"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




3 de Enero, 2008


C O Z A R I N S K Y

Publicado en De Otros. el 3 de Enero, 2008, 21:21 por MScalona
este cuento abre el libro TRES FRONTERAS, Edit. Emecé

Piercing

         Él pensó que ella mentía cuando había dicho la verdad. Ella sólo había mentido cuando entendió que a él lo asustaba la verdad.

*    *    *

            La había visto por primera vez, volviendo al hotel después de medianoche, una chica entre varias que conversaban ante la puerta de una disco. Un neón se reflejaba con colores irisados en el metal del piercing que ella lucía en el ombligo, sobre esa delgada franja de piel muy lisa, a la vez brillante y oscura, que separaba la remera blanca de la falda negra.

            Ella se dio cuanta de que él se había detenido: un hombre mayor (había aprendido que debía evitar la palabra "viejo") con los ojos clavados en su cintura y una leve sonrisa que le iba invadiendo el rostro.

            Cuando él levantó la mirada se encontró con los ojos de la chica. Lo encaraba francamente y dio dos pasos para separarse de sus amigas y hablarle.

            -¿Y? ¿Qué te parece la ciudad?

            Él no se molestó: sabía que la condición de extranjero, si no de turista, estaba inscripta en cada centímetro de piel pálida, en cada mirada curiosa que dirigía a los balcones techados de madera tallada, cubiertos por cascadas de buganvillas (que él llamaba Santa Rita).

            -Menos bonita que tú –respondió inmediatamente.

            Más tarde, mientras tomaban, él (como buen turista) un mojito, ella una coca cola, le contó del congreso al que había venido a asistir, del aburrimiento que le provocaban las reuniones de colegas de sus ganas de ver bailar salsa.

            -Oye, salsa verás bailar en cualquier lado. Pero no es del Caribe, viene de la costa del Pacífico. Lo propio de aquí es el vallenato y, si buscas algo que no vas a encontrar en otro lado, pues tienes la champeta.

            Él nunca había oído esa palabra. Su ignorancia le hacía llamar cumbia a cuanto son, joropo, merengue escuchaba. Cuando le pidió a la chica que lo llevase a ver bailar champeta, ella se rió con ganas: dientes blanquísimos y un destello burló en la mirada.

            -Para eso tienes que venir a mi barrio, al Nelson Mandela.

*   *   *

            Una hora más tarde entraban en un galpón, acaso un garage, brutalmente iluminado, aturdido por un equipo de audio más propio de una fiesta al aire libre que de un lugar cerrado. Ella lo conducía, tomándolo de la mano. Ante algún comentario que él no llegaba a entender, y las miradas irónicas que no podían dejar de entender, ella se limitaba a sonreír y repetir "No se toca, está conmigo". Allí, en medio de la pista donde las parejas se agitaban sin salir de la superficie de una baldosa, moviendo apenas los pies pero adhiriendo pelvis y muslos con las piernas entrelazadas en un golpeteo insistente, como si mimaran un coito interminable, ella lo obligó a bailar.

            -A ver el argentino, no se achique…

            Él descubrió muy pronto que, en vez de intentar aproximarse a la inimitable soltura de los demás bailarines, podía adaptar a ese ritmo el traspié del tango, más bien de la milonga. Ella quedó sorprendida ante la novedad, pero lo siguió sin esfuerzo y muy pronto le dio un beso que él entendió como un reconocimiento: no se había achicado. Lo que "el argentino" no podía lograr, a su edad, era la resistencia de los demás bailarines. A los veinte minutos pidió una tregua y ella se la concedió. Fue entonces cuando la invitó a su hotel.

            -Pero qué te crees, que te van a  dejar entrar con una mulatita… ¡Esto no es Cuba y yo no soy una jinetera! Trabajo por mi  cuenta, no para el Estado.

            Le propuso en cambio ir "a casa de una amiga". Él intuyó una celada pero a esa altura de la noche y de la aventura ya no le importó: no llevaba reloj, sus zapatos eran viejos, sólo tenía cien dólares en el bolsillo y ya se había animado, contra las indicaciones de los organizadores del congreso, a aventurarse fuera del centro histórico, a ir a un barrio llamado nada menos que Nelson Mandela. Ella le pidió cincuenta dólares. Él aceptó.

            Cuando la vio desnuda se dio cuanta de que era muy joven, más de lo que había pensado. Le preguntó la edad.

            -Catorce.

*  *  *

            Entre diciembre y marzo los vientos alisios soplan sobre la costa y alivian el calor y la humedad que en otros meses son asfixiantes para quien no está habituado a ellos. Para él habían sido una referencia puramente literaria, un vestigio de sus lecturas de infancia, historias de piratas, vientos propicios para las naves en las novelas de Salgari o para las muy reales con que Sir Francis Drake saqueó la ciudad.

            Ahora está apoyado en el reborde de una ventana, en una casucha de hormigón con techo de hojalata, ante una calle de tierra donde muchos vecinos se han asomado aun después de medianoche, sentados en silencio a la espera del sueño difícil o de la primera luz del día. Cierra los ojos para sentir mejor la caricia de ese viento que mitiga la pesadez del aire nocturno.

            Ella lo espera en la cama, con los ojos cerrados pero sin dormir. Había percibido inmediatamente que él tuvo miedo cuando ella le dijo su edad. Viejos de mierda, pensó, primero se excitan con una chica porque la ven tan joven y cuando se enteran de que es joven de veras se asustan. Después de un momento se decide a llamarlo.

            -vamos, ven, no me digas que te lo creíste. Soy menuda y tengo los pechos pequeñitos, pero la verdad es que ya cumplí diecinueve.

            Él reconoce en esos pechos el gusto del agua clorada de cualquier piscina. Ella reconoce en el súbito, inesperado vigor de la erección el auxilio farmacéutico.

*    *    *

            Más tarde, antes del amanecer, él dejó el billete de cien dólares en la mesa de luz, mientras ella dormitaba o se desperezaba sin dormirse ni despertarse del todo. Cuando lo vio vestido, se incorporó sin vacilación.

            -No se te ocurra salir a la calle si yo no te digo con quién puedes volver.

            -Se cubrió rápidamente con una sábana y por la ventana llamó a un tal jacinto, que no tardó en asomarse a una puerta de la vereda de enfrente. Fue entonces cuando él le dijo que quería volverla a ver.

            -Mañana a las once en el Café del Mar.

            Habló casi automáticamente y a él no se le ocurrió preguntar dónde estaba ese café.

            Desde el taxi que lo llevaba de vuelta a la ciudad vieja, que otros preferían llamar centro histórico, a esa fortaleza amurallada por los conquistadores españoles que hoy protegía  los turistas y nativos que podían permitirse vivir dentro de ella, vio niños negros jugando en el barro de un pantano, un caserío sin límites, de materiales precarios, elementales, luces apagadas que anunciaban almacenes, alquiler de video, dispensarios médicos. El cielo pasaba del azul al gris. Amanecía.

*   *   *

            El café del Mar ocupa un nicho en lo alto de las murallas. Desde sus meses se puede ver, de día, el horizonte marino y de noche las finas guardas de espuma donde se reflejan las luces del malecón: llegan regularmente a la orilla y se derraman en medio de una oscuridad que borra límites entre cielo y agua.

            El hombre que espera desde hace más de una hora, sentado ante una mesa donde le sirven su tercer mojito, evita dirigir la mirada hacia la mesa donde ríen y beben otros participantes en el congreso que lo ha traído a la ciudad. Tiene la mirada perdida en esa oscuridad surcada por intermitentes, desparejas ondas blancas, que rompen sobre las piedras de la orilla con un ruido que la música del café le impide oír.

            Abajo, desde el malecón, si una muchacha alzase la vista no podría verlo, ni a él ni a  ninguna otra persona de las que están en el café. De lejos le llegaría la música, apenas audible bajo el ruido de las olas que rompen contra las piedras de la orilla.

            Un mozo se acerca al hombre y le entrega un papel doblado. "Lo trajeron para usted", dice antes de ir a atender otras mesas. ¿Quiénes? ¿Cuándo? No lo ha dicho y el hombre se guarda sus preguntas. Despliega la hoja y no halla un mensaje escrito sino una fotocopia, la de un documento de identidad. Reconoce inmediatamente la fotografía de la muchacha. Su nombre ha sido tachado en esa hoja, y de todos modos nada le diría pues nunca lo ha sabido. Lee, sí, la fecha de nacimiento: 2 de enero de 1993, trece años antes de la noche pasada.

Patricia Suárez

Publicado en De Otros. el 3 de Enero, 2008, 15:16 por MScalona

Lionel Hampton


El teatro se llama El Círculo, es uno de los más importantes de la ciudad. Las entradas se la dieron a él, en el canal. Toca Lionel Hampton, tiene 91 años. Es un músico negro, de jazz, muy valioso. Tal vez este sea el último recital de su vida, nos dicen. Yo pienso: por qué cuerno vino a darlo justo en esta ciudad segundona de la Argentina, qué necesidad tuvo, pero no lo digo en voz alta. No sé mucho de jazz, no sé ni siquiera quién es Lionel Hampton. Voy porque mi hombre tiene entradas, así de simple.

            Cuando se abre el telón, hay tres o cuatro músicos en escena. Muy jóvenes y hacen sonar suavemente un banjo, un piano, una trompeta, una batería. En el centro hay un instrumento, que me recuerda el órgano de las iglesias, pero no lo es, es más parecido a un xilofón. Es un vibráfono. Antes de este hombre, el vibráfono no existía en el jazz; él lo introdujo.

            Entonces entra en escena un viejito, un señor muy pequeñito y de piel oscura, que más se asemeja a un fauno que a una persona. Tiene puesto un frac verde, como de terciopelo, y una pajarita roja. Es Lionel Hampton y camina erguido. El público aplaude de pie y el baterista redobla los platillos. No sé si estos términos con los que describo la escena son los correctos. Se dirige al auditorio y dice unas palabras de agradecimiento al país y a nosotros que estamos sentados ahí, oyéndolo. Su acento es muy cómico: como el de un predicador de películas del Lejano Oeste.

            Son exactamente las nueve de la noche, y no hemos comido casi nada. Tanto era el entusiasmo por ir a verlo. Mi hombre se retuerce de placeres en su silla, y yo pienso, claro, que él sabe mucho más de jazz y de música clásica también. Recuerdo cómo unos meses antes miró con delectación un documental sobre Thelonius Monk y después me explicó con detalle en qué consistía el bebop, una música que a mí me resultaba exasperante. En ese momento comprendo que él es muy culto, que viene de una familia donde el consumo cultural es muy importante. Pienso en mi padre diciendo que su libro preferido es El quinto jinete y me avergüenzo.

            De modo que Lionel Hampton suelta, por decir así y porque no encuentro otro modo mejor para decirlo, sus temas más pedidos. <<Flying home>> y <<Hamp"s Boggie Woogie>>. Es el punto climax del recital. Son las diez y diez de la noche. Luego pide agua, sale de escena, entra otra vez. Los músicos, su banda, que tienen la edad para ser sus nietos, le sonríen y siguen tocando. Un, dos, tres y otra vez el jazz. Pasa así casi otra hora más. Ya no puedo prestarle atención; estoy cansada. Es jueves o martes, y trabajé todo el día, al día siguiente debo levantarme muy temprano. Mi hombre disfruta la música todavía; yo ya no. Me entretengo pensando en cuántas otras veces entré a ese teatro: de adolescente tomé unas clases de ballet ruso, con una profesora muy anciana llamada Daria, que no bailaba sino que marcaba con el bastón, y cuando no la veíamos no usaba el bastón para marcar posturas y pasos, sino que se apoyaba en él para caminar, un gesto doloroso y viciado. Estuve muy poco tiempo tomando esas clases; no sirvo para el ballet, tengo pies planos. También entré en otra ocasión, cuando en una sala estrecha como un pasillito, se hicieron lecturas de poesía. No sé ahora quién las organizaba; traían poetas de Buenos Aires que leían lo suyo, medio tiritando de frío porque no hay calefacción ahí. Así que leían pocos poemas o muy breves, y luego los que organizaban se los llevaban corriendo a comer pollo asado a una parrilla que se llama El Pollo Atómico.

            Cuando vuelvo a concentrarme en el recital, ya es el final. El público aplaude de pie. Lionel Hampton abre sus brazos de par en par y hace unas reverencias. Muy elegante, muy cálido. Sale del escenario y el público sigue aplaudiendo, pidiéndole un bis. Entonces él regresa, toca otra vez. Un tema largo y melancólico, que él lo hace sonriendo, y la gente se extasía; tal vez sea una melodía de la gloria del jazz y yo no la conozca. Alguna vez toqué el clarinete, en una banda, en la secundaria, pero eso no me lo enseñaron. Me enseñaron El cóndor pasa.

            Luego del bis viene otro bis. Y otro bis y otro bis. Entra y sale de escena cuatro veces. De pronto, empiezo a odiar a Lionel Hampton. Deseo que pase algo, que le pase algo que impida que siga tocando hasta el infinito. No va a irse del escenario si alguien no lo saca, pienso. Alguien tiene que ir a buscarlo y decirle que el show terminó, que baje del escenario de una vez. A lo mejor está senil, sigo pensando, y perdió la noción del paso del tiempo. Es la medianoche ya. Pero no parece en absoluto un hombre de noventa años, un ancianito. Es el poder de la música, dionisíaco, dice mi hombre. Él está feliz, él lo pasó en grande. Este hombre no se va a morir nunca, murmura. Lionel Hampton se inclina por última vez, ante su público. Yo también me pongo de pie, aplaudo. Es el final del recital, ese hombrecito sale por el foro, exultante. Nos vamos a comer pizza.

                                                                  

                                                                           

Patricia es rosarina, nació en 1965 y ganó el Premio Clarín de Novela en 2003 con el libro PERDIDA EN EL MOMENTO...

           

super-kitsch-anti-kitsch- ponete un pin...

Publicado en Jodas el 3 de Enero, 2008, 14:17 por MScalona

Katherine Mansfield

Publicado en Cuentos el 3 de Enero, 2008, 12:37 por Lauisaia

LA VIDA DE MAMÁ PARKER

Al abrirle la puerta esa mañana, el caballero escritor, cuyo departamento la vieja Mamá Parker limpiaba todos los martes, le preguntó por su nieto. Mamá Parker, parada sobre el felpudo en el pequeño vestíbulo sombrío, estiró la mano para ayudar al caballero a cerrar la puerta antes de contestar:

- Lo enterramo` ayer, señor- dijo con calma.

- ¡Oh, Dios mío, cuánto lo siento!- contestó el caballero escritor en tono compungido-. Estaba desayunando. Se sintió incómodo. No podía regresar al abrigado saloncito sin decirle algo...algo más. Luego, como esa gente le daba tanta importancia a los funerales, agregó amablemente:- Espero que el funeral haya salido bien. Mamá Parker no contestó. Agachó la cabeza y se fue rengueando a la cocina, aferrando la vieja bolsa de pescado donde guardaba sus utensilios de limpieza, un delantal y un par de pantuflas. El caballero escritor alzó las cejas y volvió a su desayuno.

-Vencida, supongo- dijo en voz alta, sirviéndose un poco de mermelada.

La anciana tomó la pava de hierro sobre la cocina a gas y la llevó a la pileta. El ruido del agua tamborileando dentro de la pava parecía calmar su dolor. Llenó también el balde y la palangana. Un libro entero no bastaría para describir el estado de esa cocina. Durante la semana, el caballero escritor " se las arreglaba solo". Pero Mamá Parker no le guardaba rencor. Le daba lástima ese caballero tan joven sin que nadie lo cuidara. En ese instante se oyó un ruido de pasos  y el caballero escritor apareció, vestido de calle.

- Voy a salir, señora Parker.

-Muy bien, señor.

- Le dejé su media corona sobre el escritorio.

- Gracias, señor.

- Ah, y por casualidad, señora Parker, preguntó apresuradamente el caballero escritor- ¿ no habrá tirado un resto de cacao la última vez que estuvo acá, no?

- No señor.

-¡ Qué raro! Hubiera jurado que quedaba una cucharada de cacao en la lata. Antes de tirar algo siempre avíseme, sabe señora Parker? Y salió muy complacido consigo mismo, convencido de haberle demostrado a la señora Parker que bajo su aparente descuido, estaba tan alerta como un ama de casa.

Ella llevó sus cepillos y trapos al dormitorio, pero cuando comenzó a hacer la cama, el recuerdo del pequeño Lennie le resultó insoportable. Era demasiado... toda su vida había tenido que soportar demasiado y nadie hasta ahora la había visto llorar, jamás. Siempre con la frente alta. Pero muerto Lennie... no tenía nada. Se sentía tan miserable que se puso la chaqueta y salió del departamento como una sonámbula. Si pudiera llorar, sólo pensaba, llorar largo rato, llorar por todo, llorar como Dios manda... debía hacerlo, no podía postergarlo más, no podía esperar más... ¿ Pero a dónde podía ir?

No podía ir a su casa, la hija estaba allí. No podía sentarse en un banco, la gente le haría preguntas. No le era posible regresar al departamento del señor, no tenía derecho a llorar en casa ajena. ¿No habría algún lugar en el mundo donde pudiera, por fin, soltar el llanto?

Mamá Parker se detuvo, mirando a un lado y a otro. El viento helado le hinchó el delantal como si fuese un globo. Y ahora empezaba a llover. No había ningún lugar.

Katherine Mansfield (fragmento), del libro Un viaje imprudente

                                                                                                

PREMIO CLARÍN en ROSS, mañana...

Publicado en General el 3 de Enero, 2008, 12:13 por MScalona



Librería Ross, Clarín y editorial Alfaguara invitan a la presentación de El lugar perdido de Norma Huidobro, ganadora del Premio Clarín de Novela 2007, cuyo jurado estuvo compuesto por los escritores Jose Saramago, Rosa Montero y Alberto Manguel.

Viernes 4 de enero, 19.30 horas en Ross Centro Cultural (Córdoba 1345 - Altos de librería Ross). Entrada libre y gratuita.

Sobre “El lugar perdido”: Villa del Carmen, Jujuy, 1977. Son muchos los que se han ido del pueblo a probar suerte en la ciudad. Quedan, sobre todo, mujeres: entre ellas Marita. Hasta allí llega un hombre buscando información sobre Matilde Trigo, la novia de un supuesto subversivo; quiere unas cartas que ella le envió a su amiga. Pero Marita se las niega; protege a  Matilde y defiende su dignidad. ¿Hasta dónde llegará el hombre en su búsqueda? ¿Hasta dónde podrá Marita proteger su intimidad? ¿Qué recuerdos y escenas sepultadas, qué lugares perdidos, buscan salir a la luz en la conciencia de los protagonistas? Un coro de voces hila con finura las distintas historias que la novela despliega y revela el drama íntimo de los personajes sobre el telón de fondo del gran drama de la persecución politíca.

NORMA HUIDOBRO nació en Lanús (provincia de Buenos  Aires) en 1949. Es profesora de Letras, graduada en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Fue docente de Literatura en colegios secundarios para adultos y coordinó talleres literarios. Actualmente se desempeña como correctora y redactora en una editorial de libros infantiles. Es autora de numerosas obras de literatura infantil y juvenil, entre ellas, sus novelas policiales El Sospechoso viste de Negro, ¿Quién conoce a Greta Garbo?, Octubre, un crimen y Los cuentos del Abuelo Florían (o 4 fábulas al revés), han recibido premios y distinciones.

Organiza
Alfaguara, Clarín y librería Ross

Auspicia
Hoteles Solans

Ross Centro Cultural

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-