"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




20 de Mayo, 2008


La migala

Publicado en General el 20 de Mayo, 2008, 22:08 por .:. Francisco .:.
                                                                                                                                                       






La migala discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye.

El día en que Beatriz y yo entramos en aquella barraca inmunda de la feria callejera, me di cuenta de que la repulsiva alimaña era lo más atroz que podía depararme el destino. Peor que el desprecio y la conmiseración brillando de pronto en una clara mirada. Unos días más tarde volví para comprar la migala, y el sorprendido saltimbanqui me dio algunos informes acerca de sus costumbres y su alimentación extraña. Entonces comprendí que tenía en las manos, de una vez por todas, la amenaza total, la máxima dosis de terror que mi espíritu podía soportar.

Recuerdo mi paso tembloroso, vacilante, cuando de regreso a la casa sentía el peso leve y denso de la araña, ese peso del cual podía descontar, con seguridad, el de la caja de madera en que la llevaba, como si fueran dos pesos totalmente diferentes: el de la madera inocente y el del impuro y ponzoñoso animal que tiraba de mí como un lastre definitivo. Dentro de aquella caja iba el infierno personal que instalaría en mi casa para destruir, para anular al otro, el descomunal infierno de los hombres.

La noche memorable en que solté a la migala en mi departamento y la vi correr como un cangrejo y ocultarse bajo un mueble, ha sido el principio de una vida indescriptible. Desde entonces, cada uno de los instantes de que dispongo ha sido recorrido por los pasos de la araña, que llena la casa con su presencia invisible. Todas las noches tiemblo en espera de la picadura mortal. Muchas veces despierto con el cuerpo helado, tenso, inmóvil, porque el sueño ha creado para mí, con precisión, el paso cosquilleante de la aralia sobre mi piel, su peso indefinible, su consistencia de entraña.

Sin embargo, siempre amanece. Estoy vivo y mi alma inútilmente se apresta y se perfecciona. Hay días en que pienso que la migala ha desaparecido, que se ha extraviado o que ha muerto. Pero no hago nada para comprobarlo. Dejo siempre que el azar me vuelva a poner frente a ella, al salir del baño, o mientras me desvisto para echarme en la cama. A veces el silencio de la noche me trae el eco de sus pasos, que he aprendido a oír, aunque sé que son imperceptibles. Muchos días encuentro intacto el alimento que he dejado la víspera. Cuando desaparece, no sé si lo ha devorado la migala o algún otro inocente huésped de la casa. He llegado a pensar también que acaso estoy siendo víctima de una superchería y que me hallo a merced de una falsa migala. Tal vez el saltimbanqui me ha engañado, haciéndome pagar un alto precio por un inofensivo y repugnante escarabajo.

Pero en realidad esto no tiene importancia, porque yo he consagrado a la migala con la certeza de mi muerte aplazada. En las horas más agudas del insomnio, cuando me pierdo en conjeturas y nada me tranquiliza, suele visitarme la migala. Se pasea embrolladamente por el cuarto y trata de subir con torpeza a las paredes. Se detiene, levanta su cabeza y mueve los palpos. Parece husmear, agitada, un invisible compañero.

Entonces, estremecido en mi soledad, acorralado por el pequeño monstruo, recuerdo que en otro tiempo yo soñaba en Beatriz y en su compañía imposible.

 

                                                                                              Juan Jose Arreola.  

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Publicado en De Otros. el 20 de Mayo, 2008, 7:52 por Ivana Simeoni

Ojo de loca no se equivoca
Qué pena que no me duela tu nombre ahora

Por Pedro Lemebel
La Nación. Domingo 31 de julio de 2005

                                                              

                                                                          


Y qué sabe uno si se ha enamorado o fue pura ilusión. Qué sabe uno del amor si lo único que conoció fueron sobajeos y manotazos desesperados bajo los puentes. Por eso, arremango los años y retrocedo al jodido ayer; más bien, voy deshilando ciertos milagros que aún no puedo entender ni olvidar. Y a veces, en el momento urgido de escribir estos garabatos, echo mano al corazón. Y se me viene de golpe la tarde aquella de los años ’80 cuando mi amiga Cecilia llamó para contarme que le había llegado un arrendatario, un chico más bello que el sol, un pendex de 20 abriles ligeros que había aterrizado en Santiago para estudiar en un instituto audiovisual. Te va a encantar, Peter. Te vas a enamorar, lo tienes que conocer. Y allí estaba yo tocando el timbre en el departamento de la Ceci que, por entonces, vivía en un segundo piso casi esquina de Vicuña Mackenna con Irarrázaval. Ahí estaba yo haciéndome el desinteresado esperando conocer esa maravilla de inquilino. Todavía no llega de clases, dijo mi amiga. Pero siéntate y tomamos once mientras aparece. Y al campanear la llave en la cerradura, yo puse cara de indiferencia. Pero al abrirse la puerta entró como un milagro aquel moreno de largo pelo sombrío con cara de virgen apache. Tiene cara de diosa india, dije mirándolo con curiosidad. ¿Qué onda?, preguntó el chico poniendo ojos de susto. Y allí empezó todo. Ahí nos pusimos a chacharear como locos de música, cine, política, arte y cuanta huevá se nos venía a la cabeza. Pasa a mi pieza para mostrarte unas fotos que me tomaron, a ver si te gustan, dijo bajito mientras la Cecilia recogía las migas de la mesa. Y qué fotos ni qué nada, si lo único que yo quería era estar junto al nene mirando su boca de clavel mojado que salpicaba besos. Entonces, fui hasta la ventana de su habitación, que daba a Vicuña Mackenna, y mirando el brilloso asfalto del invierno pregunté: ¿Cuándo es tu cumpleaños? Faltan sólo 20 días, contestó interrogando con párvula emoción: ¿Me vai a regalar algo?, agregó curioso. Mira, acércate a la ventana, dije empañando el frío vidrio con mi tibio aliento. Y luego con el dedo dibujé un corazón en el cristal, hablando luego con voz de terciopelo azul: El día de tu cumpleaños, exactamente a las 12 de la noche, observa a través de este dibujo la calle de allá abajo. Y me despedí de él, robándole una foto suya que escondí sigiloso en mi bolsillo. Y 20 días después, justo a la medianoche, completamente desnudo y en medio de Vicuña Mackenna con su foto pegada en mi pecho, ahí estaba la loca enamorada en medio de un gran corazón dibujado con neoprén que encendí como molotov cardíaca. Allí estaba la loca chiflada de amor como barricada bajo su ventana en medio del estampido de las micros y autos bocineando detenidos por esa tarjeta de fuego humano. Quedó tal escándalo, tal cagada con los vecinos que se asomaban a las ventanas sin entender que pasaba, con los choferes de micro que amenazaban con sacarme la cresta si no me movía de allí, con mi amiga Cecilia que trataba de dar explicaciones diciendo que no era una protesta, con el chico que se puso pálido tras la ventana y corrió escaleras abajo llevando una frazada para cubrir mi desnudez, con su carita emocionada y sus ojos llorosos diciéndome: la cagaste, Pedro, nunca nadie me había regalado algo así. ¿Esto es una performance? Algo así, más bien un regalo de cumpleaños solamente, murmuré tiritando mientras me empinaba un copete para calentar el cuerpo. Aquella fue su noche y resultó inolvidable; por eso, agradecido, me abrazó lagrimeando y esperamos el amanecer brindando por sus verdes años. Después de aquello, los vecinos reclamaron tanto que al final mi amiga Cecilia tuvo que cambiarse de casa y despedir al guapo arrendatario. Ella nunca me dijo nada, pero le cagué su hábitat con mi desenfrenada pasión. De ahí vino el amor con su violenta frescura. No podíamos despegarnos ni un solo momento. Mandó al carajo a su bella novia, que siempre después de coger, cuando él se fumaba un cigarro mirando el techo, preguntona insistía: ¿Estái pensando en el Pedro? No la soporté más, me dijo, contándome que la mina picada se puso a pololear con un cadete de la Escuela Militar. Y este güevón me fue a buscar al instituto con una pistola y me llevó a hacerme el examen del sida. ¿Cachái, Pedro, lo que he pasado por ti? Por eso te amo, susurré con la voz lluviosa. Por eso pasaron los años y seguí amándote de lejos con la boca llena de océanos. Por eso también te fuiste a Manhatan, donde no te alcanzara mi mala fama. El invierno se acaba, hoy descubrí el fogonazo de los aromos en mi ventana, una gota de rocío borra el corazón en el vidrio. Ya no te quiero como entonces, más bien ya no te quiero. Desde Nueva York, un mail me cuenta que regresas, justo ahora cuando me están brotando plumas migratorias para partir.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-