"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




4 de Diciembre, 2007


MARCELO BRITOS

Publicado en De Otros. el 4 de Diciembre, 2007, 10:53 por MScalona

FIESTA

                Estás esperando que tu imagen se relaje en el espejo de agua. Cuando vuelva a ser el reflejo único de tu cara, vas a repetir el golpe de tu rodilla contra el costado del tambor y otra vez las imágenes se volverán a distorsionar, a encimarse entre sí tus ojos, tu sonrisa; hasta que nuevamente se aquiete y te aburras de hacerlo, y entres en la cocina para chequear que en el televisor hayan desistidos los silencios densos y depresivos de la novela, que mantienen a Dora –tu madre- como a un autista frente a la pantalla, sólo moviendo la mano hacia arriba y abajo, con el hilo blanco y la aguja, hiriendo con método la tela de un pantalón percudido.

                Nada cambió en la cocina: la pava ennegrecida sobre la hornalla corta las voces del audio con un silbido creciente, los retazos esparcidos por la mesa, un trapo de piso, las migas, el sol del mediodía delatando el polvo. Pero esa angustia, esa abulia, te es indiferente. Son otras las cosas que te entristecen. Probablemente el atardecer de los domingos, el final de la siesta de ese mismo día, cuando chocan frente a tu atención los cuadros de siempre: tu abuelo escuchando el balbuceo de la radio, tu madre planchando, y esa sensación pesada e ineluctable de que al otro día te obligarán a regresar a la escuela, a consumirte en la rutina voraz de la semana hasta el alivio del viernes.

                Los próximos diez minutos son ligeramente confusos. No se avistan juegos que puedan levantarte del piso, es mejor –estás pensando- recostarte boca abajo sobre los mosaicos y sentir cómo el frío penetra por las palmas de tus manos, por tus mejillas. Disfrutás esta nueva perspectiva, esta mirada a un mundo plano desde donde se levantan enormes edificios, montañas, la alacena, la heladera y debajo de la mesada empiezan a aparecer las cosas que diste por perdidas, las que sospechaste robadas por tus primos, devoradas por la rejilla. Ya no importa el televisor porque creaste un silencio nuevo rodeado de otros sonidos, porque aunque aún no devengan en filosofía los vagos pensamientos que se agolpan en tu cabeza, con una simple inocencia la vida ya te enseñó que no existe el silencio total, que sólo es la quietud de las palabras, que esa mudez que agrada es la que está empapada de murmullos suaves y estáticos, y es algo así lo que encontraste ahora debajo de la mesa, además de una intimidad, de un territorio tuyo en el que te pertenecen hasta las zapatillas que empuja despacio Dora con sus pies.

                Pero hay algo pálido que rompe con la quietud de tus dominios, se mueve desde la escalera hasta detenerse junto a Dora; no pertenece al resto de las cosas ordinarias que se dispersan alrededor de la mesa, desentona, es ajeno a los colores grises y opacos de los mosaicos y tiene vida; no la lenta y pesada movilidad del cuerpo de tu madre, sino algo más vivaz, más inquieto. No hay belleza ni armonía en esos pies femeninos, no a tu edad y mucho menos tratándose de los pies descalzos de Astrid, que te provocan repulsión, descontento, con las uñas pintadas de un color morado, manchas de sangre en cada dedo, el talón y las plantas ennegrecidas por la tierra del parqué de su habitación. Recostás nuevamente tu cara sobre el piso para ganar visión de las cosas que suceden en la altura, apenas pasado el borde de la mesa, al final de la piel, el ruedo del vestido de Astrid se deshilacha, y está desprolijamente construido con alfileres. Un pensamiento audaz te asalta: si quitaras alguno, el vestido caería como una blanca a los pies de tu hermana, y quedaría desnuda, gritando, y tu madre se reirá hasta caer al piso, viendo cómo su hija se cubre con los brazos escuálidos los pechos incipientes.

                -La fiesta es esta tarde mamá y yo estoy en veremos. Esto me queda para el culo, mami…

                -La boca Astrid!!!... Pará que te achico acá y lo armo.

                No tolerás el gemido lloroso de Astrid, la hace ver infantil, idiota. No comprendés nunca las razones de ese estúpido ritual de fingir un llanto, de mirarse horas en el espejo, ajustándose con los puños las remeras contra su cuerpo, o subiendo sus pantalones hasta que las nalgas se oprimen contra la tela que pareciera romperse. Tu dedo roza el empeine de Astrid y ella lo contrae y sube su pie hasta el alcance de la mano, lo rasca y se queja, como se queja de todo, seguramente pensando que es un mosquito, o una pelusa, o la mugre adherida a su piel por esa costumbre tan filial de caminar descalza por la casa. Esa reacción te despierta y te hace comprender que tu dominio se ensancha, porque ahora estás cayendo en la cuenta de que ella no sabe que estás debajo de la mesa, tu madre no dice nada, y la sorpresa se entrega de brazos abiertos, te ofrece una retahíla de cosas que le pueden suceder a Astrid: dolor, cosquillas, asco; todo lo va a tomar desprevenida, pero debe ser sólo una, bien elegida, ya después sobrevendrá el escándalo, los gritos de tu madre, sus gemidos quejosos e insoportables. A pesar de las dudas vas a optar por pellizcarla, y al momento de hacerlo ella grita de dolor y tu madre, que estaba clavando un alfiler en el ruedo del vestido, pierde la paciencia y comienza a buscarte con sus pies, dando patadas al aire con la intención de dañarte. Salís despedido de allí y no calculás el borde de los obstáculos, la cabeza no está lo suficientemente caída como para evitar el impacto del filo de la mesa, y el golpe es seco, hondo, tan violento que sentís un tirón que vuelve a sentarte en el piso. Un mareo atroz te sacude y el dolor empieza a bajar por todo tu cuerpo. Entonces el odio, la impotencia, la sonrisa burlona de tu hermana, los gritos de tu madre que no paran, la humillación insoportable, y pensás en el único camino digno, posible, además de llorar y buscar la falda materna, para, aunque más no sea, frenar la sorna de Astrid y desahogarte gritando y mojando a chorros tus mejillas: la huída. Correr hasta la terraza y sufrir en silencio, ver la pared del patio a través de los ojos colmados de lágrimas. Esos mismos escalones que te escondieron cuando tu padre te cruzó las piernas desnudas a cintazos después de que dejaste caer las latas vacías al piso en aquella siesta, o cuando borraste la nota de la libreta. Y salís de allí, como si escapando de la risa o de la piedad de los demás, sea también una forma de escapar del dolor; y quizá sea un poco así, porque el aturdimiento se diluye y los pensamientos vuelven a ser un poco más claros, mientras el horizonte del último escalón te deja ver el cuartito de la terraza, refugio de la siesta que te ampara de los gritos, que te recuerda a tu viejo, el aroma del asado, porque allí él guardaba las fuentes con carne y achuras para que el gato no las robara, allí están sus revistas embaladas, esperando el coraje de tu madre para terminar en la calle, en el carro de algún cartonero; los Dartagnan, los Tony.

                Te recostás en el colchón viejo y tus párpados caen. La oscuridad serena quiere jugar, quiere rodearte de estímulos para seguir arrancándote los recuerdos, abre los cajones sin resistencia, lo hace con libertada porque aún no intentás detenerla, ya va a existir un tiempo en el que vas a correrla a piedrazas, vas a atontarla con el alcohol. Ella deja volar un olor, mezcla de humedad y forraje, que penetra tus sentidos y te sonroja, te incomoda dulcemente, porque de alguna manera, los que irrumpen en la sombra de tu memoria son los juegos con tus primas, esos secretos que aún hoy guardan entre miradas cómplices y pudorosas. Los recibís con dudas, pero ya es tarde. Una imagen insistente comienza a formarse, a tomar un color vívido, y es necesario sentir el peso de esas nalgas desnudas sobre tu falda, no sucede, pero es necesario, como lo eran la curiosidad y el ansia de probarse los labios. Deseás que aquello vuelva, lleno de vergüenza, que todo sea cierto, que trascienda el imposible, el sueño, el vano deseo; pero es insoportable estar solo con esa pena y salís despacio del encierro a buscar otro pretexto para que el cielo se incendie y el tedio de la tarde se termine con la noche,  que llegue el momento  de la televisión, de la ceremonia repetida de la cena, de la ausencia de tu hermana para agrandar tus dominios, para retozar los diez minutos aburridos en su cama, frente a las miradas pétreas y felices de los cantantes, hasta que sólo sea un breve triunfo en esa lucha pueril por invadirla.

                Ya estás sentado en el pasamanos de la escalera, ya viene el viaje fugaz y vertiginoso hasta el primer descanso, volando hacia abajo, tus brazos apenas se separan de la madera desafiantes y el equilibrio se va, tu cuerpo se balancea hacia el vacío, un calambre de dolor y flojera sube desde tu estómago y tus brazos vuelven a abrazar con celo el pasamanos al momento de caer en el descanso. Asustado, sonreís. Y ya, ese segundo en el que la desgracia te acarició la frente, se ha perdido en el olvido, porque es más adelante cuando vas a decidir tu relación con la muerte, alguna vez vas a elegir que la muerte duerma con vos, coma con vos, se revuelque con vos y con una mujer, y en el final inesperado de tu vida vas a comprender que siempre estuviste muerto; o vas a desprevenirte, a aceptar que llegue sin aviso, cuando quizá te encuentre cansado y la quieras.

                En el descanso hay un silencio, llega desde el pasillo de la habitación de tu hermana y te extraña que así sea, porque se acerca la hora de la fiesta, y ella debería estar luchando con su reflejo, con la carne sobrante que se escapa por las hendiduras del vestido, deberías estar escuchando sus gemidos estúpidos y graciosos, sus piecitos mugrientos bailando frente al espejo. Te apoyás en la pared, como si alguien fuera a descubrirte desde la habitación de tu madre, la puerta entre abierta sólo deja salir un poco de oscuridad, pero aun así te da pavor imaginar que una cara pueda asomarse y tan sólo mirarte. Avanzás despacio por el pasillo alfombrado, cruzando la quietud insoportable, con el frío de la pared penetrando tu espalda. Allí está la puerta, cerrada por dentro, no hace falta delatarte bajando el picaporte, siempre la cierra para evitar que la sorprendan desnuda, saltando de la cama al suelo, danzando y cantando con vestidos del taller de tu madre a medio terminar. Pegás el ojo a la cerradura. No es la primera vez, por eso cuando lo abrís y la luz del velador te devuelve esa porción de la habitación te resulta diferente el paisaje, extraño. La imagen no cuadra con ninguna de las imágenes posibles, almacenadas en tu inconsciente, porque los pies de tu hermana, que arrastra y ensucia, que muestra y esconde, no están tocando el parqué, están flotando, tapando el fondo de la pieza, balanceándose en el centro. Tus párpados vuelven a caer, y los abrís para confirmarlo todo, pero aún no se acomoda la escena, esos pies pálidos, inertes, desconocen su papel en esa imagen; el vaivén, la vena azul, como el agua de un lago del sur, que sube desde el empeine hasta la pantorrilla, que se ve tan  claramente. Vas a correr hasta abajo, para decirle a tu madre, o vas a quedarte sentado en la alfombra, esperando que la vengan a buscar para llevarla a la fiesta.

                                                                                                                                  

                                                                                                                                  

                                                                                                                  

                                                                                                                  

NOTA:

Prosa reelaborada, reescrita, pulida hasta lo exhausto.   Marcelo Britos, en la evolución que corresponde, respecto a su 1º libro (Los Dogos) ha disminuido el interés por entretener, para privilegiar la forma, el durante, el cómo… interesándose más por la subjetividad, la introversión, los aspectos perceptivos, inconscientes, absurdos o surreales de la historia.  También leí el último cuento que se llama ALEXANDRIA y es del mismo estilo y registro.  EXCELENTE libro, se los recomiendo con fervor…  muy raro en Rosario una prosa de este nivel…  eL libro (cuentos) se llama ALEXANDRIA y es de Edit UNL + Ciudad Gótica

-VITUS- recomendación...

Publicado en General el 4 de Diciembre, 2007, 9:32 por M. Guelman

Ilustraciones del filme "Vitus"

                                                                             

                                                                                          



La película "Vitus" ilustra la problemática del niño superdotado y la discapacidad del medio para adoptarlo-adaptarlo. En un relato, en que se mezclan ficciones y realidades, el filme suizo "Vitus" dibuja la compleja problemática del niño hiperdotado o hipertalentoso, que no solo asombra y gratifica sino que también discapacita a quienes lo educan y crían.
El saludable vínculo con el abuelo paterno, contextualizado en un medio natural, lo ayuda a entender y comprender el sentido de la vida, aportando la porción de ternura y el rescate al equilibrio y la cordura. No deja de plantear el filme, en sus 135 minutos, una crítica explícita a las ambiciones paternas y las dificultades de los docentes. Todos incluidos en el competitivo sistema educativo, incapaz de ubicar o guiar a cualquier niño con capacidades diferentes. Coincidente con el estreno de este filme, el 29 de noviembre llegó de Washington el eco de la Conferencia Anual de la Sociedad Norteamericana de Radiología, en la que la doctora Manzar Ashtari, del Hospital de niños de Filadelfia, Pensilvania, mostró imágenes de cerebros de niños que portando diagnóstico de autismo, presentaban la sustancia gris aumentada. "En un cerebro normal, una mayor cantidad de sustancia gris está vinculada a un elevado QI (coeficiente de inteligencia), pero presentan una disminución importante de la sustancia gris en la región derecha de la amígdala, (zona que participa en la dinámica emocional)". Lo que definimos y absurdamente comparamos y medimos como cociente de inteligencia, debe subordinarse al equilibrio emocional, que tanto necesita un niño para crecer sin enfermar. Los "superdotados", generalmente son "retrasados" (o normales) en sus desarrollos emocionales o afectivos, incluso en el motriz. Estos pequeños, no sufren menos, todo lo contrario, el mundo les exige más y corren riesgos de aislamientos rotundos, envidiosos y a veces perversos. Este filme, pese a ser anunciado como género dramático, ensambla su maravillosa música con un guión que despierta en los espectadores sonrisas y
ciertas reflexiones.

Mirta Guelman de Javkin

www.mirtaguelman.com.ar  

 

 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-