"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




12 de Abril, 2008


El 1º de Segundo, GONZALO RUZAFA

Publicado en Cuentos el 12 de Abril, 2008, 15:16 por MScalona

GRUPETE 022

Circus

'Fair Lady, throw those costly robes aside,
No longer may you glory in your pride;
Take leave of all your carnal vain delight,
I'm come to summon you away this night.'

"Death and the Lady"

Canción folklórica inglesa

[…si lo hago es porque no imagino que más hacer por estos minutos, entonces lo relato resignada y de a partes; lo construyo en segmentos que finalizan y vuelven a comenzar, tal vez emulando la actuación en vaivén del rojo penetrante, que me colma junto a cada pared en esta habitación, acaso imitando el movimiento de costras informes, de vejados deshechos que ahora abandonan reticentes la zona; dejando lugar a los tonos coagulados, a aguas que desarman la suciedad y socavan y roban su estructura. Se diluyen con calma entonces,  en dejos rosados o cuadradísimas rejillas, vacíos barrotes que sin  buscarlo sacian su sed infinita;  todo esto mientras devuelven al olvido aquello que (si me preguntan) jamás debería haber formado parte de la memoria en un primer lugar…]

Corresponde iniciar aclarando que sólo en contadas situaciones creo haber tomado la mía, como una tarea dificultosa. Es cierto que si hubiese sabido con anticipación los espantos que me iba a ver obligada a trapear algún tiempo después, innegablemente hubiese dudado a la hora de tomar este trabajo que de manera tan gentil desplegaba Sergei ante mí. Acepté. La paga no estaba mal, hacía ya tiempo que la demanda de empleadas domésticas escaseaba y por último (aunque quizás sea esta la causa más importante, seguramente por mucho la más relevante de todas); desde siempre había querido trabajar a su lado. Aunque fuese limpiando excrementos y restos plantados por bestias inverosímiles, o barriendo papeles de golosinas o fregando o baldeando o haciendo lo que fuese; igualmente yo lo deseaba; claro que con la inamovible condición de que lo hiciese cerca de Sergei, debo aclarar que sobre todas las cosas anhelaba ser parte de su circo.

Danzaban vívidas en mi recuerdo aquellas carpas gigantescas que solían avasallar el baldío a dos cuadras de casa, eso allá lejos, cuando aún vivía con mis hermanos en los lindes mismos del pueblo, eso cuando éramos pobres y lo sabíamos. Cuando lo sabíamos y demasiado bien lo sabíamos. Eran los camiones jaula y los tráileres llegando, era el bullicio colmando una a una las calles y locales, era el circo llegando; sólo eso en definitiva: el circo. Y este esporádico golpe a la rutina significaba  una sola cosa; lo cotidiano (al menos por algunas semanas) le dejaba lugar a la quimera, al ensueño traído de los pelos por aquel reducto de fantasías. Solíamos implorar a papá, secar nuestras miradas suplicando infatigables por una entrada, hasta que uno a uno caíamos desvanecidos; rendidos, saturados por su fría indiferencia. Entonces escapábamos sigilosos a través de la noche, improvisábamos rendijas entre telas enlazadas con descuido, a través de endebles murallas que separaban payasos y guirnaldas del crudo deseo que nos poseía hasta los mismos huesos.

[…verdaderamente son pocas las veces que me detengo a pensar, admito que son contadas las ocasiones en que logro sumergirme de lleno por lo más inhóspito de mi conciencia, e indagar sobre mis excusas, e inquirir sobre las razones por las que cada día hago lo que hago, o digo lo que digo, o busco, reiteradamente busco lo que está cifrado en el no encuentro, en la no culminación, en la no certeza, en el vaivén; vaivén; vaivén del rojo , de la sangre ahora, de cartuchos vacíos y perdigones esparcidos azarosamente sobre lo que alguna vez fuera un techo; revueltos y barridos por la misma agua, por la misma agua agazapada en su eterna negativa a detenerse...] 

Recapacitando, la figura de aquel Sergei joven y esbelto enmarcado en un nítido desafío a la sensatez; saltando y tomando sutilmente el trapecio que se acercaba, liberando sin aviso un brazo y soltando el otro, y volando ahora hacia el riesgo o la tempestad; pero esta vez encerrando su torso en un giro, en un esquivar leve que sordo se diluía, eso en el preciso instante en que dedos incontables entrelazaban los de Misha, y la emoción y la duda y tal vez el miedo, sobre todas las cosas el miedo, fue ciertamente lo que me cautivaba a través del tiempo, aún atravesando la evidente decadencia plasmada en esta versión rechoncha y coja del artista. Sergei ya no era el Sergei que alguna vez había admirado: Sergei el acróbata, Sergei el bastión de Circus. Sin embargo cuesta desengañar al espíritu de las primeras impresiones, es este un proceso lento y saboteado infatigablemente por sensaciones pretéritas. Aún así hacía el intento, de corriente aprovechaba cada oportunidad en que recorría los pasillos durante las horas previas a cada presentación: Sergei gritando a los payasos que tardaban en alistarse, Sergei ajustando la montura de Oliverio, Sergei atestando de consejos a Misha, improvisando una caricia, algún burdo atisbo de sonrisa.

Ya comenzado el show todo cambiaba, acaso comparable al momento en que un pintor presenta su obra, la carpa atestada de sonidos ilegibles, la entrada magnífica de Misha dando la bienvenida ante los aplausos que no cesaban, marcaban para Sergei, el abandono de todo tipo de rol directivo. Eligiendo rincones en penumbras y deshaciéndose de todo tipo de pincel, se disponía a presenciar como un espectador más (aunque nunca fue un espectador más, eso lo sé con certeza ahora, ahora que ya todo está perdido) como cada engranaje de su inmensa maquinaria de entretenimiento cumplía su ineludible mandato, aplastando su esencia en un choque acerado, para transmitir al mecanismo de Circus, el circular movimiento que alimentaba los gritos, las risas, los urgentes resoplidos de asombro. Circus era popular, siempre lo había sido y desde que el cojo tomara las riendas lo era cada día más. Lo siguió siendo  aún después de los rumores acerca del primer suicidio (el primero de los que iban a venir) y las especulaciones que contaminaron cada diario de la zona, cada inhóspita transmisión radial. Circus era todo triunfo a pesar de los gritos desconsolados de Misha en el nacer de aquella mañana de domingo, a pesar de Yevgeny, de Yevgeny el domador, y su pescuezo lacerado de punta a punta.

No es extraño que pueda relatar detalles de aquellas horas fatídicas, es cierto que a todos les costaba salir del espanto que los calaba hondo desde el quiebre en la realidad que significó la tragedia; a mí, por otro lado, la noticia me resultó seductora. «Nunca sucede nada interesante» pensé, «entonces de repente   trabajo en un circo y de repente afronto el retrato de un hombre degollado». Fue esta la causa por la que permanecí prestando especial vigilancia a cada expresión en cada rostro, a los comentarios de cada persona que visitara la escena; era la curiosidad moviéndose incómoda en mi alma, haciendo a un lado la discreción junto con las buenas costumbres.

Evidentemente al momento de llegar la policía ya todos habían pasado por el tráiler, empapando sus retinas con la imagen precisa del cuerpo roto y vencido. Después de examinar detenidamente la escena, el perito no tardó en confirmar lo que todos aceptábamos taciturnos (ya habíamos visto las cartas, la caligrafía tosca, el vaso medio vacío de licor de huevo). Yevgeny se había matado y Circus lo lloraba.

– Enterrando el cuchillo en el extremo izquierdo de su cuello, el hombre recorrió un medio círculo sinuoso hasta alcanzar el lado opuesto. La muerte fue evidentemente causada por el copioso sangrado. – explicó el perito mientras volteaba a un lado la cabeza del cadáver – Al parecer el hombre falleció durante la madrugada, probablemente cerca de las cinco. Debe de haber estado especialmente alterado para elegir una muerte tan violenta, lo cierto es que no suelen verse casos así.

Sasha preguntó a Funes si no se podía tratar de un asesinato, agregó entre lágrimas que Yevgeny no era la clase de personas que uno espera se suiciden, y yo la vi tan tonta y tan ingenua, tan ilusa y tan bailarina. ¿Qué clase de persona es esa? ¿Quién pudiera rescatar de una pupila las ocultas señales de un espíritu desesperado? De cualquier manera el perito confirmó que el caso era indudablemente un suicidio, lo aseguró a partir de la postura del cuerpo, de la ausencia de huellas, se fundó en ese estrafalario vocabulario del que se suele valer un especialista para hacer sentir al resto como pobres mortales, plebe inquieta observando curiosa desde lo bajo.

Las patrullas se fueron casi tan rápido como deberían de haber llegado y Funes saludó a Sergei antes de partir. Había observado el procedimiento sin emitir palabra y apenas si agachó la mirada ligeramente mientras el comisario palmeaba su espalda. Me gustaría decir que no lo vi conmovido,  en verdad podría hacerlo pero sé que en el fondo sería una canallada,  Sergei se encontraba visiblemente perturbado.

[…reflexión discontinua que hace a las horas eternas, al renglón impreciso, a las causas ambiguas e interminables. Fin de los días, fin de los soles, fin del disfrute. Muerte que se plasma en el reposar perenne, la mirada aislada, las figuras rotas. Tristeza que todo lo colma. Tristeza. Tristeza llana. Escapen, alejen su esencia de la tristeza llana, del andar pausado, de jornadas eternas y causas perdidas; escapen diestros, escapen mientras puedan….]

Hubiera tomado todo el asunto como una de  tantas desgracias que suceden día a día, una de miles diseminadas por las secciones de policiales, pero que una siente tan lejos, quizás a causa de la distancia que implica el papel impreso,  tal vez debido a la gélida manera en que logra articular los hechos atroces un periodista, exprimiendo de los sucesos la ira, el dolor y el fuego; sin embargo no lo hice. Debo aclarar que me encontraba completamente fascinada por el hecho de poder merodear sin límites cada rincón de Circus; (es cierto que de tanto en tanto debía hacer mi trabajo, mas son pocas las veces que alguien advierte a la mujer encargada de la limpieza, de cotidiano se la ve como se observa un mueble, una alfombra, de la manera en que se presencia algo que a la vez está y no está en el marco de lo real) y  había visto la reacción de Sergei cuando el tigre malogró el salto a través del segundo anillo, cuando Oliverio escapó galopando antes de que Sasha pudiera hacer su rutina final la noche anterior al suceso. La mueca en su boca fue evidencia inconfundible de su absoluto fastidio.

Finalizado el espectáculo decidí seguirlo a través de la noche, pude verlo llamar con calma a Yevgeny, acercarse con lentitud a su lado. Lo cierto es que el silencio de las altas horas puede confundir a un oído ávido de eventos insólitos, sin embargo las palabras que oí decir a Sergei (y lo hice a pocos pasos, puedo jurar sin agitarme que expresó aquello que ahora repito) fueron precarias y se me hicieron ajenas a la situación.

No es eso lo que se espera de usted Yevgeny… – soltó Sergei – No es eso lo que se espera.

Yo creí que había sido un gesto gentil, moderado al menos. Personalmente esperaba una catarata de improperios que surgiera como un torrente de la lengua del cojo, sobre todo teniendo en cuenta el rigor con que el hombre manejaba a Circus. No lo fue, o eso me resigné a creer hasta que comprendí la forma en que Yevgeny absorbía cada vocablo, la manera en que su rostro delineaba la más cruda decepción, el más nefasto arrepentimiento. Sólo eso dijo Sergei y mientras se marchaba decidido, el domador permaneció algunos minutos de pie asimilando la partida, lo hizo sin siquiera batir una ceja. Al girar finalmente, y dirigirse hacia el tráiler iluminado apenas, sus pasos sonaron huecos aún a pesar de la blanda tierra que los sostenía, el semblante entero de Yevgeny se apreciaba tosco e impreciso. Al fin y al cabo nadie en todo Circus anhelaba defraudar a Sergei, absolutamente nadie deseaba hacerlo.

[…tizas y tizas trazan bosquejos delebles de figuras ausentes marcadas por la frustración;  en conjunto se hacen arcos, se enmarañan en siluetas tan imprecisas como la sensación misma, el sentimiento de congoja nos reúne en la nada, encierra esbozos de recelos en la torpe vacuidad  indescriptible con palabras ni versos; decepción, fracaso, traición, vaivén y vaivén (contiguo a todo lo que todo ello implica)…]

Del día siguiente al suceso sólo diré que fue uno de esos en los que una persona descubre la faceta más desabrida de sus obligaciones. Jamás se me había ocurrido reflexionar sobre el simple hecho de que alguien debe encargarse de borrar los desechos que abandonan los caídos, cuando al fin son forzados a huir hacia la madera, hacia las entrañas mismas de la tierra. La labor fue breve, una se acostumbra a lidiar con la suciedad, a tal punto que por momentos deja de razonar acerca de su origen; abrazando entonces la objetividad (quizás la indiferencia) se dedica a la monótona tarea de hacerla desaparecer;  dispersando coágulos y cabellos inclina la balanza hacia el lado del olvido, transforma la desgracia en anécdota irrepetible. El mundo acepta entonces (en silencio, eso siempre), acepta y a la vez agradece este táctico empujón hacia la normalidad.

Las circunstancias que envolvieron el caso de los payasos fueron diversas en cuanto a los acontecimientos, similares en lo que respecta al resultado terrible, a las consecuencias indecibles; porque entre todo lo que sobra en este mundo una no cuenta jamás a los payasos, figuras extrañas traídas quizás de un mundo menos agreste, de una cotidianeidad menos azul; y si la muerte de uno dispersa tristeza, la de cuatro lastima a niveles inhóspitos y desconocidos por las palabras.

Envenenamiento por monóxido de carbono – dijo el perito poco tiempo después de acercarse al Renault ocupado por los cadáveres. La llaman muerte dulce –agregó aburrido antes de subir en la patrulla de Funes.

Y era cierto que no quedaba mucho más por explicar, qué queda por decir cuando cuatro tipos se amontonan en un auto, y aceleran, y aceleran, y aceleran entonces, pero siempre inmóviles; y aceleran, y aspiran, siempre aspiran y siguen aspirando y siempre aceleran. Y lo hacen con porfía, lo hacen hasta que al fin sus vidas se escapan fastidiadas por cada vello, por cada poro; extenuadas ante tanto desgano, ante tamaña grosería.

No tardó en correr entre los artistas el rumor de que también en esta ocasión Sergei había conversado durante la madrugada con los que ahora confinaban el reparto de sonrisas al pasado de Circus, destacando contrariado la creciente impasibilidad de los niños ante sus más recientes exhibiciones. Lo repetía Dimitri el contorsionista, a la vez lo remarcaba Sasha (la misma Sasha que ahora pensaba en matarse, o no lo pensaba y lo sabía, o simplemente lo intuía, o quizás no). Circus se despoblaba y aún atestiguando el mórbido éxodo, Sergei permanecía inerte ante la situación. Todo se condensaba en su mirada vagamente desencajada, en floridos pésames gesticulados por Funes  (el mismo Funes que ahora descubría de qué manera todo esto lo superaba, cómo lo trascendía a él y cómo nos trascendería paulatinamente a todos)

[… comprobar, hacerlo sin sentido de la responsabilidad, sin deseo de distinción; sin sorna comprobar que lo inesperado espera, y lo impensado piensa; que lo lejano con justeza llega. Admitir que lo increíble juzga, que previene, y en su fe, en su eterna fe vislumbra, como hechos se unen en tendencias y marcos en concepciones. Concepciones blancas, motas, finas y rojas; trascendencia y no trascendencia, comprensión y no comprensión…]

Pasó entonces que mientras las sospechas se apoderaban de cada diálogo, la confianza que solía inspirar Sergei comenzó a diluirse junto con los deseos de concentración en cada presentación. De modo que los errores durante las rutinas comenzaron a multiplicarse furtivos y sin mesura. En un principio lo que abundaban eran simples fallas de coordinación, traspiés que la mayoría del público no advertía (claro que Sergei nada tenía que ver con la mayoría del público), sin embargo luego del martes en que Dimitri  decidiera  colgarse, la  gracia y precisión que atestaba Circus se volvió la más insana torpeza. Repetidos descuidos en la estimación de alturas y distancias culminaron en grotescas caídas, en accidentes con consecuencias atroces, y lo cierto es que no hubo espectador que fuese ajeno a esta situación.

El ocaso. Es sencillo percibir la proximidad del ocaso, absorber el sutil aroma del último de los crepúsculos. Y sucede que así como el esplendor desborda magnetismo y reclama infinita lealtad, la decadencia arrastra consigo a la indolencia junto con la mera desidia. Sergei lo sabía. Sabía bien que Circus se opacaba y que ya nada quedaba por hacer. Era cuestión de aguardar, aguardar mientras uno a uno los artistas emigraban hacia destinos menos agitados, abandonando para siempre el fervor y los destellos, el descontrol y la fama, sólo que esta vez sin recibir ovaciones a cambio. «Mejor huir, que ser huido» me dije, lo hice pensando en Dimitri el contorsionista, en Yevgeny el domador, en los payasos, quizás también en Sasha  (quién sabe la razón por la que mantuve inquebrantable la certeza de que también ella se iba a matar antes del fin).

De los últimos días conservo su elegancia de bailarina, la que mantuvo hasta el final, a la que supo aferrarse aún mientras se dejaba caer desde la cima de uno de los postes de alumbrado y se perdía junto con el porvenir de la aceitada maquinaria que supo ser Circus. Me quedo con la turbia sensación que significó presenciar el desarme definitivo del circo y la duda de no saber qué  salió mal, de ignorar el instante preciso en que todo se fue al demonio. En lo que respecta a la partida del cojo, puedo decir que no provocó mayor conmoción. Nadie quedaba ya para lamentar su ida y sólo yo oí el estruendo ahogado del disparo, sólo yo viví los difusos segundos previos a la apertura de la puerta del camarín, segundos que se plasmaron en la figura triste de un Sergei postrado, ya quebrado e irremediablemente extinto.

Rescatando de mi memoria la imagen lejana de aquel Sergei joven y triunfante, extasiado  una vez culminada su rutina, fue que decidí apoyar su brazo derecho encima de su falda, dejar caer su torso hacia adelante, hacer a un lado la escopeta y acomodar sus piernas inclinándolas levemente en una postura que evidenciaba la reverencia. No hubiese deseado que un Funes confundido equivocase la imagen de un hombre abatido, con la de un artista consumado, cuando finalmente abandona la escena.

                                                                                                GONZALO   RUZAFA

Manuel Vicent

Publicado en Aguafuerte el 12 de Abril, 2008, 12:41 por MScalona
       Felices

Es muy difícil ser feliz sin hacer el ridículo. En cuanto bajas un poco la guardia te ves al pie de una parrilla asando costillas para unos invitados y sonriendo en plan californiano con la dentadura postiza, perfecta como el teclado de una pianola. En California los niños de padres felices nacen ya bronceados, del mismo modo que en el Bronx de Nueva York se engendran hijos que vienen  al mundo ya tatuados con cristos, serpientes o rostros de Marilyn. Constituyen un peligro mundial las piscinas mentoladas de Malibú y las risas nocturnas que brotan allí en el agua emergiendo de unos cuerpos moldeados, plastificados, cortados por línea de puntos en las clínicas de cirugía estética o planificados  en el gimnasio que se ofrecen a la humanidad como paradigma de carne. Playas, tumbonas, palmeras, colinas de césped segado, masajes, trampolines, cremas, toallas, dietas, deportes acuáticos, tonos pastel, protección solar máxima, espejos de cloro que reflejan los desnudos del solario: esta iconografía californiana que ha pintado el británico David Hockney  es la última forma de terror: expresa la necesidad moderna de parecer feliz a toda costa. Debido a esta dictadura hoy nadie se atreve a aburrirse y menos a confesarlo. El verano actual pertenece también a la cultura americana. Te obliga a asimilar un grado de dicha y de repente te ves abocado asar chuletas y chorizos en la parrilla para unos invitados, mientras se zambullen en la piscina con grandes carcajadas nocturnas, tipo Santa Mónica. De los veranos antiguos recuerdo su tedio profundo, que era aromático como un melocotón a punto de pudrirse. Frente a esta felicidad californiana aquel tedio se establecía como una frontera interior que debías conquistar bajo la crueldad de la canícula, pero no existía ningún reto de belleza, ningún simulacro corporal, ninguna ansiedad por ser joven. El aburrimiento del verano te iba calando hasta que todo tu cuerpo se convertía en naturaleza y nadie se avergonzaba de no ser feliz. Simplemente, todavía éramos nosotros mismos.  

                                                                                               

Del libro  HORAS PAGANAS, Ed Alfaguara (ESP)

Sandra Fabi, 1º año

Publicado en relatos el 12 de Abril, 2008, 12:16 por MScalona

Anja Lechner y Dino Saluzzi

                                                              

                                                                  

RAÚL, te envío en este mail el trabajo de Saluzzi del que hablamos el fin de semana anterior en tu casa (ése que había bosquejado). Si estás con tiempo y ganas tiro algunas ideas para debatirlas con vos.

SI  JUEGO  A  SER  SALUZZI

  • Si voy a hacer un tango sin letra pienso en Alexis, de M. Yourcenar: "la música no es indiscreta y cuando se lamenta no dice porqué". Sabía que Saluzzi lloraba a un muerto, porque el tema es un réquiem.   Entonces hasta allí…

El aliento del bandoneón se funde con mi respiración.

dueto de hálitos.

Nadie sabe que es a vos a quien lloro

cada vez que abro y cierro el fuelle

sobre mis piernas apenas separadas,

firmemente apoyada sobre mis talones.

El suelo es el límite.

Vibra el bandoneón  y si fueras vos…

sobre mi cuerpo inclinado y retorcido

*Este tema, en sus frases, pregunta insistentemente con tres notas ascendentes, tres notas… Qué despojado y qué fuerte ! Suenan las sextas menores resultantes y entonces aparece la nostalgia, la melancolía. Las sextas menores nos perforan el alma.

* No siempre, pero generalmente, en la música hay un juego entre semifrases en tensión y en reposo. Pregunta y respuesta.  Saluzzi en este tema no nos da el alivio de la respuesta. Nunca, ni siquiera al final. No aparece la tranquilidad de la relajación. No aparece esa nota última conclusiva que dice: muy bien, hasta aquí. Hay temas que terminan así.

           El carácter es evocativo, hay algo o alguien que murió, que ya no está: un paisaje, un lugar, una vivencia, él o ella… Trae con esos recursos melódicos, tímbricos, rítmicos, lo que perdió. Lo trae y se vuelve a ir.

Mi bandoneón negro de ojos claros,

mi bandoneón flaco de piel de ceniza,

mi bandoneón que escurre lluvia

por los cabellos también negros y lacios y largos y pocos

casi insignificantes.

Negros, el fuelle, la madera y tu funda.

Yo en el escenario a oscuras

entro al abismo

del acaecer sin vos evocándote.

Sola con mi pregunta sin respuesta

con esta tensión que no afloja

ni siquiera al final.

  • Estamos acostumbrados a oír tangos que en sus letras lloran la pérdida de la mujer-mina. ( en lunfardo: cosa, objeto).

  • Si juego a ser Saluzzi, sería Dina, y resultaría que pierdo a una varón o barón

(para el tango daría casi igual), medio pelado, además. Esto es, todo un cambio de espacio, de lugar. Pienso en la Gata Varela, con su voz ultra grave y su actitud rea en el escenario. Ese juego de personaje arrabalero en escena. Entonces aparece el último problema a solucionar: cómo leo el texto?, con qué voz, de sobria, de borracha, de personaje? ¿ o discreta?...

                            Bien, como verás Raúl, me surgieron mil preguntas.

Sintetizando: con el trabajo me fue bastante bien, lo pude escribir. Que es todo lo que pretendo… Pero pasó algo curioso, que no deja de asombrarme: allí, en esa parte del texto en donde vos leíste "la imagen de un parto, el acto de parir y parirse"… justo allí, un joven tallerista leyó "pornografía, erotismo, sexo".

                                Ja… tomá para vos!!

Cariños, nos comunicamos?????   Sandra

Te mando el tema en otro archivo. Bajálo.-

                                                           

                                                           

                                                           

                                                           

                                                

                                                

                                                

 Sandra vive en Arroyo Seco,  S Fe., tiene 42 años y muchas y buenas lecturas.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-