"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




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Publicado en De Otros. el 19 de Diciembre, 2007, 0:59 por MScalona

Las palmeras, por ejemplo.

            Inevitables en los afiches de turismo, pueden convocar por sí solas un cielo más deslumbrante que cualquier alianza de azul y amarillo disponible en la imprenta: en la leve inclinación de sus troncos se delata la piadosa brisa vespertina; mejor que cualquier coreografía, el indolente mecerse de sus hojas sugiere el paso despreocupado de cuerpos bronceados junto al mar.

            No tienen sentido, desde luego, si no están valorizadas como objetos de deseo desde el paisaje industrial de ciudades templadas. Toda sociedad sueña su Apocalipsis, y el sol es ese círculo indefinido de amarillo pegajoso entre verdes y naranjas químicos, impreso en papel y pegado en las paredes del subterráneo de Estocolmo. Es accesible, también: en Estambul o Túnez, en Iberia o Creta, con personal de hotel que habla sueco y tarifas reducidas de ida y vuelta, la vacación misma resumida en ese violento estallido de luz impresa, en las cifras que deletrean, negro sobre blanco, su precio para los internados de un welfare state.

            Se trata de palmeras domadas, evidentemente. Pueden estar en oasis irreprochables, proyectar sombras crecientes sobre una arena que guarda el calor del día, pero cualquier comercio carnal asociado a su imagen ha sido traducido en términos de un intercambio diferido: divisas fuertes y economía subdesarrollada ponen en escena una ceremonia de violación cuya única posibilidad de gozo depende de una voluntaria suspensión de credulidad en la Némesis histórica. Aunque no hayan sido transplantadas, están tan exiliadas como las palmeras simbólicas de la Croisette, que guardan cintas de arena traída desde otra naturaleza y descargada por camiones frente al mar.

            Tal vez sea la costosa vecindad de boutiques y hoteles, casinos y festivales de cine lo que las mantiene vivas. ( Su taquigrafía son esas palmeras enanas, enmaletadas, huérfanas del trópico conciso que alguna vez proyectaron; florecen súbitamente, como flores de papel japonesas en un vaso de agua, para proponer deshidratados jardines de invierno, fantasmales salones para el desayuno: el glamour acallado, si no obsoleto, de nombres como Ritz o Maxim"s.) Si se las extirpara de esa segunda naturaleza, la que el dinero puede pagar, se pudrirían o se petrificarían. Como esos troncos pesados, callosos, amarillentos, que en la Plaza de Mayo enfrentan a una casa de gobierno pintada de color rosado, o sus facsímiles en el verdor duplicado de los lagos de Palermo: sí, las palmeras de Buenos Aires son las más tristes. Más cercanas al paisaje real, por lo menos que las de Londres o Frankfurt, son una errata: no ilustran el trópico, el ocio abigarrado de Bahía o la fascinación políglota, epiceno, de colonias como Macao o Suraby; como los habitantes de la ciudad, con su industriosidad de zombies, pertenecen a una tierra de nadie poblada por identidades desplazadas,  a un reino de vudú urbano.

            Quizá porque siempre parecieron estar en lugar de otra cosa, y para otros, me agradan más las palmeras desafiantemente bidimensionales, en blanco y negro; sobre todo cuando parpadean en un fondo proyectado detrás de la chica del cabaret y de su amigo marinero durante el paseo dominical. Hemos aprendido que no puede haber exotismo en la naturaleza si no se apoya en un erotismo social o cultural, y es el perfume de la piña, que están cortando en cuatro mientras busco unos cruzeiros en mi traje de baño mojado, lo que me devuelve Ipanema, así como es la trabajosa mecanografía de esta oración, mirando filas de ventanas ciegas desde mi propia ventana mirando al sur, lo que me confirma París.

                                                                                      

                                                                                      

                                                                                      

                                                                                      

 EDGARDO COZARINSKY.  Vudú Urbano. EMECÉ-

 EDGARDO COZARINSKY.  Vudú Urbano. EMECÉ-

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-