"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




25 de Mayo, 2008


more Elena

Publicado en De Otros. el 25 de Mayo, 2008, 17:26 por MScalona

 Claudia Piñeiro

                                                                     


Todo menos la ropa; la ropa no puedo, conservaba su olor, el olor de su hija. La ropa siempre conserva el olor que tuvo en vida el muerto, Elena sabe, aunque se la ve mil veces con distintos jabones, un olor que no responde a un perfume determinado, ni a un desodorante, ni al jabón blanco con el que se la lavaba cuando todavía había quien la ensuciara. Un olor que no es el de la casa ni el de la familia porque la ropa de Elena no huele de la misma manera. Olor a muerto cuando estaba vivo. Olor a Rita. No iba a soportar sentirlo y que detrás de ese olor no apareciera su hija. Le pasó con la ropa de su marido, pero entonces no sabía cuánto más podía doler ese olor cuando el muerto era un hijo. Entonces, la ropa no. Tampoco quiso dársela a la iglesia y que un día apareciera el pulóver verde de Rita dando vuelta la esquina abrigando otro cuerpo. Quemó la ropa en una pila que ordenó en el patio de atrás. Necesitó cuatro fósforos antes de que prendiera. Lo primero en arder fueron unas medias de nylon, que desaparecieron derretidas por el calor convertidas en lava sintética, luego poco a poco fue ardiendo todo; en medio de las cenizas aparecían los alambres de un corpiño, algunos broches machos y hembras, cierres. Metió el amasijo en una bolsa de residuos y los sacó para que se lo llevara el basurero. La ropa no fue a la caja que le dio el vecino. Sí los zapatos, un par de guantes de lana sin estrenar que no olían a nada, fotos viejas, su libreta de teléfonos, los documentos, todos menos el DNI, que hubo que entregarlo a la empresa de servicios fúnebres para que se ocupara de su entierro, su agenda, las tarjetas del banco, el tejido a medio terminar, la foto del diario local donde aparece en el patio del colegio parroquial con todo el personal docente el día en que inauguraron las aulas del secundario, la Biblia dedicada que le regaló el Padre Juan, ojalá la palabra de Dios te acompañe tanto como acompañó a tu padre, los anteojos de leer, las pastillas de la tiroides, una estampita de San Expedito que le había regalado la secretaria del colegio cuando tardaba en salir la pensión de Elena, el recorte del diario del día en que nació la hija de Isabel. Isabel y Marcos Mansilla tienen al agrado de participar del nacimiento de su hija María Julieta, en la ciudad de Buenos Aires, a los veinte días del mes de marzo de 1982. Un aviso cortado a mano, respetando los bordes tanto como el pulso lo había permitido. El bibliorato con las tarjetas que les mandaron los Mansilla cada Navidad. La caja de bombones con forma de corazón que le había regalado si amigo del banco y que, vacía de chocolate, guardaba pirotines inútiles y un manojo de cartas, mal dobladas y atadas con una cinta de raso rosa, que Elena no se atreve a leerlo.  

                                                                            

ELENA SABE,  p. 25

T E T O

Publicado en Jodas el 25 de Mayo, 2008, 12:32 por MScalona
----- Original Message -----
From: Benigno
Sent: Sunday, May 25, 2008 11:30 AM
Subject: Aquí está el Amor

T U T E

Publicado en Humor el 25 de Mayo, 2008, 12:28 por MScalona


 

revista  LA NACIÓN, 25-V-08

Claudia Piñeiro

Publicado en De Otros. el 25 de Mayo, 2008, 12:05 por MScalona

 Piñeiro nació en Bs As en 1960


Se trata de levantar el pie derecho, apenas unos centímetros del suelo, moverlo en el aire hacia delante, tanto como para que sobrepase al pie izquierdo, y a esa distancia, la que sea, mucha o poca, hacerlo bajar. Apenas de eso se trata, piensa Elena. Pero ella piensa, y aunque su cerebro ordena movimiento, el pie derecho no se mueve. No se eleva. No avanza en el aire. No vuelve a bajar. No se mueve, no se eleva, no avanza en el aire, no vuelve a bajar. Eso apenas. Pero no lo hace. Entonces Elena se sienta y espera. En la cocina de su casa. Tiene que tomar el tren que sale para la Capital a las diez de la mañana; el siguiente, el de las once, ya no le sirve porque la pastilla la tomó a las nueve, entonces piensa, y sabe, que tiene que tomar el de las diez, poco después de que la medicación logre que su cuerpo cumpla con la orden de su cerebro. Pronto. El de las once no, porque entonces el efecto de la medicación habrá declinado hasta desaparecer y ella estará igual que ahora, pero sin esperanza de que la levodopa actúe. Levodopa se llama eso que tiene que circular por su cuerpo una vez disuelta la pastilla; conoce el nombre desde hace un tiempo. Levodopa. Así le dijeron, y ella misma lo anotó en un papel porque sabía que no iba a entender la letra del médico. Que la levodopa circule por su cuerpo, sabe. Eso es lo que espera, sentada, en la cocina de su casa. Esperar es todo lo que puede hacer por el momento. Cuenta calles en el aire. Recita nombres de calles de memoria. De atrás para adelante y de adelante para atrás. Lupo, Moreno, 25 de Mayo, Mitre, Roca. Roca, Mitre, 25 de Mayo, Moreno, Lupo. Levodopa. Sólo la separan cinco cuadras de la estación, no es tanto, piensa, y recita, y sigue esperando. Cinco. Calles que todavía no puede andar con sus pasos esforzados aunque sí repetir sus nombres en silencio. Hoy no quiere encontrarse con nadie. Nadie que le pregunte por su salud ni que le dé el pésame tardío por la muerte de su hija. Cada día se le aparece alguna persona que no puede verla o no puede estar en el entierro. O no se atrevió. O no quiso. Cuando alguien muere como murió Rita, todos se sienten invitados a su funeral. Por eso las diez no es una buena hora, piensa, porque para llegar a la estación tiene que pasar por delante del banco y hoy se pagan las jubilaciones, entonces es muy probable que se cruce con algún vecino. Con varios vecinos. Aunque el banco abra recién a las diez, cunado su tren esté entrando en la estación y ella con el boleto en la mano se acerque al borde del andén para tomarlo, antes de eso, Elena sabe, ya va a encontrar jubilados haciendo la cola como si tuvieran miedo de que la plata alcanzara sólo para pegarle a los que primero llegan. Sólo podría evitar el frente del banco dando una vuelta manzana que su Parkinson no le perdonaría. Ése es el nombre. Elena sabe desde hace un tiempo que ya no es ella la que manda sobre algunas partes de su cuerpo, los pies por ejemplo. Manda él. O ella. Y se pregunta si al Parkinson habría que tratarlo de él o ella, porque aunque el nombre propio le suena masculino no deja de ser una enfermedad, y una enfermedad es femenina. Como lo es una desgracia. O una condena. Entonces decide que lo va a llamar Ella, porque cuando la piensa, piensa "qué enfermedad puta". Y puta es ella, no él. Con perdón de la palabra, dice. Ella. El doctor Benegas se lo explicó varias veces pero Elena todavía no termina de entender; sí entiende lo que tiene porque lo lleva en el cuerpo, pero no algunas de las palabras que usa el médico. La primera vez estaba rita presente. Rita, que hoy está muerta. Les dijo que el Parkinson es una degeneración de las células del sistema nervioso. Y a las dos les cayó mal la palabra. Degeneración. A ella y a su hija. El doctor Benegas seguramente se dio cuenta, porque enseguida trató de explicarles. Y dijo, una enfermedad del sistema nervioso central que degenera, o hace mutar, o cambia, o modifica de manera tal algunas células nerviosas que dejan de producir dopamina. Y Elena se enteró entonces de que cundo su cerebro ordena movimiento, la orden sólo puede llegar a sus pies si la dopamina la lleva. Como un chasqui, pensó aquel día. Entonces el Parkinson es Ella, y la dopamina el chasqui. Y el cerebro nada, piensa, porque sus pies no lo escuchan. Como un rey derrocado que no se da cuenta de que ya no gobierna.  

                                                                                           

ELENA  SABE,   Edit. Alfaguara-Clarín, p. 12-13

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-