"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




RAFAEL BIELSA

Publicado en De Otros. el 13 de Enero, 2008, 10:15 por MScalona
 Bielsa nació en Rosario en 1953

Solo y amor

            Tantas veces a lo largo de los últimos veinte años, estuvo tentado de abrir la caja y leer por segunda vez la carta…! En el sistema de audio vibra el aria de <<Andrea Chénier>>, la ópera de Humberto Giordano con la voz de María Callas. Sumiso, agitado, absorto, durante veinte años, como un animal desconfiado, había rodado la caja igual que ahora, sin atreverse a buscar la carta y volver a leerla.

            La primera vez que ella lo vio, alrededor del "70, fue de espaldas. Estaban en la hermosa casa de la calle Córdoba, frente a la Plaza San Martín, entre angelitos de Belén del siglo XVIII, cromos de estaciones de agua termal y piezas de cubertería de plata de Augsburgo; la luz que franqueaba los montantes, filtrada por los plátanos de la plaza, era tan apaciguada y pulida, que daba a la habitación el efecto del interior de un frasco de perfume vacío.

            Un laberinto de pasillo y de cuartos de lavar y de planchar llevaba hasta el lugar. La reputación del dueño de casa, un viejo y sabio médico de niños, estaba presente bajo el dintel de cada puerta, como la armadura de un guardia merovingio.

            Él tocaba la guitarra, magro y juncal, con una voz áspera de desesperado prematuro, y una muesca incrédula en el lugar de la boca desde donde partían las palabras (<<…cómo será, me pregunto/cómo será tenerte en mi costado/ ando de loco por el aire/que ando, que no ando…>>).

            Ella era toda redonda: la cara redonda, los pechos adolescentes, la cadera, las rodillas, a excepción de sus ojos horizontales de esclava circasiana. Así le había puesto de apodo Sonia: <<Redondo>>, el adjetivo, en singular y masculino.

            Cuando ella llegó, él ya se iba. Terminó limpiamente la última canción, como un torero que hundió el estoque sobre una moneda negra y húmeda, se levantó con desgano, apenas si la miró. Ella diría más tarde que él se movía por la casa de la calle Córdoba con más autoridad que ella misma, que vivía allí y era la nieta del dueño. En aquel momento, apenas si atinó a seguirlo con los ojos, cavilosos y definitivos.

            Casi treinta años más tarde, veinte desde el momento de la escritura de la carta, él levanta la tapa de la caja, de la que sale un olor a Jengibre y a cenizas de mariposas. María Callas, en el papel de Madeleine, cruje ante la muchedumbre que –durante la Revolución Francesa-, deshace su casa: << ¡…la casa que me acunó está ardiendo!>>. Como si hurgara en las cuerdas de la guitarra, él comienza a buscar las hojas de cuaderno, entre centenares de otras hojas, rectángulos indistintos de devoción o de capricho, tan esporádicamente correspondidos.

            Se volvieron a ver una madrugada del "74, en un lugar al que habían llegado <<tabicados>>, es decir, sin saber adónde estaban yendo. A ella la llamaban <<Chilena>>, vaya a saber por qué, y a él <<Amancio>>, nom de guerre que había elegido porque la festividad era en febrero, el mes de su nacimiento, y porque significaba <<alguien que ama>>. Habían transcurrido cuatro años y no se hablaba más que de la patria, de la primavera de los pueblos, de descamisados y oligarquía. Él tarareaba la misma canción del día en que se conocieron (<<…cómo será recordarte/ en tu país de pechos tan lejano/ ando de pobrecristo a tu recuerdo/ clavado, reclavado…>>), limpiando la Browning belga, como si estuviese contorneando una estampa miniada, sin la menor señal de haber notado su presencia.

            Ella lo miró con sus ojos de aristócrata de la Polinesia, lánguidos e impíos. Salieron a la hora, siempre <<tabicados>>, sin haber cruzado una palabra; el sol de febrero tendía sobre la vereda manteles fragantes de azafrán.

            <<Hubiera querido irme sin decir nada… para no nombrar las cosas>>, comienza la carta. En los parlantes del sistema, el aria se yergue; entran las cuerdas, la música se llena de consuelo, para alterarse enseguida.

            Tres años más tarde de la última vez en que se vieron, un sábado por la noche, ella tocó el timbre de la casa de las calles San Lorenzo y Balcarce. Hacía calor, un calor sofocante de tránsito y de condena, calor de cripta, de catástrofe. Comenzaba 1977. Él recuerda el momento en que le abrió la puerta, las bisagras chirriando como un muecín que convocaba a la oración desde el minarete. <<Tengo que saber>>, le dijo a boca de jarro, <<quiero quedarme con vos esta noche>>.

            Él tenía una cita, algo ya inútil, burocrático y desalmado, como lo era casi todo en aquellos momentos de derrumbe, y ya no le decían  <<Amancio>>, sino <<Nudo>>. Le contestó que se quedara, que tuviera las persianas cerradas, que no atendiera ni el teléfono ni el portero eléctrico, que esperara.

            <<Tal vez, eso era todo lo que yo necesitaba para curarme>>, continúa la carta, <<…sentir tu cuerpo, contarte cositas…, tal vez>>. Él volvió muy tarde y ella estaba dormida. Se desnudó con sigilo, más por el hábito de la clandestinidad que por exigencias de la penumbra, se acostó a su lado y se durmió como si se muriera.

            Cuando despertó, ella ya no estaba: se había marchado, dejando la carta manuscrita en unas hojas de cuaderno: <<…quiero que sepas que he comprendido, al fin he comprendido. Me hubiese gustado lavarte el alma, del mismo modo que lavé mi cuerpo en el agua tibia del baño, guante de esponja y jabón, qué caricia, qué caricia>>

            La segunda vez en su vida que lee la carta: es extraño. De pronto, él no es un solo hombre, sino el desfile de un gentío.

            A los dos días de aquella noche en la que ella se quedó en su casa, una <<patota>> de la Federal –eso dijeron- irrumpió en la calle Córdoba, e hicieron polvo los angelitos de Belén del siglo XVIII, aplastaron los cromos de estaciones de agua termal, y se llevaron la cubertería de planta de Augsburgo, joyas, dinero, abanicos de nácar, a su abuela y a ella misma.

            La abuela reapareció en camisón y con la mirada amilanada, a las pocas horas, en la esquina de Corrientes y Jujuy; ella nunca más.

            Él pasa revista a los miembros de la multitud de sí mismo: hay apasionados, impacientes, celosos, todos enamorados de la misma mujer, que aunque pueda ser amada no puede ya dejarse amar. Veinte años después, es él quien cree comprender.

            <<Ya me voy, adiós, pensaba irme sin decir nada…>>, concluye la carta. Él oye en ese adiós la reverencia, ve su propio destino en el silencio que se angosta, comprende tarde la tardanza.

            María Callas/Madeleine canta que trae aflicción a aquellos que la aman, que durante ese dolor llegará el amor y recién la verdad, canta que una voz llena de armonía susurra: <<…vive tranquilo, yo soy la vida>>. Luego se oye un violoncello. Un solo de violoncello.

    

    

    

    

                                                            

            este txt figura en la antología 70 AÑOS DE LIBRERÍA ROSS

                                                            

            este txt figura en la antología 70 AÑOS DE LIBRERÍA ROSS

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-