Fleming tenía 4 años cuando le detectaron la enfermedad. En 2008 su salud empeoró y los médicos le dijeron que le quedaba poco tiempo de vida. Les pidió a sus padres cumplir un último sueño: "casarse" con Elleanor Purgslove, la nena que más quería. Hubo fiesta, vestido, torta y anillos. Al día siguiente falleció.
Un niño brasileño de 11 años salvó su propia vida al morder a un perro de la raza pitbull que lo atacó y que ya tenía encajado sus colmillos en un brazo del menor. Le tuvieron que dar cuatro puntos en el brazo por el mordisco del perro. "Lo agarré por el cuelo y lo mordí", dijo el chico, que en la pelea terminó perdiendo un diente y que tuvo que ser llevado a un centro médico en donde le cosieron la herida en el brazo. "Los dos estaban prácticamente en una lucha corporal. Cuando los vimos, saltamos el muro para intentar ayudarlo. Conseguimos separarlos con dificultades", relató un obrero que trabajaba en obras en una casa vecina. (Télam) - La Capital 24 de Julio 2008