"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




6 de Abril, 2008


EL 2º - CELESTE GALIANO

Publicado en Cuentos el 6 de Abril, 2008, 18:26 por MScalona
FesFintall-07 (15)

Qué suaviza a los guijarros

Si  chupo el suelo con una caña o respiro tenso como los buitres da lo mismo, el agua  no aparece. Tomo aire, lo suelto rápido, conservo el frescor; la sal me escama los labios prisionera entre los velos de la aurora y el viento vibra desde un toldo seco, cansado de inventar la sombra.

Desde hace varias lunas mi caravana deambula enturbanada y perdida sin distinguir la tenacidad de la porfía; ignoro si el desierto es mi peor enemigo, es el único que enfrento.

El Emir se niega a desandar el camino buscando el oasis de su memoria, y no con basta descalzarse sobre la arena para despertar de una huella algún brote oculto adormecido por los años.

Que sólo nos desviamos un poco, que el horizonte se gana, que ya falta menos, miente el Emir suspendido en el cosquilleo de una pestaña, cuando un verdadero elegido no explica ni sufre con su pueblo, ni espera traducirlo. Mi mente vuela alto y feo, blasfemo. Yo no era así, tal vez haya cambiado. Desde hace años no veo un mercado, una nube o una flor, y ya no me basta con imaginarla; los espejismos me han abandonado.

Todo lo que crece necesita más humedad que imaginación; el vientre seco de una mujer no acepta engaños. Nuestro Señor camina agotado, sin rumbo, con aliento a hipopótamo recién muerto, reanimado de un soplo y vaciado después. Acaricia un odre seco entre los muslos, niega que hayan pasado más de seis días desde la partida, ve cómo una de sus esposas cruza las piernas aterrada. Ocultar el ábaco de los órganos femeninos no es fácil; el Emir percibe un cambio y lo golpea, se ensaña con cada señal de vida presente en los cuerpos que no controla, que los relojes son de arena y no de sangre, carajo, a él nadie lo contradice; hace tres meses que viajan desde hace seis días y basta. Mujeres, habría que embarazarlas o ahogarlas.

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Mi nombre es Rania Kadima, pero el Emir me dice Naranja por mi piel cobriza; cocino dulces y desperdicio alegría. Me gusta bailar sonriente, untada en aceite de almendras. Siempre que el viento sopla, el Emir aspira quién soy; ahora me pongo un poquito, en los tobillos nomás, para que no se me adhieran pelusas en las partes. "¡Estatua de polvo!¡Pedazo de camello!", me gritan las otras de celos, seguro, por mi nariz curva pero interesante, nada de narigona che. Mamá me dijo que mis rasgos emanan cierto exotismo, esa sensación salvaje que te produce acariciar la trompa de un dromedario ¿la tenés? A veces las chicas me hacen sentir tan mal que me paso jabón para sacarme lo raro y nada, no se va, me lamo y  tampoco sale, me siento fea y me pongo mal y lloro y no veo, y corro y corro corro, y no me puedo frenar, y no sé cómo, termino amontonada en la panza del Emir como una duna quemante. Él me mira, me abraza, ¡es tan lindo! Quiere colgarme cascabeles para, para, pará que me acuerde…. para no olvidar por donde camina la felicidad cuando el enemigo le saque los ojos, eso.

Al principio, en el harem nadie me hablaba, me aburría, me ponía triste. Por suerte ya no; hace poco raptaron a una nenita tuareg, Bathna se llama, degollaron a sus padres, pero ya pasó, ahora es mi amiga y parece contenta, hasta magia me enseña. Juntas cavamos un pozo secreto requetehondo del que brota agua bien cerca de la tienda.

Yo quería contárselo a todos, pero Bathna se puso seria, abrió las palmas como un cofre, y me tapó la boca. "El agua, la comida y los besos no se regalan ¿no te lo enseñaron?". No la entiendo, pero me encanta oírla.

Un día me levanté tempranísimo para recoger leña, cosa que te cuento no hace ninguna tan bien como yo. Bathna ya estaba despierta, sentada bajo un árbol espinado de raíces largas, moliendo maíz para preparar harina. Como le faltaba un rato me fui al lado del pozo. Para que no se me volara el atadito de ramas, lo cubrí con unas pieles de cabra, unas bastante pesadas, a resguardo del viento. Después oriné bien lejos y desorienté a los animales con mi intenso olor a persona.

Cuando volví, me quité las ropas e impedí que escaparan por el aire, aplastándolas apurada entre dos piedras grandotas.

Refrescarme en el agua fue hermoso, jamás lo había hecho sola. Desde que me permutaron por tres camellos, siempre me bañó el eunuco del Emir. De chica me ayudaba mamá, hasta que un día, no sé porqué, me retó. "Una futura esposa descubre su cuerpo sólo en la mirada de su dueño, no se encandila consigo misma en el reflejo del agua", "Hay que venderla pronto", sugirieron mis hermanas; no volví a verlas.

Aunque no es como mamá, el eunuco de la caravana me simpatiza, a Bathna también. Nos trata con suavidad, es discreto, le cortaron la lengua. "Omar nació demasiado sabio para este clan", me hizo notar Bathna, "y aprovecharon para afilar el cuchillo".

Terminé de bañarme pero igual me sentía seca hasta el último cabello, no lo podía creer. "Claro, tonta, con el calor que hace ¿qué esperabas?". Ufa, cómo sabe esta, se ve que las pastoras crecen antes que una. Pero no me importa, total lo que florece rápido no tarda en pudrirse.

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Se supone que nací Omar y moriré Índigo ya que el Emir, cuando no degolla, rebautiza. El que arribe a nuestra tienda percibirá que ciertas almas respondemos a dos nombres; uno, el originario, y otro, dispuesto por Su Voluntad. "De alguna manera pagarán el precio de abrumarme", suele quejarse.

Aunque no siento más que gratitud hacia el perdón dadivoso de mi Amo, lo odio. ¿Supuso que al cambiar el nombre de mis padres anularía su recuerdo? ¿Por qué me obligó a olvidar el mío también? He sido enajenado, reducido a Índigo, color ambiguo que no refleja casi nada.

Sólo una vez descubrí un manto añil asomado entre los bultos inestables de un mercader griego. Le pregunté cómo lo había conseguido; miró el horizonte, tragó saliva, vomitó una frase ajena a lo álgebra en boca de mujer. "Si se coloca un caracol mediterráneo con hierbas maceradas en un cuenco de cobre, al sumergirle hilo de algodón, destila un tinte sorbible que vira al índigo, creo", urdió evasivo, tomándome por imbécil. Así se obtiene el púrpura y no el añil, todos los sabemos.

Además de renombrarme, el Emir me despojó de lo que más amaba, mi condición de mancebo tejedor. Prohibió que me acercara a los hilos, que armara madejas, que tramara complots; el resto de la degradación ya no importa. La caravana comenzó a vestir túnicas rústicas, mezquindades producto del trueque. Sólo los mayores evocan, nostálgicos, la sutileza de mis confecciones.

Cada una de las esposas del Emir, Salma, Rania, Nahir, y hasta la difunta Fátima, lloraron sobre mi  hombro desde el instante en el que fueron obligadas a quemar los etéreos trajes que les cosí con tanto cariño.

Los ancianos se aseguraron de que el fuego ardiera sin amagues. Primero alimentaron la pira con los ajuares de las doncellas que más extrañaban a los suyos. Luego, por orden del Emir, la fogata se completo con un joven empapado en alcohol, reacio a las caídas de ojo.  De paso, el humo a carne asada atrajo al enemigo para emboscarlo.

Pero volvamos a lo importante, los ropajes. Las jóvenes esposas cubrieron su desnudez con bolsas nuevas y duras. Planos atados con tres perforaciones rústicas, cabeza, brazos, nada más. "Mis hembras llevarán vestidos del color que yo elija, no podrán robarse entre sí", sentenció el Emir, "Reses sin memoria, no volverán a confundir lo que les he dado, ni las telas, ni los diamantes".

Los ritos de paso se fueron agudizando. Poco importaba que la doncella elegida se incorporase como esposa definitiva o temporal. Al Emir, la simetría femenina lo obnubilaba, la divinidad en ella contenida que él mismo jamás despertaría. ¿Cómo resistir la fascinación por lo bello, la competencia? Por degradación, arruinándoles la existencia sutilmente, a escondidas de los dioses.

De a una por vez, Fátima, Salma, Rania y Nahir, fueron obligadas a renegar de sus nombres elegidos por la tradición familiar volviéndose trizas de arco iris.

Fátima Verde, Salma Azul, Nahir Violeta y Rania Naranja interpretaron el delirio del Emir como un desacierto pasajero; no lo era. Con todas, buscó reproducir el ajuar de la esposa anterior. Las mismas prendas pero no, casi, de otro tinte. Curiosamente, la forma de refractar la luz de cada color impregnó el ánimo de sus mujeres; las que vestían de oscuro parecían más profundas, mientras las claras exhalaban optimismo.

Quieto o en movimiento, el Emir vivía pensando en equiparar purezas. Viajó, malgastó, y asesinó en nombre de la Policromía, ceremonia de búsqueda que sumió a la caravana en una especie de felicidad idiota.

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Al fin Bathna terminó de golpear el mortero, me tenía cansada. Insistía y me puse a coser un par de cueros ablandados para reforzar la tienda; hace tanto que no llueve, los postes se resquebrajan.

Lo reconozco, nunca vi una harina tan suave como la suya, ni mis tías molían tanto. Claro, mi familia pertenece a otra casta, la de los que ordenan y no hacen, pero viven y dejan vivir.

Ella se dio cuenta de mi observación – siempre lo advierte todo – y se puso un poco solemne, con cara seria; me hizo reír, como cuando se enoja.  "No malgasto mi tiempo, nena.", afirmó, "Cada pueblo cocina distinto". "Pero todos tenemos pan", retruqué, esperando que me tirase con el mortero de madera, así practicaba puntería. En cambio, abrió grandes los ojos, sacudió la cabeza, se levantó. De una seña invitó al eunuco a encender el fuego; no sé por qué no le hablamos a los mudos.

Y no te lo puedo explicar. Al rato, los tres compartíamos el pan más increíble que comí en mi vida, aireado, riquísimo, cubierto por un crocante de miel y damascos, dulce como los bocaditos de higo que preparaba mi abuela ¿serían la harina o el calor? Con lo que sobró, Índigo, aprovechó para mostrarnos los secretos de salar los alimentos, de guardarlos sin que se pongan feos; yo los detecto así de fácil ¿te conté de mi nariz curva?

Cortamos el pan, salamos las piezas, lo envolvimos, lo pusimos en un canasto, tapamos, atamos bien, subimos todo a un árbol para que no se cubriera de insectos. Cansadas pero alegres, anocheció; el resto dormía.

De repente, me envolvió una sombra, me asusté. Sin hacer ruido, el eunuco se acercó y agarró a Bathna por el cuello. Lo rodeó por una cuerda encerada, fina, tensa. Ajustó el nudo.

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¡Hola amigus! ¿Por ké kuestan tantu los diamantis?Porki son molto eskasus y ai molta yenti ki buiska stas piédris, no ai kantidad sufichenti para tuidus e kuista molto aiuarlus, sakaruls de las minas e trabaiarlus. Sincuentran en la silva, i akí, in isti disertu. Duiran mais ke otris pedris e kortan molto fuerti.

Doblado al Ispaniúl por Zimbabwe Records para Green Chanel.

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Es tarde, se secaron Las Gemelas. Salma y Nahir son tan viejas que no sirven ni para contradecir el tiempo; por primera vez, a las hermanas les falta la regla sin embarazarse. Fue simultáneo, como las desgracias. Comencé a intuirlo el día que Salmazul, la ojerosa, intentó permutar su caderín de oro por un bebé de ébano. Un comerciante sudafricano lo acercó  de casualidad envuelto en cuero masticado. Llegó anexo a un séquito de esclavas negras, volátiles como su origen. Sierra Leona, lindas chicas, lástima los dedos amputados, diferencias políticas, nada que afecte al conjunto. Pulposas, altas las bestias, el Emir las rechazó a todas, "Incompletas", dijo, a lo sumo tolera a las sin dientes, a veces resulta práctico. Tampoco acepta a esas odaliscas mal comidas que llegan solas en jeep con pelos al viento estilo mata de pasto. Corrupción occidental. Ellas miran de reojo nuestras falanges anilludas, se ofrecen por nada y se sienten astutas por un rato; el Emir las prueba, liba sus inhibiciones. Al día siguiente, las abandonamos en el desierto o partimos  sin despertarlas, que es lo mismo; nos disgustan las mujeres amanecidas.

¿Volveremos a toparnos con las fibrosas? Lo dudo, el Emir dejó evaporar otra oportunidad, qué previsible. Salmazul y Nahirvioleta no olerán más a sangre fresca - al menos vivas - ; el Emir debió reemplazarlas. Hoy las elude, la doble sequía no entrampa. Con los años, Las Gemelas perdieron el mentón, cosa de familia, símil cobras. Sin mandíbula, puro colmillo, ¿serán tan feas por adentro como por fuera? No me asomaría. Sentadas bajo la luna, abren la boca y se cenan solas una frente a la otra, alumbradas por fantasmas.

La semana pasada Rania se negó adornar sus tobillos con cascabeles; temía despertarse convertida en víbora. Naranja es temerosa, coqueta, dócil, no como Las Gemelas; cestas sin manija, una sobredosis de brazaletes inútiles les trunca codos.

En cambio, la nena tuareg sabe de más y se angustia en silencio; anoche le enhebré un collarcito para alegrarla bien simple, con lo que tenía, mecha de vela, un guijarro perforado, qué tontería, ¿no? Apenas se lo colgué, se sonrió. La otra, Rania, miró raro"¿Por qué no me regalás uno? Yo también quiero ser princesa".

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¿Qué suaviza a losh guijarrosh, eshtimado pub lico? Loshk guijarros ze zuavizan y redondean por la akzión del á gua, el viem to y larenah.

En un arroio de corriente, loz guijarros zaltan y chiokan por impulzo del rápido mobimiento de las aguash.

Al mishmo tiempo, el viento ahjita Larenas, ke actúa como un papel de liha, limando la shuperfizie del guihjarro de toda azperesha.

Doblado al Eshpaniol en Altamira Audiovideosh para Canal Verde.

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Sin dudas mi destino hubiese sido otro de no ser por la intervención de los ancianos. No caminaría tras una caravana, ni elegiría girar en contra del mar, o vería costillares descarnados en vez de aves migratorias.

Como la intensidad, el Emir siempre vistió ropas negras y blancas sin matices. Su percepción desacertada lo volvió precario y monocromo, igual que la vista de los perros, de los hombres indignos, de los rastreros que merodean el poder, siempre arrodillados, jamás de pie. Fui una parte más de su camino revelador, otro color agotado que no se animó a mezclar de camino a la luz.

Horas y horas me contempló tejer simulando envenenar flechas para nadie; buscaba entender qué miraba de cerca. Los astrolabios preanunciaron nuestro enigma; nacimos para obrar.

Sus ancestros no me combatieron; hubiera significado ascenderme a la categoría de persona. Tampoco me mandaron a matar, optaron por favorecer nuestra proximidad. Aspiraban a que el Emir me conociera y dejara de respetarme. Lo que se acerca demasiado no se controla, lo que no se controla es enemigo, los enemigos no son gente. Uno se aleja o los denigra.

Sus pares insistían al Emir. Debía abandonarme para dedicarse al comercio. "¿Querés ser feliz?", le pregunté una tarde,

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-          ¿Cómo?

-          Conociendo el mundo.

-          ¿Para qué?

-          Para saber cosas nuevas.

-          ¿Por qué?

-          Para comprender y evitar el dolor.

-          ¿Y cómo vas a entender, qué cosas nuevas vas a ver si sólo comerciás? ¿Qué significa regatear? Arte de no dejar pasar. ¿Cómo vas a ser feliz sin dejar pasar?

Se emocionó, lo contó, se supo, me cortaron la lengua.

Esa noche el Emir gritó los colores de su limitado espectro y encontró la soledad.

Hoy  Rania cumple reposo absoluto, aferrada a un amuleto con un guijarro perforado. Un hijo del Emir le crece en el vientre. Nuestro Señor desespera, teme perderla en el parto. Nosotros, por el contrario, creemos que la sed va a llevársela antes. En cambio Fátima, la primera esposa, la más antigua, no transpiraba; murió al dar a luz, vestida de verde, a orillas del oasis que buscamos. "El Emir aún la persigue", se lamentan Las Gemelas, "¿Cómo ganarle a Fátima?". El Emir sigue enamorado de la Muerte.

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"Bibir en el desierto e duro, porke l´ agua y la comida son difícile d´ encontrar. Mucho abitante del desierto son nómada, van d´ un sitio a otro, yeban ropa olgada para mantenerce fresco. En su cueyo yeban amuleto para librarse de la desgrasia.

Doblado al Rosssarino por Piatonal Córdoba Rialiseiyons para Sperando Conesión ¿Y el satélite, dónd´ stá?

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Caramba, qué interesante, el eunuco trae en la mano un pedazo de suelo. No, visto de cerca parece una lija, saliva y miel con arena. "Eunuco, exijo que tiñas todo de a-ma-rillo". Voy a tomar por esposa a la nena tuareg y el único color libre que nos queda es este. En honor a ello, la fiesta se celebrará de día para que el resplandor de Dios se intensifique.

"Índigooooooooooo ¿Por qué no pintaste las telas que te ordené de amarillo?". Que no se puede aclarar el algodón. "Bueno, entonces te ordeno que esperes hasta que nos encontremos con un mercader". Que no existen mercaderes, que nos alejamos demasiado, que el amarillo se conseguiría sólo de manera artificial, armando paneles de tela y pegándoles arena encima.

Bueno, menos mal, al fin una idea. Pensé que el eunuco me estaba demorando el vestido para no casar a la nena. No me miren como un monstruo, no es tan chica como parece. "¿Se puede coser un traje con esas cosas duras? Ordeno que te apures". Si el velo de una pastora es de seda o ensombrece como una mastaba no me interesa, quiero lo amarillo, que la luz refleje destellos diáfanos, indiscutidos. Así lo ordeno y basta.

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El oasis es un lugar en el desierto donde hay agua. Procede de un manantial o de un río rodeado de árboles y plantas. La gente que vive a su alrededor cultiva allí, y trasporta la cosecha hasta el mercado en cestas. Las caravanas traen sus artículos a estos espacios descubiertos, y eligen comercializarlos. Pero ¿quedan todavía nómadas en el desierto? Ese será el eje de nuestro siguiente informe.

Algunos nómadas eligieron emigrar de sus tierras hace más de doscientos años por motivos étnicos, políticos o religiosos. Varios clanes buscaron asentarse en regiones astrológicamente similares a sus desiertos.

La zona argentina que comprende desde La Rioja hasta Rama Caída, pueblito mendocino de 903 habitantes, es uno de los dos sectores que presenta mayor insolación en el mundo, por eso la fruta es tan dulce. El otro lugar que comparte tanta luminosidad es el desierto del Sahara; los satélites lo detectan.

En Argentina, los nómadas se asentaron intuitivamente en el área, convirtiéndose en comerciantes prósperos, en sólidos terratenientes y hombres de poder. Sin embargo, lo que aquí nos interesa no es el ya conocido devenir de los mutantes.

¿Qué sucedió con el último grupo nómada del Sahara, los desaparecidos del campamento A-G5? ¿Abducción extraterreste o muerte por inanición? Ciertos hallazgos arqueológicos desestiman ambas hipótesis ahondando el misterio.

Contemplemos el croquis del asentamiento temporal A-G5. Hacia la izquierda, la referencia marrón. Un pozo angosto y profundo, cavado precariamente con instrumentos de hueso reptil, revela la presencia de agua potable. El Carbono 14 establece que tres personas se sumergieron en él por motivos desconocidos.

Un hombre, una mujer de escasa estatura y un lactante, es decir, obviamente un grupo familiar, armaron una torre humana; se animaron en el pozo por motivos rituales y aguardaron varios días, quizá perseguidos por una tribu opositora. Así llegamos, por fin, a la gran incógnita de A-G5, el enigma de los paneles humanos.

Rectángulos de algodón solidificados por una pasta de engrudo, miel y arena,  dan cuenta del arte del camuflaje en su máxima expresión. La base textil originalmente naranja manifestaría la pertenencia a un rango nobiliario y su liturgia hermética. Los planos unidos entre sí por cabos de vela, favorecieron que la gente se metiera dentro, volviéndose invisible a los depredadores entre las dunas africanas.

Los últimos indicios de la familia A-G5 fueron descubiertos por un grupo de sismólogos franceses, equipo a quien respetamos pero cuya meotodología denostamos. El hallazgo tuvo lugar en las islas Cicládas, sobre el mar Mediterráneo.

Por otra parte, la pieza es tan pequeña que se duda de su origen ¿Conviene inventariarla como collar o exige ser clasificada dentro de la categoría "brazalete"? ¿Pertenecerá a la mujer pigmea del núcleo A-G5 o reproducirá, en cambio, una pieza suntuaria de la cultura Grotta–Pelo? Los cimientos de la Arqueología y, por lo tanto, de la historia de la Humanidad, colapsan ante el milagro de un guijarro perforado.

Revista Conversación con una momia – Grupo Ed.A.P. - Marzo de 2008.

                                                                     Celeste  Galiano 

celesteargentina2005@yahoo.com

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-