"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




3 de Junio, 2008


más ELENA SABE...

Publicado en De Otros. el 3 de Junio, 2008, 18:56 por MScalona


                                                                                                                                    

         El taxista enciende la radio y eso le da una esperanza, cree que la voz lo mantendrá callado pero se equivoca, porque el locutor habla de las mismas cosas que el taxista, como si lo conociera, despotrica aún con más ahínco, enojado, actúa su enojo para que no queden dudas, es así nomás, apoya el taxista y la busca por el espejo, ¿se le cayó algo?, pregunta, me caí yo, contesta Elena, ¿está bien?, muy bien, muy bien, le dice ella desde su posición, ¿necesita ayuda?, no, no, ya tomé la medicación, ¿quiere que pare?, no, quiero que siga, ¿no estará por lanzar, no?, ¿lanzar qué?, vomitar, señora, pero no, hombre, estoy enferma, nada más, ¿qué enfermedad tiene?, Parkinson, dice Elena, ah, Parkinson, repite él, a mí una vez me dijeron que a lo mejor tenía pero no, era por la bebida, a mí me gusta la bebida, ah, qué bien, dice Elena, pero mi mujer me dio el ultimátum, o dejo de tomar o me echa de patitas a la calle, así son las mujeres, terminantes, se creen que mandan, y uno las deja creer, total, cuando trabaja no, cuando trabajo casi nunca, pero me gusta la bebida, qué se le va a hacer. Y Elena piensa que ella no sabe si le gusta, pero que nunca toma. Piensa en el vino que no bebe mientras mira una araña que camina de una costura del techo a otra. Debería haberse emborrachado alguna vez en la vida, y aprendido a manejar, y usado biquini, piensa. Un amante, también tendría que haber tenido un amante, porque el único sexo que conoce es el que tuvo con Antonio, y eso era un orgullo, haber sido sólo de un hombre, pero hoy, vieja y doblada, caída sobre su brazo, sabiendo que nunca más habrá sexo para ella, Elena no siente orgullo, siente otra cosa, tampoco pena, ni bronca, siente un sentimiento que no sabe qué nombre tiene, eso que uno siente cuando se descubre tonto. Haber guardado la virginidad para quién, haber sido fiel por qué, haberse mantenido casta después de viuda con qué motivo, con qué esperanza, creyendo qué. Ni virginidad ni fidelidad ni castidad significan para ella hoy lo mismo, tirada en el asiento de ese taxi. Ni sexo. Se pregunta si podría tener sexo con alguien si quisiera. Se pregunta por qué no quiere, si por el Parkinson, por la viudez o por la edad. O por la falta de costumbre después de tanto tiempo sin siquiera pensar en eso. Se pregunta si una mujer con Parkinson que quisiera tener sexo podría. Se ríe imaginándose en la próxima consulta haciéndole la pregunta al doctor Benegas. ¿Y un hombre con Parkinson?, ¿podrá un hombre con Parkinson hacer el amor?, ¿podrá penetrar a una mujer? Para un hombre debe ser más difícil, piensa, porque no se trata sólo de dejar hacer. ¿Deberá un hombre enfermo como ella programar su sexo en función al horario de las pastillas que toma? Siente pena por ese hombre que no conoce, lo compadece, se alegra de no ser hombre. En la radio empiezan a pasar un bolero y el taxista lo tararea. Bésame mucho, dice el cantante y el taxista le contesta, como si fuera esta noche la última vez. Tararea un poco más y cuando se da cuenta de que no sabe más la letra vuelve a la charla del vino y la bebida, mi mujer me echa si sigo tomando. La última vez que Elena tomó fue un vino espumante con gusto a frutilla que trajo Roberto Almada la primera noche que fue a comer a su casa. Era la “presentación oficial”, aunque se conocían de toda la vida, quién iba a sospechar que el jorobadito terminaría casi de la familia, ¿no, Rita?, no le digas el jorobadito, la verdad no ofende, claro que ofende, mamá, ¿querés probar si ofende? A Roberto y Rita los unieron sus certezas más que ninguna otra cosa, esas que les hacían decir como verdades absolutas conceptos de los más variados, arbitrarios, repetidos. Certezas de cómo hay que vivir cosas que nunca vivieron, de cómo hay que andar por la vida en los caminos que andan y en los que no, que pregonan lo que se puede y lo que no se puede hacer. La primera, la más profunda, grabada a fuego en alguna parte del pacto secreto que une a una persona con esa otra que le está designando, el miedo a las iglesias. Y en el caso de Roberto el espanto no se limitaba a los días de lluvia, sino a cualquier circunstancia climática. Lo traía desde chico, de sus épocas en Lima, cuado su madre, Marta o Mimí como se hacía llamar desde que habían vuelto, se había ido detrás de un novio bailarín de tango que no era su padre, uno que había venido a dar un show a beneficio al Club Sportivo donde ella atendía la barra los domingos y los días de fiesta. Se llevó al chico con ella, quién se lo iba a agarrar si de bebé ya se le notaba la joroba, basta, mamá, y al poco tiempo el bailarín se cansó de ambos y los largó sin un peso en ese país al que no los unía ninguna otra cosa que la calentura de su madre. Allá aprendió el oficio de peluquera, antes sólo sabía el de manicura, y se instaló en Barranco, en un cuarto que le alquiló una compañera del instituto donde le enseñaban a peinar, cortar, teñir. Lo lógico habría sido que hubiera vuelto, pero ella no estaba dispuesta a mostrar un fracaso que el pronto regreso habría hecho evidente, así que aunque en Perú apenas tenían para comer se mantuvo con su hijo en esa ciudad siempre cubierta de nubes y sin lluvia, donde el mar le recordaba cada día lo pequeños que eran. Los años fueron pasados sin conciencia de ellos, el chico creció y con él su joroba, y mientras sus amigos llevaban a las chicas al puente de los suspiros para mentirles amor eterno, él iba día por medio al mismo puente, solo, a mirar de lejos la Parroquia de la Ermita, esa donde decían que la campana había caído después de un terremoto y le había aplastado la cabeza al cura. Una mancha en el pavimento, que cada uno ubica donde le parece, recuerda la estampa de masa encefálica grabada para siempre, el cerebro del cura desparramado. Si te portás mal te va a llevar el cura sin cabeza, le decía la vieja que lo cuidaba cuando su madre trabajaba o lo que fuera. Y Roberto creció sintiendo terror no por el cura, porque él mal no sabía portarse, sino por los campanarios, calculando las probabilidades de que otra campana cayera y matara a alguien, alejándose siempre lo suficiente para que el decapitado no fuera él. Poco le importó a Roberto que en el conurbano bonaerense no hubiera antecedentes de terremotos, igual no se acercó a iglesia alguna. Por eso, Roberto no pudo haber matado a Rita y haberla colgado del campanario, porque además de que él no habría podido con ella tanto más fuerte que su pretendiente, Roberto tampoco se acerca a una iglesia, Elena sabe. Aunque a la hora de dejarlo libre de sospechas la policía se haya fijado en otros aspectos menos profundos, por ejemplo que estuvo todo el día en el banco con una auditoría interna, haciendo un aqueo de caja, con más de veinte personas que pueden dar testimonio, como le dijo el comisario cuando ella insistía sobre el asesinato, los sospechosos y sus móviles. ¿No tiene nadie que la acompañe?, señora, le pregunta el taxista en el mismo momento en que la araña desaparece por el marco apenas abierto de la ventana, no, no tengo, dice Elena, ¿sola en el mundo?, sí, ¡qué lo parió, y uno que se queja!, tenía una hija pero la mataron, se escucha decir Elena casi sin pensarlo, en esta país no se puede vivir más, señora, uno sale a la calle y lo matan, es así, dice el taxista. Pero a ella no le importa que el taxista haya entendido cualquier cosa cuando dijo, tenía una hija pero la mataron, ni le importa quién es ese nosotros donde el taxista la incluye a ella y a su cuerpo, que se calle quisiera Elena, un rato, otro bolero, para poder concentrarse en su tarea privada, en mover ese cuerpo que hace tiempo, sabe, no le pertenece.

                                                                                                         

ELENA SABE,  Claudia Piñeiro, Ed. alfaguara-Clarín, p. 111-114             

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-