"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




31 de Diciembre, 2007


C A R V E R

Publicado en De Otros. el 31 de Diciembre, 2007, 13:21 por MScalona
Carver, USA, 1939-1988, junto a Tess Gallagher

Intimidad

Tengo unas gestiones que hacer al oeste del estado, así que aprovecho para pararme en la pequeña población donde vive mi ex mujer. No nos hemos visto en cuatro años. Pero de cuando en cuando, siempre que se publica algo mío o escriben sobre mí en revistas y periódicos -una semblanza, una entrevista-, le envío los recortes. No sé por qué lo hago; tal vez porque pienso que puede interesarle. Pero ella nunca me contesta.

Son las nueve de la mañana. No la he llamado por teléfono, y la verdad es que no sé cómo va a recibirme. Pero me deja pasar. No parece sorprendida. No nos damos la mano. Ni que decir tiene que no nos besamos. Me hace pasar a la sala. Llevo apenas unos segundos sentado cuando me trae café. Luego empieza a decirme lo que piensa. Dice que soy el culpable de su angustia, que he hecho que se sienta desnuda y humillada.

Que quede claro: me suena tan familiar que no me siento en absoluto incómodo.

Dice: Y entonces te metiste de lleno en el engaño. Tan pronto. Siempre te has sentido bien en el engaño. No, no es cierto. Al principio al menos no era así. Entonces eras diferente. Pero también yo era distinta, imagino. Todo era distinto entonces. No, fue después de que cumplieras los treinta y cinco, o treinta y seis, por esa época, no sé cuándo exactamente, mediada la treintena. Entonces empezaste. Vaya si empezaste. Te volviste contra mí. Te despachaste a gusto. Debes de sentirte muy orgulloso de ti mismo.

Dice: A veces tengo ganas de gritar.

Deberías olvidar los días duros, los malos tiempos al hablar de aquella época, me dice. Párate a pensar también en los buenos, me dice. ¿O es que no los hubo? Le gustaría que dejase a un lado los otros, los malos. Está harta del dichoso tema. Hastiada de oír hablar de ello. Tu cantinela preferida, dice. Lo hecho, hecho está, y el pasado nadie puede cambiarlo. Una tragedia, sí. Bien sabe Dios que fue una tragedia, más que una tragedia. Pero ¿a qué viene volver sobre ello? ¿Es que no te cansas nunca de desenterrar la vieja historia?

Dice: Deja a un lado el pasado, por el amor de Dios. Todas esas viejas heridas. Seguro que en tu carcaj han de quedarte otras flechas.

Dice: ¿Sabes una cosa? Creo que estás enfermo. Creo que estás como una cabra. Oye, ¿no te creerás todas esas cosas que dicen de ti? No te las creas ni en broma. Mira, yo podría contarles un par de cosas. Déjame hablar con ellos; yo sí que podría contarles algo bueno.

Dice: ¿Me estás escuchando?

Te estoy escuchando, digo. Soy todo oídos, digo.

Dice: ¡Lo que he tenido que aguantar, señor mío! Y además, ¿quién te ha pedido que vengas a verme? Yo no, desde luego. Apareces y entras. ¿Qué diablos quieres de mí? ¿Sangre? ¿Más sangre? Pensaba que tenías ya la panza llena.

Dice: Piensa que estoy muerta. Quiero que me dejes en paz. Lo que quiero es que me dejes en paz, que me olvides. Mira, tengo cuarenta y cinco años. Cuarenta y cinco, y tengo la impresión de tener cincuenta y cinco, o sesenta y cinco. Así que déjame en paz, ¿quieres?

Dice: ¿Por qué no borras toda la pizarra y miras luego lo que queda? ¿Por qué no empiezas de nuevo otra pizarra? Hazlo, a lo mejor llegas lejos. Esto último le hace reír. Yo río también, pero en mi caso son los nervios.

Dice: ¿Sabes una cosa? También yo tuve mi oportunidad, pero la dejé pasar. Sí, la dejé pasar. No creo habértelo contado nunca. Pero ahora mírame. ¡Mírame! Échame un buen vistazo, ahora que puedes. Me dejaste tirada como un trapo, grandísimo hijo de puta…

Dice: En aquel tiempo yo era más joven, y mejor persona. Quizá tú también lo eras. Mejor persona, me refiero. Lo eras, sin duda. Tenías que ser mejor persona, porque si no, nunca habría tenido nada que ver contigo.

Dice: Te quise tanto. Te quise con locura. Sí, así te quise. Más que a nada en el mundo. ¿Te das cuenta? Es para morirse de risa. ¿Te imaginas? Estábamos tan íntimamente unidos en aquella época que apenas puedo creerlo. Creo que eso es, precisamente, lo que más extraño se me hace ahora. El recuerdo de haber tenido tal intimidad con alguien. Una intimidad tan grande que me dan ganas de vomitar. No me cabe en la cabeza una intimidad así con otra persona. Nunca he vuelto a tenerla.

Dice: Sinceramente, quiero que me dejes al margen de todo de ahora en adelante. Lo digo en serio. Además, ¿quién te has creído que eres? ¿Te crees Dios o algo parecido? Tú no eres digno ni de lamerle las botas. Ni las botas de Dios ni las de nadie, si vamos al caso. Señor mío, ha estado usted frecuentando gente que no le conviene. Pero ¿qué puedo saber yo? Ya ni siquiera sé qué es lo que sé. Pero sé que no me gusta lo que has ido repartiendo a manos llenas. Al menos sé eso. Ya sabes a lo que me refiero, ¿no? ¿Me equivoco?

No, digo. En absoluto.

Dice: Vas a darme la razón en todo, ¿no? Te das por vencido muy fácilmente. Siempre has sido igual. No tienes principios, ni uno solo. Eres capaz de cualquier cosa con tal de escurrir el bulto al menor conflicto. Aunque eso no viene a cuento.

Dice: ¿Te acuerdas de aquella vez que te amenacé con un cuchillo? Lo dice como de pasada, como si se tratara de algo sin importancia. Vagamente, digo. Seguramente me lo merecía, pero no lo recuerdo bien. Vamos, cuéntamelo, adelante.

Dice: Creo que ahora empiezo a entender... Creo que sé a qué has venido. Sí. Sé por qué estás aquí, aunque quizá tú no lo sepas. Pero eres un viejo zorro. Sabes por qué estás aquí. Has salido de pesca. En busca de material. ¿Me acerco? ¿He dado en el clavo? Cuéntame lo del cuchillo, digo.

Dice: Si te interesa saberlo, lamento no haber llegado a utilizarlo. De veras. Lo digo con el corazón en la mano. Lo he pensado una y mil veces, y siento mucho no haberlo utilizado. Tuve ocasión de hacerlo. Pero vacilé. Dudé y la oportunidad se perdió, como dijo alguien. Pero debería haberlo utilizado, y al diablo con todo. Debería haberte dado un tajo en el brazo, al menos. Al menos eso.

Pero no lo hiciste, digo. Creí que ibas a darme una cuchillada, pero no lo hiciste. Luego te quité el cuchillo.

Dice: Siempre has tenido suerte. Me lo quitaste y me diste una bofetada. Siento mucho no haber utilizado aquel cuchillo. Un pequeño corte, al menos. Hasta un pequeño corte habría bastado para dejarte un buen recuerdo mío. Tengo montones de recuerdos, digo. Y al punto me arrepiento de haberlo dicho.

Dice: Amén, hermano. Por si no te has dado cuenta, ahí está la manzana de la discordia. Ahí reside todo el problema. Pero en mi opinión, como ya te he dicho, recuerdas lo que no deberías recordar. Recuerdas las cosas bajas, vergonzosas. Por eso te has interesado tanto cuando he sacado a relucir lo del cuchillo.

Dice: Me pregunto si alguna vez te arrepientes de algo. Si es que ese sentimiento vale algo hoy día. No mucho, me temo. Aunque tú deberías ser ya un especialista en el tema. Arrepentimiento, digo. No me interesa gran cosa, la verdad. No es un vocablo que utilice muy a menudo. Arrepentimiento. No, supongo que en general no siento nada parecido. Admito que tengo tendencia a recrearme en el lado oscuro de las cosas. Bueno, a veces. Pero ¿arrepentimiento? No, creo que no.

Dice: Eres un grandísimo hijo de puta, ¿lo sabías? Un despiadado e insensible hijo de puta. ¿ Te lo han dicho alguna vez?    - Sí, tú, digo. Miles de veces.

Dice: Yo siempre digo la verdad. Aunque duela. Nunca podrás agarrarme una mentira.  Se me cayó la venda de los ojos hace mucho tiempo, pero ya era tarde. Tuve mi oportunidad, pero la dejé escapar entre los dedos. Durante un tiempo llegué incluso a pensar que volverías. ¿Cómo pude imaginar algo semejante? Debía de estar muy desquiciada. Tengo ganas de llorar a mares, pero no voy a darte ese placer.

Dice: ¿Sabes? Si te estuvieras quemando vivo ahora mismo, si de pronto tu cuerpo se pusiera a arder en este mismo instante, no correría a echarte encima un balde de agua.

Ríe ante lo que acaba de decir. Pero su semblante vuelve a ponerse grave en seguida.

Dice: ¿Qué diablos haces aquí? ¿Quieres seguir oyendo cosas? Podría seguir así días y días. Creo que sé por qué has venido, pero quiero que seas tú quien me lo diga.

Al ver que no respondo, que sigo allí sentado y quieto, continúa.

Dice: A partir de entonces, a partir del día en que te fuiste, ya nada me importaba. Ni los niños, ni Dios, ni nada. Era como si no supiera qué cataclismo me había fulminado. Era como si de pronto hubiera dejado de vivir. Había ido viviendo año tras año, y de pronto la vida cesaba. No se detenía sin más, sino con un chirrido horrible. Pensé: si para él no valgo nada, tampoco valgo nada para mí misma, para nadie. Eso fue lo peor. Sentía que se me iba a romper el corazón. ¿Qué, digo? Se me había roto. Claro que se me rompió. Así, sin más. Y sigue roto, si te interesa saberlo. Esa es la verdad, en pocas palabras. Lo puse todo en ti: todos los huevos en la misma canasta. Eso es lo que hice. Todos los huevos podridos en la misma canasta.

Dice: Encontraste a otra, ¿no es eso? No te llevó mucho tiempo. Y ahora eres feliz. Eso es lo que dicen de ti, al menos. «Ahora es feliz.» ¿Sabes? ¡Leí todo lo que me mandaste! ¿Pensabas que no iba a hacerlo? Escuche, señor, le conozco muy bien. Siempre te he conocido bien. Entonces y ahora. Conozco el fondo de tu corazón. Todos sus recovecos. No lo olvides nunca. Tu corazón es una jungla, una selva oscura. Un cubo de la basura, por si quieres saberlo. Si quieren preguntar a alguien, diles que vengan a hablar conmigo. Yo sé muy bien cómo funcionas. Tú deja que vengan por aquí: se enterarán de un buen puñado de cosas. Yo estaba allí. En primera línea, camarada. Luego me exhibiste y ridiculizaste en tu... «literatura». Para que todo el mundo me compadeciera o se permitiera juzgarme. Pregúntame si me importaba. Pregúntame si pasé vergüenza. Vamos, pregúntamelo.

No, digo. No voy a preguntártelo. No quiero entrar en eso, digo.

¡Pues claro que no quieres! ¡Y también sabes por qué!

Dice: Querido, no quiero ofenderte, pero a veces creo que sería capaz de pegarte un tiro y quedarme mirando cómo estiras la pata.

Dice: No puedes mirarme a los ojos, ¿eh? (y son palabras literales): Ni siquiera eres capaz de mirarme a los ojos cuando te hablo.

Muy bien, de acuerdo, la miro a los ojos.

Dice: Así. Perfecto. Puede que así podamos llegar a alguna parte. Así está mucho mejor. Si la miras a los ojos, puedes saber mucho de la persona con quien hablas. Lo sabe todo el mundo. Pero ¿sabes otra cosa? Nadie en todo el planeta se atrevería a decírtela. Nadie más que yo. Yo tengo derecho. Me gané ese derecho, querido. Bien, escucha, te crees alguien que no eres. Esa es la pura verdad. Pero ¿qué puedo saber yo? Eso es lo que dirán en los cien próximos años. Dirán: «¿Quién era ella, al fin y al cabo?»

Dice: En cualquier caso, de lo que no hay duda es de que tú sí me has tomado a mí por otra persona. ¡Ya ni siquiera tengo el mismo nombre! Ni el que me pusieron cuando nací, ni el que llevé cuando vivía contigo, ni el que tenía hace un par de años. ¿Cómo se explica eso? ¿A qué vienen todos estos cambios? Pues bien, escucha: quiero que me dejes vivir en paz. Por favor. No creo que sea un crimen.

Dice: ¿No deberías estar en otra parte? ¿No tienes que tomar ningún avión? ¿No tendrías que estar en algún sitio a doscientos kilómetros de aquí en este preciso instante?

No, digo. Y lo repito: No. No tengo que estar en ninguna parte. Y entonces hago algo. Alargo la mano y le tomo la manga de la blusa entre el pulgar y el índice. Y eso es todo. No hago más que tocarla así, y después retiro la mano. Ella no se aparta. No se mueve. Y he aquí lo que hago luego: me pongo de rodillas, un tipo grande como yo, y tomo el dobladillo de su vestido. ¿Qué estoy haciendo en el suelo? Me gustaría saberlo. Pero sé que estoy donde debo estar, y sigo de rodillas aferrado al bajo de su vestido.

Se queda inmóvil un instante, pero al momento siguiente dice: Está bien, bobo. Eres tan tonto a veces... Levántate. Te digo que te levantes. Venga, hazme caso. Ya lo he superado. Me llevó bastante tiempo, pero logré superarlo. ¿Qué creías? ¿Que me iba a ser fácil? Luego apareces en mi puerta y toda la vieja historia se me viene de nuevo encima. Necesitaba airearla. Pero sabes y sé que todo aquello es agua pasada.

Dice: Durante mucho tiempo mi desconsuelo fue total. Inconsolable... Así estaba yo, cariño. Anota esa palabra en tu pequeña libreta. Puedo decir por experiencia que es la palabra más triste de todo el diccionario. Bien, pero al final pude superarlo. El tiempo es un caballero, dijo un sabio. O alguna mujer vieja y cansada, quién sabe.

Dice: Ahora tengo una vida. Una vida diferente de la tuya, pero supongo que no debemos compararlas. Es mi vida, y eso es lo importante; es de eso de lo que tengo que ser más y más consciente a medida que envejezco. Pero no te sientas demasiado mal. Bueno, quizá tampoco pase nada porque te sientas un poco mal. No te morirás, y es lo menos que puede esperarse de alguien que no es capaz de arrepentirse.

Dice: Vamos, levántate. Tienes que irte. Mi marido está a punto de llegar para el almuerzo. ¿Cómo podría explicarle todo esto?

Es absurdo, pero sigo de rodillas aferrado al bajo de su vestido. No quiero soltarlo. Soy como un terrier, y es como si estuviera pegado al suelo. Como si no pudiera moverme.

Dice: Levántate ahora mismo. ¿Qué pasa? ¿Quieres algo más de mí? ¿Qué es lo que quieres? ¿Que te perdone? ¿Por eso haces todo esto? Es por eso, ¿no es cierto? Por eso te desviaste para venir a verme. Lo del cuchillo parece que te ha reanimado un poco. Creí que lo habías olvidado. Pero ahí estaba yo para recordártelo. Bien, si te vas ahora mismo te diré algo.

Dice: Te perdono. ¿Satisfecho? ¿Mejor así? ¿Te sientes feliz? Sí, ahora se siente feliz. Pero yo sigo allí, arrodillado.

Dice: ¿Has oído lo que he dicho? Tienes que irte. ¿Eh, bobo? Querido, te he dicho que te perdono. Hasta te he recordado lo del cuchillo. ¿Qué más puedo hacer? Has salido bien parado, pequeño. Vamos, date prisa, tienes que irte. Levántate. Así, muy bien. Sigues siendo un hombre grande, ¿eh? Aquí tienes tu sombrero. No te olvides el sombrero. Antes nunca llevabas sombrero. Nunca en la vida te había visto con sombrero.

Dice: Escucha. Mírame. Escucha atentamente lo que voy a decirte.

Se acerca. Su cara está apenas a un palmo de la mía. No habíamos estado tan cerca en mucho tiempo. Aspiro el aire entrecortado y quedamente para que no me oiga, y espero. Tengo la impresión de que el corazón me late más despacio.

Dice: Cuéntalo como crees que debes, y olvida lo demás. Como siempre has hecho. Llevas tanto tiempo haciéndolo que no te será muy difícil.

Dice: Bien. Ya está hecho. Eres libre, ¿no es cierto? Al menos piensas que lo eres. Libre al fin. Era una broma, pero no te rías. De todas formas te sientes mejor, ¿no crees?

Me acompaña por el pasillo.

Dice: No sé cómo podría explicarle esto a mi marido si apareciera en este momento. Pero qué importa. Si nos ponemos a pensarlo, hoy día a nadie le importa un comino nada. Además, creo que todo lo que podía pasar ya ha pasado. A propósito, mi marido se llama Fred. Es un buen hombre. Trabaja duro para ganarse la vida. Y se preocupa por mí.

Me acompaña hasta la puerta, que ha estado abierta todo el rato. Durante toda la mañana han estado entrando la luz y el aire fresco y los ruidos de la calle, pero no nos hemos dado cuenta. Miro hacia el exterior y veo, oh, Dios, una luna blanca suspendida en el cielo de la mañana. No creo haber visto jamás nada tan extraordinario. Pero me da miedo comentarlo. Sí, me da miedo. No sé lo que podría pasar. Hasta podría echarme a llorar. O no entender en absoluto mis propias palabras.

Dice: Puede que algún día vuelvas a verme o puede que no. Lo de hoy no tardará en borrarse, lo sabes. Pronto volverás a sentirte mal. A lo mejor consigues una buena historia de todo esto. Pero si es así, no quiero saberlo.

Le digo adiós. Ella no dice nada. Se mira las manos, luego se las mete en los bolsillos del vestido. Sacude la cabeza. Vuelve a entrar en casa, y esta vez cierra la puerta.

Me alejo por la acera. Unos niños se pasan un balón de fútbol al otro extremo de la calle. Pero no son hijos míos. Ni hijos de ella. Hay hojas secas por todas partes, incluso en las cunetas. Mire donde mire, las veo a montones. Caen de los árboles a mi paso. No puedo avanzar sin que mis pies tropiecen con ellas. Deberían hacer algo al respecto. Deberían tomarse la molestia de agarrar un rastrillo y dejar esto como es debido.

Raymond Carver
Tres rosas amarillas
(traducción de Jesús Zulaika, Editorial Anagrama. Narrativa 175)

Formas de discriminación

Publicado en Aguafuerte el 31 de Diciembre, 2007, 9:51 por MScalona

   ZOMBIES

                                                        

                                                       

Acostumbran a entrar en todas partes como si fueran de puntillas abrigando un respeto enigmático a los sanos, a sus reacciones imprevistas, temor a perturbarlos una vez desvelada la mala suerte de tocarles a ellos esa macabra china en el sorteo de aquel maldito VIH de los demonios. Alerta a la actitud de los demás, a sus cubiertos incontaminados, al olfato del jefe, al hospital, a la enfermera que pone el rotulito de "precaución especial" para los despistados que se equivoquen de pasillos en horas de visita; temor el farmacéutico que pudiera sentirse invadido, contagiable, por quienes fueron definidos inicialmente como promiscuos reincidentes, víctimas de un error hospitalatario o drogadictos sin precaución. Temor, acaso, al compañero, al pensar explicarle el resultado positivo de un análisis con la certeza de pertenecer a un grupo que lleva entregados a una muerte temprana millones de años de vida generalmente joven.

Acostumbran a entrar en todas partes como si fueran de puntillas abrigando un respeto enigmático a los sanos, a sus reacciones imprevistas, temor a perturbarlos una vez desvelada la mala suerte de tocarles a ellos esa macabra china en el sorteo de aquel maldito VIH de los demonios. Alerta a la actitud de los demás, a sus cubiertos incontaminados, al olfato del jefe, al hospital, a la enfermera que pone el rotulito de "precaución especial" para los despistados que se equivoquen de pasillos en horas de visita; temor el farmacéutico que pudiera sentirse invadido, contagiable, por quienes fueron definidos inicialmente como promiscuos reincidentes, víctimas de un error hospitalatario o drogadictos sin precaución. Temor, acaso, al compañero, al pensar explicarle el resultado positivo de un análisis con la certeza de pertenecer a un grupo que lleva entregados a una muerte temprana millones de años de vida generalmente joven.

Unidos por un virus que la casualidad o la obcecación ha metido en sus cuerpos, muchos de estos enfermos suben las escaleras de sus casas con las defensas que contados amigos, botellas de agua mineral y chaquetas de flores les proporcionan frente a la deshidratación y el pesimismo. Tararean-como en la infancia la tabla de multiplicar- las situaciones que crean los TH1, los TH2, la "cikotina" y los CD4 dentro de su organismo una vez que han fallado las defensas y, sin conciencia de posteridad, entran en el misterio del mecanismo profundo de ese virus que se agazapa o se adormece y se reactiva caprichosamente; que lo exilia de los sanos, de sus escuelas, de las cuestas del barrio, del ajetreo de la ciudad, del puesto de trabajo.

Hubo una época, cuando no eran tan numerosos, durante el cual se atormentaban con una especie de culpa gratuita: por qué estuvieron aquel día concreto, en aquel sitio, con aquella persona (la memoria está habituada a repartirse entre el "después" y el "antes" del contagio, un "antes" imposible de delimitar y un "después" que no pasa de la década); pero en seguida se dijeron: tampoco es que los íntegros, vividores de la seguridad, los precavidos de guantes de goma y capucha como norma (incluso cuando no hay- y aun cuando no hubiera- causa que reclamara encubrimiento o protección), los promiscuos del bostezo y el tipo de interés, los reyes de la apestada indiferencia, se lo han montado tan perfecto. Morir de adulteración de poder, de sobredosis de yo "tengo, tengo, tengo y tu no tienes nada" de la copia infantil, no es, precisamente, una pasión que los merezca, ni los años difíciles que nos vienen con brotes de racismo, de negación del otro, del débil, del distinto, anuncian otra aurora. Por eso quedaron convencidos de que no actuaron mal aquel día; nadie izo mal porque estuviera en el lugar de un hecho en el que algo no fue bien. Es que, efecto, algo no fue como se había previsto, algo no resultó, algo llegó torcido, lo cual no lleva a invalidar el impulso que produjo imprevisiblemente el accidente.

La ciudad, ya se sabe, está tomada por los fuertes. Hace unos pocos años, cuando cayeron los primeros jóvenes de esta cadena, nuestra generación comenzó a decidirse por el "tengo, tengo, tengo" de la vieja canción o por, frente al alarde de poseer, el respeto al reducto intimo, la experiencia del cuerpo y la aventura del vivir y del soñar que parecían abiertamente incompatibles con el vértigo del tener.

Hoy, bajo el orden de la mediocridad que el presente insolidario, gran cobrador de víctimas, proclama, de los libros aquellos, de los sueños de aquellos, de sus músicas, emergen estos "zombies", negación de un mundo autodenominado sano, en verdadera náusea terminal él ante todo y ante todos cuando niega a los otros, al extranjero y al débil, su perfil verdadero, es decir, las razones de una diferencia que por ningún motivo ha de ser allanada. Ese perfil escuálido del enfermo de SIDA es uno de los que hoy por hoy tiene la libertad del mundo,  un mundo encapuchado- con artilugios de la desconfianza y el encubrimiento con los que mata, con los que ama- tan indeseable como posible que tenemos encima y que va a resultarnos (sin lo que nuestros "zombies" representan y sienten, sin lo que el sueño de aquellos "zombies" disidentes sigue representando) verdaderamente insoportable. 

FANNY  RUBIO,  Revista AJOBLANCO, Madrid, dic. 93

oportunidades

Publicado en Humor el 31 de Diciembre, 2007, 9:28 por MScalona

www.lanacion.com

 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-