"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




G O R O D I S C H E R

Publicado en De Otros. el 19 de Mayo, 2008, 8:22 por MScalona

 Angélica Gorodischer, Bs. As, 1928


            

                   LAS TARDES DE ABRIL

En los aeropuertos siempre me pongo de mal humor. Ésa era una frase que su amiga Teolinda decía que había visto en el libro. Ella sabía lo que era un aeropuerto: era un puerto lleno de aéreos. Y sabía lo que era el libro, por eso estaba ahí. Lo que no sabía era por qué había que ponerse de mal humor cuando se está en un aeropuerto. Tampoco sabía lo que eran los aéreos aunque podía imaginárselo. Sí sabía lo que era un puerto porque un viejo se lo había contado pero en los viejos no se puede confiar y seguro que en esté tampoco porque lo que había contado era un disparate como que hasta decía que él había estado en muchos puertos del mundo.

Cuando ella tuviera el libro sabría por qué en los aeropuertos hay que ponerse de mal humor y sabría qué y cómo son los aéreos.

 Teolinda decía que para ver lo que hay en el libro hay que leer y que para leer hay que mover los ojos de cierta manera. No importaba: ella iba a ensayar mover los ojos de todas las maneras posibles hasta poder ver lo que hay en el libro. Ya había empezado a ensayar varias pero sin libro cómo saber si alguna le iba a se útil.

 El hombre de negro se movió hacia la izquierda. Ahora, pensó ella e hizo fuerza con los puños y con los pies como empujándolo para que se moviera un poco más, otro poco, otro, y desapareciera. Pero volvió a quedarse quieto, el hombre de negro.

No era, estaba segura, que él sospechara que ella estaba ahí. Él estaba también  ahí porque sí, o porque alguien le había encargado que estuviera. La gente acepta los trabajos más raros hoy en día, le había dicho su amiga. No Teolinda, que se había muerto el mes pasado sino otra, Ricura. Con Ricura se hablaban todos los días al amanecer un rato largo, antes de irse cada una por su lado, pero ella no le había dicho lo del libro. Ricura era muy sensata, mucho.

El hombre de negro se movió y cambió de posición: sobre su pie, sobre el otro pie, pero no se iba y no se iba. Ella repitió para sus adentros en los aeropuertos siempre me pongo de mal humor. Le había dado resultado para salir de La Bandera Diecisiete, no veía por qué no le iba a dar resultado ahora. Lo había repetido tres veces y había salido zumbando ¡zuuuuuuuu-bando! ¡bando! y nadie había tocado pito ni la había obligado a volver y a dormirse, no veía por qué no le iba a dar resultado ahora. Quizá tuviera que repetirlo cinco veces, porque no era para ella sino para otro, para el hombre de negro. Lo repitió cinco veces y le dio resultado.

El hombre de negro se movió sobre un pie, sobre el otro pie, empezó a caminar y se fue se fue se fue, se perdió en la noche.

Ella esperó otro poco. No dijo ni una vez en los aeropuertos siempre me pongo de mal humor por que no quería gastar  la frase, pero esperó. Esperó y esperó y de a poquito después de haber esperado empezó a levantarse.

Le dolían las rodillas.

Si se movía se le iba a pasar el dolor y hasta las rodillas se le iban a pasar. Se movió sobre un pie y sobre el otro pie como el hombre de negro y después empezó a caminar. No se fue para la izquierda, se fue para la derecha. Sabía  que así se alejaba de donde estaba el libro, pero el hombre ese de negro se había ido hacia la izquierda de modo que ella tenía que irse hacia a la derecha y después se iría para adelante y ya vería. Cuando estuviera muy lejos agarraría hacia la izquierda y seguro que el hombre de negro se habría ido muy lejos y ya no correría peligro si era lo que había corrido alguna vez.

 Caminó y caminó. Con mucho cuidado en lo oscuro fue caminando un pie después del otro pero no hacia los costados sino hacia allá, hacia donde estaba el libro.

-No lo tengo yo -le había dicho Teolinda cuando ella se lo había pedido:

-A ver el libro, mostrame lo de los aeropuertos  en donde una se pone de mal humor.

Que no lo tenía ella, le había dicho, y que de todos modos mejor porque si alguien lo veía, la que iba a armar. Se habían peleado ese día y ella le había dicho:

-Pues yo voy a buscar el libro y lo voy a encontrar y lo voy a tener, vas a ver.

-Para qué querés tener el libro, idiota.

-Para ver eso de los aeropuertos y, y, y todo es que hay para ver en el libro.

-Idiota, más que idiota, para ver lo que hay en el libro hay que leer y vos no sabés y de todos modos no hay un libro, hay muchos libros.

-¡Ja!- Había dicho ella.

 Lo mismo que el viejo. Disparates. Después de eso Teolinda se había muerto, no enseguida pero unos días. Nadie le dijo por qué ni adónde  se la habían llevado y ella no preguntó porque no era confiada y los que confiaban terminan mal como decía el Padre Lorco que ella lo llamaba el Padre Porco todos los días a la hora del rezo, porque a los muertos se los llevan  y una puede ir a visitarlos, así que dejó de preocuparse y se buscó otra amiga que vino a ser Ricura que no vivía en la Bandera sino en Kío pero era cerca. Muchos libros, hay que ver.

 Tropezó con algo. Eso me pasa por pensar en vez de mirar lo que hago, se dijo, y casi me caigo. Pero no se cayó; alcanzó a poner las manos sobre algo blando que podía ser un perro muerto o alguien muerto, y se levantó. Movió con el pie la cosa blanda pero como no gruñó ni dijo nada, tanteó a ver si era muy grande o muy chico, que no era no grande ni chico, lo rodeó y se fue.

Calculó que habría andado como cien metros. Cien metros es una cuadra, eso no lo había dicho el Padre Porco sino que se decía por ahí. Calculó que habría andado como una cuadra cuando oyó a la patrulla. Ella sabía muy bien en que andaba la patrulla, así que buscó rápido rápido sin aliento casi, un escondite.

Por favor, por favor, que no me encuentren, rogó y no había donde esconderse, no había, no había y tanteaban en lo oscuro con los pies y con las manos y se  acostaba  en el suelo frío mojado y se deslizaba como si pudiera escapar que no podía porque la patrulla venía toda desplegada ocupando todo el espacio marchando un dos un dos un dos y así.

Casi se río a carcajadas cuando sintió que se despeñaba. Bien bien, tenía ganas de palmotear, bien bien seguro que acá no me encuentran. Era un pozo, lo que significaba que estaba lejos de La Bandera porque  ella no conocía pozos en los lugares en los que tenía autorización para andar. Ricura tenía un poco más porque Kío estaba del otro lado de La Pirámide pero eran amigas lo mismo.

            No se iba a lastimar mucho porque la pared del pozo no era perpendicular y lisa sino en declive y llena de lugares en los que se podía poner los pies y las manos. Moretones sí que iba a tener pero iba a poder subir de vuelta cuando la patrulla hubiera pasado. Que encuentren a alguien, pensó mientras caía, que encuentren a alguien y se lo lleven y le hagan lo que sea que les hacen a los que encuentran de noche –se los comen, decía Teolinda; pero no decía Ricura que era muy razonable, pero no, los llevan a laboratorios en donde les hacen experimentos, les cortajean las piernas por ejemplo y les hacen injertos de animales y de árboles y les sacan pedazos de cerebro o de estómago a ver si así pueden seguir viviendo; qué son árboles había preguntado ella-, y que la patrulla se vaya por favor que se vaya.

            Llegó al fondo y oyó una risa.

            -Otro –dijo alguien.

            Después hubo un silencio. Ella no se movió ni dijo nada.

            -Quién sos –preguntó una voz.

            Ella no dijo nada.

            -Vamos a ver –dijo otra voz y una mano la agarró de un brazo y otra mano le recorrió la cara, el pelo, el cuello, los pechos, el vientre, la entrepierna, las piernas y los pies.

            -Una mujer.

            Las manos la soltaron y todo siguió oscuro y en silencio y arriba la patrulla un dos un dos un dos y así.

            -Dejanos tocarte –dijo una de las voces.

            -¡No! –dijo ella.

            -Vamos, no te vamos a hacer nada. Tocarte, nada más.

            -¡No!

            Pero la agarraron y la tocaron toda, hasta le metieron las manos debajo de la pollera, todo, todo le tocaron. Ella no decía nada.

            -Bueno, andate –le dijeron.

            -Cómo me voy a ir, arriba está la patrulla.

            -Se fueron –dijo el primero que había hablado, el que había dicho "otro" antes de saber que ella era mujer-. Subí, vamos, andate.

            -Qué hacés andando por ahí de noche –dijo otro.

            -Voy a buscar el libro –dijo ella.

            -Andate –dijo el primero.

            -¿Libro? –dijo otro, ella no sabía si el segundo o el tercero-. Que te agarren nomás fuera de tu jurisdicción y con libro, vas a ver, y para colmo sos mujer. ¿No sabés que las queman vivas?

            -Qué me importa, yo quiero el libro –dijo ella y empezó a trepar.

            -¡Hay muchos después del Bañista! –le gritó el tipo cuando ella ya alcanzaba el borde.

            No puede ser, pensó. Y también pensó; debe ser más tarde de lo que creí. Lo pensó porque para el lado de la laguna se ponía amarillento el cielo y dentro de un rato Ricura la iría a buscar y se asustaría al no encontrarla pero no diría nada, no, su amiga no iba a decir nada. Sí, el cielo se iba aclarando y ella ¿qué iba a hacer? Volver no podía y seguir tampoco y bajar al pozo otra vez tampoco, entonces ¿qué iba a hacer, qué iba  a hacer?

            Todavía no se veía nada pero se podía tocar y eso hizo, tocó y tocó buscando un hueco, un lugar entre los escombros como cuando se había escondido del hombre de negro, una grieta, algo en donde meterse y taparse y que no la vieran. En los aeropuertos siempre me y se interrumpió. Había algo flojo allí en el suelo, algo de bordes curvos y fríos, algo que quizá pudiera levantarse, algo debajo de lo cual podría meterse. Era pesado.

            Todavía estaba oscuro pero dentro de un rato amanecería y más le valía hacer fuerza y levantar eso y meterse debajo, vamos, fuerza, fuerza.

            Estaba pegado, pegado al suelo, no del todo pero casi del todo. Un momento, había unas ranuras más adentro, como para poner las manos. Cosa que hizo y tiró y tiró hasta lastimarse, pero la cosa se movía. Y cuando el cielo pasaba del amarillo al carmín y nubes como rayas violeta o como desgarros, algo feo que ella y Ricura nunca miraban contra el sol, cuando ya casi era de día, logró levantar eso pesado que era una tapa. Se metió adentro, una pierna, la otra, al vacío, explorarlo y ver si encontraba en qué apoyarse, rápido, o sostenerse con las manos en el borde y bajar el cuerpo hasta pegar en el fondo, o dejarse caer. No, un momento, ahí estaba, un travesaño, otro y otro más. Una escalera. Bajó uno dos tres cuatro, cerró la tapa sobre su cabeza. Tendría que quedarse allí hasta que volviera a ser de noche, hasta que la patrulla pasara y pudiera salir a buscar el libro.

            Para qué, le pareció oír la voz de Teolindal, para qué querés el libro, idiota más que idiota. Para tenerlo, le contestó muda ella también a esa voz muda, para tenerlo, para tocarlo, qué le importaban esos hombres del pozo que la habían tocado a ella, para mover los ojos y leer y saber, eso, saber por qué hay que ponerse de mal humor en los aeropuertos, saber qué son las elipses que es una palabra que usa el Padre Porco, averiguar qué pasa en las tardes de abril como una vez alguien había cantado en Kío "las tardes de abril/ grises tardes de abril/ si vieras mi amor/ cómo ruedan mis sueños/ en las tardes de abriiiiil", pero era una vieja así que a lo mejor eso no tenía importancia.

            Algo chillaba allá abajo y ella suspendida en el cuarto travesaño de la escalera y las manos que le sangraban. Ratas, pensó, hay ratas. Se oían. Ahora que había dejado de pensar en las tardes de abril y se había puesto a  escuchar, sabía que esos chillidos y ese redoble eran las ratas, ejércitos de ratas. Ratas, se dijo, el olor a sangre despertó a las ratas. Cuando vuelva  a la Bandera voy a contar que hay ratas, comida para meses y meses, qué bueno, y no me van a poder castigar. Ésa es la chica que descubrió las ratas porque las manos le sangraban, van a decir cuando yo pase, ésa es la chica que nos dio de comer en las tardes de abril, qué viene después de abril, septiembre, eso es, abril, septiembre, octubre, diciembre, noviembre siniembre sin hambre gracias  a la chica que descubrió las ratas, quién iba a decirlo, la amiga de Ricura porque con la sangre ya se sabe.

            Pero tenía que estarse quieta allí hasta que oscureciera de nuevo y eso iba a ser difícil. Decidió que primero de pie, como estaba y bien agarrada al travesaño de arriba con las manos lastimadas, y después sentada en el tercer travesaño y agarrada siempre con las manos lastimadas al de arriba. Cosa que hizo hasta que no pudo más y hasta que las ratas empezaron a trepar y a acercársele. Entonces pensó que era mejor salir y arriesgarse a que la vieran, mejor eso que las ratas lamiéndole las manos y mordiéndole los dedos. La iban a reconocer como extranjera pero ella les iba a decir lo de las ratas y no la iban a matar, ah no, porque si la mataban no se los decía.

            Levantó la tapa y salió. No había nadie. Era más de mediodía y no había nadie. Bajó la tapa y por las ranuras en las que se ponían las manos asomaron los hocicos de las ratas más temerarias. Adiós, les dijo, pero no por mucho tiempo, que voy  a venir a buscarlas.

            Empezó a caminar, agachada, en silencio, tratando de mirar para todos lados al mismo tiempo, un metro, dos, tres, cinco, siete y allí, en los siete o más, qué sabía ella de medir metros, alguien se le puso delante, le abrió los brazos y los cerró cuando ella tropezó contra el cuerpo y casi la ahogó.

            -Estás loca –le dijeron los brazos o la boca que estaba más arriba de los brazos-, loca o estúpida o sos una evadida, de dónde habrás salido, merecerías que te dejara ir y que te agarrara la patrulla y que te quemaran las plantas de los pies así no volvés a escaparte.

            Que me deje ir, pensó ella ya que no podía decirlo, la boca y la nariz contra la carne blanda redonda, que me deje ir con el libro en las tardes de abril si no me agarra el hombre de negro que se pone de mal humor en los aeropuertos de la elipse, y se desmayó.

            Era de noche otra vez cuando se despertó, de noche y estaba en la calle pero oculta por un montón de trapos y papeles. Parecía cualquier cosa menos lo que era, cualquier cosa, un bulto blando con el que una tropieza, un perro muerto, un montón de cascotes y maderas podridas, cualquier cosa, lo que era una verdadera suerte. Pensó: no voy a poder levantarme, y pensó tengo hambre. También pensó: era una mujer, eso que me agarró y no me soltaba era una mujer. No sabía muy bien por qué pero estaba segura: era una mujer y no la había entregado. Su amiga Ricura tampoco la entregaría y Teolinda si no se hubiera muerto tampoco aunque se hubiera peleado por el libro. Tengo que conseguir el libro.

            De manera que se levantó y caminó. Tenía tanto hambre, si se hubiera quedado en La Bandera, si hubiera salido del diecisiete y se hubiera puesto en la fila, ya habría comidos dos veces, tanto hambre que no le importaba si la encontraba la patrulla. Si hacían experimentos con ella le iba a doler tanto que no iba a sentir hambre. Caminó y caminó y sabía que era para aquel lado, el lado contrario a la laguna pero no sabía muy bien adónde iba.

            -El libro está en un armario grande grande y lo vigilan mucho para que nadie lo agarre –había dicho Teolinda-, es una especie de iglesia y yo sé porque el evadido, el que apresaron para el lado del Tokio, estuvo escondido en la Casa del Caballo y deliraba. Por eso lo apresaron pero antes lo oí todo y dije que no oí nada ni vi nada y me dijeron fuera de aquí.

            Ella nunca se había animado a  ir hasta la Casa del Caballo porque decían que a veces se convertía en Caballo vivo y se comía a la gente que andaba alrededor. Un armario grande en una iglesia, eso tenía que buscar. Y un Bañista. Un Bañista no porque los hombres del pozo eran como los viejos, no se podía confiar en ellos.

            Y así fue como llegó al Bañista. Cuando lo vio supo que era él. No sabía por qué lo sabía pero lo sabía. Estaba desnudo, desnudo y sentado en un redondel vacío y tenía un brazo levantado así pero no había una iglesia cerca ni guardias y ella lo sabía porque no estaba tan oscuro como en La Bandera y además el bañista era blanquísimo y se lo veía en la noche como si brillara.

            -Una iglesia

            -le dijo al Bañista pero el Bañista no le contestó blanquísimo en su redondel  vacío.

            Miró a su alrededor y alcanzó a ver la silueta de algunos edificios. Ninguno se parecía a La Bandera y ninguno era un una iglesia y además corría peligro, ella, ahí sola en una calle por la que seguro pasaba alguna patrulla porque pasaban por todas las calles. Tenía hambre. Las manos ya no le dolían, no por lo menos si las dejaba quietas, pero tenía hambre, tanto hambre, tanto que lamentó que las manos le hubieran dejado de sangrar. Si por lo menos hubiera podido lamer la sangre. ¿Podrá uno comerse a una misma?, pensó. Y también pensó que tenía que meterse rápido en algún lado, antes de que llegara alguien, la patrulla un dos un dos un dos y así o alguien.

            Cualquiera, un edificio cualquiera, se iba a meter en un edificio cualquiera, le daba igual, y ojalá estuviera en ruinas y nadie viviera ahí. Ése. La desesperación  es mala consejera, le decía Ricura cuando ella decía que quería irse. Pero ella estaba desesperada y se iba a meter en cualquiera sin que nadie le diera consejos, y eso hizo.

            El edificio estaba ocupado. Había un cartel con signos sobre el dintel y eso quería decir que estaba ocupado aunque ella no sabía lo que decía el cartel y por lo tanto no podía llegar a conocer el hombre del lugar ni si había mucha gente como en La Bandera o poca como en Kío o soldados como en El Tokio. Tal vez se llamara Bañista. O Libro. O Desesperación. Por suerte no había alcanzado a entrar, de modo que se volvió y terminó en la calle oscura otra vez.

            Iba a amanecer. En algún momento iba a amanecer y ella no tenía que estar en la calle en ese momento que no ha llegado pero que va a llegar, así que se metió en otro edificio y en ése no había carteles sobre los dinteles, no, no había signos que ella no sabía lo que decían, no había nada, estaba deshabitado.

            Había algo que ella nunca pensado y apostaba a que Ricura tampoco y eso que Ricura sabía muchas cosas. Nunca había pensado en lo raros que eran los edificios, en cuántas cosas inútiles se podían encontrar adentro; en que si se sacaran todas esas cosas inútiles habría mucho más lugar para la gente. Lo pensaba ahora porque este edificio en el que se había metido era el más raro de todos. Los techos eran altos muy muy altos. En La Bandera Diecisiete ella podía tocar el techo con las manos pero ahí ni que se subiera a escaleras y escaleras. Había cosas en los techos, ella no sabía qué era pero seguro que eran inútiles. Las puertas eran muy anchas y muy altas y se veía a través, se veía lo que había del otro lado pero no se podía pasar la mano; había que abrir la puerta. Después seguía y seguía y había escaleras y un lugar como el diecisiete de ella pero parado, no acostado. No se podía dormir ahí. Gente no había por ningún lado.

            No iba a encontrar nada de comer, se daba cuenta de eso y tan se daba cuenta que casi se volvió y a la calle otra vez. Pero se quedó. El libro, dijo. Esto no es una iglesia, dijo. No importa, dijo, voy a averiguar qué es y si no averiguo me voy a quedar escondida hasta la noche que viene si no me muero de hambre. Sabía que no se iba a morir de hambre.

            El hambre y el dolor en las manos cuando las abría o las cerraba y la voz de Ricura y eso de no saber adónde se habían llevado a Teolinda, todo la fue distrayendo hasta que el cansancio se tomó su revancha. Ya sé, pensó, ya sé, eso como el diecisiete. Buscó el lugar parado y se metió: si se acostaba encogida podía dormir ahí adentro porque era casi como La Bandera Diecisiete. No sabía cómo era Kío Erre donde vivía Ricura, porque en Kío había menos gente y los lugares para dormir llevaban letras y no números pero sí que había conocido Cartales Ochenta y Uno que era en donde había vivido Teolinda y en eso se quedó dormida justo cuando se estaba preguntando quién viviría allí ahora.

            El sol colorado cono un fruto colorado le pegó en los ojos. Ya no tenía hambre. Las manos le dolían pero no tenía hambre. Imaginó con alegría que su estómago sería ahora una bolsita como de papel seco y que ya nunca tendría que ponerse en la fila para comer.

            Se levantó y empezó a caminar y más allá de otra puerta encontró el libro.

            Fue así: había un espacio grande en el que cabría un montón de gente si sacaran esos muebles con cajoncitos que no eran ni cocinas ni bancos de iglesia ni nada. En una pared de ese espacio había una puerta que era dos puertas que se juntaban en el filo del medio. Cada puerta tenía un cartel con signos pero eso no quería decir nada porque los carteles tenían que estar en la puerta de afuera si los edificios estaban habitados y en las puertas de adentro no valían nada. Ella empujó una de las puertas con el dorso de la mano porque con la palma no hubieran podido por el dolor, y la puerta se abrió y ella entró. Allí estaba el libro. Muchos libros, muchísimos hasta el techo más alto que ninguno de los techos altos que ella había visto en Cartales o de los que le habían contado algunos viejos de ésos que andaban por ahí diciendo disparates.

            Se sentó en el suelo y miró para arriba hasta que le dolieron los ojos y el cuello. Adentro de su cabeza las palabras bailaban la zarabanda y los colores giraban hasta ser un solo color sin nombre y la voz de Ricura era todas las voces del mundo. Descubrió que no hacía falta pensar ni soñar; que bastaba con sentarse a mirar y que todo lo demás venía solo, solito como enjambre o rebaño y toda ella se estremeció con el cercano placer de tocarlos. Solamente tocarlos; poner las manos heridas encima de ellos sin que importaran los aeropuertos, deslizarlas, dejarles las marcas de su sangre, volver a La Bandera y decir yo los vi y que alguien dijera yo quiero verlos. Se levantó y fue hasta las estanterías. Levantó una mano, la izquierda que le dolí menos que la otra.

            -¿Qué estás haciendo aquí?

            Se dio vuelta.

            Un gordo vestido de soldado la miraba furioso:

            -¿Qué estás haciendo aquí? –repitió, y siguió sin esperar respuesta: -¡Osmaro! ¡Acá!

            Ella quería tocar los libros: ¿por qué no se iba ese gordo horrible?

            -¡Osmaro!

            Y por la puerta entró el hombre de negro.

            -Matala –dijo el gordo.

            El hombre de negro sacó un revólver negro:

            -Ya sabía yo que andabas en algo malo –dijo y le apuntó directo a la cabeza.

            -Qué estás esperando –dijo el gordo.

            Las tardes de abril, pensó ella. ¿Qué sería lo que pasaba, mi amor, en las tardes de abril? El hombre de negro no se iba a animar a matarla, seguro que no. Ella no era alguien importante, no era ni siquiera una evadida, era solamente una muchacha que tenía hambre y las manos heridas.

            El hombre de negro disparó y la flor roja entre las cejas de la muchacha brilló un instante, no tanto como un instante, más que el sol del amanecer que allá afuera teñía la piel de mármol del Bañista inmóvil en su redondel vacío.

                                                                                              Rosario, junio 1996

                                                                        

           

  

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-