"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




2º de 2º, Sergio Ballatore

Publicado en Cuentos el 14 de Abril, 2008, 22:29 por MScalona

FesFintall-07 (24) 

¿ Quién querría matar al líder de Alonso "s entrega?

Los dos tipos apoyados en la barra no son de este país, quizás tampoco sean de este mundo. Visten trajes rayados y zapatos de charol; entre ambos burbujean dos cócteles llamados malaquita. Entraron hace media hora y dejaron los paraguas en el hall, caminaron lento observando los discos colgados en las paredes de ladrillos sin revoque y se instalaron en taburetes de terciopelo. Uno quedó fijo en el vinilo plateado de los Clash: Sandinista, para ser exactos. El otro, con la cabeza parecida a un huevo de codorniz miró fijo el escenario. Falta una hora para que toquen los Alonso s"entrega y el lugar esta repleto de gente:

Almas de todos los colores con pelos en punta o rapados, con chales o colgantes de Kuala Lumpur. Gente.

Yo estoy sentado en un sillón que por momentos me absorbe y luego me saca a flote descubriendo el paisaje. Al lado, dos señoras gordas o dos señores rellenos hablan de plantas orgásmicas, operaciones sexuales chilenas y fiestas de chicos recién llegados de alguna península. Según el cristal con que se mire estos/as dos son interesantes, bah, son como la mayoría de los terrícolas que conozco: un cúmulo de neuronas en choque, un depósito de sangre, una lengua radiofónica con varios virus circundantes al acecho y una filosofía inspirada en el cuplé.

Detrás de ellos, al voltearme, veo zigzaguear a Carolina, la moza, a los saltos entre borceguíes, sin parar. Es bailarina y lanzallamas; los miércoles actúa con un primo paraguayo que recita Lorca pero al revés, un cómico. Arrancan a las dos, después de la obra de teatro y cierran. Para verlos a ellos viene gente que jamás pisa el local. Caro además vende cuchillos artesanales, hechos con mango de caoba, traídos de Areco. Al verme sin los anteojos se acerca y me dice: 

-Hoy va a morir alguien-. Y se va.

La frase resuena en mis oídos pero mi mente incorpora primero los labios de la muchacha, carnosos, pintados. Se que ha dicho algo de suma importancia pero me cuesta incorporar el concepto. Si la única verdad es perceptiva, ésta me dice que los jóvenes zombis que se contorsionan en danzas rituales con la vista al techo están lejos de la muerte; o quizás no. De todos modos es para dudar, si es que se me otorga el beneficio de dudar sobre la muerte. Mientras tanto sonrío. Me dura y vuelvo a sonreír con exceso. Esta vez mi mirada se cruza con la de Caro. Su expresión me asusta. Se pasea como una hiena de ojos grandes, está transpirada y la bandeja le tiembla en la mano que lleva reloj. Algo pasa. Me vuelvo a colocar los lentes y encuadro la barra. Observo a los dos tipos raros de traje y Caro se da cuenta que los miro. De prisa se lanza bajando dos escalones interponiéndose. Con un gesto digno de Janet Leigh y un aparatoso movimiento de cabeza los marca como sospechosos. El juego me enciende. Como diría un detective: esos tipos nunca me cerraron y creo que lo saben.

Al baño no voy nunca a pesar de venir todos los días, prefiero ir al patio y regar el limonero al lado de los cajones de coca cola. Como me conocen no me dicen nada y al confundirme con los artistas  lo creen parte de alguna excentricidad importada de Londres. Nada más lejano, al baño no voy porque tiene ventilador de techo. De chico se me desprendió uno y casi me mutila. Regalen lo que regalen yo al baño no voy.

Al lado mío-en el patio- esta sentado el baterista de los Alonso, buscando la sombra del limonero aunque haya estrellas. Tomo un poco de aire y enciendo un cigarrillo. Creo que me reconoce y le convido uno. Me pregunta si lo conozco a "batuque" y le respondo que sí, que era mi perro de los ocho años atropellado por un citroen. El pequeño clon de Stewart Copeland – baterista de The Police mal imitado hasta el hartazgo- me mira

rápido, con asco. Su cara me recuerda a esos seres horribles que viven en los bosques, mitad humanos-mitad porcinos. Cuando lo roza un halo de luz la cosa empeora, suerte que cuenta con barba protuberante.

 -Si me contestaste en serio sos muy boludo- dice sobrador.

Sonrío por enésima vez y me asalta un ataque que lo contagia por varios minutos. Después me canso, doy media vuelta y lo dejo despansándose de risa de culo en el cantero donde yo había meado. Ahí me acuerdo que "batuque" era un dealer del centro.

Que perejil!! - me increpo con aire espantosamente tanguero.

 Atravieso la puerta de dos hojas hacia el interior del local. Me gustaría tener una capa para volar sobre el manojo de personas, humo gigante y luces que ya comienzan a moverse. Trato de divisar el sillón en donde estaba pero millones impiden el paso. Para descansar busco una columna cercana a la escalera caracol. Arriba esta oscuro y de allí baja Thania, un travesti que baila danzas árabes. En la cintura le han quedado varios billetes que no registra.

Aún así nadie se atreverá a sacárselos, no al menos los habitúes al lugar. Todos sabemos que la bailarina es amante de los fierros, en especial de la  Smith & Wesson 629 y esconde una siempre en un almohadón distinto. Noche tras noche, como un ritual, por si canta algún gallo querellante. El sonidista me dijo que se la dió el cana que anda con ella, por amor. Parece ser que el tipo se la robó a un coleccionista sexagenario que era embajador en Honduras durante una visita relámpago; por desamor, quiero creer.

 A veces el policía entra a las cinco o seis de la mañana con otros dos para ponernos a todos contra la pared; es de la seccional de la avenida y nos odia. Allí es cuando Thania se enoja y termina puteándolo sin dejar de convocar a toda su genealogía. Al cana parece que le gusta. Se le acerca como un perrito de la calle y empieza a lamerla mientras los otros dos murmuran. Ella cede arrepentida. A esa altura sabemos que no se van a llevar a nadie. Ellos dos se van mimosos con los otros dos de guardaespaldas. De vez en cuando, mientras se alejan en retirada patean algún culo freak o tocan alguna teta púber. Son los gajes del oficio.

Mientras saco un pañuelo veo entrar a Luly Aguirre con su nuevo novio. El es abogado y ella es la nueva cara bonita de la tele. Vienen a reventarse sin fotógrafos en el primer piso. Unas horas antes, ella llamó a Juan –el dueño del local- para avisarle que prepare "todo". Ese "todo" está subiendo la escalera, donde solo entran los artistas y los amigos. Mientras recorren el lugar sacándose gente de encima, Luly sonríe y el joven acompaña tenso. Si fuera por él vendría a este lugar solo con una orden judicial y una topadora. Se le nota en la manera de fruncir el entrecejo. Pero se acuesta con una diva, modernita y con aires under. Su diablo, presumo, no le perdonaría semejante desperdicio por falta de paciencia. A la distancia se nota que ángel para contrarrestar dicho mandato no lleva.

 Por el lado opuesto Caro viene como un tren en mi dirección, ésta vez sin bandeja y llorisqueando. Se me acerca al oído y grita:

-Van a matar a mi novio….lo escuché de los tipos de traje…los de la barra…están pagados por los Twis – dice totalmente desencajada por sobre la música de fondo.

Se supone que esta noche yo vengo a ser una mezcla de Sherlok Holmes y ángel guardián. Tengo que proteger al cantante de Alfonso- novio de la moza que tanto me gusta- contra un supuesto complot de la banda de Pipo Cipollati. Por otra parte, la niña me sugiere derribar la puerta del camarín donde su pichón de rock star se ha encerrado desde hace no se cuantas horas con auriculares. Si todo es broma, conviene volver a sentarme con amigos y esperar tranquilo. Si por el contrario, los hechos son fehacientes, recordar un cómic que leía de chico y esforzarme por traer el nombre del capitán justiciero supongo que me dará oportunidad de develar misterios con un toque de magia. Mientras lo intento los tipos de traje siguen en la misma posición de siempre, acodados, entre decenas de cabezas bajando las bebidas a velocidades sónicas. Cuando uno de ellos levanta el codo para sorber hasta la última gota del trago, justo en ese instante, el saxofonista de los twis se acerca, le abre el puño al más alto e inmediatamente se lo cierra, palmeándolo amistoso en la mejilla.

¿Es la evidencia de un mensaje mafioso o una simple repartija?– pienso. El vínculo está y no puedo negar la coincidencia. Algo tengo que hacer, por lo menos un par de averiguaciones. Me bajo del segundo peldaño de la escalera caracol-que es donde me había ubicado para ver mejor- y echo a andar, importante.

Pipo habla con el sonidista cerca de unos jarrones. Los observo y en un mismo ángulo también veo a los dos hombres de negro en su recta final a la borrachera. Al pestañar, ya los cuatro se arremolinan en torno a una mesa ratona. Pipo se desploma en uno de los sillones acolchados. Los demás se quedan parados y siento cómo me invade la penumbra. Cuando las luces casi desaparecen y el ruido calla, solo queda iluminado el escenario. En él, un tipo vestido de Julio Cesar sostiene un hacha en la mano y un único reflector azulado lo persigue. Es el presentador de los Alonso.

Como puedo trato de seguirle los pasos a Pipo que se revuelve incómodo en su aposento; se bambolea y mira a los otros tres desconcertado. Una de sus manos se pierde por debajo del almohadón y extrae un objeto que creo divisar puntiagudo. Mientras el Cesar divaga en un monólogo introductorio un estampido me revuelve las tripas y el vidrio de la barra se derrumba. 

La única respuesta de la gente en ese instante es salir eyectada como un

misil hacia cualquier lado. Los novios toman a sus novias, los de la barra se trepan como monos a la columna de bafles y los perplejos aprovechamos para disfrutar del caos.

Pipo resuelve la escena solo, en el medio del salón, ya incorporado y con la cara arrugada por el susto. La Smith & Wesson 629 lanza espasmódicos suspiros de humo en su mano de parkinson; los valientes que siguen el curso de los acontecimientos forman una ronda que deja sin escape al músico. Algunos pocos –sobre todo los que estaban arriba- aprovechan y tambaleándose buscan entre resbalones la salida a nuestras espaldas. Los demás permanecemos hechizados frente al gurú, sin suspirar, atentos al curso de los acontecimientos y esperando una respuesta, una señal divina que nos indique el camino. Todavía sobre el escenario, el presentador vestido de Julio Cesar lanza un grito gutural para volver a capturar la atención. Caro lo mira con los brazos en jarra sentada en una escalinata, luego me mira a mí. Creo percibir los microsegundos que intentarán devolverle la atmósfera al sitio. Imposible, algo se quebró y no es solo el espejo. Creo que voy a estornudar.

A los dos golpes fuertes en la puerta de madera el picaporte comienza a girar suave. Una vez abierta se encuentran cara a cara el dueño del bar y el líder de Alonso s" entrega

- Limpiá todo que esto es un quilombo y ahora vienen ustedes- dice Juan con un acento dificultoso

-¿Qué hora es?- responde con una pregunta el cantante agitando una botella de wisky.

- Dale - grita corriendo desde el pasillo el empresario, en retirada.

En el bar de la calle Balcarce no hemos quedado mas de veinte personas, todas entre descorazonadas y frágiles. Julio Cesar sabe que su estadía estuvo poblada de dificultades y va hacia la barra sombrío, mirando a Pipo inquisidor. La banda empieza a tocar desencajada, austera. Caro comienza a recoger con una escoba y una palita los restos de vidrio diseminados por las baldosas. Thania ha guardado el arma en su cartera y sacude un vodka puro. Creo que el peligro no ha pasado, es más, estoy convencido que la noche se ha apostado como pescadora gustosa. Sé que entre estas paredes se esta pergeñando un crimen, cuyo destinatario no es ni mas ni menos que el muchacho que en estos momentos se contorsiona frente al micrófono. Su novia lo predijo, aunque ahora solo deje caer el llanto sobre el rimel mientras barre. En cierto punto tengo esperanzas con la chica, si estuviese enamorada arrastraría al muchacho con cualquier excusa con tal de sacarlo del laberinto y protegerle la vida. Supongo que mis pensamientos son de ella, que ejerce cierta influencia sobre los míos, supongo también-mientras la imagino como a una cenicienta antes de ser hechizada- que impedir la muerte me eleva ante sus ojos, me otorga cierto status de héroe. En síntesis, me frito los sesos hoy por ella; si fuera por ese imbécil de voz cuajada que se refriega contra la guitarra en pose masoquista no movería un dedo, es más, por mi dejaría que lo atravesasen setecientas balas.

Pero no. Quedaría fundado el mito. Aunque pudiera irme a Ámsterdam con ella, él estaría presente. Sus canciones básicas de pronto serían- para ella y para algún crítico necesitado- bellas melodías entre afrodisíacas y catárticas, paisajes sonoros de la Luna. Por eso tengo que impedir el crimen, y al hilvanar los sucesos llego a la conclusión que Caro se ha equivocado. Ni Pipo ni los dos hombres extraños de negro son los posibles asesinos. Se han dejado ver demasiado. Cuando me apresto a decírselo tomándola del brazo, una corazonada se cruza como rayo al unísono con un pasaje instrumental desafinado de la banda. Antes de mover los labios hago una lista que salta en mi cerebro como los tickets de las máquinas registradoras. La pregunta : ¿ Quién querría matar al líder de Alonso s" entrega?

Un nombre se cae con el peso de un meteoro mientras la chica me mira fijo esperando que hable.

Pienso en el odio del sospechoso e intento repasar algún posible sujeto olvidado. No encuentro otro. La idea me cierra al no hallar competidor:

Pappo –me digo sin pronunciarlo, mientras Pipo se acerca a hablarme.

Las pecas emergen de una cara pálida que intenta capturar mi atención. Bajo la vista inquieto y Pipo me toma del brazo como con una tenaza

-¿Viste todo?-me pregunta curioso

-Más o menos …-digo serio

Los hombres de negro-que a esta altura me parecen hermanos mellizos- interrumpen la conversación acercándose lo suficiente. No es miedo lo que siento, sí una especie de escozor ante los dos tipos que parecen traídos de Venus, creo que es el perfume. Uno se adelanta y con modales demasiado palaciegos se presenta:

- Ricky Del Valle Peña, productor de x music- dice austero

El otro me estira la mano como por instinto y conjuga una frase en inglés

-Hola, que tal- respondo autómata y con vergüenza, en el mismo idioma.

Pipo me explica que ambos son tipos de la compañía que maneja a los twis y que vienen guiados por los buenos comentarios de Alonso.

Comprendo al instante que las personas a las que Caro quería involucrar en el crimen- que por otra parte nunca, hasta ahora, nunca sucedió- no son ni más ni menos que cazadores de talentos ávidos por ver la banda de un tipo que aborrezco justamente por ser su novio.

La fatalidad suele llegar en punta de pies, por la espalda, para plantarse desnuda ante nosotros, sin sonrojarse por el desparpajo. Éste es un caso. Y aquí es cuando comienzo a balbucear hipótesis, a contradecirme, a hilvanar posibles interpretaciones de la chica. ¿Que diablos pudo haber escuchado? ¿Deseará la muerte de su pareja al punto de cubrir esta sensación con semejante delirio? Creo que no, y ante las siluetas borrosas de Cipolatti y compañía comienzo a dejarme llevar a un mundo de elucubraciones que me abstraen, y trato de precisar el día en que Pappo entró con la perra- así llamó a su novia- y nos gritó bien fuerte a todos durante la exposición de pintura de Laura Cohen:

-Ustedes son todos putos… y vos- señalando a Fede, cantante de Alonso- tenés que dejar la paja y darle menos a la tintura. Sino te mato.

Recuerdo que se sentó en un taburete de madera con una campera con dibujo de águila atrás, pidió un vermouth, y cuando le dijeron que no había se levantó y se fue. Una vez en la calle el ruido de la Harley nos estremeció al acelerar por la calle de adoquines. Dentro, Laura lloraba desconsolada debajo de un cuadro suyo, que, por otra parte, era de pésimo gusto. Una amiga gritaba histérica "que esto no iba a quedar así, que hablaría con su padre juez de la corte y que no pararía hasta ver tras las rejas a semejante sujeto". Lo cierto es que nadie daba un peso por la pintora y los que allí estábamos lo hacíamos guiados por el compromiso. En resumen, el viejo rockero nos clausuró el calvario y, aunque de forma poco civilizada, todos nos sentimos un poco aliviados, a pesar de los insultos.

Pero lo cierto es que Fede fue amenazado aquella vez de muerte a la vista de todos.

               En principio tratamos de aquietar las aguas los días subsiguientes ante su insistencia de raparse; de cambiar maquillaje por cara lavada y remeras discretas, de intentar pedirle un puesto a su abuelo a cambio de abandonar las cuerdas. No. Convenimos en varias reuniones- yo no tan insistente por motivos obvios- que apoyaríamos al muchacho que por aquellos días vivía aterrado dentro de su departamento.

En un recital en Excursionistas, auspiciado por la revista Expreso imaginario que dirigía Roberto Petinatto, después de tres días maratónicos, Pappo declaró nuevamente ante sus huestes de metal que odiaba a los Alonso tanto que no solo quemaría sus instrumentos, sino también al cantante*.

Los miles de chicos y chicas ubicados en el campo aullaron extasiados después de la confesión, comenzando a corear diferentes cánticos a favor del rock pesado. Por supuesto, no hubo uno allí presente, que al salir del recital no se preguntara quienes eran esos sujetos que ponían a su ídolo al borde de un infarto.

De allí mi acusación fundada:

 Si el líder de los Alonso s"entrega es asesinado esta noche, el único responsable será Pappo Napolitano, o algunos de sus fervientes seguidores ortodoxos.

A las diez de la mañana de un domingo caluroso de Enero del dos mil siete, en una de las tantas arenas de la costa argentina, el hombre-que en definitiva soy yo- extiende el Clarín apoyando sus puntas en la reposera, de cara al sol y con una leve brisa mojándole los dedos largos.

La nota, en página dos da cuenta de una pareja de contrabandistas argentinos detenidos en el museo Nordiska de Estocolmo.

 "El señor Julio Ibarloechea y la señora Carolina Prol han sido arrestados por los servicios de la policía sueca, hallándoseles en su poder numerosas fotos de obras robadas en el museo de Cataluña, que al parecer tenían como destino los países árabes". Además, relata con precisión el periódico, llevaban consigo una importante cantidad de diamantes y una suma cercana al medio millón de dólares.

La foto de ambos, en colores y con poca nitidez, empaña los ojos cansados del hombre y hace titilar su labio inferior. Como un susto en un túnel o el estallido de una piedra en su frente, nada de lo que lo rodea tiene sentido y comienza a menear la cabeza como quién desea asegurarse de haber dejado atrás a sus perseguidores. Ni las bellas olas, ni la tibia sensación bajo la planta de sus pies lo retienen. La vida es el instante del recuerdo, no más. Todos sus poros y todas sus uñas, sus pestañas y cicatrices emprenden viaje junto a una luz que siempre parece descarrilar. Recordar es para él volverse frágil, dudar, deshacer pequeños castillos armados en la arena. Flotar hasta encontrar una imagen que creía olvidada, veinte años atrás, acurrucado en un sillón de piel de leopardo, en un local de la calle Balcarce donde hoy se levanta un minimarket, para observar detenidamente a los mismos que aparecen en la nota. Una vez allí mira a Julio Cesar con fuerza, como queriendo explicarle algo y siente que no puede recurrir a palabras de este mundo. Lo ve joven, presentando a los Alfonso envuelto en una bata dorada, a punto de romper un violín con furia en su cabeza. A ella la siente en su pecho a punto de explotar y necesita salvarla mientras recorre mesas como un cisne dentro de una historieta, con la velocidad y la torpeza que solo tiene el tiempo del niño.

-Nunca terminaré de entender como pudieron enamorarse- dice el hombre con rabia, flagelándose, ya de vuelta en el espacio y el tiempo.

Sus hijos vuelven a arrojar la molesta pelota contra su reposera y los insulta, para luego arrepentirse. Comienza a gotear y el heladero no deja de gritar en círculos. Todo es rápido e irritante. El hombre mira al cielo como si allí se corporizara el destino y se levanta autómata hacia el hotel. Camina lento por la costanera con sus dos pequeños sintiendo la fragilidad de sus manitas, la misma que tienen los peces de colores.

En la puerta, al llegar, su mujer sonríe con la cartera colgada en el hombro izquierdo señalando un nubarrón que pasa.

Habían quedado en cenar rabas en el restauran de la calle peatonal, en familia.

 Ahora cree que lo mejor será disculparse acusando un malestar en la boca del estómago, sin decir nada sobre lo que ha leído, acariciando las pequeñas cabecitas rubias de Martín y Nazarena, guiñando un ojo. Explicándoles, en cuclillas, que no hay nada de que preocuparse, que su padre solo está agotado por el viaje y que necesita descansar. Su mujer no insiste y lo besa en la comisura de los labios con pereza. Al verlos desaparecer en la esquina, el hombre rompe en llanto y sube a la habitación casi corriendo. Una vez allí, se deja caer en la cama mirando el techo. Sabe que necesita dormir y que no podrá. Abajo, el conserje escucha una canción de los Alonso en un programa radial que rescata éxitos de décadas pasadas y deja de escribir en la carpeta de ingresos, para dar lugar así, a una delicada sonrisa entre despreocupada y nostálgica, sin atender al estampido de un trueno.

                                                          SERGIO  BALLATORE

                                                          SERGIO  BALLATORE

* la nota íntegra apareció publicada en el mes de octubre de 1987 en la revista de rock Pelo

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-