"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Ricardo Guiamet

Publicado en Cuentos el 25 de Febrero, 2008, 18:38 por MScalona

Guiamet nació en Rosario en 1959

                                                                

LAS  TORTUGAS  DEL  PAVON

La fecha, aséptica sobre los titulares del Clarín, quedó en el auto, en el mamotreto de papel de 60 páginas tirado en el asiento del acompañante.-

El Escort, a su vez, también quedó atrás, estacionado entre los raquíticos árboles que no se decidían, desde hacía una década, a crecer.-

No había nadie. Él siempre había imaginado el 2000 como un mundo superpoblado, sin chances de encontrar un lugar vacío de personas. Pero ese martes, ya en el nuevo milenio (aunque en las últimas semana, el tema en la televisión era cuando comenzaba el milenio, si en el año 2000 ó el 2001), en un planeta con seis mil millones de personas, la vera de ese arroyo a treinta kilómetros de Rosario, corriendo entre campos sembrados rodeados de suburbios industriales, estaba desierta.-

Detrás de él, a unos doscientos metros, el doble puente del ferrocarril y la ruta vieja también se alzaban vacíos. Hacía más de dos décadas que una autopista unía Rosario con Buenos Aires, y la vieja ruta 9 había muerto el mismo día de la inauguración de aquella.-

El único sonido en el lugar, con la fábrica de aglomerados abandonada (un bosque de coníferas salvajizándose la rodeaba), provenía de la cascada del Pavón.-

Él se acercó. Entre las toscas, aguas arribas del salto se amontonaban envases plásticos, un barro maloliente, los restos de comida de los visitantes del fin de semana. Después del salto no: el arroyo corría entre dos paredones de diez metros cortados a pique, resguardando primero una olla con merecida fama de letal y luego el cauce ya más angosto y profundo del Arroyo Pavón hasta su muerte en el Paraná.-

Se sentó sobre la barranca, a unos cinco metros del borde, en un saliente de la tosca. Recordó la promesa.-

Su hijo, ocho años atrás, le advirtió (la ecología fashion de los 90"), que no habría más tortugas flotando en el arroyo entrando el siguiente siglo. "El primero de enero del 2000, y te digo del 2000 –aclaró él a su hijo ocho años antes- y no del 2001, vamos a venir a verlo, y vas a ver que no es así".-

Ahora, diez días más tarde de lo dicho, cumplía su parte de la promesa. Abajo veía la misma olla donde casi treinta  años atrás pescaba tortugas con sus compañeros del Parti durante un campamento de formación: seis días leyendo el Programa de Transición de Trotsky y espiando los culos de las compañeras cuando meaban entre las gramíneas.

De ese campamento hubo una foto, que quizás sobrevivía en la Casa del Mono, o entre los papeles viejos del Fatiga conservados por algún familiar: Tres tortugas, dos previsiblemente pequeñas, una desaforadamente grande, colgando de un alambre entre dos palos, una ofrenda al sol previa a la remanida sopa de gusto salobre, con reminiscencia oceánicas. Completaba la foto, junto a las tortugas, una ofrenda menos feliz, el grupo de militantes: Fatiga, el Mono, la Culito, Ernesto y Jorge. De ellos ahora quedaban un agente de bolsa, dos abogados, una psicóloga, dos amas de casa, tres obreros y dos, como la foto, desaparecidos.

Luego de ese campamento la cascada del Arroyo Pavón siguió fascinándolo, convocándolo cada tanto con su ulular de sirena cautivante. La exhibió ante sus parejas como un paraje de incierta magia, fue el lugar indicado para iniciar a su único hijo en los arcanos de la pesca.-

Se levantó. Caminó hacia el este pegado a la barranca. Pasó la punta desde donde vio al ahogado en el 78", un día después del partido entre Italia y Alemania, un tipo de camisa bordó mirando perpetuamente hacia el fondo del arroyo, como si intentara descubrir las oquedades donde hibernan las tortugas.-

Caminó despacio, agitando lo menos posible los pastos, en el mayor silencio. Dos o tres veces se detuvo por unos minutos en sitios favorables para la observación, pero las tortugas no aparecían.

Hacía siete años que no las veía, y si bien tenía más que justificado el uso de las horas en esos últimos diez días; esa siesta, conduciendo el Escort por la autopista hasta la salida a Fighiera, creyó que había demorado el encuentro con ese lugar por temor a comprobar que la profecía aciaga de su hijo, ahora era real.

Porque ahora tampoco podría decírselo a su hijo, y esa imposibilidad de demostrarle que tenía razón, lo indignaba.

Porque había algo en la muerte que indignaba, algo que rebelaba y luego resignaba y siempre terminaba con un dolor en el vientre, como con ganas reverenciales de cagar, cagarse en eso que no terminaba de ser pesadilla, que nunca un despertar propicio alcanzaba a calmar.

Lloró. No podía ser de otro modo. Lo sabía desde unos días atrás, y lo deseaba, deseaba sentir ese espasmo y ese sabor de las lágrimas, salobre como la sopa de tortuga, chorreando su boca. Lloró, no con la pasión, el  descontrol y la sinceridad de ocho años atrás, pero lo hizo.

Se quedó hasta el atardecer. Sabía que ni en pleno enero las tortugas se encaraman en las toscas de las orillas si los rayos del sol no calientan directamente sus caparazones. Supo también que no tenía, no tendría jamás, el valor de tirarse de la barranca, como unos meses antes al recordar la promesa, había imaginado. Nada que estuviera hecho con la amalgama del sacrificio podía contenerlo.

Estaba solo, desde ocho años atrás. Nada había vuelto a conmover su vida después que el auto aquel atravesara la de su hijo. Estaba tan solo como la madre del Fatiga, como los hijos del Indio, sin que la dudosa realidad de un despojo en el cementerio alcanzara a marcar una diferencia.

Era apenas otro ahogado más arrastrado por la vorágine de un arroyo que se empeñaba en tragar imágenes, memoria, gente; sus aguas siempre malolientes, siempre a medio estancar, siempre sonoras en la caída a su espalda.

Y allí las vio. Sobre una tosca, a flor de agua, semiocultas por una morada que crecía en la pared de tierra arcillosa: dos tortugas. Una pequeña, dos patas dentro del agua, el caparazón como una extensión del montículo donde permanecía. La otra no, la otra era la tortuga más grande que jamás hubiera visto, un bicho de más de cincuenta centímetros completamente fuera del agua, en la cúspide del pedregullo, una visión que un minuto después, de dos paletazos con las patas delanteras, se hundió sin ruidos en el Pavón.

Tuvo un deseo pequeño, más una obligación, de arrojarse detrás de ella, terminar con ese dolor del vientre, reparar la indignidad. Pero no lo hizo. Regresó hacia el Escort sin volver a mirar el arroyo. En la vuelta el ocaso lo enceguecería en la autopista, pero eso no le preocupó, había ganado firmemente su apuesta, volvía a su ciudad en paz: ninguno del millón trescientos mil rosarinos había alterado la vida de las tortugas del Pavón.

Aceleró en la autopista. Más atento al velocímetro que al raleado tránsito, no cejó con el acelerador hasta que la aguja tocó el 180. Frente a él se alzaba el doble puente sobre el Saladillo, el nacimiento de su ciudad. La foto de su hijo, oscilando en un baile breve en el llavero rozaba su muslo cada vez que apretaba el pedal. Él sintió el roce. Se preguntó si la aguja tocaría el 200 antes que llegara, insignificante, hasta las columnas bajo los puentes de la Avenida de Circunvalación. 

                                                                                                         

                                                      el cuento pertenece al libro POLINESIA, que obtuvo el 1º premio del concurso 2006 del Concejo Deliberante de Rosario.-

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-