"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




30 de Junio, 2008


S Ü S K I N D

Publicado en De Otros. el 30 de Junio, 2008, 14:25 por MScalona



Foto de Max Sauco


 

 

 

El Perfume

 

 

 

No había nadie en la calle. Las casas estaban vacías y silenciosas. Todos se habían ido al río a ver los fuegos artificiales. No estorbaba ningún penetrante olor humano, ningún potente tufo de pólvora. La calle olía a la mezcla habitual de agua, excrementos, ratas y verduras en descomposición, pero por encima de todo ello flotaba, clara y sutil, la estela que guiaba a Grenouille. A los pocos pasos desapareció tras los altos edificios la escasa luz nocturna del cielo y Grenouille siguió caminando en la oscuridad. No necesitaba ver; la fragancia lo guiaba sin posibilidad de error.

A los cincuenta metros dobló a la derecha la esquina de la Rue des Marais, una callejuela todavía más tenebrosa cuya anchura podía medirse con los brazos abiertos. Extrañamente, la fragancia no se intensificó, sólo adquirió más pureza y, a causa de esta pureza cada vez mayor, ganó una fuerza de atracción aun más poderosa. Grenouille avanzaba como un autómata. En un punto determinado la fragancia lo guió bruscamente hacia la derecha, al parecer contra la pared de una casa. Se topó con un umbral bajo que conducía al patio interior. Como en un sueño, Grenouille cruzó el umbral, dobló un recodo y salió a un segundo patio interior, de menor tamaño que el otro, donde por fin vio arder una luz: el cuadrilátero apenas medía unos pasos. De la pared sobresalía un tejado de madera inclinado y debajo de él, sobre una mesa, titilaba una vela. Una muchacha se hallaba sentada ante la mesa, limpiando ciruelas amarillas. Las sacaba de una cesta que tenía a su izquierda, las despezonaba y deshuesaba con un cuchillo y las dejaba caer en un balde. Debía tener trece o catorce años. Grenouille se detuvo. Supo inmediatamente de dónde procedía la fragancia que había seguido durante más de media milla desde la otra margen del río: no de ese patio sucio ni de las ciruelas amarillas. Procedía de la muchacha.

Por un momento se sintió tan confuso que creyó realmente no haber visto nunca en su vida nada tan bello como esa muchacha. Sólo veía su silueta desde atrás, a contraluz de la vela. Pensó, naturalmente, que jamás había olido nada tan hermoso. Sin embargo, como conocía los olores humanos, olores de hombres, mujeres y niños, no quería creer que una fragancia tan exquisita pudiera emanar de un ser humano. Casi siempre los seres humanos tenían un olor insignificante o detestable. El de los niños era insulso, el de los hombres consistía en orina, sudor fuerte y queso, el de las mujeres en grasa rancia y pescado podrido. Todos sus olores carecían  de interés y eran repugnantes… y por ello ahora ocurrió que Grenouille, por primera vez en su vida, desconfió de su nariz y tuvo que acudir a la ayuda visual para creer lo que olía. La confusión de sus sentidos no duró mucho; en realidad, necesitó sólo un momento para cerciorarse óptimamente y entregarse de nuevo, sin reservas, a las percepciones de su sentido del olfato. Ahora olía que ella era su hermano, olía el sudor de sus axilas, la grasa de sus cabellos, el olor a pescado de su sexo, y lo olía con el mayor placer. Su sudor era tan fresco como la brisa marina, el cebo de sus cabellos tan dulce como el aceite de nuez, su sexo olía como un ramo de nenúfares, su piel como la flor de durazno… y la combinación de estos elementos producía un perfume tan rico, tan equilibrado, tan fascinante, que todo cuanto Grenouille había olido hasta entonces en perfumes, todas las construcciones odoríferas que había creado en su imaginación, se le antojaron de repente una mera insensatez. Centenares de miles de fragancias parecieron perder todo su valor ante esta fragancia definida. Se trataba del principio supremo, del modelo según el cual clasificar todos los demás. Era la belleza pura.

Grenouille vio con claridad que su vida ya no tendría sentido sin la posesión de esta fragancia. Debía conocerla con todas sus particularidades, hasta el más íntimo y sutil de sus pormenores; el simple recuerdo de su complejidad no le bastaba. Quería grabar el apoteósico perfume como un troquel en la negrura confusa de su alma, investigarlo exhaustivamente y en lo sucesivo sólo pensar, vivir y oler de acuerdo con las estructuras internas de esta fórmula mágica.

Se fue acercando despacio a la muchacha, aproximándose más y más hasta que estuvo bajo el rejado, a un paso detrás de ella. La muchacha no lo oyó. Tenía cabellos rojizos y llevaba un vestido gris sin mangas. Sus brazos eran muy blancos y las manos estaban amarillas por el jugo de las ciruelas partidas. Grenouille se inclinó sobre ella y aspiró su fragancia, ahora totalmente desprovista de mezclas, tal como emanaba de su nuca, de sus cabellos y del escote, y se dejó invadir por ella como por una leve brisa. Jamás había sentido un bienestar semejante.

              En cambio, la muchacha sintió frío.                       

 

 

 

PATRICK   SÜSKIND

Fraga. de novela homónima

Alemania,  1949

MaRÍa TOrRigLiA

Publicado en relatos el 30 de Junio, 2008, 13:37 por Monona

 La Abuela y el General

                     

                     

De espaldas a la puerta de entrada, sentada en su silla de ruedas; por su chalina gris, la reconocí. Llevaba puesto un gorro de lana y sostenía en brazos un perro de peluche envuelto en un pañuelo. La besé, me besó. Empezó hablando del perrito y del General que volvería a reclamarlo. No iba a permitir que se lo llevara. Le pregunté acerca del perrito, dónde lo había encontrado, si era feliz. Ella hablaba, me contestaba, le hablaba al perrito. Y al General. Sostuvimos esta semi conversación durante algunos minutos pues no era insostenible, como muchos pensarían, sino todo lo contrario. Le aseguré que el General no tenía derecho alguno al perrito, que era suyo, que la quería sólo a ella. Pero mis palabras no la atravesaban, tan sólo esa imagen, la del perrito al que protegía, tan sólo esa protección, que sólo ella podía brindar. Los dejé solos, a mi abuela y su nuevo amigo. Los dejé preguntándome qué pasaría con ellos, si el General vendría a reclamar su presa, si mi abuela cedería. Me dije que no. Apreté los dientes al cerrar la puerta y me aseguré que no, que nadie iba a separarlos. Acompañada de esa ficticia certidumbre abandoné aquel lugar inhóspito donde mi abuela se albergaba por voluntad ajena, y me dije que estaba acompañada, que el General nada podía contra ella. Pero quién es, me pregunté, este General que rapta perros en medio de la noche ? Y así, envuelta en fantasía ajena, caminé largo rato temiendo su llegada.

 MARÍA  - 1º año, jueves.

 MARÍA  - 1º año, jueves.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-