"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




- morOnetti -

Publicado en De Otros. el 23 de Diciembre, 2007, 10:58 por MScalona

                                                                                                                    

                                                                                                                       

La narrativa de Onetti creció al costado de todos los caminos. Es tributaria de la impiadosa mirada de Roberto Arlt sobre las subjetividades huérfanas que se pierden en las calles oscuras de la ciudad fantaseando amores puros y crímenes atroces. Es hija de la decepción radical de Louis Ferdinad Celine, de la renovación técnica y perceptiva de William Faulkner. También del desdibujamiento de la identidad plantado en los textos de Franz Kafka y de la autonomía que Jorge Luis Borges edificó para la ficción. Pero entre esas marcas inescapables, Onetti cava desde la nouvelle El pozo (Montevideo, 1939) hasta Cuando ya no importe (Madrid, 1993) una obra impar e impiadosa que, sin embargo, contiene a su propio revés: "Mi literatura es una literatura de bondad. El que no lo ve es un burro", le descerrajó a la periodista María Esther Gilio quien ahí nomás le retrucó: "Los burros son muchos entonces".

            Sucede que tras el sabor a hiel que retiene el paladar después de concluir con un resoplo liberador la lectura de Los adioses o de El astillero no es tan fácil recostarse en el alivio de la caricia piadosa que también Onetti dispensa a sus personajes, esos fondistas del fracaso que imaginaron el amor total, el prostíbulo perfecto, el negocio salvador, la gran estafa, el crimen compensatorio, la juventud eterna, afanes que de algún modo parafrasean su magnífico cuento Un sueño realizado.

            En términos generacionales y de la evolución literaria del siglo XX, Onetti, como Arlt, -indudable padrino del desengaño-, releva el nuevo paisaje humano de Latinoamérica cuando el ruralismo se retira entre las nostalgias desangradas de Don segundo Sombra. En su primer cuento publicado en La Prensa en 1933 (Diagonal Norte-Avenida de Mayo-Diagonal Norte) ya está esa deriva por la ciudad mientras alma adentro se cocinan deseos de ardua consumación. En El Pozo ya transpira por las paredes del texto una humedad que no se desprenderá nunca: el choque con la vulgaridad diaria y la búsqueda de caminos alternativos que van a dar a la fantasía.

            Onetti  crece literariamente en un clima donde se maceran la lucha contra el fascismo, la presión política, anímica y cultural de dictaduras latinoamericanas, cuando los intentos de vertebrar frentes populares fracasan uno a uno como traccionados por la derrota republicana en España. En esa atmósfera las urbes latinoamericanas ascienden disparejamente hacia el cielo. Dentro de ellas, las rioplatenses, representadas a partir de 1950 en la mítica Santa María que Onetti-Brausen inventan para La vida breve, la novela que lo aproxima al carozo de su ingeniería corrosiva.

            Aproximadamente de izquierda (en 1929 quiere conocer de cerca la experiencia soviética; considera un malnacido a quien no apoye a la república española), mira con aire burlón a la militancia activa: al sujeto onettiano no lo salvará ni Marx ni ninguna religión monoteísta; una soledad supina lo tendrá conectado a sí mismo en busca de una resbaladiza intensidad. Tras los barrotes de su solipsismo renuncia a la acción y busca sostenerse en un pasado de músculos firmes y amores que se creían plenos o en la ensoñación diurna de los imaginativos. El entorno, en lo que pudiera cargar de reparador, ignora olímpicamente a sus personajes arrinconándolos en un mundo sin repertorio, teñido por la indiferencia, la repetición, la caída existencial del trabajo o la charlatanería cerril que murmura sonoras estupideces. Avanzando como en una hilera de hormigas, estos tipos a veces feroces y a veces tiernos, no intercambian mucho más que simulacros con las otras hormigas que se les cruzan en el camino.

            Todos están en la ciudad, pero con una estampa dislocada. Como quien comprende que las vidrieras bruñidas no son para él o no le importan; como quien no cree en nuevos sistemas de iluminación urbana. Los hiperestésicos muchachos de Onetti (porque muchachas casi no hay o están en segundo plano, y oscilan entre la prostitución, el chancleteo o la equívoca santidad adolescente) dirigen sus ojos hacia otros rincones: paredes sucias, ventanales con vidrios rotos, chapas que gimen, pastizales rencorosos, construcciones inacabadas. O sea: el otro lado de la ciudad, el monstruo desangelado del que quizá convenga escapar (a una cabaña de troncos arropada por un amor joven, a una isla para escribir una gran obra.) En esos limbos el pequeño hombre pergeña su fuga aunque ni el tiro del final le va a salir. Mientras en Europa el existencialismo corrobora la caída de todos los dioses y describe la consecuente angustia, en tanto difícilmente se encuentre una persona que exprese "la placidez orgánica de estar viva". (Los adioses) es poco lo que cabe esperar.

            Esta narrativa áspera estuvo atravesada por el malentendido y fue, durante años, un guiño entre iniciados. Onetti siempre pegaba en el travesaño de la consagración. Su novela Tierra de nadie obtuvo el Segundo premio de Losada derrotado por Es difícil empezar a vivir, de Bernardo Verbistky. En el concurso de 1955 de Fabril Editora una novela olvidada le gana a El Astillero; Life en español premia a Ceremonia secreta de Marco Denevi en detrimento de su Jacob y el otro. Como meado por los perros, a Junatacadáveres, La casa verde de Mario Vargas Llosa le arrebata el Rómulo Gallegos en 1967. Todas las postergaciones quedarán compensadas cuando en 1980 las repare el premio Cervantes.

            Los años de baja visibilidad quedarán paulatinamente en el olvido con las ediciones en las mejores casas españolas, los estudios universitarios, las traducciones y los congresos post-mortem. Aquella niebla sobre su obra reconoce la doble causa de una lectura que presenta ciertos desafíos (al menos ante el realismo más chato) y la ceguera de quienes dejaron sus ficciones a la vera de la ruta que transitaban los del boom latinoamericano.

            Sin embargo, Onetti fue quien llevó más allá la experimentación técnica. Según Emir Rodríguez Monegal, es él quien pone en texto una concepción de la novela como "un organismo autónomo cuyas leyes narrativas son tan fatales para los seres de ficción como las de la naturaleza para un ser humano real".

            En sus obras de juventud se prefigura, en forma larvada, toda su exploración, con la aparición del sueño diurno. Pero la técnica se perfeccionará en La vida breve  cuando Brausen nos conduzca a Santa María y en esa "irrealidad" inventada ante los mismos ojos del lector dibuje puentes de ida y vuelta con el plano netamente realista. Juan José Saer denominó a este artilugio de cajas chinas (narración dentro de la narración) "realidad a la segunda potencia". A  esta invención hay que sumarle la relativización de lo que se cuenta, algo que siempre dependerá de un punto de vista determinante y plástico. 

Para armar estas realidades que se posan sobre sus páginas como nubes flotantes, Onetti arma un artefacto genial: el nexo relativilizador, una treta verbal introductoria de las secuencias narrativas, por ejemplo: "Nunca se supo con certeza…."; o; "tal vez se besaran después de haber oído a la sirvienta" o; "el escándalo debe haberse producido más adelante". Pero no se trata apenas de la destreza de un narrador hábil: en la relativización hay una filosofía que habla de la posible inutilidad de todo lo que sucede bajo el sol, del vacío de todo acto que inescapablemente será coronado por su final o su absurdo.

Enemigo de lo que él llamó "Literatosis" Onetti fue, es, sigue siendo, un narrador con hiperconciencia del lenguaje. Su famosa y aparente sequedad no alcanza para disimular su conocimiento del registro poético de la lengua: "Un humor de coro distante surgía de las conchas huecas, semihundidas en la arena del fondo" (El pozo). O:"La luz amarilla de la linterna se abrió en mi cara" (Los Adioses). La reiteración de palabras al encabezar la oración, anáfora, es también un recurso habitual y es un clásico de todo escritor que se proponga a custodiar su fraseo.

¿Puede ser leído en 2007 este anacrónico muchacho punk que dijo de mil maneras que la verdadera maldición radica en la imposibilidad de elegir? Pues pensamos que si. Y clamorosamente. Porque detrás de su rechazo a la salida del el sol esta el deseo de que ese sol vuelva a salir pero haciendo un guineo cómplice al reino de la posibilidad. Y debe ser leído para seguir disipando el mal entendido de que su pericia técnica produce un efecto neblina que no deja ver lo fundamental: el aparato del alma con todas sus vísceras expuestas. También para adentrase en la razón profunda de su decir ambiguo tan bien explicitada por él mismo: "Se dice que hay varias maneras de mentir; pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos. Porque los hechos son siempre vacíos, son recipientes que tomarán la forma del sentimiento que los llene".

                                                                                                                           

                    VICENTE   MULEIRO -   Revista   "Ñ"


  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-