"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




more Sánchez, que es Néstor...

Publicado en De Otros. el 2 de Abril, 2008, 14:46 por MScalona

 Néstor Sánchez, ARG, 1935-2003


                                                                       

                                Imprevistamente desaparecen los trenes y me quedo solo agarrado a la baranda; nunca había estado solo de verdad o me parece mentira comprenderlo. Después de levantar todo lo de Banfield, después de ese primer mes en que ni vi al chico y en el que sentí agrupado el final, siguieron para mí los hoteles de sábanas recién desinfectadas, mi festejo siempre pareciéndose a un sollozo cuando lo descubro, mi llamada voz para el amor en una llamada pieza del mundo, lo mucho que esperé este momento incluido el pasado carmesí para que lo consuele. A vos te reprochaba la soledad de la vida juntos, la isla con la lámpara gris en el caserón de los techos agujereados: recobro Banfield y cruzar la vía al costado de los perros, la calle de tierra inmediata, a las radios de par en par y en el fondo del pasillo los dos platos separados por el pan, el ruido de los cubiertos contra la loza hasta desesperar de tu silencio. De modo que grité en las piezas altísimas, te denuncié mil veces no haberme dejado llorando en el terraplén de La Lucila –la humedad de tus manos cuando los derrumbes que siguieron y entonces también parecían hacerte la seña, ahora, acérquese despacio a ese hombre, tire de ese argentino con la eterna falta de astucia para los corretajes en el Gran Buenos Aires.

            Frente al mismo río que tengo toda la noche debajo iluminado por el vapor de la carrera –un marrón usado, un vértigo de suburbio-: me llevabas el libro de Macedonia Fernández y no eras feliz. ¿De dónde te venía aquella obstinación? Yo me había encargado de preparar pacientemente el desenlace, te explicaba en calma el mal de nuestro siglo, ¿recordás? El mismo río que se golpea abajo, que veo desde la baranda hasta no más de dos metros porque lo otro es la noche total y apenas tres o cuatro luces en Avellaneda. A la altura de La Lucila después de caminar toda la tarde entre naranjos, vos con el suéter celeste del cuello hasta arriba, se diría asomada por allí a la tarde que ni siquiera habías previsto. Debí llegar a palabras distintas, palabras para la salvación que no parecías escucharme. Así por la calle en barranca al mismo río y a segundos de mirarte las uñas quebradas por la Underwood, contestaste a todo con tus cuatro palabras, tu poder de síntesis, Clara: "entonces yo me tiro". Me reí del melodrama a casi dos metros de vos porque en esa forma habíamos vagado todo el tiempo entre los residenciales, sin argumento posible me reí de vos con los labios morados por el viento que me mirabas mirar el agua con algo de predestinado a dos años exactos del club social. Cuatro palabras para un final que no te concernía sentada en la piedra minúscula con el libro de Macedonio en la falda, insobornable cuando me volvía, cuando me inclinaba para silabearte que no era capaz. ¿Por qué razón no me dejaste llorando en el terraplén de La Lucila, por qué nos siguió aquel perro hasta los penosos trenes del sur?

            Cerca de un mes completamente solo recorriendo toda la costa de Uruguay para sentir el extranjero –hay mate, hay baraja española en los boliches. Sin embargo después llegué hasta el norte, otro idioma en las tiendas y dos días con sus noches conteniendo las ganas de seguir, de no volver en cambio cada fin de semana al chico que tiene sus mismos ojos y no sabe siquiera que ya te imita en los gestos. Dos días con sus noches en una pensión miserable mirándole las manos a la mucama, sumergido en sábanas como trapos con casi treinta y nueve de fiebre. Resistí, Clara, anduve a la tarde por la playa entre mareos y chuchos de frío (ese giro de lo imprevisible por primera vez), tirando entonces del telón a un verano de distancia, del telón lentísimo para cubrir finalmente la cama de dos plazas que compramos en el remate de Banfield a varios días de casarnos; al año, el cochecito en movimiento en el humo de la cocina del fondo, la manera si se quiere diáfana en que volviste a Griseta después de las ocho de la mañana con el suéter celeste entonces desteñido, un resplandor azul desde la banderola opaca hacia donde tiraba el humo y vos, se diría, asomada por el cuello alto a la pileta de azulejos, la canilla con agua muy escasa bajo el alero de zinc.

NÉSTOR  SÁNCHEZ, del libro   NOSOTROS DOS,  p. 17-18, Ed. Alción

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-