"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




plus DERRUMBE...

Publicado en De Otros. el 12 de Mayo, 2008, 20:40 por MScalona

LOS ESPERO EL VIERNES, 19 hs. en ROSS, junto con Guebel

para presentar  " D E R R U M B E "    (maRCe)


No pasa un día sin que alguien me pregunte cómo estoy a partir de que me separé de mi mujer.  Digo  que estoy bien, sereno, tranquilo, aliviado de los gritos y las peleas, del sórdido rencor que a Paula y a mí nos envenenaba. Digo también mi hija está mejor, que encontró la manera de acostumbrarse a lo que está ocurriendo: a cada persona que conoce -en las plazas, en los parques, en los peloteros, en los restaurantes- le cuenta que tiene el apellido de la madre y del padre y que vive en dos casas, no como la mayoría de los chicos que viven en una sola. Ese cuento parece llenarla de orgullo, es una especie de rasgo de distinción, propio del egocentrismo infantil. Pero Ana lo dice demasiadas veces y a demasiada gente, y yo no puedo menos que pensar que eso se debe a que no termina de acostumbrarse a la situación. Lo mismo me pasa a mí: mi relato es cierto, la tranquilidad es cierta, Paula y yo nos tratamos mejor. Pero también lo es que cada noche que vuelvo a casa, cuando pongo la llave en la cerradura y abro la puerta y sé que nadie me espera, que la luz está apagada y que voy a comer sólo, viendo televisión… ¡Si pudiera volver, retroceder en el tiempo, empezar de nuevo, hacer otra vez el intento, ponerme a prueba otra vez!

Pero mi relación con Paula  siempre fue imposible, y quizá por eso prosperó.

La conocí hace diecisiete años. Ella tenía apenas dieciocho, yo treinta y dos. Siguiendo una vaga recomendación, vino justo a toda una camada de hermosas jovencitas al taller literario que dirigíamos Luis Chitarroni y yo. Nuestra actividad era escandalosa, una estafa. Yo no puedo juzgar, y mucho menos decir nada útil sobre un texto ajeno. Ni siquiera puedo prestar atención; durante la lectura cerraba los ojos, pensaba todo el tiempo que debía concentrarme en lo que escuchaba, y cuando el relato había concluido, trataba de armar algo con las dos o tres cosas que se me habían filtrado, organizaba la secuencia que faltaba gracias al resto averiado de lo presente, y con eso me las arreglaba: profería alguna frase que bien podía servir como un aporte al sentido general de la literatura. Iluminación o disparate, es  lo mismo. Si la frase se dice con el vigor suficiente, el alumno de taller le atribuye una importancia exorbitante; de hecho paga por escuchar verdades fundamentales acerca de lo que escribe. Y si no las escucha, se va del taller y listo. Por suerte, Chitarroni siempre decía cosas útiles y razonables, así que el asunto funcionaba, salvo por el hecho de que la mayoría de los alumnos terminaba no pagando…

Paula vino a nuestro taller. Desde el primer momento no supe que  hacer con la fijeza de su mirada, con su obstinada voluntad de replicar o desatender  a cualquier cosa que yo dijera. Esa modalidad me exasperaba. ¿Me despreciaba, le era indiferente lo que escuchaba, quería pelear conmigo? En más de  una ocasión me sentía a punto de estallar. De haber sido más modesto, o simplemente más sensato, hubiera debido entender que Paula había evaluado la situación desde el principio, y había comprendido que, del dúo, era Chitarroni el inteligente, el sensato, el entendido, el calmo, el culto, el brillante, el ingenioso y divertido… el tipo al que había que prestarle atención: el maestro del taller literario. En cambio yo… yo era el tarambana con el que ella había decidido tener una historia de amor.

 Quien me vea, no podrá entender por qué una mujer descomunalmente hermosa como Paula me eligió a mí. Pero ella era casi una niña por entonces. En ese punto, no voy a condescender a ninguna frase falsamente indulgente acerca de lo que media entre un treintañero y un ruinoso señor mayor. Tampoco voy a dar detalles acerca de lo ocurrido. Alcanza con la obscenidad inherente al acto de la lectura. En algún momento quebré mi regla autoimpuesta de no acostarme con las alumnas, y la llevé a la cama. Quizá por eso, precisamente por eso, decidí retroceder apenas advertí el poder de su atracción. La cité en un bar y le dije que estaba arrepentido, que ella venía al taller a "aprender literatura" y no a acostarse conmigo, que yo era un canalla por haberme aprovechado, que era demasiado joven para mí. Mientras me desangraba en esos argumentos abyectos, Paula me miraba sin decir nada, como si en vez de escuchar mis palabras viera la espuma de cierta rabia que brotaba de mis labios. Ahí me di cuenta de que ella sabía mucho más acerca de mis verdaderas razones que yo mismo, pero que por algún motivo no iba a utilizar toda su capacidad para disuadirme de mi decisión. Quizá ya estaba planeando una nueva cita en otro tiempo y lugar, cuando yo hubiera llegado solo a un estadio adecuado de compresión. Estaba seria y apenada cuando me dijo: "Sos un tonto. Yo no soy una mujer". Después, se levantó y se fue y yo me quedé sonriendo… No sé de qué… Seguramente de lástima por mí mismo. Pero eso sólo en parte. Sobre todo, de dolor por su partida. Ese dolor, en una secuencia de dolores imposibles de comparar, tiene sin embargo su punto de equivalencia: la ida de mi hija.

Después no fue tanto mi renuncia, que nunca dejará de honrarme  la conciencia, lo que me hizo pensar en Paula vez tras vez. No fue eso sino la certeza casi instantánea de que había perdido algo que no iba a recuperar jamás. Cada tanto, Paula me llamaba. Una vez por año me llamaba y yo le respondía que no quería verla, que no quería hacerla sufrir, que no debíamos encontrarnos. "¿Para qué?", le decía. "¿Para qué?" Y al mismo tiempo pensaba, no podía dejar de pensar  en qué sería de su vida. Su gesto fiel y constante, la persistencia de su amor por mí construía la figura de  un matrimonio imaginario en el que yo hacía las veces de un Ulises que no pensaba en volver, pero que no soportaba la idea de dejar atrapada a Penélope en el telar de esa espera. Por eso, como es lógico, me irritó la fascinación de Segovia por la actitud paciente de su esposa. ¿Quién tolera los espejos insultantes con que la vida demuestra lo vulgar de nuestra presunta excepcionalidad? Durante esos años, encima, yo esperaba que a Paula le fuera bien, que encontrara un hombre que la quisiera. Por supuesto, no pensaba todo el tiempo en ella; podía olvidarla durante meses, pero cuando lo hacía, la recordaba como una oportunidad perdida, la última, la única que, por no haber sido sometida a los desgastes del deseo cumplido, aparecía como un dolor incurable. En el fondo, no había vez que pudiera responder a la pregunta: ¿por qué no pude seguir?

            Es cierto que en ese tiempo de distancia y desconocimiento mutuo de nuestras respectivas vidas, salí con otras mujeres. Casadas, solteras, viudas, separadas. Pero ¡a quién le importa! Siempre estaba, tal vez atenuando por el tiempo, el relente melancólico… Pula. Paula. La voz en el teléfono, que aparecía de pronto y decía: "Soy yo". Había una seguridad en ella, un modo de plantarse a cada llamado. Primero decía "Soy yo", como si el tiempo resultara abolido de inmediato. Como si estuviese segura de que nunca iba a dejar de reconocerla. Dejaba pasar un segundo, después del "yo", antes de decir "Paula". Y la aguda dulzura de su voz, lo irresistible de su llamado amoroso, me estrujaba el corazón. Mi modo de negarse también había cambiado con el paso de los años, más que un no, era un ¿por qué? Pronunciando con voz cada vez más finita. Un reconocimiento de culpa que Paula tomaba como una señal que aún no se podía torcer. Hasta que un día, en uno de esos llamados, en vez de negarme yo dije que sí, y nos encontramos: seguía siendo increíble que una mujer como ella pudiera persistir en querer algo conmigo. Pero así era. Y cuando volvimos a acostarnos, aunque el acto fue como lo había sido siempre, de una intensidad incomparable, tuve la impresión de que algo había fallado, algo se había quebrado. Una imbecilidad, por supuesto. Construye tu obstáculo y tírate contra él. Esa técnica la inventaron los vascos y es lo único que aportaron a la civilización: la certeza de que las piedras sólo se quiebran con la cabeza. En todo caso, en mi caso, es claro que el obstáculo había hecho lo suyo y a maravillas. Y ahora, yo, que en vez de una alumna-niña tenía enfrente a una mujer hermosa e inmensamente disponible… me encontré con que la tensión que me había sostenido en un estado de nostalgia y excitación del recuerdo, había empezado a desaparecer. No el deseo, que por un lado funcionaba como siempre, y en otro, de manera paralela, había sido relegado, colocado entre paréntesis… sino algo de la consumación perfecta que había sido el rasgo distintivo de nuestros primeros encuentros. Y en la derecha, deslizándose como una víbora por el lugar donde se escurría lo perdido, había ingresado, o estaba entrando, la angustia.

            Todo lo demás, todo lo que siguió y continúa hasta el día de hoy, fue, de mi parte, el intento por producir alguna compensación a ese estado de cosas para el cual no tuve ni tengo explicación alguna. No puedo definir ningún motivo para lo ocurrido. Tampoco voy a  explayarme acerca de esos mecanismos compensatorios, porque sería como ponerme a dibujar sobre un tablero inexistente los diseños y funciones de artefactos imaginarios, que jamás adquirirán entidad, y que fueron inventados para satisfacer una demanda que desapareció. En esa incongruencia, nada encajaba. Porque, efectivamente, en ese punto, Paula se quedó a mi lado, pero ya sin pedir ni esperar nada. Al fin, cuando ella consiguió lo que tanto había anhelado y cuando ambos estábamos de acuerdo en obtener lo mejor para los dos, el signo de las cosas se había vuelto neutro. Estábamos vencidos, y el sufrimiento crecía, y tenía forma. Para mí, al menos, era como si yo estuviera padeciendo el peso de una pirámide invertida: la base, cuadrada y amplísima, que se mostraba al cielo como la denuncia de un orden de cosas incomprensibles, y todo el resto de la estructura, hacía equilibrios sobre un vértice, un punto insignificante, una nada que sostiene una enorme superficie de dolor. Básicamente, como ya no sabía qué hacer, actué como algunos condenados, que inclinan la cabeza para que resplandezca ante el mundo el blanco de la nuca en el instante previo a aquel en que los van a guillotinar.

            El infierno es para algunos el castigo por la infracción de alguna ley moral. Para mí, la vida se convirtió en eso después de que entendí cómo había herido a mi mujer. La ofrenda de mi persona en sacrificio para resarcirla del sufrimiento que le producía, no fue suficiente no sirvió para nada, porque Paula entendió que aquello que me estaba ocurriendo era una nueva versión, más elaborada, de mi vieja reticencia, que aparecía justo cuando ella creyó que había dejado de existir. ¿Qué pasó? ¿Algo en mí, un motor sórdido, había optado por colocarla siempre a pérdida, de antemano, de tenerla siempre en falta para mover la maquinaria de la culpa (mi operación favorita), y luego, una vez que todo quedó convenientemente destrozado, utilizar su ausencia para lamentarme por lo ocurrido? Quién sabe. Hasta escribir sobre esto es horrible, y banal. A Paula, nuestra convivencia le sirvió para cerciorarse hasta el hartazgo de que yo había refinado los procedimientos para hacerle daño y para mellar sus ilusiones, una y otra vez. En algún momento, sin embargo, ese dolor dejó de manar como herida, su condición líquida, de manera lenta, se solidificó; se volvió amargura. En ese sentido, el nacimiento de Ana fue un alumbramiento de otro orden, su presencia era una felicidad completa, y por eso se situaba en otra dimensión. Pero entre nosotros había empezado la guerra. Me di cuenta de ello al percibir el cambio en la voz de Paula. Toda dulzura había desaparecido…

            No puedo seguir.

            Hace un mes que Paula se fue de casa, pero en los estantes de mi biblioteca, además de las fotos de Ana en sus diferentes ciclos de crecimiento, hay una que no pienso ocultar aunque en mi casa vuelvan a entrar decenas, cientos de mujeres, aunque cada una de ellas la mire y me pregunte: "¿Qué hace esa foto acá?" o "¿Estás armando el museo de tu vida?" o "¿Quién es esa rubia?" o "¿por qué, por qué?". Es una foto que nos sacó un desconocido en una calle cualquiera de algún lugar de veraneo. Paula y yo miramos a cámara y sonreímos. Esa foto registra lo inextinguible, aquello que queda donde hubo amor.

DANIEL   GUEBEL

Ed. Mondadori, Pag.  117  a  129

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-