"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




16 de Mayo, 2008


Be2

Publicado en relatos el 16 de Mayo, 2008, 14:38 por lilian

 En este pueblo pampeano, después del entusiasmo inicial por las bondades de la vida tranquila me fui deslizando inevitablemente hacia el líquido espeso de ciertos interrogantes postergados.

Pero no hay nada que hacer, siguen sin respuestas los mire por donde los mire.

El problema es la cena. Ya descubrí que dejar la estufa prendida ayuda en la vuelta del trabajo.

Y  Janis Joplin en el aire antes de preparar algo.

Quizás un perro, que mueva la cola contento, la haría más fácil, pero no estoy segura de engañarme así nomás.

La cosa es que últimamente  ceno  frente a la computadora, o a la TV,  algo casi de interés antropológico, estas nuevas nanas. Así, una noche de la semana pasada, comiendo mi omelet, dejo las cenizas del Chaitén sin volumen  y busco sobre jardinería, específicamente pennisetum rubrum, y así llego a "En plenitud", un sitio onda ecológico/alternativo, con un mix de temas, Feng Shui, cocina, salud, y jardín, obvio, esas cosas.

Levanto mi mirada al extremo superior de la pantalla, que titila en colorado, la propaganda me pega en alguna fibra.

Un grumo que pasó desapercibido al alta de mi analista.

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Fibra que debe haber estado hipóxica y conectada al dedo en el mouse y allá voy, digo que  me parecen pendejadas, que  para que entro, en fin… una vez completado el cuestionario, elegidos sobrenombre y  contraseña, paso por los "testimonios  felices" con la comisura derecha burlona, me había quedado pensando en esto de elegir rango de edad, estudios mínimos requeridos, ingresos anuales no menores a…, etc., etc., cuando en el costadito inferior derecho de la pantalla se me avisa que tengo correo.

La hago más breve: 98 por ciento!!! de compatibilidad con un fulano con sobrenombre "capaz", que tras cartón, me invita a "jugar" con un saludo muy apropiado.

El juego consiste en que dos insomnes de habla hispana del globo (nosotros) contestan un  cuestionario de temas banales con un múltiple choice de tres opciones. A continuación se les envían las respuestas del otro, comparadas con las propias, con lamentables exclamaciones.

Por ejemplo Capaz y tu, si, así dice, bien castizo, coinciden en llevar la bicicleta a arreglar cuando se rompe! Las otras opciones eran no tengo bicicleta y la arreglo yo mismo.

Y sigue ...rompe el hielo hablando de tus coincidencias.

Capaz que me afectó aquello de mi amiga ..."te vas a frizar en ese pueblo..."

Lavo el plato y la sartén, me sirvo una copa de vino.

Total que en breve detecto que solo son posibles unos mensajes predeterminados muy formales y de perfecta gramática, con lo cual entiendo inmediatamente que lo que tanto me había gustado de aquella frase de él…no lo escribió él.

Luego si deseas enviar tu propio mensaje…

Si, quiero enviar mensaje, desemboca siempre en los montos y formas de pago con tarjetas.

Vuelvo a los pennisetum.

En los días siguientes guardo la borra del café para abono, y las colillas de los cigarrillos para fabricar un plaguicida contra el pulgón del jazmín.

Me ocupan mucho tiempo las hojas caídas, los desagües tapados y encaro más seriamente el tema del perro, ya lo tengo mas pensado, quiero un pointer.

Para que, es un perro de caza, yo te voy a conseguir uno mejor dice mi hermano veterinario. No, no me gustan otros. Se molesta.

Mi ex, enterado por mis hijos, me ofrece un boxer, con esto de las comunicaciones corporativas gratuitas tenemos vía libre para hablar por celular sin límites, también tenemos esa opción con la abuela paterna de mis hijos, y con la novia de mi ex. Le agradezco el gesto.

Un día encuentro en la casilla de correo un mail de Be2 notificándome de  un regalo. Una semana de mensajes sin cargo.

Esa misma noche cené por primera vez con quien lleva la bici a que la reparen!, como yo!... "conversando" .

Atreviendonos a la zoncera de la ilusión.

Otra vez.

Ahora ya vamos por los
Que haces, cenaste?
No, te estaba esperando.

 Últimamente  llego a casa con hambre, pero antes de cocinar, veo si capaz está conectado.
Sin lástima de mí. Sonriendo.
Resumiendo, tantas veces quise sortear con elegancia esta insistencia mía de creer.

O esta humana necesidad de la otredad para la cena, esta condena. Y nunca pude.

Afuera, los pennisetum, son balanceados como tules, más rubrum que nunca, debe ser la borra del café. Es una noche de viento.

Asi que con todo esto todavía no decido acerca del perro.

DERRUMBE (nacional)

Publicado en De Otros. el 16 de Mayo, 2008, 0:32 por MScalona

                                                                   

-¿Lo conocés a Salvador? -dice Barragán.

Es un ex alumno suyo, de pintura. Se que en algún momento se volvió loco y pobre, no pudo pagar las clases, no tenía ni para comer, y Barragán lo alimentaba y vestía y le daba monedas para los vicios. A cambio, Salvador armaba bastidores, mezclaba las pinturas, preparaba mate, cocinaba… A veces se pasaba temporadas durmiendo en el taller, sobre una manta tirada en el piso, abrazado a la perra de Barragán. "Lola me quiere", decía. "Hablamos mucho, ella y yo". De pronto desaparecía por meses. Había recibido un giro de su padre, un ingeniero que vive en Wichita, Kansas. Con esa plata se iba al Abasto y alquilaba un cuarto en alguna pensión de las más baratas, las que pagaban las putas y los punguistas peruanos. Las pensiones, por supuesto, eran casas tomadas. Allí estaba todo organizado para la mayor seguridad de sus ocupantes. A veces las paredes de los cuartos habían sido agujereadas, no volteadas enteramente sino abiertas en un círculo de medio metro de diámetro, a través del cual los punguistas perseguidos por la policía podían ir escapando de cuarto en cuarto. A eso se lo llamaba "ampliación". Siempre había pasillos internos y construcciones nuevas: eran laberintos hechos sin voluntad de simetría, ni para perderse ni para encontrarse, sino para recorrerlos.

En la terraza de una de esas pensiones se había montado el "pungódromo", un centro de apuestas clandestino, organizado por los inquilinos, y que servía para hacer circular el dinero que ganaban de manera ilegal. Funcionaba así: durante años, el Abasto fue el barrio elegido para vivir por los que diariamente lo abandonaban y se dirigían a todos los puntos de la ciudad a realizar su tarea de hurtar las billeteras de los pasajeros de subterráneos y colectivos, arrebatar las carteras de las viejas que van distraídas, manotear los celulares de los cretinos que andan a los gritos por la calle… pero desde que la especulación inmobiliaria transformo esa zona de abandono y pequeña delincuencia marginal en una zona de crecimiento y prosperidad, con eje en el ex Mercado de Frutas y Verduras del Abasto, convertido ahora en el Abasto Shopping Center, sus habitantes decidieron no moverse. Bastaba con salir a la puerta de calle y esperar a que pasara la vieja a dinerada, el turista con su cámara digital, el matrimonio joven con su hijo en brazos. Después, con sólo estirar un brazo y pegar un tirón, la cosecha estaba hecha. El punguista escapaba con su botín y se metía corriendo en su conventillo, cruzaba algunos pasillos, atravesaba un par de cuartos, se colaba por unos cuantos boquetes y andá a encontrarlo. Después de un tiempo las autoridades municipales arregladas con los constructores e inmobiliarias de la zona, decidieron que la inseguridad era mala para sus negocios. Y como no podían erradicar a la antigua población, aumentaron la vigilancia. Llenaron el barrio de policías con gorras, con cascos, con palos, con armas de mano y fusiles y ametralladoras. Eso hubiera debido disuadir a los punguistas, pero fue al revés: la presencia policial resultó indispensable para la invención del pungódromo. El personal asignado entendió pronto cómo era el negocio y arregló la repartija con los representantes más acreditados del estamento delictivo: cuando la presa pega el grito de alerta porque acaba de ser asaltada, el policía de inmediato va y pregunta: "¿Qué le robaron? ¿Cómo era su asaltante? ¿Por donde se fue?". Por supuesto, para la población mayoritariamente blanca de este país, un descendiente del imperio incaico es idéntico a otro, son como chinos tostados, una especie de versión achaparrada de un coreano o un japonés. Por eso, con el susto que llevan encima después del arrebato, los asaltados a los sumo podían denunciar un genotipo. "Era un petiso morocho vestido con una remera lila que se metió por esa puerta". Con eso alcanzaba: el policía  salía corriendo en busca de un peruano vestido con una remera lila, que entretanto había tomado la delantera y andaba atravesando otras puertas y boquetes y subiendo por escaleras y pegando saltos por terrazas, hasta llegar al lugar que consideraba seguro para esconder el fruto de su arrebato. Luego, el punga cambiaba su remera por otra-negra, verde, amarilla, rosa- y ya estaba. Coartada perfecta: se volvía intocable. Aunque por toda una serie de signos sospechosos –los nervios, la respiración agitada, la transpiración- el policía sospechara que se trataba del autor del hurto, no podía detenerlo; con la remera cambiada, el reconocimiento sería imposible.

Al comienzo, en la época anterior al surgimiento del pungódromo, ningún policía estaba en condiciones de atrapar a un descuidista, se cambiara de remera o no. Especialistas en laberintos, y con metros ganados de antemano, los pungas eran imbatibles. Pero hay que desconfiar del talento policial aplicado a la busca de un tesoro. Al poco tiempo, los policías, mejor alimentados, de piernas más largas y gracias al entretenimiento físico proporcionado por la institución, empezaron a acortar distancias. Y además se hicieron duchos en aquellas módicas alegorías a lo Escher. De modo que a los pungas no se les hizo tan fácil. Cada dos por tres, alguno era atrapado por el policía de turno, que lo agarraba de las orejas antes de que pudiera llegar a su escondite y cambiarse la remera. Ahí, por mucho que el capturado pataleara y protestara diciendo "¡Suélteme  pues, argentino ladrón!", comenzaba a regir el acuerdo: el policía se quedaba con lo hurtado, era su botín. El uniformado simplemente salía por una puerta distinta de aquella por la que había entrado y se iba a vender el tesoro a alguna cueva de la calle Libertad, mientras que a la primera víctima de la cadena del asalto no le quedaba otra que ir a hacer la denuncia a la comisaría de la zona.

Muy pronto esa versión adulta del juego del poliladron se convirtió en el gran espectáculo de la zona. En sus ratos de ocio, los punguistas subían a las terrazas y azoteas más altas a ver cómo le iba a sus compañeros. Los debates eran apasionantes. Se discutían las estratégicas de huida de cada punga, los méritos del pique corto versus el sprint…

En realidad, para los espectadores de las alturas, aquello constituía una clase práctica, era un campo de entrenamiento en todo parecido a los que utilizan los militares en sus mesas de arenas y los pilotos aéreos en sus simuladores de vuelo. Y también servía de escuelita: allí se transmitía el oficio de generación. Inclinado peligrosamente sobre los enrejados y paredes linderas de las terrazas, cada cholito podía aprender las maniobras evasivas y los métodos de ocultamiento de los colegas de su padre o de su propio padre, así como las técnicas de persecución y cerco que aplicaba la fuerza policila… Pronto, además, a los observadores inteligentes se les reveló la dimensión especulativa de aquel juego. Se adelantaban  hipótesis acerca de los caminos que tomaría cada policía, los posibles puntos de cruce, las elípticas… De experiencias como ésta nació en siglos pasados la filosofía y el cálculo infinitesimal. Más modestamente, en las terrazas del Abasto se dio luz el pungódromo. Alguien lo inventó, nadie sabe quien. Quizá Salvador. Los espectadores apostaban a favor de pungas o de policías. Por supuesto, empleaban cálculos estadísticos para reducir el margen de error y avaluar las posibilidades de los corredores. Los boletos de cada participante pagaban de acuerdo a tablas de performances  que se iban modificando de acuerdo a sus éxitos y fracasos. Un policía, ex maratonista, fue eliminado de la competición. Como su margen de error tendía a cero, su presencia abolía el azar del juego, que por definición reniega de la ciencia exacta: lo trasladaron a una departamental de provincia…

La timba creció, era una fiebre. Se apostaban sumas muy superiores a las que podían deducirse de todos los hurtos del barrio, lo que prueba que allí había empezado a circular el dinero de la droga. En todo caso, la actividad punguística resultaba un simple pretexto para que el juego siguiera funcionando. Era como una máquina que se retroalimentaba: a partir de la aparición de la policía y de la invención del pungódromo, la tasa de asaltos en la zona creció por cien, o por mil. Ya ni se podía caminar por el barrio, te manoteaban el bolsillo hasta los recién nacidos… Incluso los propios apostadores eran parte de la circulación: robaban, corrían, subían a apostar. Felices, transpirados. ¿Qué importaba ganar o perder? ¡Lo importante era la apuesta, el juego, la fiesta perpetua! A veces el pungódromo principal, el centro neurológico de la timba, un edificio tomado de seis pisos que dominaba todos los techos y patios y pasillos y donde se realizaban las apuestas más elevadas, se veía honrado por la visita del mismísimo comisario, a quien agasajaban con cerveza limeña y ceviche. Como el comisario apostaba fuerte, empezó circular la versión de que algunas carreras estaban arregladas… Incluso, en más de una oportunidad, un punga-favorito perdió  sospechosamente contra algunos sargentos lentos y excedidos de peso, se dejó atrapar como una liebre…                                 

                                                                         

                                                                                           

Daniel Guebel, DERRUMBE, Ed Mondadori  p. 134-143

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-