"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Retiro

Publicado en Cuentos el 13 de Diciembre, 2007, 23:13 por Descarga

 

Cerca de las cinco de la tarde bajé del ómnibus en Retiro.  Apenas sale de La Plata, el micro parece ir en busca del río.  Durante los primeros kilómetros se aproxima a la costa en una deriva entre caseríos incompletos, separados por terrenos llenos de gramilla y quínoas, que hacia fines del otoño tienen un color dorado falso, efímero.  Entre los grupos de casas, hay bajos de poca pendiente que no tienen ningún arroyo y que pasarían inadvertidos si no fuera porque existe la fijación involuntaria de mirar cómo se distorsionan los hierros de las barandas de los puentes con la velocidad. La aparición en los laterales del ómnibus tiene un ruido de apertura y de cierre precipitados. Eso es un bajo para quienes hacen este recorrido a diario.  

En algo más de una hora de viaje, el micro nunca llega hasta el río. Retoma por avenidas, corrige su orientación hacia el norte y atraviesa las ciudades del conurbano hasta llegar al riachuelo.  Crucé este cauce inmóvil como si inspeccionara una cicatriz y el tejido revenido me pareciera tan noble como extraño.  El metal fondeado se ofrecía excesivo.  A partir de allí, las aceleraciones breves del motor revelan el paso por los barrios de la capital.  Recién sobre el final del viaje se alcanzan a ver fragmentos del río parcialmente velados por las construcciones y, al final, la desesperanza de alcanzarlo se vence con la imagen de las grúas, los cascos de los areneros y del agua entregada.

Fuí en diagonal hacia las estaciones de trenes. Viniendo desde el sur, las calles y plazoletas son un obstáculo para quien camina en dirección a las explanadas de las terminales de ferrocarril.  No queda otra alternativa que ir por detrás de los bancos y en desniveles por las baldosas, el pasto y los canteros de piedras. Desde lejos, los frentes de las tres estaciones dan la impresión de ser un escenario sin remover, cancelan toda profundidad con una arrogancia disminuida, devaluada por la costumbre. 

        Sobre la plaza principal, cambié de mano la valija y me detuve a mirar cómo desaparecía la gente en las entradas de las estaciones de trenes y de subte.  Las cabezas inclinadas semejaban una gran contractura en el espectro del azul de la tarde que viraba hacia el gris a medida que los cuerpos perdían definición por el hacinamiento.  Podía verme allí y, también en menos de una hora de viaje, asistiendo al desgranamiento de la ciudad hacia el oeste.  Imaginé que desde el campo, toda esta agitación luciría improductiva.  Me reconfortó haber hallado el pensamiento de que en realidad la ciudad sólo estaba expandiendo su piel cuando yo iba hacia una cancelación.

        En el centro de la plaza, un grupo de jóvenes con bombos y estandartes resaltaba entre el movimiento general. A medida que me aproximaba, sentía el estallido de los petardos y, sobre todo, a los bombos  No había mucha gente concentrada, sí numerosas banderas de color verde con la inscripción Juventud Sindical Peronista en blanco.  Creo que eran estandartes del tipo de los que se usan en los carnavales.  Unos jóvenes con bombos se despegaban de la concentración en el monumento central hacia los costados de la plaza. Tenían una actitud desafiante con la gente que transitaba.  Enfrentaban a las personas con el bombo adelantado y las detenían o les hacían apurar el paso y desviarse por los canteros.

        Ni yankis ni marxistas… me gritó en la cara uno de los jóvenes que llevaba un bombo luego de caminar rápido unos metros para interceptarme.  Me paré.  El esperó que yo dijera algo.  Estuve a punto de hacerlo, pero cambié de mano la valija y seguí hacia delante. El muchacho se quedó tocando el pantalón con la manguera y recién cuando me alejé unos metros volvió a golpear el bombo. 

Crucé la calle llena de colectivos descentrados y filas de gente que esperaba en los islotes de cemento con techo de chapa de las paradas.  Bajo uno de estos refugios, en el medio de la calle, me incluí en una cola y avancé hasta la puerta del micro de la línea 45 leyendo en uno de sus laterales, arriba de las ventanillas, todos los destinos entre Retiro y Puente de la Noria en ambos sentidos, antes de apartarme.  En la vereda de las estaciones, caminé entre los puestos de venta hasta la puerta principal del edificio del ferrocarril San Martín, me dí vuelta y miré la plaza.  Los muchachos de  los bombos seguían caminando por las veredas, mientras explotaban ráfagas de petardos y algunos volantes se mantenían en el aire por la benevolencia selectiva de la gravedad, mientras la mayoría declinaba luego de un vuelo insignificante. Cada vez más gente completaba las plazoletas hacia las estaciones. Observé que la actitud agresiva de los muchachos de los bombos tenía una particularidad que no había reconocido: iban encima de los jóvenes y de las personas que llevaban saco.  Durante unos minutos comprobé que ese comportamiento se repetía. 

Por detrás de la plaza, encima de la copa de los árboles, el Sheraton Hotel ofrecía uno de sus costados a la luz de la tarde.  Un reflejo pulido cubría las paredes y las ventanas.  En su aire cercano había un anillo de calma.  No pude seguir mirando, la gente que entraba a la estación iba en aumento y el roce me desacomodaba.  

        Luego de una hora de viaje en el tren, la ciudad estaba disuelta.  Esto no era nuevo para mí, sólo que esta vez había precipitación. Quizá para fijar algunos momentos, me propuse sobreponer las imágenes de Retiro en el campo.  En un fondo volado por el desplazamiento, la convergencia de la gente hacia las estaciones estaba ahora sedimentada como una rutina severa, vertical, con el ruido reservado para las extrusiones apenas perceptibles.  Por el contrario, arriba de los árboles, las ventanas del Sheraton Hotel eran el encuadre de aquellos espacios donde se dan los desplazamientos horizontales, higiénicos y algo anticipa al observador externo que no superará la instancia de lo preliminar. La cara del muchacho del bombo que me salió al cruce, fue la última imagen que armé en el tren. Seguro que para él, yo era definitivamente un marxista, las personas de saco y corbata lucirían cercanas a los yankees y el resto, mujeres con chicos y tipos vestidos con camperas y zapatillas, un accidente inofensivo de aquel paisaje.  

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-