"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




6 de Mayo, 2008


PRESENTO A GUEBEL...

Publicado en General el 6 de Mayo, 2008, 18:19 por MScalona


el 16 de mayo, a las 19 hs. en Librería Ross

tengo el honor de presentar con el autor,

su última novela:  DERRUMBE, de Edit Mondadori.

Desde ya les recomiendo que se morfen ese manjar

relleno de vidrio molido... derrumba, demuele, hipnotiza,

asusta, desvela, desasosiega, despierta, inquieta, jode...

literatura para joderse, para no quedar en paz...

estilo transparente-autobiográfico, el yo que narra el dolor de sí...

como Guibert, Perlongher, Marosa, Puig, Sarduy, Arenas, Mansfield,

Lorrie Moore, etc...  RESERVEN LA FECHA...!!!!!

DANIEL GUEBEL

Publicado en De Otros. el 6 de Mayo, 2008, 18:16 por MScalona
 nació en ARG, 1956.

DERRUMBE        

Edit  Mondadori, p. 11-23

Ayer fue Navidad. Son las nueve de la mañana y en la calle no hay nadie excepto una paseadora de perros que deja que sus animales ensucien en la puerta de mi casa. En realidad, sobre el asfalto, pero a dos metros de la vereda. Y cuando el sol calienta, los tesoritos fermentan y el olor entra por las ventanas. Salgo a protestar pero la paseadora lleva puestos los auriculares de una radio portátil y no escucha lo que le digo. Tengo que gritar: "Señora, ¿por qué no lleva a sus perros a cagar a otra parte? ¡A una cuadra está el paredón, las vías del tren! No sé si me irritaría de igual forma si se tratara de un hombre. Soy cobarde, físicamente. O quizá se trate de otra cosa, del miedo a enloquecer de furia y matar a un adversario. La paseadora dice: "¿Por qué se pone así? Yo no terminé mi trabajo". Se ríe y junta los excrementos en una bolsa de plástico. Yo le digo: "¡Igual da asco! La mierda se pega al asfalto y uno la pisa al cruzar la calle o al bajarse de un auto, y después la entra a su casa. ¡Yo piso esa mierda y después mi hija juega con sus juguetes en el suelo y está en contacto con los microbios de la mierda de esos perros!" La paseadora no pierde su buen humor: termina de atar la bolsa y me dice: "Qué difícil debe ser vivir para alguien como usted". ¡Encima quiere tener razón! En vez de gritar o pegarle, entro a mi casa. Mi hija duerme. Dentro de una semana mi mujer se irá con ella y me dejarán solo. Voy a estar solo hasta el fin.

Soy  un escritor fracasado, eso ya se sabe. Y no porque haya escrito demasiado o demasiado poco, o porque mis libros sean demasiado malos o demasiado buenos, imposibles de ser leídos por pésimos o excepcionales. No tengo intenciones de precisar la real jerarquía de mi obra, porque ese intento estaría marcado desde el inicio por el deseo de que ésta respondiera fielmente a mi ambición, a mi sed de absoluto, y no a sus posibilidades. A veces, cuando mi esperanza se vuelve modesta, pienso que el talento a lo sumo me alcanza para escribir una obra maestra de segunda categoría. Y hasta llego a creer que incluso esa pretensión es absurda. ¡Es tan difícil escribir bien, realmente bien! Casi nadie lo logra; de hecho, lo que se toma por buena literatura, lo que funciona como tal es mera porquería, pastiches, imitaciones de estilo, argumentitos, formitas: suavidad de intenciones, tersura prosaica, tono monocorde, frases elegantes, elevación de miras, boba aspiración a la más redonda y sosa de las simetrías. En ese contexto, era inevitable que la contundencia, la extrañeza, el terrible desafío, la valentía de mis escritos, me llevaran a ocupar un lugar destacado en el panorama de la literatura contemporánea.

Sin embargo, eso no ocurrió. Otro autor, en mi lugar, habría armado un escándalo y denunciado de inmediato la injusticia. Yo, no. Muy pronto, después de que edité mi segundo o tercera novela, perdí la voluntad de construir una figura social que acompañara mis creaciones. ¿Qué hay para decir? Aunque debo reconocer que pocos días antes de cada publicación empiezo a preparar mentalmente frases, ideas acerca de lo escrito, visiones a revelar durante la entrevista; momento que  finalmente no llega porque ese ocultamiento de mi persona no es sólo un fenómeno que acompaña mi deseo de pasar desapercibido sino también, y sobre todo, una consecuencia del desdén, el desprecio o la indeferencia con que son recibidas mis obras.

¿Por qué esto?  No se trata de lamentarse, aunque podría hacerlo, infinitamente. Soy una versión metafísica del judío religioso que gimotea ante el Muro de los Lamentos después de que se lo retiraron; ahora ni siquiera tiene donde apoyarse y ganó un nuevo motivo para llorar y tirarse de las barbas. A la hora de la queja, no hay nadie como yo. Sucede simplemente que, por error o pereza intelectual, esos libros maravillosos que ofrendé al mundo y que el mundo no parece advertir en modo alguno, fueron arrastrados por la corriente dominante. Basta repasar lo nombres de los autores de mierda que aparecen en las tapas de los suplementos culturales. Suficiente por hoy.

O no. ¡Que indignación! Acabo de leer la entrevista a un escritor español-no los hay desde que murió Cervantes- que se "confiesa". Dice que se cansó de "escribir para ser fotografiado". ¡Cuanta vanidad disfrazada de amor por la paradoja, de cuidadosa ironía¡ Gordo fanfarrón, hinchado, haciendo tu carreterita internacional, redactando con prosa de menopáusica las aventuras de tu yo interior. Estos gallegos escriben como burgueses de Viena que esperan una hecatombe, su Hitler literario. Da bronca. ¡Como si un escritor, un escritor de verdad- alguien como yo- hubiese escrito alguna vez para ser fotografiado! Es al revés; un escritor debería ser fotografiado para que sus libros fuesen vendidos de manera que esas ventas le permitirían vivir sin hacer otra cosa que escribir. En el caso de este idiota, su falsa modestia de celebridad incomoda por los efectos de la fama le sirve para sostener la ilusión fraudulenta de que produce una obra de alto nivel y dirigida a pocos lectores. Y calienta así a los cretinos que compran sus libros creyendo que entran en contacto con la "claridad".

En cambio yo… Yo, que escribo para todos, no soy leído por nadie.

Es cierto que a esta altura de mi vida ya podría pensar en ganar dinero en otras cosas; dedicarme a los negocios, por ejemplo. Ingresar en la lógica del capitalismo (explotación y latigazo). Invertiría esas ganancias en comprar tiempo para escribir. ¿Y que tiene de malo? El empresario es el aventurero del capitalismo moderno, y de ahí la fascinación colectiva que produce. Estéticamente, es el heredero corporativo de  la mitología de los piratas. Si ese rasgo se ha vuelto una moral, ¿Cuándo más justificado no estaré yo, que pretendo rentas para volver  colectiva una pasión privada, mi literatura como fin y como fe?

Ahora bien, ¿Cómo se hace? ¡Me paso la vida pensando cómo conseguir plata! Variaciones de la rosa de cobre, la medida de bronce, el billete de lotería… Pero ignoro cómo pasar de la potencia al acto y volver virtuosa mi necesidad. No tengo relaciones, carezco de contactos, desconozco cuál es la puerta que hay que golpear, dónde atiende el financista  capaz de ayudarme a conseguir mi primer millón. Además, soy impresentable. Nadie me a decir en sus oficinas porque me acerque a ofrecer algún negocio. ¿Quién me escucharía en la jerarquía de los ángeles si yo gritara?

En principio, nunca me gustó vestirme bien; entre legiones de marcas, no distingo la clase de tela, corte y calce que podría convertirme en un simulador distinguido y confiable. Y desde que mi mujer me abandonó, toda la porquería que cuelga de las perchas del placard pareció volverse solidaria con la hecatombe. A partir del momento en que me dejó de amarme, Paula prescindió de comprarme ropa, de modo que esas antigüedades fuera de moda que esperaban su oportunidad para caer en el tacho de basura, remplazadas por otras, siguieron en uso; camisas de tela ya transparente, remeras de algodón barato cuyos bordes encogidos empezaron a enrollarse alrededor de mi panza, pantalones con cierres falseados y botones descocidos. Tampoco tengo ya jabón, salvo esos pequeñitos de hotel, que dejo para que juegue mi hija. Doy asco, he perdido las esperanzas, y por lo tanto, la ilusión, veo todo más claro y me he vuelto un hombre mejor.

Me derrumbo. Me derrumbo. Me derrumbo. Copiaría y pegaría la frase eternamente, pero no soporto esa facilidad. Una posición cómoda: el sufrimiento injustificado. Claro que mi mujer acababa de abandonarme. Pro yo siempre supe que eso ocurriría, desde el mismo día que vino a vivir conmigo. De hacho, me esforcé como un condenado para producir su partida y enterrarme luego en este infierno de dolor. ¿Y? Hay maneras y maneras de morir en vida y yo elegí la mía. Lo pienso. Lo acepto, al menos. Querría otra cosa, seguro que sí. Pero no sé cómo hacer. El fracaso despliega sus alas gigantescas sobre todos los rincones de mi vida. Oscuro, oscuro. Ser para llorar.

Durante años nadie pudo decir que hubiese visto desprenderse una sola lágrima de mis ojos. Ahora mi hija me dice: "Papá, voy a vivir con mami y te voy a extrañar mucho y voy a venir a visitarte". Y yo me encierro en el cuarto y oculto la cara entre las manos. Falta un día para fin de año (pasaron cinco entre una frase y la otra frase) y hoy es la última noche en que Ana duerme en casa. Salimos a cenar a lo de unos conocidos. Ella está hermosa y contenta de usar su vestido de gasa; ríe y juega con sus amiguitos y cada tanto se sienta sobre mis piernas y me dice: "Papá te amo". Después, en el taxi de regreso, se durmió en mis brazos y cuando la cargué para bajarla sus dedos no soltaban un juego de lacrillos azul. No pude cambiarle la ropa y a la madrugada mojó su vestido blanco y las sábanas rosadas. Todavía no cumplió cuatro años y ya es 31 de diciembre y no va a vivir más conmigo. Vendrá sólo a visitarme. A la mañana fuimos a una juguetería a comprar un salvavidas para cuando venga y se meta en la pileta de lona, y un cubrecolchón, por si sigue mojando la cama, y una caja con veinticuatro marcadores de colores porque quería dibujar un arcoiris. "Nadie me enseño a dibujar un arcoiris, papá". Yo le enseñé a ella separó los marcadores en colores para hombres y para mujeres. Los colores claros eran colores de mujer, y además del paso verde y el sol amarillo dibujé estrellitas negras.

Estuve una hora, dos horas, esperando que la madre pasara a buscarla y se fueran. Quería quedarme solo, terminar de una vez. Mi hija pedía lo de siempre, un cuento con animales, que sea largo y que termine  mal para todos. A medida que se iba acercando el momento en que Paula vendría, mi voz enronquecía, yo quería apartarme y no hablar. Al mismo tiempo, pensaba que recién iba a recuperar a mi hija, tenerla de verdad, cuando dejara mi casa. Mi hija siempre fue preciosa para mí. Desde que nació, el sinsentido del mundo se condensó hasta convertirse en un punto insignificante, y lo único que tuvo la consistencia del ser, el brillo y la dimensión de lo existente, fue su presencia. Pero al mismo tiempo su realidad cotidiana se volvió un obstáculo para que la adoración que siento por ella se convirtiera en una totalidad suprema. Las veces que me enojé y le grité porque se portaba mal, las veces que le pegué…

Paula acaba de llevársela. En la despedida, yo le di un beso a Paula y Ana dijo: "Si se dan besos de novios  yo no me puedo ir". La madre le dijo: "Son besos de amigos" y después se volvió hacia a mí y dijo: "Nunca vio que nos diéramos besos de novios". Y se fueron de la mano. Yo me quedé en la puerta viéndolas irse y conteniendo las lágrimas. Ana llegó hasta la esquina y se dio vuelta y me saludo, me tiró un beso, sopló en el aire y después se volvió hacia su futuro.

Estoy solo y tengo que sobrevivir. Entro en mi casa, me tiembla la mandíbula. Empiezo a llorar, quiero gritar pero que no me escuchen los vecinos. Abrazo la pared, de golpe el dolor desaparece. Mi hija y mi ex mujer se borran en el aire. Siempre estuve solo, no hay nada, nunca hubo nada. Este cuerpito frágil y alegre diciéndome adiós. Mi hija tiende el puente de plata con la vida. Tengo que ir a comprar cosas: la casa no debe estar vacía cuando ella venga a visitarme.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-