"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Mayo del 2008


GigaNte AriStimuÑo....

Publicado en General el 31 de Mayo, 2008, 14:57 por Gonza!

foto de suburbanas en 26/05/08

...fijate que hasta me siento mal por los que no fueron...

JOHN GARDNER - para ser escritores-

Publicado en Sugerencias. el 31 de Mayo, 2008, 12:50 por MScalona

La  NaTuRaLeZa  DEL    EsCrItoR

Casi todo escritor principiante pregunta en un momento (o quisiera atreverse a preguntar), a su profesor de literatura creativa, si de verdad tiene o no lo que hace falta para ser escritor.

Y la respuesta sincera es casi siempre: <<Vaya Dios a saber…>> A veces se responde: <<Rotundamente sí, si no te desvías de tu propósito,>> y alguna que otra vez hay o habría que responder: <<No lo creo.>>

No es probable que quien haya enseñado literatura durante mucho tiempo o haya conocido a muchos escritores primerizos dé respuestas más concretas que éstas, pero la pregunta resulta más fácil de contestar si el escritor en ciernes, no se refiere a llegar a ser únicamente <<alguien que puede publicar>> sino <<un novelista serio>>, es decir, un artista sin compromiso y enteramente dedicado a su arte y no simplemente alguien que puede publicar una historia de vez en cuando; en otras palabras, si el principiante es de la clase de personas para quienes se ha escrito principalmente este libro.

         Lo cierto es que en los Estados Unidos hay tantas revistas –y en el mundo más- que casi cualquiera, si pone empeño, puede conseguir que tarde o temprano le publiquen un relato; y una vez que el escritor principiante ha publicado en una revista (pongamos que en cierta modesta publicación trimestral), con lo que en su carta de presentación a otros editores puede poner: <<Mis  escritos han aparecido en tal y tal revista>>, sus posibilidades de publicar en otras publicaciones aumentan. El éxito engendra éxito. Por un lado, el haber publicado en cinco o seis revistas modestas virtualmente garantiza el éxito en otras revistas no tan modestas, porque los editores, en la duda, suelen dejarse convencer por la certificación de que se ha publicado, sea donde sea. Y por otro lado, cuanto más escribe y publica el escritor novel (especialmente si publica tras haber mantenido correspondencia con un editor inteligente y dispuesto a dar consejo), más seguridad y habilidad adquiere. En cuanto a publicar una novela no muy buena, las posibilidades son mayores de lo que se podría pensar, aunque puede que la paga tampoco sea buena. Siempre hay editores que buscan nuevos talentos y están dispuestos a correr riesgos, y entre ellos abundan los que buscan específicamente ficción de mala calidad (pornografía, novelas de horror, etc.).

Hay escritores jóvenes que, debido a una peculiaridad de su forma de ser, no se sienten tales si no han conseguido publicar algo, como sea, donde sea.

Probablemente, dichos escritores harán bien en conseguirlo y acabar con ello de una buena vez (como sucede a veces con el debut sexual juvenil), pero harían aún mejor si, con las miras puestas en el futuro, mejoraran su nivel y lograran aparecer en publicaciones de mayor prestigio. Es difícil borrar esta clase de traspiés, como también lo es desembarazarse de técnicas burdas una vez que han dado resultado. Es como intentar dejar de hacer trampas en el golf o de engañar en el matrimonio.

         Para poder responder de forma responsable a la pregunta del joven escritor, el profesor de literatura creativa tiene que tomar en cuenta diversos indicadores que no son seguros, pero que ofrecen indicios válidos. Algunos de estos indicadores están relacionados con las facultades del individuo, evidentes o potenciales, y otros, con su carácter. El que ninguno de ellos sea infalible se debe en parte a que son relativos y en parte a que el escritor puede mejorar –abandonando hábitos técnicos o de su personalidad, mejorando por mera obstinación- o simplemente, con el tiempo, pasar de ser un probable no escritor a convertirse en un probable escritor de éxito.

         Lo peor que puede pasarle al escritor principiante que lo intenta y fracasa –a menos que tenga una idea jactanciosa de sí mismo o de lo que significa este oficio- es descubrir que para él, la escritura no es lo que más alegría y satisfacción le proporciona en la vida. Para los que buscan éxitos o brillo es más conveniente elegir carreras ligadas a los negocios o profesiones ligadas a ellos, aunque claro, allí también se producen estrepitosos fracasos.

         Lo primero y más honrado que debe saber el escritor principiante es que su vida es pasárselo todo el tiempo escribiendo y mejorando su nivel; lo segundo, es guardar su mundo interior y exterior para cumplir lo primero. Y lo tercero, es saber lo que cabe no esperar. Y allí es fundamental no tener expectativas jactanciosas o místicas, sobre uno mismo y sobre el oficio de escribir.

                     J O H N        G A R D N E R

Para ser novelista,   p. 21-25,  año  1983 ,  Ed. Ultramar

El libro tiene el prólogo de Raymond Carver, que fue alumno de escritura creativa de Gardner entre los 18 y los 21 años, y al cual celebra como su máxima y sana orientación, con enorme gratitud.

Gardner tuvo a su cargo por 20 años, el taller literario de la Universidad de Nueva York, su obra didáctica se reúne en 10 tomos, pero no está traducida al español.

PER (more) LONGHER

Publicado en De Otros. el 30 de Mayo, 2008, 22:38 por MScalona


                                                                                   

                                                                                  

                                                                                  

POR  QUÉ  SEREMOS  TAN  HERMOSAS

 

 

 

Por qué seremos tan perversas, tan mezquinas

(tan derramadas, tan abiertas)

y abriremos la puerta de calle al

monstruo que mora en las esquinas, o

sea el cielo como una explosión de vaselina

como un chisporroteo, como un tiro clavado en la nalguicie –y

por qué seremos tan tentadoras, tan bonitas

los llamaremos por sus nombres cuando todos nos sienten

    ( o sea, cuando nadie nos escucha)

Por qué seremos tan pizpiretas, charlatanas

tan solteronas, tan dementes.

 

por qué estaremos en esta densa fronda

agitando la intimidad de las malezas

como una blandura escandalosa cuyos vellos se agiten muellemente

al ritmo de una música tropical, brasilera.

 

Por qué

seremos tan disparatadas y brillantes

abordaremos con tocado de pluma el latrocinio

            desparramando gráciles sentencias

            que no retrasarán la salva, no

pero que al menos permitirán guiñarle el ojo al fusilero

Por qué seremos tan despatarradas, tan obesas

sorbiendo en lentas aspiraciones el zumo de las noches

peligrosas

tan entregadas, tan masoquistas, tan

-hedonísticamente hablando-

por qué seremos tan gozosas, tan gustosas

que no nos bastará el gesto airado del muchacho,

su curvada muñeca:

pretenderemos desollar su cuerpo

y extraer las secretas esponjas de la axila

tan denostadas, tan groseras

Por qué creeremos en la inmediatez

en la proximidad de los milagros

circuidas de coros de vírgenes suicidas y asesinos dichosos

tan arriesgadas, tan audaces

pringando de dulces cremas los tocadores

cachando, curioseando

Por qué seremos tan superficiales, tan ligeras

encantadas de ahogarnos en las pieles

            que nos recuerdan animales pavorosos y extintos

            fogosos, gigantescos

Por qué seremos tan sirenas, tan reinas

abroqueladas por los infinitos marasmos del romanticismo

tan lánguidas, tan magras.

Por qué tan quebradizas las ojeras, tan pajiza la ojeada

tan de reaparecer en los estanques donde hubimos de hundirnos

salpicando, chorreando la felonía de la vida

tan nauseabunda, tan errática.

 

 

 

                                         Néstor Perlongher

sobre Walfisch-LISPECTOR en Ross

Publicado en Sugerencias. el 30 de Mayo, 2008, 16:15 por MScalona

----- Original Message -----
From: edu
Sent: Friday, May 30, 2008 8:02 AM
Subject: Re:
                                   

Lo de Ross estuvo maravilloso, realmente has logrado hacer confluir a un grupo muy interesante que se relaciona con vos y con el mundo de la literatura. Muy bueno poder disfrutar del placer que esta gente transmite al haber aprendido a bucear entre las palabras, a llegar a sentir lo que el autor sentía al escribirlo, a poder apreciar los girones de interioridad que a veces se van desprendiendo del autor, y sentir entonces que hay algo que los relaciona (a lector y autor), tal vez como el agua de lluvia se relaciona con la lluvia. Impactante esa parte del cuento de Clarice Lispector; eso de contrastar la materialidad y la espiritualidad en casi todas las cosas, y que esa dualidad, de alguna manera y más allá de la cosmovisión de cada uno, se da también en los seres humanos. La materialidad del agua de lluvia, sin la mágica instantaneidad en la que se ve conformando una masiva unicidad dividida en millones de pequeñas gotas suspendidas en el aire, es sólo agua; la lluvia, como fenómeno en sí mismo, tiene una entidad propia, que según la intensidad con la que cae, el paisaje que le sirva de marco, y tantísimas otras cosas, puede llegar a la relacionarse con alguna parte de algún yo según las circunstancias que se dieran en la interioridad del yo en ese momento. Eso que se relaciona es lo inmencionable, lo indefinible, no por imposibilidad de hacerlo sino por la innecesariedad de hacerlo; para qué limitar en conceptos ideas y sensaciones que tal vez sólo difieran en el modo en que se expresan... (otra vez la dualidad de materia y espíritu, o como quiera no llamárselo) como si la exterioridad de la palabra no reflejara realmente aquel significado que fuimos a buscar dentro nuestro al elegirla pero que salió fomando parte del discurso. Es casi mágica esa relación que existe entre la interioridad (espiritualidad?) de las cosas, eso que las identifica y que tal vez (seguramente) tenga que ver con la calidad de "estar vivo", como la lluvia a diferencia de la roca y que sin embargo no agradece por eso (no tengo los textos, fui uno de los que los compartió, y tengo que fijarme si está entre el material que vos mandaste antes de la charla). Me encantaría continuar charlas sobre estos temas, y más me encantaría poder participar de ese tipo de reuniones de vez en cuando. Ya sé (me estuvieron contando) que hay un grupo que está en otro nivel, es más, ni están con vos, porque los echaste... con onda y por todo lo bueno que eso significa en cuanto al camino que cada uno ha recorrido ya. Pero bueno, de vez en cuando, tratando de no interferir la fluidez que se va dando, pero absorbiendo ese placer que contagian al exhibir la pasión que les produce la literatura, me encataría poder compartir ese tipo de experiencias.  Un abrazo.  Eduardo Oroño


La próxima vez

Publicado en Nuestra Letra. el 30 de Mayo, 2008, 12:24 por Saty

Cada minuto se me hace más insoportable la idea de tener que enfrentarla. No sé si será peor sentarme en la misma mesa y tener que mirarla, o cuando empiece a contarme de su separación. Porque seguro que el tema sale. Realmente me preocupa su reacción, si bien el tipo era  un desgraciado y le metió los cuernos durante todos los años que estuvieron juntos. Se encamó con cuanta mina se le cruzó y ella como una tarada lo perdonó cada vez. Ella, tan inteligente, preparada, hermosa. No entiendo qué hacía con un pobre tipo como él, sin estudios y en ese lugar de mierda. Realmente no sé qué le vio. Todavía me pregunto, después de tantos años, por qué largó todo para irse a vivir con él en ese pueblo de mala muerte.

 

Es una noche de mierda, las cuatro cuadras hasta la parada de colectivos se me están haciendo eternas. Deben ser los 5º bajo cero. Apuro el paso porque me parece ver que es el 103 el que se acerca. Me arrepiento de haberme puesto pollera y tacos altos, en lugar de unos jeans. Pensar que tardé horas en elegir la ropa, mirándome al espejo hasta encontrar el conjunto adecuado. ¿Adecuado para qué? ¡Qué boluda! Como si a alguien pudiera importarle lo que me pongo. Y menos a ella. A ella seguro que no. Nunca me dijo nada de mi ropa.

Poco importa ahora, pero si tan solo hubiese hablado antes, es probable que las cosas hubieran sido diferentes. Pero no me animé. Ese día en la playa, cuando nos quedamos solas, tendría que habérselo dicho, pero justo vino un pelotudo a pedirnos fuego y después, me pareció que estaba de mal humor. Fue el día que me contó que lo había encontrado con otra en su propia casa. Y no tuvo mejor idea que venir a buscarme para contarme. Y para que no se desesperara se me ocurrió llevarla a la playa.

 

El colectivero tiene la radio encendida y están diciendo que la temperatura es  record del mes en muchos años. Y encima a mí se me enganchó la media al subir. Debe ser la falta de costumbre. Ahora parezco una mujer de la vida con las medias corridas. Debería haber optado por algo más abrigado y práctico, pero quería verme bien cuando me encontrara con ella.

Me tortura pensar en lo que voy a decirle y sé con certeza lo que me va a contestar cuando yo empiece con la perorata de que no tiene que sentirse mal, que él era un hijo de puta. Sí. Porque le voy a decir que era un hijo de puta. Si se lo merece el muy imbécil. Tenía servido todo en bandeja, ella que lo amaba con locura y que se desvivía para hacer todo lo que él le decía. Y sin embargo la cagó. Mal.

 

No sé si bajarme una cuadra antes para tener tiempo de calmar mis nervios. Seguro que ella ya me está esperando porque si hay algo que le gusta es la puntualidad y quedamos a las ocho.

La razón me dice que debo dejar que ella comience a hablar. Escuchar como siempre la escuché, asentir con la cabeza aunque piense lo contrario, apretarle la mano en señal de amistad.

Me acuerdo de esa vez que habíamos tomado como locas y a duras penas logramos llegar a mi casa. Ahí también escuché. Hasta que se quedó dormida. Y el reloj que era de mi abuela, estuvo dando campanadas toda la noche y yo no podía dormir. La miraba, acostada a mi lado, parecía una nena, tan inocente en su madurez.

Dicen que las cosas por algo suceden y debe ser cierto porque esa vez tampoco pude confesarle nada.

 

La cuestión es agarrar coraje apenas entre al bar. Estoy pensando que no la voy a dejar hablar primero y le voy a largar como un chorro todo lo que me da vueltas en la cabeza, porque si no va a ocurrir como siempre que no digo nada. Y estoy harta de no decirle nada.

Pero apenas entro y la veo, sentada contra la ventana, con la mirada perdida en no sé que recóndito pensamiento, se me olvida todo. ¡Está tan linda y tan triste a la vez!

 Lo más terrible es, que se levanta y me abraza tan fuerte como siempre abraza ella. Con esa manera tan sincera de demostrar los afectos. Cómo explicarle que le he mentido todos estos años, que cuando estábamos juntas nunca pude ser sincera. Decirle que no ya no puedo ser más su amiga. Sé, que apenas hable, la voy a perder. No voy a tolerar si su mirada es de desprecio o si noto un tono irónico en su voz.

 

“Te estaba esperando”, dice. Y en su voz presiento un dejo de ansiedad. Y empieza a hablar. Y yo hago como que la escucho mientras me cuenta de cómo lo extraña, y noto que está por llorar cuando llega a la parte en que me dice, que su separación es definitiva, que él ya retiró toda su ropa de la casa y se mudó a otro lado.

Mis manos están frías, pero estoy feliz. Definitivamente. Estoy escuchando lo que venía esperando hace tanto tiempo. Que él la dejó.

“¿Vos que harías?”

“Yo…nada. Está claro que no te quiere más”.

Y me rompe el corazón cuando le digo esas palabras. Las únicas que digo. Porque a pesar de todo, como siempre, no logro decirle que la amo. No me animo. No soportaría no volver a verla y me excuso, diciendo que el frío me debe haber hecho mal. Que me voy a casa, que me perdone.

Y salgo de ahí, casi corriendo, mientras me digo “la próxima vez, la próxima”.

 

 

 

 

no sos vos, soy yo...

Publicado en Humor el 30 de Mayo, 2008, 8:57 por MScalona

 

LINIERS -  www.lanacion.com.ar

l a d r a u n ! ! !

Publicado en Jodas el 29 de Mayo, 2008, 18:41 por MScalona

Coelho dice que vendió 100 millones de libros porque tuvo malas críticas.

En esta foto se queja de que le robaron la billetera, 

y él gritaba "ladraun... ladraun...",

lo mismo que muchos de sus críticos,

aunque en la confusión no se supo bien a quién...

El acto terminó con la canción favorita de su coterráneo,

ROBERTO CARLOS, que dice:   

"... yo quiero tener un millón de amigos..."  ¡Qué dulce!

Siempre me pregunto, AQUELLA

VERÓNIKA (que) DECIDE MORIR,

habrá muerto ????  Habrá sido feliz ???

Habrá comprendido que no hay nada más hermoso

que tener un millón de amigos...??? 

Pido una oración por el descanmso eterno de

VERÓNIKA COELHO...  y para Paulo, un aplauso...

y si un día se hace cremar,

otro aplauso para el asadorrrrrrrrrrr...!!!!!!!!!!!!!

fuente:   www.clarin.com

PERLONGHER

Publicado en De Otros. el 29 de Mayo, 2008, 17:06 por MScalona
 Néstor Perlongher, BsAs. 1949-1992

       

                                          

   El   Mal  de 

                         

No es lo que falta, es lo que sobra, lo que no duele.

Aquello que excede la austeridad taimada de las cosas

o que desborda desdoblando la mezquindad del alma prisionera.

Mientras estamos dentro de nosotros duele el alma,

duele ese estarse sin palabras suspendido en la higuera

como un noctámbulo extraviado.

Hoy Jueves, MARCE en PLAN A

Publicado en General el 29 de Mayo, 2008, 10:48 por MScalona


POR CANAL  3,  de 14 a 15 hs...

no creo que haga falta grabarlo...

y claro, se lo dedico a todos los que me quieren...

hay que besarse más...

no, no... ese no era el tema... ay... no me acuerdo...

pero Jack (que lo sabe todo) se debe acordar...

Fernando PESSOA

Publicado en General el 28 de Mayo, 2008, 15:12 por MScalona


Lección de Semántica

                                 

Fernando Pessoa   p. 199 

Libro del Desasosiego  -  EMECË

Nº 189

 

 

DIA DE LLUVIA

 

El aire es de un amarillo escondido, como un amarillo pálido visto a través de un blanco sucio. Apenas si hay amarillo en el aire agrisado. La palidez de lo grisáceo, empero, no muestra amarillo en su tristeza.

                                                                                                              

Algunas cosas se leen siempre de nuevo ( y por vez primera)

Publicado en De Otros. el 28 de Mayo, 2008, 12:09 por seldonito
Majestades,

Señor Presidente,
Señoras y señores:

Mírenlos. Están aquí. Siempre estuvieron aquí. Llegaron antes que nadie. Nadie les pidió pasaportes, visas, tarjetas verdes, señas de identidad. No había guardias fronterizas en los Estrechos de Behring cuando los primeros hombres, mujeres y niños cruzaron desde Siberia a Alaska hace quince, once y cuatro mil años.

No había nadie aquí. Todos llegamos de otra parte. Y nadie llegó con las manos vacías. Las primeras migraciones de Asia a América trajeron la caza, la pesca, el fuego, la fabricación del adobe, la formación de las familias, la semilla del maíz, la fundación de los pueblos, las canciones y los bailes al ritmo de la luna y del sol, para que la tierra no se detuviese nunca.

Óiganlos. Los indios fueron los primeros poetas, cantaban con las palmas de las manos para enumerar las metáforas del mundo.

Todo ello elevado al gran canto poético de la brevedad de la vida.

No hemos venido a vivir.
Hemos venido a morir.
Hemos venido a soñar.

Pero anclado en la eternidad de la palabra:

Pero yo soy un poeta
Y al cabo comprendí:
Escucho una canción, miro una flor,
¡Ay, que ellas jamás perezcan!

La palabra como principio del mundo. Pues como atestigua el Popol Vuh, «La palabra dio origen al mundo».

Nos instalamos en el mundo, nos recuerda Emilio Lledó. Pero el mundo también se instala en nosotros. La lengua es nuestra manera de modificar al mundo a fin de ser personas, y nunca cosas, sujetos y no sólo objetos del mundo. La lengua nos permite ocupar un lugar en la comunidad y transmitir los resultados de nuestra experiencia.

Nadie, tampoco, les pidió visas o tarjetas verdes a los descubridores, exploradores y conquistadores que llegaron a las costas de Cuba y Borinquen, Venezuela —la pequeña Venecia— y la Villa Rica de la Veracruz empujados por el gran huracán de una historia indómita, en barcos cargados, a su vez, de palabras, de pasado, de memoria.

La América indígena se contagió del inmenso legado hispánico. Las costas del Caribe y del golfo de México recibieron una marea que venía de muy lejos, del Bósforo, de las hermanadas tierras semitas de Israel y Palestina, de la palabra griega que nos enseñó a dialogar, de la letra romana que nos enseñó a legislar y, al cabo de la más multicultural de las tierras de Europa, España celta e ibera, fenicia, griega, romana, judía, árabe y cristiana.

Hoy que se propone la falaz teoría del choque de civilizaciones seguida del peligro hispánico para la integridad blanca, protestante y angloparlante de los Estados Unidos de América, conviene disipar dos mitos.

El primero, que Norteamérica no es una región monolingüe o monocultural, sino un verdadero tejido de razas y lenguas: esquimo-aleutiana y na-dené en los orígenes; en seguida, español de San Agustín en la Florida a San Francisco en California; francesa de Nueva Orleáns en la Luisiana a De-trúa (hoy Detroit) de los Illinois; y luego, en sucesivas olas migratorias, alemán e italiano, polaco y ruso y en irónico reverso, el español sefaradí junto con el yiddish y, en la frontera del otro mar descubierto por Balboa, la migración de lengua japonesa, coreana, china y vietnamita: avenidas enteras de Los Ángeles anuncian su comercio y su trabajo en lenguas asiáticas, convirtiendo a otra ciudad hispánica —Nuestra Señora de los Ángeles de Porciúncula— en el Bizancio lingüístico y cultural del Océano Pacífico. Pues también los puritanos ingleses llegaron a las costas de Massachussets en 1621 sin pasaportes o permisos de trabajo. También ellos llegaron de otra parte.

El contagio, asimilación y consiguientes vivificación de las lenguas del mundo es inevitable y es parte inexorable del proceso de globalización. Que la lengua española ocupe el segundo lugar entre las del Occidente, da crédito no de una amenaza, sino de una oportunidad. No de una maldición, sino de una bendición: el español ofrece al mundo globalizado el espejo de hospitalidades lingüísticas creativas, jamás excluyentes, abarcantes, nunca desdeñosas. Lengua española igual a lengua receptiva, habla hospitalaria.

La predominancia del castellano desde Alaska —Puerto Valdés— hasta Patagonia —Puerto Santa Cruz— no determinó el exterminio de las lenguas amerindias. Del navajo en Arizona al guaraní en Paraguay, el lenguaje amerindio de enigmas, figuras y alegorías —como lo llama el Libro de las Pruebas de Yucatán— sobrevivió hablado hasta el día de hoy por más de veinte millones de seres humanos.

Sólo que un purépecha de Michoacán no puede entenderse con un pehuencha de Chile si ambos no hablan la lingua franca de la América indohispana, el castellano. El castellano nos comunica, nos recuerda, nos rememora, nos obliga a transmitir los desafíos que el aislamiento sofocaría: en su lengua maya o quechua, el indio de hoy puede guardar la intimidad de su ser y la colectividad de su intimidad, pero necesitará la lengua española para combatir la injusticia, humanizar las leyes y compartir la esperanza con el mundo mestizo y criollo.

Y todos nuestros mundos americanos —indígenas, criollos, mestizos— son desde siempre portadores de una riqueza multicultural mediterránea que sólo podemos desdeñar por intolerable voluntad de empobrecimiento.

Indoamérica también es Hispanoamérica gracias a las tradiciones hebreas y árabes de España.

Somos lo que somos y hablamos lo que hablamos porque los sabios judíos de la Corte de Alfonso el Sabio impusieron el castellano, lengua del pueblo, en vez del latín, lengua de la clerecía, a la redacción de la historia y las leyes de Castilla.

Con cuánta emoción, Majestades, señoras y señores, asistimos en 1990 a la entrega de los Premios Príncipe de Asturias en Oviedo cuando el príncipe Felipe le abrió los brazos a las comunidades judías de la vieja España para recibirlas; dijo don Felipe: «con una gran emoción y el espíritu de concordia de la España de hoy».

Pero también llegó a nuestra América la España árabe. Siete siglos de convivencia nos dieron la tercera parte de nuestro vocabulario, nos legaron el rumor del agua, la frescura de los patios, la palabra visible y el rostro invisible de Dios y el rescate de nuestra más vieja tradición mediterránea, la de Grecia, conservada por Islam y transmitida a la Europa medieval a través de la arábiga Escuela de Traductores de Toledo.

Hispano-árabes son el Don Julián de Juan Goytisolo y colombiano-hispano-árabes son los Cien años de soledad de García Márquez: libros paridos por la unión de Cherezada y Cervantes, libros fieles al testamento del rey San Fernando en su sepulcro de la catedral de Sevilla, con los costados de la tumba escritos uno en castellano, otro en latín, el tercero en hebreo y el cuarto en árabe: rey de las tres religiones y de las cuatro lenguas.

Seamos, en este gran Congreso, guardianes fieles de nuestras tradiciones vivas, capaces de iluminar caminos de paz mediante el reconocimiento de letras y espíritus compartidos.

Escuchémoslas. Melancólicas lenguas de vida pasajera y muerte celebrada en la América indígena. Conflictivas lenguas de pasiones místicas y carnales en la España medieval y renacentista.

¿Qué las une? ¿Qué sucede con una y otra tradición cuando la energía sobrante de la España de la Reconquista cruza los mares y conquista, ahora, las tierras de otra civilización, a sangre y fuego pero también a palabra y cruz?

Las une la lengua.

En muy poco tiempo, el castellano de América adquiere un tono propio, indoespañol.

Las une la épica, pero no sólo la que SimoneWeil, leyendo la Ilíada, describe como «un poema del Poder» sino una épica dolorosa, la de Bernal Díaz del Castillo maravillado por la visión de Anáhuac y obligado, en seguida, a destruir lo que ha aprendido a amar. O como dice el gran crítico Francisco Rico, «singular convivencia de naturalidad y pasmo».

De este drama del deseo —anhelo pertinaz, jamás cumplido— nace una segunda épica mestiza, la del Inca Garcilaso de la Vega, y una lírica mestiza, la de Sor Juana Inés de la Cruz.

Ambos quieren ser indoamericanos que hablan y escriben en español.

Pero hay algo más.

Poseemos una tradición que le dio a la lengua castellana un relieve distinto, nacido de la necesidad de esclavos privados de sus lenguas nativas y obligados a aprender las lenguas coloniales para entenderse entre sí —para amarse y procrearse, para armarse y rebelarse— adoptando y cambiando el habla castellana con creatividad rítmica:

Casimba yeré
Casimbangó
Yo salí de mi casa
Casimbangó
Yo vengo a buscá
Dame sombra ceibita
Dame sombra palo Yabá
Dame sombra palo Wakinbagó
Dame sombra palo Tengué

que anuncia la velocidad que corre desnuda un día, enmascarada al siguiente, para amplificar el castellano popular de las Américas, felizmente incorporado —honor a Víctor García de la Concha— al Diccionario de la Real Academia. Lo evoqué en su mexicanidad en Valladolid. Le hago eco en su argentinidad en Rosario: el covoliche no es una macana ni un jabón, es un tarro que encubre matufias, nos hace más cancheros de la lengua, más hinchas de las letras, jamar mejor las escrituras, jotrabarchorede el alfabeto, y viva quien me proteja, sobre todo si es un Cortázar que arma su propio lunfardo en Rayuela.

Formamos parte de una civilización inmensamente rica, plural, «cósmica» como diría José Vasconcelos.

Las pruebas están en todas partes y el edificio no ofrece fisura alguna.

La continuidad es asombrosa, el origen enriquece al presente, el presente alimenta al porvenir y cada una de nuestras raíces antiguas tiene sus manifestaciones modernas.

Pero no todo es celebración.

La continuidad cultural de Iberoamérica aún no encuentra continuidad política y económica comparable.

Tenemos corona de laureles pero andamos con los pies descalzos. El hambre, el desempleo, la ignorancia, la inseguridad, la corrupción, la violencia, la discriminación, son todavía desiertos ásperos y pantanos peligrosos de la vida iberoamericana.

La lengua y la imaginación literarias son valores individuales del escritor pero también valores compartidos de la comunidad. No en balde, lo primero que hace un régimen dictatorial es expulsar, encarcelar o asesinar a sus escritores.

¿Por qué? Porque el escritor ofrece un lenguaje y una imaginación contrarios a los del poder autoritario: un lenguaje y una imaginación desautorizados.

La lengua nos permite pensar y actuar fuera de los espacios cerrados de las ideologías políticas o de los gobiernos despóticos. La palabra actual del mundo hispano es democrática o no es.

Sin lenguaje no hay progreso, progreso en un sentido profundo, el progreso socializante del quehacer humano, el progreso solidario del simple hecho de estar en el mundo y de saber que no estamos solos, sino acompañados.

El lenguaje, nos recordó Francisco Romero, es un acervo patrimonial donde nada se pierde: constantemente, la palabra vence la ausencia de nuestro pasado para crear la presencia de nuestra historia.

Esa historia nuestra nacida de la ilusión de una nueva edad de oro, subyugada por la pérdida de la utopía pero renacida —nuestra historia— como vitalidad de la palabra que asume el pasado de nuestros pueblos, transmite los hechos históricos horizontalmente, entre los de hoy, pero también los transmite verticalmente entre los de ayer, entre las generaciones.

La lengua no es biología: se aprende; es educación.

Nunca olvidemos, al pensar, al hablar, al escribir nuestra lengua maravillosa, que nada se pierde.

Pues negar la tradición no nos aseguraría una libertad mayor. Todo lo contrario. La tradición nos obliga a enriquecerla con nueva creación.

Y la tradición nos invita a ser escépticos pero exigentes. No siempre lo hemos sido. A veces, queremos creer en el Paraíso para no darle la cara a la Caída. Pero la caída es la oportunidad de la siguiente creación.

Posiblemente el inglés sea más práctico que el castellano.

El alemán, más profundo.
El francés, más elegante.
El italiano, más gracioso.
Y el ruso, más angustioso.

Pero yo creo profundamente que es la lengua española la que con mayor elocuencia y belleza nos da el repertorio más amplio del alma humana, de la personalidad individual y de su proyección social. No hay lengua más constante y más vocal: escribimos como decimos y decimos como escribimos.

¿Y qué decimos?
¿Qué hablamos?
¿Qué escribimos?

Nada menos que el diccionario universal de las pasiones, las dudas, las aspiraciones que nos comunica con nosotros mismos, con los otros hombres y mujeres, con nuestras comunidades, con el mundo.

La tierra existiría sin nosotros, porque es realidad física.
El mundo, no, porque es creación verbal.
Y el mundo no sería mundo sin palabras.

Porque cuanto veamos y toquemos objetivamente en el mundo requiere, para seguir siendo, la correspondencia verbal de otro mundo al lado del mundo, que lo corrija y modifique y enriquezca verbalmente.

Nuestra literatura, la que celebramos en este gran Congreso argentino, proclama que la libertad no puede ser ajena a la creación de un mundo lingüístico. Todo lenguaje ilumina otro lenguaje y le da accesibilidad, permanencia y actualidad.

Actual es el lenguaje de Sor Juana Inés de la Cruz reclamando los derechos de la condición femenina:

Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis…

Actual es el lenguaje de Luis Cernuda en defensa de la preferencia sexual «porque el deseo
—escribe— es una pregunta cuya respuesta nadie sabe» y actual la generosidad amorosa espléndidamente abarcante de Garcilaso:

Yo no nací sino para quereros…
Por vos nací, por vos tengo la vida.
Por vos he de morir y por vos muero…

Voz de la personalidad propia, inalienable, maravillosamente descrita por Jorge Guillén:

A ciegas acumulo
Destino: quiero ser

Palabra metafísica del mayor poema mexicano del siglo XX, la Muerte sin fin de José Gorostiza:

Lleno de mí, sitiado en mi epidermis,
por un Dios inasible que me ahoga.

Pero, ¿no es tan física esta palabra del alma como la del cuerpo natal de Martín Fierro?

Cantando me he de morir,
cantando me han de enterrar…
Desde el vientre de mi madre
vine a este mundo a cantar…

¿Y hay pregunta más lúcida que la Rubén Darío a la vida y a la palabra de la vida que el saber no sabiendo de su poema Lo fatal?

Popol Vuh, Martín Fierro, Rubén Darío.

Ah, es cierto. Conocemos estos poemas de memoria. Pero no les hacemos justicia si no los leemos o decimos siempre por primera vez, como si los acabásemos de descubrir, convencidos de que nadie, nadie ha dicho antes, ni siquiera Pablo Neruda:

Yo la quise y a veces ella también me quiso.

Nadie antes de nosotros, hoy, en este momento, en el presente que es el único lugar de cita del pasado —la memoria— y el porvenir —el deseo—.

Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

¡Qué extrañamiento, qué novedad cada vez que lo digo o lo leo! ¡Qué certeza de que el lector conoce algo que el escritor, ni siquiera Pablo Neruda, jamás conocerá: el futuro!

El mundo, dice Mallarmé, nos da voces y el escritor las devuelve a fin de otorgarle mayor pureza a las palabras de la tribu.

No lo creo. En español, le devolvemos las palabras a la tribu manchadas, manchegas, mestizadas, a fin de unir dos tradiciones que se subsumen en una sola, al filo del Cuarto Centenario del Quijote y es, una, la de nuestra capacidad hispanohablante para oponer al dogma la incertidumbre —¿son molinos o son gigantes?— y la otra, el poder de llenar los vacíos de la realidad con la realidad de la imaginación —sí, los molinos son gigantes—.

Majestades,
Señor Presidente,
Señoras y señores:

Estamos aquí, en Rosario, en un terreno común donde la historia que nosotros mismos hacemos y la literatura que nosotros mismos escribimos, pueden unirse.

Es el espacio compartido pero siempre inacotado en el que nos ocupamos de lo interminable —la historia— a través de lo amenazado —la palabra—.

Historia interminable, pues una sociedad está enferma o engañada cuando cree que la historia está completa y todas las palabras dichas.

Pero la desdicha del decir es ser dicho de una vez por todas y su posible dicha, ser siempre palabra por decir, aún no dicha, des-dichada.

Quienes proclaman el fin de la historia sólo quieren vendernos, dice Carmen Iglesias, otra historia: la suya, no la nuestra. Esa es la otra falacia —el fin de la historia— que quiero rechazar.

Nosotros, aquí, en este gran Congreso, sabemos que la historia no ha terminado, ni han terminado las palabras que manifiestan felicidad e inconformidad, escepticismo y confianza, amor y cólera benditos, dichos en lengua española.

El hispano parlante de ayer le da el verbo al hispano parlante de hoy y éste al de mañana.

Descendemos del gran flujo del habla castellana creada en las dos orillas por mestizos, mulatos, indios, negros, europeos.

Estas voces se oyen en América, se oyen en España, se oyen en el mundo y se oyen en castellano.

Gracias.



Carlos Fuentes

Congreso de la Lengua 2004

Chivo

Publicado en Sugerencias. el 28 de Mayo, 2008, 11:51 por seldonito
PERIODISMO DE PERIODISTAS

MIERCOLES 18HS
FM AZ 92.7

BARTHES = Semántica = Significado = Sentido

Publicado en General el 28 de Mayo, 2008, 11:13 por MScalona

SEMÁNTICA :  Significancia

 

Podemos atribuir a un texto una significación única y en cierto modo canónica; es lo que se esfuerzan en hacer detalladamente la filología y, en general, la crítica, de interpretación, que trata de demostrar que el texto posee un significado global y secreto, variable según las doctrinas: sentido biográfico para la crítica psicoanalítica; proyecto, para la crítica existencial; sentido sociohistórico para la crítica marxista, etc.; el texto se trata como si fuese depositario de una significación objetiva, y esa significación aparece como embalsamada en la obra-producto. Pero en cuanto el texto se concibe como una producción (y ya no como un producto), la “significación” deja de ser un concepto adecuado. Cuando el texto se concibe como un espacio polisémico en el que se entrecruzan varios sentidos posibles, es necesario emancipar de la significación al estatuto mononológico legal y hay que pluralizar la significación: para esta liberación ha servido el concepto de connotación, o volumen de los sentidos segundos, derivados, asociados, de las “vibraciones” semánticas que se incorporan al mensaje denotado. Con mayor motivo, cuando el texto se lee (o escribe) como un juego móvil de significantes, sin referencia posible a uno o a varios significados fijos, es preciso distinguir claramente la significación –que pertenece al plano del producto, del enunciado, de la comunicación- del trabajo significante, que, por su parte, pertenece al plano de la producción, de la enunciación, de la simbolización: a este trabajo se le llama significancia. La significancia es un proceso durante el cual el “sujeto” del texto, al escaparse de la lógica del ego-cogito e inscribirse en otras lógicas (la del significante y la de la contradicción), forcejea con el sentido y se deconstruye (“se pierde”); por lo tanto, la significancia –y esto es lo que la distingue inmediatamente de la significación- es un trabajo, no el trabajo mediante el cual el sujeto (intacto y exterior) trataría de dominar la lengua (por ejemplo, el trabajo del estilo), sino ese trabajo radical (no deja nada intacto) a través del cual el sujeto explora cómo la lengua lo trabaja y lo deshace en cuanto entra en ella (en lugar de vigilarla): es, si se quiere, “el sinfín de las operaciones posibles en un campo dado de la lengua”. La significancia, por lo tanto, contrariamente a la significación, no se puede reducir a la comunicación, a la representación, a la expresión: coloca al sujeto (del escritor, del lector) en el texto, no como una proyección, ni siquiera fantasiosa (no hay “transporte” de un sujeto constituido), sino como una “pérdida” (en el sentido que esta palabra puede tener en espeleología); de ahí su identificación con el goce; mediante el concepto de significancia, el texto se vuelve erótico (por lo tanto, para ello, no necesita de ningún modo representar “escenas” eróticas).

      

 

      ROLAND BARTHES

Variaciones sobre la Escritura, Ed. Paidós, p. 144

Tres errores

Publicado en Pavadas hechas texto, el 27 de Mayo, 2008, 18:27 por Saty

Cuando mi marido me preguntó ¿qué es la tanatopraxia?, no hice mucho caso de su interrogatorio y contesté desganadamente con un “no sé”, sin cuestionarme en ese momento qué mierda quería decir esa palabra. Me extrañó, eso sí, debo reconocer, su repentino interés por el significado de las palabras raras, ya que no es muy afecto a la lectura, pero lo dejé pasar.

“Ese” fue mi primer error.

Tiempo más tarde comprobé, que no debemos dejar pasar por alto ni uno solo de los comentarios que nuestro hombre nos haga. Todos y cada uno de ellos, esconden una doble intencionalidad, como por ejemplo, cuando dice como al pasar “cómo creció la nena de enfrente”, en realidad debemos entender que lo que quiere decir es “me voy a voltear a esa guacha”.

No hay peor cosa que no querer ver lo que sucede a nuestro alrededor y en eso somos expertas las mujeres. Cuando algo no nos gusta, hacemos como que no existe.

Una mañana me desperté sobresaltada, no había podido dormir bien, había estado toda la noche dando vueltas en la cama. Cuando iba para el baño, me pareció escuchar voces que venían de la planta baja. Más que voces era un murmullo, pero mi urgencia de orinar pudo más y no presté atención.

“Ese” fue mi segundo error.

Al bajar a desayunar encontré a mi maridito cómodamente sentado en la cocina, en medio de papeles desparramados y tazas con restos de café, charlando con su secretaria y en lugar de increparlo y decirle que la casa no era la oficina, saludé cortésmente  y me puse a levantar los platos sucios. Ellos siguieron charlando como si yo no existiera y la que hubiera entrado fuera la empleada doméstica. Pude escuchar que él le decía algo acerca de unos “químicos germicidas solubles” y me pregunté de qué estarían hablando si él era abogado. Posiblemente algún litigio en el campo, pensé.

“Ese fue mi tercer error”.

No puedo negar que tuve muchos indicios de lo que estaba pasando, aunque no me di cuenta de nada hasta el final.

Él se mostraba demasiado atento a mi manera de vestir, cosa que jamás había hecho. Me preguntaba permanentemente sobre cuál era mi talle y qué tipo de maquillaje usaba. Por supuesto, pensé que quería hacerme un regalo y de ahí la indagatoria.

Lo que más extraño resultaba, es que empezó a cocinar. Preparaba el almuerzo y la cena con especial dedicación. Eso sí, el pobre, no era muy buen cocinero ya que la comida tenía siempre un gusto raro y para colmo cada vez me caía peor. No podía tolerarla pero no le dije nada por temor a herir su susceptibilidad.

Cada día me sentía más débil, por eso no me sorprendió que él decidiera mudar su oficina a casa, con secretaria incluida. El amoroso lo hacía para poder cuidarme. Preparaba el sofá con una colcha polar para que yo mirara tele mientras él se pasaba horas encerrado trabajando con Sofía. Y cuando terminaban me preparaba un té calentito que más bien parecía pis de gato, pero seguí agradeciéndole, no fuera a ser que se ofendiera y no me sirviera más.

Yo ya no tenía fuerzas ni para levantarme. Me pasaba todo el día tirada en el sofá.

Una mañana, mientras leía el diario y aclaro que más que leer miraba porque ni ánimo tenía, vi algo que llamó mi atención. En negrita, el aviso decía “Tanatopraxia en Rosario”. Intrigada, me levanté como pude y casi arrastrándome llegué a la computadora. Hice clic en el google, tipeé la bendita palabra y esperé. La respuesta fue inmediata y mi sorpresa más aun.

Tanatopraxia existía, no era un invento de mi marido. Tanatopraxia:“Técnica para demorar la descomposición final de un cuerpo”.

Y ahí se cayó la pantalla y tuve un momento de lucidez que me permite hoy estar escribiendo. El hijo de puta me estaba matando y lo que es peor, pensaba “embalsamarme”.

 

 

 

Ejercicio: Prosa en vertical

Publicado en General el 27 de Mayo, 2008, 14:15 por Nico Doffo


¿Es que no he vivido como debiera?

 

pero ¿cómo ha podido ser, si hice todo conforme debía?

 

se dijo

y al instante

   rechazó

,como algo totalmente imposible,

la única solución de

todo el enigma

de la vida y

la muerte.

 

 

                                      L. TOLSTOI

                                      La muerte de Ivan Ilich

El aviso

Publicado en Aguafuerte el 27 de Mayo, 2008, 12:38 por Saty

La imagen que sale de la pantalla, promete un cabello sedoso y brillante. El rostro juvenil, representación perfecta de la inocencia, sonríe, mientras sus dedos se deslizan suavemente por su cabeza. Sentado cómodamente en el sofá, el hombre mira. No hay duda. Es el shampoo perfecto.

Tardecita de otoño en una plaza cualquiera. La chica rubia y carilinda hace señas con la mano. Desde el auto bicolor, el muchacho la ve, e inmediatamente, su mano derecha baja la bandera, al tiempo que estaciona para subir a su nueva pasajera.

La escena podría ser una de tantas que atesoramos en la memoria desde la época de Rolando Rivas, cuando nos emocionábamos en blanco y negro con la famosa pareja. Pero no, no es telenovela, por más que así nos gustaría que fuera.

La escena es real, sucede en un barrio de nuestra querida ciudad. De esa ciudad que nos consume en impuestos. De barrido, limpieza, monotributo, inmobiliario, municipal, drei, ganancias y hasta de bienes personales. Sucede específicamente en la ciudad que debería garantizar nuestra seguridad, porque para eso pagamos religiosamente todos los meses.

La chica se sube al auto y con voz melosa le indica al tachero su destino. O mejor dicho, el de ambos. El muchacho mira por el espejo retrovisor mientras se acomoda el cabello y ejercita una suerte de ritual preguntando por qué calle prefiere que vaya.

No siente temor, la zona no es buena pero la chica tiene un rostro angelical, de esos que aparecen a diario en las propagandas de shampoo.

"Por donde más te guste…es lo mismo" dice, mientras piensa, que total no va a pagarle.

En la radio, están pasando las últimas noticias. El paro del campo, la quema de pastizales, el robo al supermercado, el dólar que sigue subiendo.

Decide cambiar el dial, buscando un poco de música que haga más placentero el viaje. Quizás hasta pueda darle un poco de charla y por qué no, conseguir su teléfono.

"Siglo veinte cambalache, problemático y febril, el que no llora no mama y el que no afana es un gil".

La música del premonitorio tango, que aunque pasado en el tiempo, no deja de tener vigencia,  escapa de los parlantes mientras la chica se acomoda en el asiento trasero.

El muchacho sigue mirándola por el espejo y las cuadras se suceden una a una. Quedan apenas cinco, calcula y disminuye la velocidad.

Casi están llegando, la chica con el auto todavía en marcha, abre la puerta y sin darle tiempo al muchacho de articular palabra, le clava un puntazo en la yugular.

La música sigue corriendo mientras la chica escapa perdiéndose en las sombras.

Hechos como este se suceden a diario. Quizás la cotidianeidad nos haga perder la verdadera dimensión que ellos conllevan o tal vez, nuestra propia realidad, nos convierta en egoístas.

Esta sociedad nos ha metido en una vorágine individualista donde cada uno se encuentra preocupado de su propia suerte.

Estamos obligados a trabajar para poder pagar. No podemos zafar de correr de un banco a otro y soportar colas interminables para pagar los impuestos.

Trabajar para hacer plata. Hacer plata para pagar. Pagar para sentirnos seguros.

Mientras tanto los hechos delictivos se cuentan de a miles y cada día hay más muertos víctimas de la inseguridad.

Pero suceden afuera, quizá en el mismo instante en que nos encontramos viendo en la televisión, la cara bonita del aviso de shampoo.

la prosa del observatorio

Publicado en De Otros. el 27 de Mayo, 2008, 12:02 por .:. Francisco .:.
                                                                                                                                                                     


E
sa hora que puede llegar alguna vez fuera de toda hora, agujero en la red del tiempo, esa manera de estar entre, no por encima o detrás sino entre, esa hora orificio a la que se accede al socaire de las otras horas, de la incontable vida con sus horas de frente y de lado, su tiempo para cada cosa, sus cosas en el preciso tiempo, estar en una pieza de hotel o de un andén, estar mirando una vitrina, un perro, acaso teniéndote en los brazos, amor de siesta o duermevela, entreviendo en esa mancha clara la puerta que se abre a la terraza, en una ráfaga verde la blusa que te quitaste para darme la leve sal que tiembla en tus senos, y sin aviso, sin innecesarias advertencias de pasaje, en un café del barrio latino o en la última secuencia de una película de Pabst, un arrimo a lo que ya no se ordena como dios manda, acceso entre dos ocupaciones instaladas en el nicho de sus horas, en la colmena día, así o de otra manera (en la ducha, en plena calle, en una sonata, en un telegrama) tocar con algo que no se apoya en los sentidos esa brecha en la sucesión, y tan así, tan resbalando, las anguilas, por ejemplo, la región de los sargazos, las anguilas y también las máquinas de mármol, la noche de Jai Singh bebiendo un flujo de estrellas, los observatorios bajo la luna de Jaipur y de Delhi, la negra cinta de las migraciones, las anguilas en plena calle o en la platea de un teatro, dándose para el que las sigue desde las máquinas de mármol, ese que ya no mira el reloj en la noche de París; tan simplemente anillo de Moebius y de anguila y de máquinas de mármol, esto que fluye ya en una palabra desatinada, desarrimada, que busca por sí misma, que también se pone en marcha desde sargazos de tiempo y semánticas aleatorias, la migración de un verbo: discurso, decurso, las anguilas atlánticas y las palabras anguilas, los relámpagos de mármol de las máquinas de Jai Singh, el que mira los astros y las anguilas, el anillo de Moebius circulando en sí mismo, en el océano, en Jaipur, cumpliéndose otra vez sin otras veces, siendo como lo es el mármol, como lo es la anguila: comprenderás que nada de eso puede decirse desde aceras o sillas o tablados de la ciudad; comprenderás que sólo así, cediéndose anguila o mármol, dejándose anillo, entonces ya no se está entre los sargazos, ..hay decurso, eso pasa: intentarlo, como ellas en la noche atlántica, como el que busca las mensuras estelares, no para saber, no para nada; algo como un golpe de ala, un descorrerse, un quejido de amor y entonces ya, entonces tal vez, entonces por eso sí.
Desde luego inevitable metáfora, anguila o estrella, desde luego perchas de la imagen, desde luego ficción, ergo tranquilidad en bibliotecas y butacas; como quieras, no hay otra manera aquí de ser un sultán de Jaipur, un banco de anguilas, un hombre que levanta la cara hacia lo abierto en la noche pelirroja. Ah, pero no ceder al reclamo de esa inteligencia habituada a otros envites: entrarle a palabras, a saco de vómito de estrellas o de anguilas; que lo dicho sea, la lenta curva de las máquinas de mármol o la cinta negra hirviente nocturna al asalto de los estuarios, y que no sea por solamente dicho, que eso que fluye o converge o busca sea lo que es -y no lo que se dice: perra aristotélica, que lo binario que te afila los colmillos sepa de alguna manera su innecesidad cuando otra esclusa empieza a abrirse en mármol y en peces, cuando Jai Singh con un cristal entre los dedos es ese pescador que extrae de la red, estremecida de dientes y de rabia, una anguila que es una estrella que es una anguila que es una estrella que es una anguila.
   Así la galaxia negra corre en la noche como la otra dorada allá arriba en la noche corre inmóvilmente: para que buscar más nombres, más ciclos cuando hay estrellas, hay anguilas que nacen en las profundidades atlánticas y empiezan, porque de alguna manera hay que empezar a seguirlas, a crecer, larvas translúcidas notando entre dos aguas, anfiteatro hialino de medusas y plancton, bocas que resbalan en una succión interminable, los cuerpos ligados en la ya serpiente multiforme que alguna noche cuya hora nadie puede saber ascenderá leviatán, surgirá kraken inofensivo y pavoroso para iniciar la migración a ras de océano mientras la otra galaxia desnuda su bisutería para el marino de guardia que a través del gollete de una botella de ron o de cerveza entreve su indiferente monotonía y maldice a cada trago un destino de singladuras, un salario de hambre, una mujer que estará haciendo el amor con algún otro en los puertos de la vida.
   Es así: Johannes Schmidt, danés, supo que en las terrazas de un Elsinor moviente, entre los 22 y los 30 grados de latitud norte y entre los 48 y los 65 de longitud oeste, el recurrente súcubo del mar de los sargazos era más que él fantasma de un rey envenenado y que allí, inseminada al término de un ciclo de lentas mutaciones, las anguilas que tantos años vivieron al borde de los filos del agua vuelven a sumergirse en la tiniebla de cuatrocientos metros de profundidad, ocultas por medio kilómetro de lenta espesura silenciosa ponen sus huevos y se disuelven en una muerte por millones de millones, moléculas del plancton que ya las primeras larvas sorben en la palpitación de la vida incorruptible. Nadie puede ver esa última danza de muerte y de renacimiento de la galaxia negra, instrumentos guiados desde lejos habrán dado a Schmidt un acceso precario a esa matriz del océano, pero Pitón ya ha nacido, las larvas diminutas y aceitadas, «Anguilla anguilla», perforan lentamente el muro verde, un caleidoscopio gigantesco las combina entre cristales y medusas y bruscas sombras de escualos o cetáceos. Y también ellas entrarán en una lengua muerta, se llamarán leptocéfalos, ya es primavera en las espaldas del océano y la pulsión estacional ha despertado en lo más hondo el enderezarse de las miriadas microscópicas, su ascenso hacia aguas más tibias y más azules, el arribo al fabuloso nivel desde donde la serpiente va a lanzarse hacia nosotros, va a venir con billones de ojos dientes lomos colas bocas, inconcebible por demasiado, absurda por cómo, por por qué, pobre Schmidt.
   Todo se responde, pensaron con un siglo de intervalo Jai Singh y Baudelaire, desde el mirador de la más alta torre del observatorio el sultán debió buscar el sistema, la red cifrada que le diera las claves del contacto. Cómo hubiera podido ignorar que el animal Tierra se asfixiaría en una lenta inmovilidad si no estuviera desde siempre en el pulmón de acero astral, la tracción sigilosa de la luna y del sol atrayendo y rechazando el pecho verde de las aguas. Inspirado, expirado por una potencia ajena, por la gracia de un vaivén que desde resortes fuera de toda imaginación se vuelve mensurable y como al alcance de una torre de mármol y unos ojos de insomnio, el océano alienta y dilata sus alvéolos, pone en marcha su sangre renovada que rompe rabiosa en los farallones, dibuja sus espirales de materia fusiforme, concentra y dispersa los oleajes, las anguilas, ríos en el mar, venas en el pulmón índigo, las corrientes profundas batallan por el frío o por el calor, a cincuenta metros de la superficie los leptocéfalos son embarcados por el vehículo hialino, durante más de tres años surcarán la tubería de precisos calibres térmicos, treinta y seis meses la serpiente de incontables ojos resbalará bajo las quillas y las espumas hasta las costas europeas. Cada signo de mensura en las rampas de mármol de Jaipur recibió (recibe siempre, ya para nadie, para monos y turistas) los signos morse, el alfabeto sideral que en otra dimensión de lo sensible se vuelve plancton, viento alisio, naufragio del petrolero californiano «Norman» (8 de mayo de 1957), eclosión de los cerezos de Naga o de Sivergues, lavas del Osomo, anguilas llegando a puerto, leptocéfalos que después de alcanzar ocho centímetros en tres años no sabrán que su ingreso en aguas más dulces acciona algún mecanismo de la tiroides, ignorarán que ya empiezan a llamarse angulas, que nuevas palabras tranquilizadoras acompañan el asalto de la serpiente a los arrecifes, el avance a los estuarios, la incontenible invasión de los ríos; todo eso que no tiene nombre se llama ya de tantas maneras, como Jai Singh permutaba destellos por fórmulas, órbitas insondables por concebibles tiempos.
   «Marzo e pazzo», dice el proverbio italiano; «en abril, aguas mil», agrega la sentencia española. De locura y de aguas mil está hecho el asalto a los ríos y a los torrentes, en marzo y en abril millones de angulas ritmadas por el doble instinto de la oscuridad y la lejanía aguardan la noche para encauzar el pitón de agua dulce, la columna flexible que se desliza en la tiniebla de los estuarios, tendiendo a lo largo de kilómetros una lenta cintura desceñida; imposible prever dónde, a qué alta hora la informe cabeza toda ojos y bocas y cabellos abrirá el deslizamiento río arriba, pero los últimos corales han sido salvados, el agua dulce lucha contra una desfloración implacable que la toma entre légamos y espumas, las angulas vibrantes contra la corriente se sueldan en su fuerza común, en su ciega voluntad de subir, ya nada las detendrá, ni ríos ni hombres ni esclusas ni cascadas, las múltiples serpientes al asalto de los ríos europeos dejarán miriadas de cadáveres en cada obstáculo, se segmentarán y retorcerán en las redes y los meandros, yacerán de día en un sopor profundo, invisibles para otros ojos, y cada noche reharán el hirviente tenso cable negro y como guiadas por una fórmula de estrellas, que Jai Singh pudo medir con cintas de mármol y compases de bronce, se desplazarán hacia las fuentes fluviales, buscando en incontables etapas un arribo del que nada saben, del que nada pueden esperar; su fuerza no nace de ellas, su razón palpita en otras madejas de energía que el sultán consultó a su manera, desde presagios y esperanzas y el pavor primordial de la bóveda llena de ojos y de pulsos.
   El profesor Maurice Fontaine, de la Academia de Ciencias de Francia, piensa que el imán del agua dulce que desesperadamente atrae a las angulas obligándolas a suicidarse por millones en las esclusas y las redes para que el resto pase y llegue, nace de una reacción de su sistema neurendocrino frente al adelgazamiento y a la deshidratación que acompaña la metamórfosis de los leptocéfalos en angulas. Bella es la ciencia, dulces las palabras que siguen el decurso de las angulas y nos explican su saga, bellas y dulces e hipnóticas como las terrazas plateadas de Jaipur donde un astrónomo manejó en su día un vocabulario igualmente bello y dulce para conjurar lo innominable y verterlo en pergaminos tranquilizadores, herencia para la especie, lección de escuela, barbitúrico de insomnios esenciales, y llega el día en que las angulas se han adentrado en lo más hondo de su cópula hidrográfica, espermatozoides planetarios ya en el huevo de las altas lagunas, de los estanques donde sueñan y se reposan los ríos y los tortuosos falos de la noche vital se acalman, se acaman, las columnas negras pierden su flexible erección de avance y búsqueda, los individuos nacen a sí mismos, se separan de la serpiente común, tantean por su cuenta y riesgo los peligrosos bordes de las pozas, de la vida; empieza, sin que nadie pueda conocer la hora, el tiempo de la anguila amarilla, la juventud de la raza en su territorio conquistado, el agua al fin amiga ciñendo sin combate los cuerpos que reposan.
   Y crecen. Durante dieciocho años, plácidas en sus huecos, en sus nichos, aletargadas en el limo, rozándose en una lenta ceremonia para nadie, salpicando el aire con un aletazo y un cabrilleo, devorando incesantes los jugos de la profundidad, repitiendo durante dieciocho años el deslizamiento solapado que las lleva en una fracción de segundo, durante dieciocho años, al fragmento comestible, a la materia orgánica en suspensión, solitarias soñolientas o violentamente concertadas para despedazar una presa y rechazarse en un frenético desbande, las anguilas crecen y cambian de color, la pubertad las asalta como un latigazo y las transforma cromáticamente, el mimético amarillo de los légamos cede poco a poco al mercurio, en algún momento la anguila plateada prismará el primer sol del día con un rápido giro de su espalda, el agua turbia de los fondos deja entrever los espejos fusiformes que se replican y desdoblan en una lenta danza: ha llegado la hora en que cesarán de comer, prontas para el ciclo final, la anguila plateada espera inmóvil la llamada de algo que la señorita Callamand considera, al igual que el profesor Fontaine, un fenómeno de interacción neuroendocrina: de pronto, de noche, al mismo tiempo, todo río es río abajo, de toda fuente hay que huir, tensas aletas rasgan furiosamente el filo del agua: Nietzsche, Nietzsche.
   Primero hay una fase de excitación, una como noticia o santo y seña que alborota: dejar los juncos, las pozas, dejar dieciocho años de hueco entre roca, volver. Alguna remota ecuación química guarda la memoria velada de los orígenes, una constelación ondulante de sargazos, la sal en las fauces, el calor atlántico, los monstruos al acecho, las medusas teléfono o paracaídas, el guante atontado del octopus. Retomar al fragor silencioso de las corrientes submarinas, sus venas sin escape; también el cielo es así en las noches despejadas cuando las estrellas se amalgaman en una misma presión, conjuradas y hostiles, negándose al recuento, a las nomenclaturas, oponiendo una aterciopelada inalcanzabilidad a la lente que las circunda y abstrae, metiéndose de a diez, de a cien en un mismo campo visual, obligando a Jai Singh a bañarse los párpados con el bálsamo que su médico extrae de hierbas enraizadas en los mitos del cielo, en los crueles, alegres juegos de las deidades hartas de inmortalidad.
Después, según estima la señorita Callamand, sigue una fase de desmineralización, las anguilas se vuelven amorfas, se abandonan a las corrientes, el verano se acaba, las hojas secas flotan con ellas río abajo, a veces una metralla de lluvia las alcanza y despierta, las anguilas resbalan con el río, se protegen de la lluvia y el perfil amenazante de las nubes, desmineralizadas y amorfas ceden a la imperceptible pendiente que las acerca a los estuarios y a la avidez de quienes esperan en las curvas del río, el hombre está ahí, codicioso de la anguila plateada, la mejor de las anguilas, atrapando sin lucha las anguilas desmineralizadas y amorfas abandonadas a la corriente, sin reflejos, basadas en el número, en que nada importa si el pescador las atrapa y las devora innúmeras pues muchas más pasarán lejos de redes y anzuelos, llegarán a las desembocaduras, despertarán a la sal, a los golpes de un oleaje que también golpea en una oscura memoria recurrente; es el otoño, las pescas milagrosas, las cestas repletas de anguilas que tardan en morir porque sus estrechas branquias guardan una reserva de agua, de vida, y duran, horas y horas se retuercen en las cestas, todos los peces están muertos y ellas siguen una salvaje batalla con la asfixia, hay que despedazarlas, hundirlas en el aceite hirviendo, y las viejas en los puertos mueven la cabeza y las miran y rememoran una oscura sapiencia, los bestiarios remotos donde anguilas astutas salen del agua e invaden los huertos y los vergeles (son las palabras que se emplean en los bestiarios) para cazar caracoles y gusanos, para comerse los guisantes de los huertos como dice la enciclopedia Espasa que sabe tanto sobre las anguilas. Y es verdad que si un río se agosta, si aguas arriba una represa o una cascada les veda la carrera hacia las fuentes, las jóvenes anguilas saltan fuera del cauce y franquean el obstáculo sin morir, resistiendo el ahogo, resbalando obstinadas por el musgo y los helechos; pero ahora las que bajan están desmineralizadas y amorfas, se dejan pescar y sólo tienen fuerzas para luchar contra una muerte que no han evitado, que las tortura delicadamente durante horas como si se vengara de las otras, de las que siguen río abajo en multitudes incontables, buscando los corales y la sal del regreso.

De Jai Singh se presume que hizo construir los observatorios con el elegante desencanto de una decadencia que nada podía esperar ya de las conquistas militares, ni siquiera tal vez de los serrallos donde sus mayores habían preferido un cielo de estrellas tibias en un tiempo de aromas y de músicas; serrallo del alto aire, un espacio inconquistable tendía el deseo del sultán en el límite de las rampas de mármol; sus noches de pavorreales blancos y de lejanas llamaradas en las aldeas, su mirada y sus máquinas organizando el frío caos violeta y verde y tigre: medir, computar, entender, ser parte, entrar, morir menos pobre, oponerse pecho a pecho a esa incomprensibilidad tachonada, arrancarle un jirón de clave, hundirle en el peor de los casos la flecha de la hipótesis, la anticipación del eclipse, reunir en un puño mental las riendas de esa multitud de caballos centelleantes y hostiles. También la señorita Callamand y el profesor Fontaine ahíncan las teorías de nombres y de fases, embalsaman las anguilas en una nomenclatura, una genética, un proceso neurendocrino, del amarillo al plateado, de los estanques a los estuarios, y las estrellas huyen de los ojos de Jai Singh como las anguilas de las palabras de la ciencia, hay ese momento prodigioso en que desaparecen para siempre, en que más allá de la desembocadura de los ríos nada ni nadie, red o parámetro o bioquímica pueden alcanzar eso que vuelve a su origen sin que se sepa cómo, eso que es otra vez la serpiente atlántica, inmensa cinta plateada con bocas de agudos dientes y ojos vigilantes, deslizándose en lo hondo, no ya movida pasivamente por una corriente, hija de una voluntad para la que no se conocen palabras de este lado del delirio, retornando al útero inicial, a los sargazos donde las hembras inseminadas buscarán otra vez la profundidad para desovar, para incorporarse a la tiniebla y morir en lo más hondo del vientre de leyendas y pavores. ¿Por qué, se pregunta la señorita Callamand, un retomo que condenará a las larvas a reiniciar el interminable remonte hacia los ríos europeos? Pero qué sentido puede tener ese por qué cuando lo que se busca en la respuesta no es más que cegar un agujero, poner la tapa a una olla escandalosa que hierve y hierve para nadie? Anguilas, sultán, estrellas, profesor de la Academia de Ciencias: de otra manera, desde otro punto de partida, hacia otra cosa hay que emplumar y lanzar la flecha de la pregunta.
   Las máquinas de mármol, un helado erotismo en la noche de Jaipur, coagulación de luz en el recinto que guardan los hombres de Jai Singh, mercurio de rampas y hélices, grumos de luna entre tensores y placas de bronce; pero el hombre ahí, el inversor, el que da vuelta las suertes, el volatinero de la realidad: contra lo petrificado de una matemática ancestral, contra los husos de la altura destilando sus hebras para una inteligencia cómplice, telaraña de telarañas, un sultán herido de diferencia yergue su voluntad enamorada, desafía un cielo que una vez más propone las cartas transmisibles, entabla una lenta, interminable cópula con un cielo que exige obediencia y orden y que él violará noche tras noche en cada lecho de piedra, el frío vuelto brasa, la postura canónica desdeñada por caricias que desnudan de otra manera los ritmos de la luz en el mármol, que ciñen esas formas donde se deposita el tiempo de los astros y las alzan a sexo, a pezón y a murmullo. Erotismo de Jai Singh al término de una raza y una historia, rampas de los observatorios donde las vastas curvas de senos y de muslos ceden sus derroteros de delicia a una mirada que posee por transgresión y reto y que salta a lo innominable desde sus catapultas de tembloroso silencio mineral. Como en las pinturas de Remedios Varo, como en las noches más altas de Novalis, los engranajes inmóviles de la piedra agazapada esperan la materia astral para molerla en una operación de caliente halconeria. Jaulas de luz, gineceo de estrellas poseídas una a una, desnudadas por un álgebra de aceitadas falanges, por una alquimia de húmedas rodillas, desquite maniático y cadencioso de un Endirnión que vuelve las suertes y lanza contra Selene una red de espasmos de mármol, un enjambre de parámetros que la desceñirán hasta entregarla a ese amante que la espera en lo más alto del laberinto matemático, hombre de piel de cielo, sultán de estremecidas favoritas que se rinden desde una interminable lluvia de abejas de medianoche.
   De la misma manera, señorita Callamand, algo que el diccionario llama anguila está esperando acaso la serpiente simétrica de un deseo diferente, el asalto desmesurado de otra cosa que la neuroendocrinología para alzarse de las aguas primordiales, desnudar su cintura de milenios de sargazos y darse a un encuentro que jamás sospecharía Johannes Schmidt. Sabemos de sobra que el profesor Fontaine preguntará por la finalidad de semejante búsqueda, a la hora en que uno de sus ayudantes cumple la delicada tarea de fijar un minúsculo emisor de radiaciones en el cuerpo de una anguila plateada, devolverla al océano y seguir así la pista de un itinerario mal cartografiado. Pero no hablamos de buscar, señorita Callamand, no se trata de satisfacciones mentales ni de someter a otra vuelta de tuerca una naturaleza todavía mal colonizada. Aquí se pregunta por el hombre aunque se hable de anguilas y de estrellas; algo que viene de la música, del combate amoroso y de los ritmos estacionales, algo que la analogía tantea en la esponja, en el pulmón y el sístole, balbucea sin vocabulario tabulable una dirección hacia otro entendimiento. Por lo demás, ¿cómo no respetar las valiosas actividades de la señora M. L. Bauchot, por ejemplo, que brega por la más correcta identificación de las larvas de los diferentes peces ápodos (anguilas, congrios, etc.)? Solamente que antes y después está lo abierto, lo que el águila estúpidamente alcanza a ver, lo que el negro río de las anguilas dibuja en la masa elemental atlántica, abierto a otro sentido que a su vez nos abre, águilas y anguilas de la gran metáfora quemante. (Y como por casualidad descubrir que sólo una consonante diferencia esos dos nombres; y decirse una vez más que la casualidad, esa palabra tranquilizadora, ese otro umbral de la apertura...).
Así yo -una vez más el Occidente odioso, la obstinada partícula que subtiende todos sus discursos- quisiera asomar a un campo de contacto que el sistema que ha hecho de mí esto que soy niega entre vociferaciones y teoremas. Digamos entonces ese yo que es siempre alguno de nosotros, desde la inevitable plaza fuerte saltemos muralla abajo: no es tan difícil perder la razón, los celadores de la torre no se darán demasiada cuenta, qué saben de anguilas o de esas interminables teorías de peldaños que Jai Singh escalaba en una lenta caída hacia el cielo; porque el no estaba de parte de los astros como algún poeta de nuestras tierras sureñas, no se aliaba a la señora M. L. Bauchot para la más correcta identificación de los congrios o de las magnitudes estelares. Sin otra prueba que las máquinas de mármol sé que Jai Singh estaba con nosotros, del lado de la anguila trazando su ideograma planetario en la tiniebla que desconsuela a la ciencia de mesados cabellos, a la señorita Callamand que cuenta y cuenta el paso de los leptocéfalos y marca cada unidad con una meritoria lágrima cibernética. Así en el centro de la tortuga índica, vano y olvidable déspota, Jai Singh asciende los peldaños de mármol y hace frente al huracán de los astros; algo más fuerte que sus lanceros y más sutil que sus eunucos lo urge en lo hondo de la noche a interrogar el cielo como quien sume la cara en un hormiguero de metódica rabia: maldito si le importa la respuesta, Jai Singh quiere ser eso que pregunta, Jai Singh sabe que la sed que se sacia con el agua volverá a atormentarlo, Jai Singh sabe que solamente siendo el agua dejará de tener sed.
   Así, profesor Fontaine, no es de difuso panteismo que hablamos, ni de disolución en el misterio: los astros son mensurables, las rampas de Jaipur guardan todavía la huella de los buriles matemáticos, jaulas de abstracción y entendimiento. Lo que rechazo mientras usted me llena de informaciones sobre el decurso de los leptocéfalos es la sórdida paradoja de un empobrecimiento correlativo con la multiplicación de bibliotecas, microfilms y ediciones de bolsillo, una culturización a lo jíbaro, señorita Callamand. Que Dama Ciencia en su jardín pasee, cante y borde, bella es su figura y necesaria su rueca teleguiada y su laúd electrónico, no somos los beocios del siglo, un brontosaurio bien muerto está. Pero entonces se sale a vagar de noche, como sin duda también tantos servidores de Dama Ciencia, y si se vive de veras, si la noche y la respiración y el pensar enlazan esas mallas que tanta definición separa, puede ocurrir que entremos en los parques de Jaipur o de Delhi, o que en el corazón de Saint Germain des Prés alcancemos a rozar otro posible perfil del hombre; pueden pasarnos cosas irrisorias o terribles, acceder a ciclos que comienzan en la puerta de un café y desembocan en una horca sobre la plaza mayor de Bagdad, o pisar una anguila en la rue du Dragon, o ver de lejos como en un tango a esa mujer que nos llenó la vida de espejos rotos y de nostalgias estructuralistas (ella no terminó de peinarse, ni nosotros nuestra tesis de doctorado); porque no se trata de ahuecar la voz, esas cosas ocurren como los gatos de golpe o el desbordarse de la bañadera mientras atendemos el teléfono, pero solamente les ocurren a los que llevan el gato en el bolsillo, la noche es pelirroja y húmeda, alguien silba bajo un portal, la zona franca empieza; cómo decirlo de otra manera más inteligible, profesor Fontaine, escribirle a la señora M. L. Bauchot,
   estimada señora Bauchot,
   esta noche he visto el río de las anguilas
   he estado en Jaipur y en Delhi
   he visto las anguilas en la rue du Dragon en
   París,
   y mientras cosas así me ocurran (hablo de mi por fuerza, pero estoy hablando de todos los que salen a lo abierto) o mientras me habite la certeza de que pueden ocurrirme,
   no todo está perdido porque
   señora Bauchot, estimada señora Bauchot, le estoy escribiendo sobre una raza que puebla el planeta y que la ciencia quiere servir, pero mire usted, señora Bauchot, su abuela fajaba a su bebé,
   lo volvía una pequeña momia sollozante
   porque el bebé quería moverse, jugar, tocarse el sexo, ser feliz con su piel y sus olores y la cosquilla del aire,
   y mire hoy, señora Bauchot, ya usted creció más libre, y acaso su bebé desnudo juega ahora mismo sobre el cobertor y el pediatra lo aprueba satisfecho, todo va bien, señora Bauchot, sólo que el bebé sigue siendo el padre de ese adulto que usted y la señorita Callamand definen homo sapiens, y lo que la ciencia le quitó al bebé la misma ciencia lo anuda en ese hombre que lee el diario y compra libros y quiere saber, entonces la enumeración la clasificación de las anguilas
y el fichero de estrellas nebulosas galaxias, vendaje de la ciencia: quieto ahí, veinticuatro, sudoeste, proteína, isótopos marcados. Libre el bebé y fajado el hombre, la pediatra de adultos, Dama Ciencia abre su consultorio, hay que evitar que el hombre se deforme por exceso de sueños, fajarle la visión, manearle el sexo, enseñarle a contar para que todo tenga un número. A la par la moral y la ciencia (no se asombre, señora,
es tan frecuente) y por supuesto
la sociedad que sólo sobrevive
si sus células cumplen el programa. Atentamente la saludo.
   Esta carta infundirá en la señora Bauchot la horrenda sospecha de que los brontosaurios saben escribir, por eso una postdata gentil, no me entienda mal, querida señora, qué haríamos sin usted, sin Dama Ciencia, hablo en serio, muy en serio, pero además está lo abierto, la noche pelirroja, las unidades de la desmedida, la calidad de payaso y de volatinero y de sonámbulo del ciudadano medio, el hecho de que nadie lo convencerá de que sus limites precisos son el ritmo de la ciudad más feliz o del campo más amable; la escuela hará lo suyo, y el ejército y los curas, pero eso que yo llamo anguila o Vía láctea pernocta en una memoria racial, en un programa genético que no sospecha el profesor Fontaine, y por eso la revolución en su momento, el arremeter contra lo objetivamente enemigo o abyecto, el manotazo delirante para echar abajo una ciudad podrida, por eso las primeras etapas del reencuentro con el hombre entero. Y sin embargo ahí se emboscan otra vez Dama Ciencia y su séquito, la moral, la ciudad, la sociedad: se ha ganado apenas la piel, la hermosa superficie de la cara y los pechos y los muslos, la revolución es un mar de trigo en el viento, un salto a la garrocha sobre la historia comprada y vendida, pero el hombre que sale a lo abierto empieza a sospechar lo viejo en lo nuevo, se tropieza con los que siguen viendo los fines en los medios, se da cuenta de que en ese punto ciego del ojo del toro humano se agazapa una falsa definición de la especie, que los ídolos perviven bajo otras identidades, trabajo y disciplina, fervor y obediencia, amor legislado, educación para A, B y C, gratuita y obligatoria; debajo, adentro, en la matriz de la noche pelirroja, otra revolución deberá esperar su tiempo como las anguilas bajo los sargazos. Llegar a ella es también serpiente negra de ida; lentos peldaños hacia la plataforma que reta el musgo astral, serpiente plateada de regreso, fecundación, desove y muerte para otra vez serpiente negra, marcha hacia las cabeceras y las fuentes, retorno dialéctico donde se cumple el ritmo cósmico; empleo a sabiendas las palabras más mancilladas por la retórica, de muchas maneras me he ganado el derecho a que brillen aquí como brilla el mercurio de las anguilas y el girasol vertiginoso en las máquinas de Jai Singh. Todavía es tiempo de sargazos, de guerrillas parciales que despejan el monte sin que el combatiente alcance a ver una totalidad de cielo y mar y tierra. En cada árbol de sangre circulan sigilosas las claves de la alianza con lo abierto, pero el hombre da y toma la sangre, bebe y vierte la sangre entre gritos de presente y recidivas de pasado, y pocos sentirán pasar por sus pulsos la llamada de la noche pelirroja; los pocos que se asomen a ella perecerán en tanta picota, con sus pieles se harán lámparas y de sus lenguas se arrancarán confesiones; uno que otro podrá dar testimonio de anguilas y de estrellas, de encuentros fuera de la ley de la ciudad, de arrimo a las encrucijadas donde nacen las sendas tiempo arriba. Pero si el hombre es Acteón acosado por los perros del pasado y los simétricos perros del futuro, pelele deshecho a mordiscones que lucha contra la doble jauría, lacerado y chorreando vida, solo contra un diluvio de colmillos, Acteón sobrevivirá y volverá a la caza hasta el día en que encuentre a Diana y la posea bajo las frondas, le arrebate una virginidad que ya ningún clamor defiende, Diana la historia del hombre relegado y derogado, Diana la historia enemiga con sus perros de tradición y mandamiento, con su espejo de ideas recibidas que proyecta en el futuro los mismos colmillos y las mismas babas, y que el cazador trizará como triza su doncellez despótica para alzarse desnudo y libre y asomarse a lo abierto, al lugar del hombre a la hora de su verdadera revolución de dentro afuera y de fuera adentro. Todavía no hemos aprendido a hacer el amor, a respirar el polen de la vida, a despojar a la muerte de su traje de culpas y de deudas; todavía hay muchas guerras por delante, Acteón, los colmillos volverán a clavarse en tus muslos, en tu sexo, en tu garganta; todavía no hemos hallado el ritmo de la serpiente negra, estamos en la mera piel del mundo y del hombre. Ahí, no lejos, las anguilas laten su inmenso pulso, su planetario giro, todo espera el ingreso en una danza que ninguna Isadora danzó nunca de este lado del mundo, tercer mundo global del hombre sin orillas, chapoteador de historia, víspera de sí mismo.

   Que la noche pelirroja nos vea andar de cara al aire, favorecer la aparición de las figuras del sueño y del insomnio, que una mano baje lentamente por espaldas desnudas hasta arrancar ese quejido de amor que viene del fuego y la caverna, primera dulce tregua del miedo de la especie, que por la rue du Dragon, por la Vuelta de Rocha, por King's Road, por la Rampa, por la Schulerstrasse marche ese hombre que no se acepta cotidiano, clasificado obrero o pensador, que no se acepta ni parcela ni víspera ni ingrediente geopolítico, que no quiere el presente revisado que algún partido y alguna bibliografía le prometen como futuro; ese hombre que acaso se hará matar en un frente justo, en una emboscada necesaria, que chacales y babosas torturarán y envilecerán, que jefes alzarán al puesto de confianza, que en tanto rincón del mundo tendrá razón o culpa en el molino de las vísperas; para ése, para tantos como ése, un dibujo de la realidad trepa por las escaleras de Jaipur, ondula sobre sí mismo en el anillo de Moebius de las anguilas, anverso y reverso conciliados, cinta de la concordia en la noche pelirroja de hombres y astros y peces. Imagen de imágenes, salto que deje atrás una ciencia y una política a nivel de caspa, de bandera, de lenguaje, de sexo encadenado, desde lo abierto acabaremos con la prisión del hombre y la injusticia y el enajenamiento y la colonización y los dividendos y Reuter y lo que sigue; no es delirio lo que aquí llamo anguila o estrella, nada más material y dialéctico y tangible que la pura imagen que no se ata a la víspera, que busca más allá para entender mejor, para batirse contra la materia rampante de lo cerrado, de naciones contra naciones y bloques contra bloques. Señora Bauchot, alguna vez Thomas Mann dijo que las cosas andarían mejor si Marx hubiera leído a Holderlin; pero vea usted, señora, yo creo con Lukacs que también hubiera sido necesario que Holderlin leyera a Marx; note usted qué frío es mi delirio aunque le parezca anacrónicamente romántico porque Jai Singh, porque la serpiente de mercurio, porque la noche pelirroja. Salga a la calle, respire aire de hombres que viven y no el de la teoría de los hombres en una sociedad mejor; dígase alguna vez que en la felicidad hay tanto más que una cuota de proteínas o de tiempo libre o de soberanía (pero Holderlin debe leer a Marx, en ningún momento ha de olvidar a Marx, las proteínas son una de tantas facetas de la imagen, vaya si lo son, señora Bauchot, pero entonces la imagen toda, el hombre en su jardín de veras, no un esquema del hombre salvado de la desnutrición o la injusticia). Vea usted, en el parque de Jaipur se alzan las máquinas de un sultán del siglo dieciocho, y cualquier manual científico o guía de turismo las describe como aparatos destinados a la observación de los astros, cosa cierta y evidente y de mármol, pero también hay la imagen del mundo como pudo sentirla Jai Singh, como la siente el que respira lentamente la noche pelirroja donde se desplazan las anguilas; esas máquinas no sólo fueron erigidas para medir derroteros astrales, domesticar tanta distancia insolente; otra cosa debió soñar Jai Singh alzado como un guerrillero de absoluto contra la fatalidad astrológica que guiaba su estirpe, que decidía los nacimientos y las desfloraciones y las guerras; sus máquinas hicieron frente a un destino impuesto desde fuera, al Pentágono de galaxias y constelaciones colonizando al hombre libre, sus artificios de piedra y bronce fueron las ametralladoras de la verdadera ciencia, la gran respuesta de una imagen total frente a la tiranía de planetas y conjunciones y ascendentes; el hombre Jai Singh, pequeño sultán de un vago reino declinante, hizo frente al dragón de tantos ojos, contestó a la fatalidad inhumana con la provocación del mortal al toro cósmico, decidió encauzar la luz astral, atraparla en retortas y hélices y rampas, cortarle las uñas que sangraban a su raza; y todo lo que midió y clasificó y nombró, toda su astronomía en pergaminos iluminados era una astronomía de la imagen, una ciencia de la imagen total, salto de la víspera al presente, del esclavo astrológico al hombre que de pie dialoga con los astros. Tal vez los gobernantes de la avanzada por la que damos todo lo que somos y tenemos, tal vez la señorita Callamand o el profesor Fontaine, tal vez los jefes y los hombres de ciencia acabarán por salir a lo abierto, acceder a la imagen donde todo está esperando; en este mismo instante las jóvenes anguilas llegan a las bocas de los ríos europeos, van a comenzar su asalto fluvial; acaso ya es de noche en Delhi y en Jaipur y las estrellas picotean las rampas del sueño de Jai Singh; los ciclos se fusionan, se responden vertiginosamente; basta entrar en la noche pelirroja aspirar profundamente un aire que es puente y caricia de la vida; habrá que seguir luchando por lo inmediato, compañero, porque Holderlin ha leído a Marx y no lo olvida; pero lo abierto sigue ahí, pulso de astros y anguilas, anillo de Moebius de una figura del mundo donde la conciliación es posible, donde anverso y reverso cesarán de desgarrarse, donde el hombre podrá ocupar su puesto en esa jubilosa danza que alguna vez llamaremos realidad.


                                 Julio Cortázar          


                                                                 

AHORA QUE SOMOS DOS

Publicado en Nuestra Letra. el 26 de Mayo, 2008, 20:28 por LAURA CORTI

Yo sabía que esto me iba a pasar! Era cantado mirá. Una los cría entre algodones, les da todo, los contiene, les aconseja, los manda a los mejores colegios…cuanto nos cuesta el colegio? Fortuna mira, fortuna…y después ellos terminan pagando de esta forma. Y ahora que se hace, me querés decir que hacemos?

Acabala Sara. Querés terminarla, por favor, ya veremos.

Qué veremos, querés que todos se enteren?

Lo van a saber igual, que te pensás. Querés esconder un elefante debajo de una alfombra ahora.

El calor era pesado y esponjoso. La humedad de marzo invadía el aire y le quitaba el oxígeno. Empezó a dolerme la cabeza. Pensar y escuchar. Pensar y escuchar. Ya no había espacio. Y la catarata de culpas y palabras que entraba por las orejas. Se hacía un nudo pegajoso en el oído interno y se sacudía provocándome el llanto.    

Me tiré en la cama una vez más, quizás la última pensé. Ya eran como las siete de la tarde y estaba sin dormir. Me llevé las manos a la panza. La chatura del vientre me resultó extraña. Lo sentí tibio, aún debajo de la remera. Volvía levantarme y acomodé unas almohadas sobre el respaldo de la cama. Me saqué la remera y me recosté.

Estás preocupada. O triste. O llorás…No te entiendo! Ahora que somos dos, que podemos hablar. Vos en tu idioma y yo en el mío. No importa. Igual nos entendemos.

Tenés miedo? No era que cuando sos grande no tenés miedo. O qué vos no sos grande?

Comió algo?

No. Va creo que no. Por lo menos no salió de la pieza en todo el día.

Como que no comió. Fuiste a verla por lo menos.

Yo a verla, que se muera bastarda!

Terminala de una vez Sara. Qué ganás con hacerle la guerra. Igual la cagada está.

No le hago la guerra, no la quiero ni ver que no es lo mismo. Me hizo mierda y encima la tengo que ir a ver a la señorita.

Y si hablamos con Héctor, a lo mejor se puede hacer algo.

Algo como que, te volviste loca vos?

Desde la ventana veía irse a los últimos pájaros de la tarde. Los envidiaba. Esa libertad. Ese vuelo sin destino más que a algún árbol donde conciliar el sueño. Y cuando ataca el hambre, aprestarse a dirigir el pico hacia algún insecto o gusano. Que a veces se escapa y hay que perseguir. Pero que de tanto intento siempre alguno termina siendo banquete. Ese transcurrir sin edades, ni lógicas. Sin reglas, ni filosofías. Solo la lucha por la supervivencia y por perpetuar la especie.

Querés que juguemos? Dale a reírnos, yo me río para adentro, vos para afuera querés? Qué importa si te escuchan…También podríamos jugar a chuparnos los dedos, pero…uy! No tengo dedos…

Cuando voy a tener dedos…vos tenés dedos? Entonces jugamos a las cosquillas…Eso síiiiiii, haceme cosquillas y yo me río para adentro.

Mañana voy a hablar con Héctor.

Sara no hagas locuras, yo no estoy de acuerdo. No lo voy a permitir.

Y que vas a permitir, que seamos el comentario del pueblo.

Tiene 17 años, lo pensaste.

Y justamente porque tiene 17 años.

Es peligroso, además Héctor no va a aceptar.

Nos mandará a otro. Creo que había uno en Cañada o en Casilda, no se bien. Pero bueno yo hablo con el y mañana vemos.

No la vas a llamar a comer.

Que se muera.

No hacía frío. Era una noche agradable. La temporada de lluvias estaba terminando y tenía ganas de caminar. No recordaba bien cuanto quedaba en el monederito. La última vez que había contado tenía como trescientos pesos. La abuela me regaló otros doscientos recordé. Y los busqué rápidamente en el cajón. Nunca es bueno tener todo junto. El bolso era lo suficientemente grande para guardar lo que necesitaba. Remeritas, algunos sweaters, ropa interior (bastante), jeans? No, más bien joggings. Ah el rosario, sin él no me iba a ningún lado. Y la estampita de Jesús Misericordioso. Las zapatillas o las botitas? Las dos total caben.

Ey! Ya no estás triste. O no tanto. Ya no llorás. Jugamos ahora? Mirá que tengo los ojos pegados, pero puedo jugar. Y no tengo sueño, vos, tenés sueño? Tengo ganas de algo, no sé bien de. Si tuviese dedos…

Estás loca Sara. Estamos locos. Andá a buscarla querés. Decile que venga que se siente a la mesa. Y después veremos como termina esto.

Ni aunque me esté muriendo la voy a buscar. Que se muera de hambre, que se pudra en su pieza. Desgraciada…Mañana  hablo con alguno, me voy a la China si es necesario, pero alguno encuentro, con tu consentimiento o sin el.

La puerta del ventanal se cerró. Detrás de mí quedaron ellos y sus voces, su furia o su dolor. La pieza parecía despedirse con un rumor húmedo y triste. Cerati y los Soda me ofrecieron su última mirada en señal de apoyo, se les notaba un gesto de preocupación.

Se quedaban solos y corrían serio riesgo de que los tiren a la basura.

Me quedé unos minutos parada frente al tapial. No era alto pero había que treparlo con el bolso. De pronto recordé que no había nada que se rompiera y lo arrojé hacia el otro lado.

Que lindo! Me hiciste caso estamos jugando…a que jugamos esto no es cosquillas. Vos te moves, yo me muevo. Vos me mirás…yo tengo los ojos pegados.

No tengo sueño. Vos tenés sueño…No no es cierto? No se puede jugar con sueño.

El perro de Marcelo comenzó a ladrar ni bien se escucharon mis pies contra el piso. Fue un salto silencioso pero no como para el oído de un perro. Sentí miedo y corrí un poco. Tuve que parar pasando la esquina, la urgencia surgió como una amenaza para seguir. Busque un árbol como refugio, igual que aquellos pájaros de la tarde. Solo que yo no lo elegía como descanso. Me estaba haciendo pis.

Edgar Lee Masters

Publicado en De Otros. el 26 de Mayo, 2008, 20:09 por MScalona
 Edgar Lee Masters- EE.UU.  1868-1950

                                              

BENJAMIN PANTIER

Juntos en esta tumba yacen Benjamín Pantier, procurador,

y Nig, su perro, fiel colega, consuelo y amigo.

Por el camino gris, amigos, niños, hombres y mujeres,

uno por uno abandonaron la vida, dejándome solo

con Nig como socio, compañero de cama, camarada en la bebida.

En la mañana de mis años conocí aspiraciones

y vislumbré el honor.

Luego ella, que me sobrevive, lazó mi alma

con un lazo que me fue desangrando hasta la muerte,

y yo, en un tiempo fuerte de voluntad,

terminé quebrantado, indiferente,

viviendo en un cuarto detrás de una sombría oficina.

Debajo de mi mandíbula se apoya la nariz huesuda de Nig;

nuestra historia se pierde en el silencio. ¡Pasa, loco mundo!

Mrs. BENJAMIN PANTIER

Sé que decía que enlacé su alma

con un lazo que lo fue desangrando hasta la muerte.

Y que todos los hombres lo querían

y que muchas mujeres le tuvieron compasión.

Pero supone que eres realmente una dama,

y que tienes gustos delicados,

y te asquean el olor del whisky y la cebolla.

Y que el ritmo de la "Oda" de Wordsworth fluye en tus oídos,

mientras él va repitiendo, de la mañana a la noche,

partes como esa cosa vulgar: "Oh, por qué será orgulloso

el espíritu de los mortales?"

Y luego, supone:

eres una mujer bien dotada

y el único hombre con quien la ley y la moral

te permiten tener relaciones conyugales

justamente es aquel que te repugna

cada vez que piensas en eso –y piensas en eso

cada vez que lo ves.

Por esto lo eché de casa

a vivir con su perro en un cuarto sombrío

detrás de su oficina.

                                                                                                Edgar Lee Masters

                                                                                              (E.E.U.U.  1868-1950)

ANTOLOGÍA de SPOON RIVER

*  es un poemario dedicado a cada lápida

del cementerio del pueblo. O sea, el autor

va contando la vida de cada muerto (imaginando,

en forma lírica) cómo vivió y murió cada vecino.

Ejemplo magnífico de autobiográfía-biografías y el salto a la literatura.

En ROSS hay varios ejemplares a $ 4.- en la colección del Centro Ed AL.

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Publicado en De Otros. el 25 de Mayo, 2008, 17:26 por MScalona

 Claudia Piñeiro

                                                                     


Todo menos la ropa; la ropa no puedo, conservaba su olor, el olor de su hija. La ropa siempre conserva el olor que tuvo en vida el muerto, Elena sabe, aunque se la ve mil veces con distintos jabones, un olor que no responde a un perfume determinado, ni a un desodorante, ni al jabón blanco con el que se la lavaba cuando todavía había quien la ensuciara. Un olor que no es el de la casa ni el de la familia porque la ropa de Elena no huele de la misma manera. Olor a muerto cuando estaba vivo. Olor a Rita. No iba a soportar sentirlo y que detrás de ese olor no apareciera su hija. Le pasó con la ropa de su marido, pero entonces no sabía cuánto más podía doler ese olor cuando el muerto era un hijo. Entonces, la ropa no. Tampoco quiso dársela a la iglesia y que un día apareciera el pulóver verde de Rita dando vuelta la esquina abrigando otro cuerpo. Quemó la ropa en una pila que ordenó en el patio de atrás. Necesitó cuatro fósforos antes de que prendiera. Lo primero en arder fueron unas medias de nylon, que desaparecieron derretidas por el calor convertidas en lava sintética, luego poco a poco fue ardiendo todo; en medio de las cenizas aparecían los alambres de un corpiño, algunos broches machos y hembras, cierres. Metió el amasijo en una bolsa de residuos y los sacó para que se lo llevara el basurero. La ropa no fue a la caja que le dio el vecino. Sí los zapatos, un par de guantes de lana sin estrenar que no olían a nada, fotos viejas, su libreta de teléfonos, los documentos, todos menos el DNI, que hubo que entregarlo a la empresa de servicios fúnebres para que se ocupara de su entierro, su agenda, las tarjetas del banco, el tejido a medio terminar, la foto del diario local donde aparece en el patio del colegio parroquial con todo el personal docente el día en que inauguraron las aulas del secundario, la Biblia dedicada que le regaló el Padre Juan, ojalá la palabra de Dios te acompañe tanto como acompañó a tu padre, los anteojos de leer, las pastillas de la tiroides, una estampita de San Expedito que le había regalado la secretaria del colegio cuando tardaba en salir la pensión de Elena, el recorte del diario del día en que nació la hija de Isabel. Isabel y Marcos Mansilla tienen al agrado de participar del nacimiento de su hija María Julieta, en la ciudad de Buenos Aires, a los veinte días del mes de marzo de 1982. Un aviso cortado a mano, respetando los bordes tanto como el pulso lo había permitido. El bibliorato con las tarjetas que les mandaron los Mansilla cada Navidad. La caja de bombones con forma de corazón que le había regalado si amigo del banco y que, vacía de chocolate, guardaba pirotines inútiles y un manojo de cartas, mal dobladas y atadas con una cinta de raso rosa, que Elena no se atreve a leerlo.  

                                                                            

ELENA SABE,  p. 25

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Autores
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