"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




16 de Diciembre, 2007


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Publicado en De Otros. el 16 de Diciembre, 2007, 20:50 por MScalona

EL VIAJE SENTIMENTAL

Anoche, buscando una radiografía que evidentemente había extraviado, pasó más de media hora sumido en un cajón lleno de papeles rara vez aireados: monótona maraña de facturas de electricidad y gas, horarios de tren y folletos publicitarios de hoteles. Entre ellos descubrió un pasaje de avión que automáticamente puso a un lado: pensó archivarlo más tarde junto a otros documentos que, con más suerte que astucia, podrían procurarle una deducción fiscal. Descorazonado, devolvió al finalmente todo ese papelerío a su purgatorio común, sin atreverse, como ya había ocurrido otras veces a lo largo de los años, a hallarles un nuevo, transitorio domicilio en el tacho de la basura.

Una rápida mirada le  informó que el pasaje era demasiado viejo como para ser objeto de cualquier redención; también le reveló que la última página, no utilizada, aún estaba en el cuadernillo. Sólo entonces, con un aguijón tan breve y penetrante como la electricidad, reconoció que ese era el pasaje con que <<se había ido>>: la última página correspondía al nunca realizado tramo de París-Buenos Aires de una ida y una vuelta plenamente pagadas.

Como el recuerdo de una vieja enfermedad derrotada, recuperó entonces los escrúpulos de su actitud sensata, migajas y mendrugos de una educación prudente, temores y resquemores de una persona ahora descartada: aun en el momento de tomar una decisión angustiosa, confrontando a un caos inminente, era capaz de invertir (lo que en aquel momento le parecía) una suma considerable para asegurarse la posibilidad de volver: <<por las dudas>>…

París-Buenos Aires. OPEN. Clase turista. Equipaje permitido: 20 Kg. No válido después del…

Si, casi un año después de comprarlo, sabiendo ya que no volvería (aunque no lo hubiera decidido: como suele ocurrir, había llegado a lo que otros podían ver como una elección definitiva mediante una serie de gestos menudos, casi imperceptibles), visitó en París la oficina de la compañía aérea para averiguar si podía recuperar su dinero o canjear esa última página por el millaje equivalente en otra dirección. Con invulnerable cortesía, el empleado le explicó que las interrumpidas devaluaciones de la moneda argentina (la entrevista debía ocurrir a fines de 1975) los obligaban a observar una rígida política de no conversión.

Tardó un momento en traducir esa jerga administrativa para enterarse que podía recuperar su dinero, no en los durísimos dólares (impuestos por la Asociación Internacional de Transportistas Aéreos) que el pasaje le había costado, sino en la suma de pesos, ya debilitadísimos, con que había comprado aquellos dólares… Horas más tarde, un llamado de larga distancia le informó que esa suma, apenas doce meses después de pagada, sólo podía comprarle en Buenos Aires un par de zapatos o, bueno, también un estuche nada desdeñable de tres cassettes: Grandes Damas en la Historia del tango.

Sin emoción, con cierta curiosidad por la persona pretérita sobre la que parecía revelarle algo, inspeccionó el pasaje, más bien su única página restante. Por un instante reconoció uno de sus reflejos de archivista de museo en la tentación de enmarcarlo… Pero su viejo yo supersticioso se sobrepuso: minutos más tarde observaba cómo los restos del cuadernillo desaparecían, entre llamas y cenizas, en el fondo del inodoro.

Más tarde en la misma noche hizo una pausa en su trabajo y miró por la ventana.

El tabac de la esquina seguía ruidoso y concurrido aunque todas las otras luces de la calle ya se habían apagado; ni siquiera su rombo de neón color fucsia era visible. Tras reiterar sin gran convicción sus esfuerzos por avanzar en una traducción al castellano de Leiris-De la literatura considerada como tauromaquia- se resignó a aceptar que realmente tenía ganas de salir a tomar un trago.

Era una de esas noches agradables, poco frecuentes en París, en que el calor del día de verano, mitigado por una brisa fresca, permite quedarse en la vereda, en mandas de camisa, sentado ante una mesa de café, hasta bien pasada la medianoche. El tabac de la esquina parecía inusitadamente animado para el arrondissement 20. Sus voces, sus ruidos, petulantes aunque indistintos, lo agredieron como una radio a un volumen demasiado fuerte. Sólo cuando, al no haber podido encontrar lugar afuera, se quedó parado dubitativamente a la entrada, advirtió la renovación considerable que había sufrido el establecimiento. Habían desaparecido, por ejemplo, las intrincadas luces de neón y el reluciente mostrador de cobre, también las mesas con tapa de madera y las letras de pintura blanca que, encima de la caja, anunciaban en el espejo un plat du jour no siempre diariamente variado.

El local parecía renovado, por cierto, en un estilo de fórmica brillante e iluminación indirecta. Pero también resultaba familiar, de una manera que él no acertaba a precisar. Algo pareció surgirle una clave: el letrero luminoso sobre la entrada ya no anunciaba a Stella Artois, Reina de las Cervezas  Belgas, sino a los cafés y tés Alabama, marca que parecía camino de reemplazar el nombre original del café, aún visible, aunque apenas, en la oscura pared donde estaba fijado ese letrero eléctrico. Detrás del neón aún podía descifrarse, cruzando las cuatro hojas verdes de una enseña despintada, las palabras El Trébol. La incredulidad lo golpeó, más breve sin duda y más intensa no sólo que estas líneas que escribo sino, tal vez, más aunque la más admirable proeza sintáctica. La sustituyó, si es posible, otro asombro mayor: Guillermo salía, sonriente, a abrazarlo, a conducirlo, como envuelto en su brazo, hacia un automóvil estacionado a la vuelta de la esquina.

-Típico tuyo, volver sin avisarle a nadie… No importa, estás descubierto: ¡se su-po!.

Con las manos abiertas barre el aire a derecha a izquierda como para sugerir la escandalosa amplitud del titular de un diario vespertino.

 -Pensamos tanto en vos el otoño pasado… Elisa y yo estuvimos una semana en París, quisimos llamarte, alguien nos había dado tu teléfono, debe haber sido Emilio, en fin: ya no estabas en ese número.-Sus brazos se cierran alrededor del amigo reencontrado.-¡Que bueno volver a verte!

Él murmura algo, frases aproximativas, que no lo distraigan, absorto como está ante las dimensiones del decorado, ante los deslumbrantes efectos de iluminación que habrán requerido cientos de electricistas avezados para estar logrados en tan pocos segundos: toda la avenida Santa Fe se despliega frente al Mercedes convertible, y las luces se reflejan en su lustrosa carrocería( en la mejor tradición de los efectos cinematográficos <<noche en la ciudad>>) mientras el automóvil avanza entre extras innumerables  que, con aire despreocupado, cubren las veredas o se sientan ante mesas de café, en la tibieza de una noche que finalmente ha reconocido.

-Vamos a casa, a buscar a Elisa. Tenemos que tomar un trago para celebrar la sorpresa.-Él olvida por un momento sus réplicas inconvincentes. No siente necesidad de justificar el hecho de estar allí, como si el esfuerzo para ocultar su perplejidad la hubiese llenamente cancelado. Improvisa algunas exclamaciones para surgir ¿su exaltación? ¿Su entusiasmo?; reitera palabras, sin embargo sinceras, para decir que Guillermo no ha cambiado (mientras se enfrenta en el retrovisor con su propia calvicie, con los pliegues que rubrican sus ojos), antes de caer en unas de estas preguntas omnívoras, del género <<Que tal>>, inevitables después de años al abrigo del cotidiano intercambio de trivialidades.

Pero Guillermo no parece advertirlo.

-No estuviste en casa, en la nueva ¿no? Claro que no, me olvido que te fuiste hace tanto: no sé, no parece real… Nos mudamos el año pasado. Para los chicos es espléndido: ¡tocamos madera, esperando que las terrazas y la piscina les quiten las ganas de salir a la calle! No los vas a reconocer: Mariano ya tiene once años, María Marta siete. Pero quiero saber qué haces, no vas a salvarte de contarnos. Sé que escribís, también que… El título se me escapa… Una película tuya pasó en el festival de Cannes ¿no? Lo  leímos en el diario. ¡Magnífico!

El espectáculo de la ciudad es tan hipnótico que no atina a responder. Todo lo que durante años solía recordar está allí, cada detalle fielmente, minuciosamente reproducido, y el resultado es la verosimilitud de un sueño, inquietante como podría serlo un dibujo animado hiperrealista… Pero tal vez Guillermo no espera que responda. Él adivina que en la bienvenida de su amigo lo espera un personaje ya confeccionado. N o puede distinguirlo aún y debe caminar con cuidado para no pisar fuera de las marcas de tiza que le han sido asignadas. Guillermo sonríe y un matiz de melancolía cortés colora su voz:

            -No sabés cómo te envidio cada vez que pienso en vos… Sí, aunque te parezca raro. Estás haciendo todo lo que yo hubiese querido hacer, trabajás en lo que te gusta, no le rendís cuentas a nadie, sos tu propio patrón. ¡Vivís la vida de un artista!

            ¡Finalmente! ¡Al fin se encuentra con su personaje y ya no necesita llenar los blancos! Aliviado, comprende que no necesita confesar que no sabe cómo pagar el alquiler del mes siguiente si también paga la cuenta del teléfono… ¿Lo sospechaba Guillermo? ¿Importa, acaso? Procura pensar en una respuesta, un comentario que sea verdad y al mismo tiempo no sea humillante para él ni condescendiente hacia Guillermo. Pero ya están en Libertador, han dejado atrás el Museo de Bellas Artes y se detienen ante una torre de departamentos que no estaba allí cuando él se fue.

            Guillermo sonríe a la cámara de televisión de vigilancia. Él aprovecha este margen de silencio para decirle que pocas semanas antes el crítico de cine Times de Londres había recordado con gusto el primer, y hasta ahora único, film de Guillermo, visto en un festival ocho años atrás. No recibe respuesta y ya está agregando alguna trivialidad, que la gente aunque no se vea no se olvida, cuando Guillermo vuelve a hablar.

            -¡Elisa se va a llevar una sorpresa!

            No ha hablado como quien interrumpe a alguien. Tampoco parece advertir que cubre las palabras de su amigo. Habla, más bien, como si nadie hubiese estado hablando. ¿No lo oyó? Están uno frente a otro en el ascensor…

            -¡Llegamos! –anuncia Guillermo cuando la puerta se desliza con un levísimo zumbido para descubrir una sobria entrada de penthouse.

            Elisa responde inmediatamente al <<Adiviná quién está aquí>>: aparece y corre a abrazarlo. Sólo entonces él la reconoce: se habían visto a menudo, durante aquel dorado final de los años sesenta, casi seguramente cuando ella <<le bailaba al silencio>> en el Instituto Di Tella. (También recuerda que en aquel entonces estaba casada con un músico de free jazz, dado por desaparecido hace pocos años.) Se la ve, si fuera posible, más joven, casi diáfana, y su pelo, aunque corto, tiene el mismo tono castaño rojizo que él recordaba.

            -Tenés que contarme todo –le murmura ella al oído mientras se abrazan, como si le diera una cita clandestina.

            A medida que cede su estupor, empieza a sentirse cómodo. Lo escuchan, lo halagan. Entra en confianza. Cuenta. ¿Qué? Nada de penurias obscenas, desde luego; a lo sumo menciona alguna incertidumbre, una desazón ocasional. Ellos sonríen sin desmayo, le hacen sentir que entienden tan bien cómo se siente, que aprecian tanto su franqueza. Es Elisa quien se anima.

            -Pero… ¿No es el privilegio, digamos el lujo de vivir en París que allí podés permitirte ser… bueno, pobre…?

            Guillermo la interrumpe.

            -Vamos, vamos. Sabés muy bien que nunca trató realmente, que nunca le interesó hacer fortuna. –Sus sonrisas crecen y se endurecen, sus ojos se vuelven más brillantes, sus miradas más penetrantes. -¡Por eso te queremos tanto!

            Detrás de un ventanal las luces de la ciudad puntean la oscuridad hasta donde alcanza las luces de la ciudad puntean la oscuridad hasta donde alcanza la mirada; detrás de otro, el río se extiende, tranquilo, callado, bajo la luna llena. Él ha pisado algo muelle, que reacciona a ese contacto, y da un pequeño salto atrás. Al pie de las cortinas, casi ahogada en la hirsuta alfombra finlandesa, una muñeca del tamaño de una niña de cinco años lo mira con despecho: <<Me llamo Miami Lulu y hablo español. ¿Cómo te llamas tú?>>. Atónito, está a punto de responder cuando se recupera y empieza a reír; Elisa sonríe pero no parece divertida.

            -¡Ese espanto! Todas las compañeras de colegio tienen una y no ha habido manera de disuadirla…

            Hace un vago gesto de impaciencia. Guillermo acude en su auxilio con la réplica exacta.

            -Hay que brindar por el viajero que vuelve.

            Están de vuelta en el automóvil, avanzando por Libertador. Una brisa, que le parece embriagadora, lo golpea en la cara. De pronto se da cuenta de que tanto Guillermo como Elisa, en momentos distintos, conocieron a Marcos. Les pregunta si saben qué ha sido de él; lo último que él supone fue que la madre había visitado a un arzobispo con buenos contactos en el ejército, quien le había sugerido que tal vez no estuviera muerto sino cumpliendo una condena por tiempo indeterminado, en un campo de prisioneros en Córdoba; pero ya hace dos años de eso y otras noticias no ha habido.

            Se han detenido en un cruce de avenidas riesgoso, a la espera de un cambio de luces; otros automóviles hacen sonar la bocina y sus amigos no lo oyen. Un momento más tarde, al reanudar la marcha, ya han olvidado su pregunta.

                                                        


                                

                                                                                        

Este txt es la 1º parte del cuento, incluido en el conjunto de relatos VUDÚ URBANO (Emecé)

Edgardo Cozarinsky nació en Bs. As. en 1939, y se exilió en París hacia 1974, viviendo mucho allá y un poco, acá.  Vudú Urbano tiene el rarísimo privilegio de tener 3 prólogos, y nada menos que

de SUSAN SONTAG, SEVERO SARDUY y GUILLERMO CABRERA INFANTE...

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-