"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




ANTONIO DAL MASETTO

Publicado en De Otros. el 4 de Abril, 2008, 15:25 por MScalona

UN GATO Y SU DOMADORA

                      

del libro AMORES, edit Firpo y Dobal, 1991

                                                                                       

                     El gato era un tipo taciturno. Le gustaba comer, tomarse algunas botellas en compañía y de vez en cuando montarse a alguna gatita ruidosa. Era descuidado, tenía aspecto hosco y corazón blando. Despertaba afecto en algunos y desconfianza en la mayoría. Había andado bastante por la vida como para saber que no hay nada que no se logre con un poco de voluntad. Pero se ahorraba el trabajo porque pocas cosas le interesaban realmente. Y si de vez en cuando se encontraba ante la posibilidad de una empresa cualquiera, inmediatamente se imaginaba así mismo al cabo del triunfo, se veía mirando alrededor y diciéndose que nada había cambiado, así que daba el esfuerzo por hecho y se limitaba a soñar.

                     Era un vago por vocación. Cualquiera se podía dar cuenta. De todos modos, sin proponérselo, se había forjado un estilo y una personalidad. Y lo que él hubiese calificado como abulia, indiferencia y fundamentalmente un no saber qué hacer con la vida que le había tocado vivir, se revelaba a los ojos de los demás como una curiosa y a menudo interesante actitud existencial. También había, en el Gato, tozudez, salvajismo, libertad. Cosas poco útiles, pero que eran sui savia y salvación. Algo de todo eso debió intuir la Domadora al conocerlo.

                      Era experta en su oficio y le gustó el táctico desafió que significaba el enfrentamiento con el Gato. En cuanto a él, cuando lo vio aparecer, hermosa, altiva, látigo en mano (así la vio o la imaginó), sintió que se le renovaba la sangre. Por primera vez se encontró  ante un escollo y un estímulo. Una sola mirada le bastó a ambos para saber a quién tenían enfrente. Y ahí nomás  se dedicaron a la lenta y firme tarea de destrozarse mutuamente.

                       Fue una relación turbulenta. Hubo ternuras y violencias sin cuartel. Se amaron y se golpearon cuanto quisieron y pudieron. Rodaron y se levantaron, se humillaron, cualquier sitio era bueno. Y cada vez sacaron a relucir alguna nueva arma escondida, cada vez hirieron con más precisión y destreza. Así que pronto creyeron advertir que no podrían prescindir el uno del otro. Se convencieron de que en el mundo no había nada mejor que ese Gato para esa Domadora, ni nada mejor que esa Domadora para ese gato. Lo creyeron, lo afirmaron y lo defendieron. Anduvieron de sur a norte y de norte a sur, se prepararon y volvieron a juntarse. Y en ese torbellino  de días y noches supieron que pese a las distancias, en las ciudades, en las multitudes, había una sola figura que, cada uno por su lado, reconocía como insustituible.

                        Pero esa unión sólo podía durar mientras ella se esmerase en su oficio de domar y él se mantuviese indomable. De ese conflicto se alimentaba su amor. Y llegó una época en que las cosas comenzaron a confundirse. La Domadora seguía ensayando variantes de su juego agresivo y el Gato, por descuido, por exceso de confianza, comenzó a andar lento de reflejos. Sin advertirlo, fue aceptando algunas posiciones, cedió terreno, bajó la guardia. Y poco a poco se encontró tratando de adaptarse a una vida que no le pertenecía. Se fue convirtiendo en algo así como una buena persona, se preocupó, trabajó, se levantó con horario. Por supuesto que tampoco eso lo hacía bien. Y lo único que conservó de su anterior modalidad fue un reciente malhumor.

                         Aparentemente había sido domado. Pero la derrota de uno significa sin remedio la derrota del otro. Y la Domadora también cayó. De pronto hubo algo demencial en su aspecto y en sus actitudes. Su destreza en domar, que había sido un arte, derivó en vicios y caprichos. Siguió esgrimiendo el látigo, pero ya no con el gesto altivo y la exuberancia de la juventud. Los chasquidos  ya no produjeron dolor ni placer, ya no eran golpes de vida avasallante y desprejuiciada, sino los reflejos del desgaste y la duda.

                         El Gato comprendió que parte de ese desconcierto se debía al hecho de que la Domadora ya no tenía ante ella al ser libre y sin destino que él había sido, al rival digno, capaz de asumir, de esquivar, de devolver. Pero fundamentalmente supo que durante todos esos años, para él, la Domadora había sido una diosa. Y que la había aceptado como se acepta a los dioses, así sean arbitrarios, caprichosos, egoístas. Y que esa última  visión la despojada de toda divinidad.

                         Ese fue el descubrimiento más penoso. El Gato sintió que una mano de hierro le arrancaba el estómago. Pensó que había llegado una vez más la hora de la verdad. Trepó al techo de la casa y pasó la noche ahí, privado de tibieza, de amistad. Esperó el amanecer, aspiró la humedad y la boca se le inundó de un antiguo y duro gusto. Se dijo que tal vez era el momento de comenzar a recuperar las cosas perdidas. Recuperar cosas que en última instancia no eran sino variantes de una confusión obstinada. Pero que también significaban su único y posible alimento. Entonces fue soltando lentamente un maullido grave y prolongado, que no era un grito de guerra, ni un alarde de fuerza, sino apenas la primitiva y espontánea manifestación de su orgullo. Sacudió una y otra vez el aire con su quejido, después se echó, cansado, solo, él y el cielo y la nostalgia y el rigor.               

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-