"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




MARTÍN REJTMAN

Publicado en De Otros. el 9 de Junio, 2008, 15:58 por MScalona

     Velcro y yo

 

 

 

ESTA NOCHE tengo que ocuparme de mis dos hijas. Tienen doce y trece años y se llaman Lorena y Aldana. En general las llamamos “las mellizas” porque, a pesar de que nacieron con diez meses de diferencia, son prácticamente idénticas.

Gabriela me recomendó que llevara a las mellizas al Circo de Moscú cuando las pasé a buscar. A mí nunca me gustó el circo, así que le pedí una alternativa. “Holiday on Ice”, me dijo.

Sin embargo, Lorena y Aldana prefieren el circo. Supongo que porque es un espectáculo más específicamente infantil; el patinaje artístico puede dar lugar a confusiones.

Pero con tantos monos y malabaristas los tres salimos de la carpa un poco mareados. Caminamos unas cuadras para despejarnos y cuando vamos a una avenida comercial mi hija Lorena de pronto se escabulle y corre hacia una iglesia. Veo que intenta entrar pero las puertas están cerradas; ya es de noche. Tengo que salir disparado a rescatarla y explicarle que no somos creyentes. Lorena me escucha con una expresión vacía. Estamos los dos al final de las escaleras; Aldana nos mira desde abajo, parada cerca del cordón de la vereda. El espectáculo que damos me hace pensar en la televisión. No veo el día en que mis chicas se hagan independientes.

Las llevo a mi casa. Desde hace dos años convivo con Cecilia, que es psicopedagoga  y no se lleva demasiado bien con las chicas. Dice que la inquieta demasiado que sean dos gotas de agua y que no hayan nacido el mismo día.

 Cuando se quedan conmigo, las mellizas duermen en el escritorio. Tengo una especie de diván con una cama que se saca de abajo para ellas. Pero a la hora de acostarse después de volver del circo me obligan a que las lleve a un local muy pesado de San Telmo.

Gabriela ahora está de novia con un rockero y su grupo toca esta noche. Mis hijas no se lo quieren perder por nada del mundo. Me imploraron tanto que tuve que acceder. La madre no puede ocuparse de ellas durante el recital: tiene que estar en back-stage.

El grupo resulta mucho peor de lo que me esperaba. Hombres de treinta y cinco transpirando arriba de un  escenario para un público de dieciséis años promedio. Pienso en escribirle una notita a Gabriela para que su novio la encuentre en la mesita de luz: “El rock murió; lo siento”, y mi firma. Pero Gabriela debe estar eufórica viviendo su segunda juventud; hasta debe haber probado drogas duras.

Al día siguiente tengo una discusión con ella por el tema de la televisión y la iglesia: cuando nos divorciamos habíamos quedado en dos horas por día máximo. Me dice que tengo razón, pero que no tiene forma de controlar a la mucama. Le pregunto si es una fanática. Me confiesa que un día volvió más temprano a su casa y encontró a Lorena arrodillada con tres rosarios que le colgaban del cuello en el cuarto de servicio, que estaba lleno de velas. Le pido que eche a la mucama pero ella m e contesta que es honesta y rápida, responsable y trabajadora.

-Les llena la cabeza de cosas raras a tus hijas.

-Es muy difícil conseguir buenas mucamas.

-Más difícil es tener una hija chupacirios.

-Ya te vas a acostumbrar.

A partir de ese momento vivo en el terror de que Gabriela me llame llorando para anunciarme que Lorena y la mucama se fugaron juntas. Un jueves feriado  me despierto  sobresaltado de la siguiente pesadilla: la policía de tiene a Lorena en Plaza Once. Es de día. Gabriela y yo nos careamos con ella; está vestida con una pollera tableada oscura y una blusa blanca almidonada; en la mano tiene una guitarra. No habla, tiene la mirada extraviada, como la otra noche en las escaleras de la iglesia. Yo empiezo a pegarle bofetadas porque se niega a llamarme “papá”.

El pánico me hace consultar la situación con mi abogado. Pero resulta ser de una familia muy tradicional y conservadora y  no consigue ver adónde está el problema. Al día siguiente un compañero de trabajo me recomienda un par de abogados progresistas con estudio en Palermo Viejo. Estoy tentado de preguntarle si atienden a no vegetarianos; a veces me desconcierta esta mezcla que tengo de ideas avanzadas y reaccionarias al mismo tiempo.

Pero de a poco el problema se diluye, mis pesadillas se desvanecen y me resigno a creer que el fanatismo religioso de Lorena no es más que un capricho de preadolescente.

 

 

 

 

 

Una semana y media después Aldana aparece drogada en el cinturón ecológico, a trescientos metros de una mega-discoteca. No sabe nada, no puede decir nada, no quiere abrir la boca. Ahora está con la madre. Lo único que hace es escuchar música bolichera con lágrimas en los ojos. Lorena se encerró en el baño y no quiere ver a su hermana.

Estoy desconsolado. Durante días no sé qué hacer. Unos amigos me convencen una noche de ir a jugar al paddle con ellos. Después cenamos en una cantina italiana; ellos hacen lo mismo todos los miércoles. Cuando terminamos de comer, dos de ellos me arrastran a Trump´s. Miércoles: “Executive´s day”.

Aldana está en la barra de la discoteca con un hombre de unos cincuenta años. Está pintarrajeada y la poca ropa que usa  es ajustada y brillante. La miro desde donde estoy, paralizado; no puedo creer sus trece años. Veo que uno de mis dos amigos se acerca a saludar al acompañante de Aldana. Yo me muero de vergüenza. Tengo dos opciones, pienso; les rompo la cara a los dos o me retiro de mi vida. Esto es causa suficiente para que el juez le quite a Gabriela la tenencia de las chicas. Tengo las pupilas dilatadas de tanto intentar no llorar. Mi hija es una lolita.

No armo una escena y camino solo y sobrio por Libertador de madrugada. Desde un teléfono público llamo a Gabriela. Me atiende la mucama. Me dice que Gabriela duerme y no está autorizada a despertarla. Son las cuatro y media de la mañana. Le digo que es una emergencia. Dice que Dios hizo la noche para descansar y corta. Entro al Open Plaza y me siento a una mesa. Pido un café doble con doble ración de crema. El bajista del grupo del novio de Gabriela está sentado a un par de mesas más allá con dos amigotes, también de campera de cuero. De pronto entra el novio de Gabriela y se sienta con ellos. Me levanto y lo encaro como si él fuera el culpable. Ni siquiera sabe quién soy yo. Le cuento lo que me pasa. Nos emborrachamos juntos. Ricky paga los whiskies y lloramos. Ninguno de los dos cree en la represión.

Salimos del bar y nos subimos a su coche. Ricky maneja como si estuviera al frente de una nave espacial. Está completamente a cargo de la situación y toma todas las decisiones. Estaciona en la entrada del colegio. Llega Aldana, sin rastros de maquillaje  ni de cansancio. Ricky le pide que por favor entre al auto. Nos quedamos los tres sentados sin decir una palabra hasta después del timbre, cuando ya no queda ningún alumno en la calle. Siempre en silencio, Ricky hace girar la llave de arranque y llevamos a Aldana a casa de la madre.

Despertamos a Gabriela. Ricky se mete en el baño y empieza a llenar la bañadera de agua  caliente mientras yo le explico la situación a mi ex mujer. Por suerte Lorena duerme todavía. Gabriela me pide que baje la voz; no quiere que la mucama se entere. Ricky entra al living y dice que la bañadera ya está casi llena. Llevamos a Aldana al baño y Gabriela tira sales relajantes al agua. Aldana primero se resiste a meterse en la bañadera, pero nos ve a todos tan encarnizados y perseverantes que pronto se da por vencida. Para quitarse la ropa nos pide a Ricky y a mí que no miremos. Cuando Gabriela nos dice que ya podemos darnos vuelta, la vemos a Aldana flotando en el agua. Por primera vez me doy cuenta que tiene tatuada en el hombro derecho  una palmera en miniatura.

En el living tenemos que estar en silencio porque la mucama ya empezó a limpiar. Cada uno tiene una taza de café con leche delante. Yo la dejo intacta. Ricky se toma el café con leche de un trago y Gabriela le da sorbitos como si fuera un canario.

Una hora más tarde, Gabriela, Ricky, Aldana y yo vamos a cien Kilómetros por hora por la avenida Gaona. Ese mismo día dejamos a Aldana pupila en un colegio de monjas de Haedo.

Cuando más tarde le cuento a Cecilia, mi novia, lo que hicimos con Aldana, me arma una escena dramática y me deja. Cecilia es psicopedagoga.

 

 

 

MARTÍN   REJTMAN

p.  9  a  14, Ed. Planeta

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-