"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Des-borde : MARÍA L. ISAIA

Publicado en Cuentos el 5 de Abril, 2008, 14:03 por MScalona

FesFintall-07 (20)


DES-BORDE.

Armando se miró al espejo. Los pelos del bigote y las ojeras acusaban  días de desgano  e insomnio. Podría ser peor, pensó. Corrió la cortina del cuarto de baño, abrió el grifo del agua caliente y esperó a que el vapor borrara su imagen del espejo. Después del baño ya parecía otro tipo pero había perdido seguridad. Hacía tanto tiempo que no se vestía para alguien que ya ni sabía qué color le sentaba mejor. Cuando iba a decidirse por la remera verde seco, recordó los tonos pastel del lienzo que tanto le gustaba a Iberia y la cambió por una chomba rosa viejo. Por las dudas, por si venía, por si esa tarde le cambiaba la suerte, por si una tarde justificaba lo que restaba de vida.

Se sentó al piano y trató de concentrarse en la melodía que fluía de sus dedos como si fuera dirigida por una fuerza superior. Armando se dejaba embriagar por ella para matar la espera o la angustia, o el tiempo o la urgencia.

Cuando sonó el teléfono supo que, otra vez, no vendría. Las mismas excusas quizá: rodeos... rodeos para no verlo. Temor a su desvarío. La confirmación de que sus confines estaban detrás de la ventana y los suyos del otro lado...inalcanzable. Omnipotente.

El teléfono seguía sonando, monótono. No atendió. Seguro era para disculparse, para decir otra vez que no vendría. Fue hasta la cocina y tomó el cuchillo. Porque sí, para no concederle la última disculpa. Después salió sin vacilar, dispuesto a encontrarla.

Firmó la tarjeta de salida y trazó una raya en el probable horario de llegada. No sabía exactamente por dónde empezar la búsqueda. Había pensado en varias posibilidades pero se decidió por el edificio del Registro Civil de calle Paraguay y el río. La jurisdicción de Iberia. Para cualquier trámite tendría que recurrir allí. Iberia era una buena estratega y él no podía olvidar la última conversación que habían tenido, la última... antes de que se marchara.   Seguramente nada era casual. Iberia estaba más hermosa que nunca e insistía en preguntar a qué distancia estaban del compromiso formal, primero en broma...  después en serio. Y si bien él había titubeado en un principio, pasado el susto había sido claro: la quería para toda la vida.

Los días sin ella terminaba exhausto. Pasaba por todos los estados y lo invadían un sin fin de sensaciones, casi todas nauseabundas. Los psicólogos se estaban poniendo de moda y él pensaba, algunas veces, qué harían si les contara lo que le ocurría. La opresión que sentía era real. Nada de que se le oprimía el pecho... no Eso era de cobardes. A él se le encogían los músculos, uno a uno, hasta sentirse el centro apenas marcado de algo mucho mayor, tanto mayor como inalcanzable. Y tan inalcanzable que para qué vivir. Sólo para encontrarla.  Tenía que encontrarla y convencerla para que se quedara a su lado.  

Después llegaba la noche y junto con ella la medicación y la calma. Una vez en su habitación, se tranquilizaba y sentía que Iberia no era capaz de abandonarlo. Seguramente sólo quería darle un susto y después…la sorpresa: aparecería con la fecha para la boda y él no se podría negar. Sí, la oficina del registro civil era un buen sitio para iniciar la búsqueda.

Todavía conservaba algunos boletines de la casa de fotos para la que había trabajado durante tantos años, de modo que llegó temprano y comenzó a transitar la cola.

- Por si necesitan fotos, atendemos de corrido, desde las siete estamos, desde las siete...  por si necesitan fotos...

Casi sin saliva y con apenas tres folletos en la mano, Armando llegó al final de la fila. Iberia aún no estaba pero decidió que se quedaría a esperarla. A las ocho apenas pasadas abrieron la puerta y dos empleadas rubias comenzaron a ubicar, según el trámite, a cada quien en su fila. Armando se sumó al equipo. Manejaba el tema a la perfección:

- Todos los días debieran ser lunes, don Armando. Se extraña cuando no viene, le comentó en voz alta la rubia más delgada.  Armando la miró, entre incrédulo y despreocupado. Parecía no conocer a la rubia ni entender de qué le hablaba ... si sólo había llegado hasta allí para encontrarse con Iberia... colaboraba, sí... para pasar el tiempo, para pensarla menos, en segundo plano.

            Pasado el mediodía ya casi no quedaba nadie. Cuatro  o cinco de esos que aparecen a las diez de la mañana y para los que siempre hay un lugar reservado. Para esa hora, Armando, ya había hecho de todo: estuvo presente en tres casamientos, ayudó a la encargada a descongestionar los pasillos, arremetió contra los que pretendieron saltearse algunos lugares de la cola, en fin...

Cuando todos se fueron y se cerraron las oficinas, caminó hacia la parada de colectivo junto a la última empleada en retirarse. Se sorprendió otra vez cuando ésta se despidió, amablemente:

        hasta el lunes.

Armando repasa la mañana. Se siente cansado pero tranquilo. Conocía bien la rutina de Iberia... el lunes se le había escabullido pero el martes la encontraría.

Mónica lo reconoce apenas pone un pie abajo del 133 y busca su cuaderno de notas. El carrito que atiende da justo al jardín botánico. Las quinceañeras y novias son clientela segura para fotografiarse allí. Armando lo sabe y aprovecha. Le deja a Mónica las tarjetas: Tus Mejores Fotos, y sigue. Media cuadra más adelante ya pueden verse las columnas del cementerio. El movimiento de gente es escaso en días laborables pero Iberia estaría seguramente allí. Su hermano había fallecido un día martes y desde entonces ella no dejaba pasar uno sin llevarle unas dalias.

Fue hasta la tumba de Roberto pero ella aún no estaba. Tampoco había restos de dalias... ni las flores se salvan, pensó. Y se le ocurrió que si tuviera un poco más de tiempo libre, vendría cada día a custodiar las dalias de Iberia.

El miércoles se sintió por primera vez desconcertado. No había rastros de Iberia en Nuestra Parroquia del San Salvador. Tampoco del padre Alberto y mucho menos del órgano que ella hacía sonar tan bien. Si los que se sentaban en los últimos bancos iban sólo por el placer de escuchar a Iberia... así la había conocido él precisamente. 

El jueves probó suerte en las paradas de colectivos. La esperó una hora en la plaza central seguro de que aparecería. Pero no llegó. Tampoco vio a nadie que le permitiera recuperarla... en algún aspecto, al menos. Se hubiera conformado con unos labios partidos de tanto andar con viento en contra en bicicleta, un andar sereno que la imitara, un par de brazos gruesos. Subió al 207 para realizar el mismo recorrido que realizaba Iberia. Se bajó en el banco de la provincia, volvió a subir tres cuadras más arriba, se bajó frente al café de Roca 1020 y caminó las últimas diez cuadras hasta las oficinas de la inmobiliaria. Nada. Tal cual el dicho de que la tierra te traga.

El viernes ya preocupado recorrió los hospitales que conocía en busca de algún atropellado nn. En una guardia lo reconocieron y  quisieron saber si era loco o bromista... que allí de verdad trabajaban... que el tiempo les valía oro...

- Usted me confunde seguramente, casi le dijo... yo es la primera... pero una fuerza que llegó, no sabía bien de dónde, le advirtió que no se molestara,  que allá ellos con la confusión, que tenía que encontrar a Iberia...  Y de tanto pensarla, de pronto, la sintió lejana. Como si el rostro de Iberia, las manos de Iberia, sus piernas...  toda ella, no fuese más que un personaje de esas novelas policiales que tanto le gustaban, esas que Migue le leía cuando el insomnio negaba, también, que la noche diera tregua.

          Confundido, trató de poner en claro lo que ocurría: Iberia era su novia, y lo había dejado, o al menos eso parecía. Se había ido... de la casa de los padres, del barrio, de la escuela secundaria. No estaba en la parroquia, no hacía ya trámites en el banco de la provincia, no llevaba dalias a Roberto... y en este punto ya no sabía si era su vida o si Miguel se lo leía desde la cama de al lado cuando se desvelaba y le daba por querer escuchar historias. Agotado, casi al límite de sus fuerzas, advierte que está llegando y se apura a cruzar la puerta de hierro verde. Saluda al señor de blanco de la entrada, firma la planilla y se disculpa: - será mi última llegada tarde, puede estar seguro, susurra. No sé qué me pasó sabe, una recaída. Miguelito me estuvo leyendo mucho estas noches... y  me creí el personaje... Otra vez, sí... de nuevo. No es excusa, le juro, no es excusa... No, no le cuente a  Mario. Me di cuenta solo esta vez, y eso es importante...¿no cree? Ya me di cuenta , no me volverá a pasar: la historia existe en la trama entre mi cama y la de Migue, no hay nada más allá.

Cruza el pasillo pulcro y silencioso. En el comedor ve a tres personas conversar animadamente y sentada al piano Amalia con el repertorio de siempre. Recorre el último tramo del pasillo, dobla a la izquierda, gira el picaporte y se alivia de encontrar la puerta de su habitación sin llave. La tele encendida sin volumen y Miguel dormido, profundamente, por efecto de los sedantes. Se sienta en la cama pensativo. O no. La mente en blanco tal vez. Así permanece , detenido, un tiempo que no es capaz de precisar. Tampoco le importa, ni siquiera se da cuenta. Después se levanta, va hasta el escritorio y toma un lápiz. Harto de forzar encuentros que  no van a producirse, se dispone a escribir.                                                             

Chacabuco Noviembre 9, 1961                                                                                                                 

             

Amor:

          A punto de pasar otro día y no pude decirte que te amo. Estás tan lejos. Y no estoy refiriéndome a los kilómetros, sino a la distancia que me separa de tu corazón.

        Ahora escribo, pero antes estuve pensando tanto que creí verte pasar en bicicleta. Vos manejás tan bien que yo me siento seguro y no me avergüenza ir en el asiento de atrás.

      Ayer pasó una señora con un bebé y me pareció que era nuestro hijo. ¿Te acordás que si era varón le pondríamos Ismael? Nunca me dio por pensar en un nombre de nena porque ya tenía comprada la camiseta de Platense. Y disculpame amorcito… pero una mujer no puede ser digna de tan prestigioso club.

     Creéme, he tratado de pensar qué me pasó. O mejor, ¿qué nos pasó?. Si te vinieron con cuentos seguro son falsos. Conversé un par de veces con Irene pero la mayor parte del tiempo tu nombre rondaba en mis pensamientos. Si era por el humo del cigarrillo te comento que ya hace una semana no fumo. Cambié el cepillo de dientes y compré varios pares de medias, todos iguales, para que no pases, ya, tanto tiempo, aguja en mano.

    Ah!... casi me olvidaba, también me elegí un perfume en la revistita esa que la tía Nieves suele traer a casa. Pobre tía… me preguntó por vos y mamá no supo qué decirle y yo tampoco. Le mentimos, le dije que estabas en La Plata. Preguntó cuándo volvías y sin pensar le dijimos el sábado. Al escuchar de tu llegada inminente nos invitó a comer pastas caseras. Le dije que sí.

      Amor, te pido por favor me perdones, aunque sea por unas horas el domingo. Yo después, en la semana, le explico a la tía que hace nueve meses no nos vemos.

      Haceme el favor.

                   Tuyo siempre

                                   ARMANDO        

Don Armando dobla la carta  con cuidado, pero antes de colocarla en el sobre la vuelve a abrir. La repasa en voz muy baja e imagina el brillo de los ojos de Iberia en el papel. Ahora sí la echa al sobre y lo sella con goma. Escribe la dirección de Iberia y luego su remitente al dorso.

Se sienta en la cama con la mirada perdida en la pared recién pintada. Espera al enfermero que pasará de un momento a otro haciendo la última ronda. Se sobresalta cuando Alberto le sacude con firmeza el brazo… lo estaba esperando… ¿no golpeó la puerta? Alberto no responde, se lo nota cansado, la noche anterior le tocó la guardia.

- Por fin me decidí y escribí una carta para Iberia.

 ¿Otra?,Alberto casi contesta. Pero estaba demasiado cansado y quería retirarse cuanto antes.

-  Bueno, se la despacho, a  primera hora, dijo antes de marcharse.

Armando le entregó la carta, entonces,  y le recordó que el envío fuera con aviso de retorno.

El ritual lo deja tranquilo, aliviado. Se quita los zapatos y se recuesta. Dice para sí que no va a dormirse, esta noche no. Miguel aún duerme a su lado pero se despertará en unas horas y él le pedirá que lea en voz alta, necesita terminar de escuchar la historia. Recién después podrá descansar.

Iberia enrosca con cuidado la manguera y se va hacia la cocina. Son las siete de la mañana y ella ya se ocupó de las plantas. No tiene mucho en la vida. Apenas hace unos meses que enviudó y con Marcelino nunca tuvieron hijos. Nunca se había arrepentido de ello pero en este momento le hubieran dado razón a sus días. Pone la pava al fuego y siente que el mate y el jardín son una buena compañía.  Da vuelta la última hoja del almanaque. Se acercan las fiestas, piensa… las primeras sin Marcelino, sola en la casa de los dos.  Por esa fecha también se habían conocido… ¿cincuenta años atrás?...cuarenta y ocho exactamente. Amor a primera vista había sido, y de los que duran una vida. Nunca había sentido remordimiento por partir del lado de Armando. Pero desde la llegada de la primera carta se creía culpable de su enfermedad.  Tendría que haberle explicado…Oportunamente cerrar la historia. De todos modos, no se consideraba mala gente por ello. Era tan joven... y tantas veces había oído hablar de los pecados de la juventud…

                    Suena el timbre. Iberia se demora en la puerta. La pava silva en el fondo.  Firma la planilla de recibo al empleado del correo y acurruca el sobre en su pecho, como quien pretende calmar a un niño. Ya de vuelta en la cocina lee el remitente. Apenas una mueca parecida a una sonrisa al  confirmar lo que ya sabía.  Le preocupa la salud de Armando pero se siente grande para ir a visitarlo. El sello avisa la fecha del envío: Noviembre 10, 2009.  Es la cuarta carta que recibe en los últimos seis meses. Como una película que  extingue, en degradé, los colores, se va perdiendo en el  tiempo… se va encontrando en el tiempo. Camina desde el café las diez cuadras hasta las oficinas de la inmobiliaria, y es otra vez la organista que enamora en la parroquia de San Salvador, y llora a Roberto y huele las dalias.

Dobla la carta, la guarda y cierra con fuerza el cajón del escritorio de Marcelino para salir del ensueño.  Cruza el pasillo y ya en el living murmura para sí que tal vez mañana, le haga una visita. Por primera vez no le teme a su desvarío. No le teme y se siente a salvo.

                                                   María Laura Isaia

                                                  mlisaia@hotmail.com

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-