"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




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Publicado en De Otros. el 10 de Noviembre, 2007, 14:34 por MScalona

  Edgardo Cozarinsky,      ARG.  1949

                                                                                           

                                                                                                              

MADELEINE  CREOLE

                                                           

                                                                       

                                                                      

M., cuarenta años, hombre de letras inéditas, lector resignado de Proust y titular de la rúbrica <<Movimiento Marítimo>> en el tradicional matutino porteño, se ha detenido camino de la redacción para un almuerzo rápido, en un self-service subterráneo de la calle Córdoba entre Florida y San Martín.

            Automáticamente, elige primero un postre –flan con crema (sintética) o macedonia de frutas (de lata)- que la demora no ha de perjudicar, antes de sumarse a la fila que espera ante el mostrador de los platos calientes, que sí correrían peligro de enfriarse si fuera otro el orden de sus pasos. Vigila, mientras espera, el impermeable que ha dejado sobre el respaldo de una silla, ante la mesa elegida, para no verse obligado a deambular más tarde, con una bandeja llena en las manos, y terminar sentado al lado de una señora excesivamente perfumada o, peor aun, madre de niños estridentes y belicosos.

            Ya ha abordado la ternerita a la cazadora cuando, desde una mesa contigua, lo distrae la visión de una mujer demasiado elegante para esa gastronomía, para ese decorado: un inventario cursivo, desde las medias de seda hasta el pelo lacio recogido con una hebilla de carey, le promete un personaje posible. <<Duquesas no tenemos –se cita a sí mismo-, pero…>>

            Prefiere ignorar que ese reflejo literario ha producido tanta mala literatura, sobre todo en su propio país. La transeúnte distinguida que se inclina sobre el narrador, víctima de un accidente de tránsito, y murmura God bless you, ilumina desde los limbos de la tilinguería, no ya buena parte de la literatura argentina sino un complaciente sentimiento literario cuya frecuentación nubla la vista y alivia la vida cotidiana con resabios de ficción: en un país donde lo improbable se verifica con más frecuencia que en otros, la noción de verosímil siempre ha sido más estrecha que en otros y castiga con insólito rigor la vida llamada real.

            Para escapar a ese gris obstinado, el amateur des let-tres (con más frecuencia que el escritor) busca un accesible refugio en la sublimación de una clase alta que supone más dócil al capricho, poblada de personajes más coloridos que los que le es dado frecuentar. Una velada en el teatro Colón, aun el mero elenco de sus obras benefactores impreso en el programa, resume a sus ojos el gran teatro del mundo. El álbum de fotos de familia de una gran dama, reproducido en coffee-table book, lo arrulla prometiéndole el papel de sirviente boquiabierto ante la fiesta de sus patrones.

            En épocas de populismo, bajo el nombre de oligarquía se la consagró como la villana de turno: se logró así consagrar su mito ante la mirada ávida de ficción de sus espectadores. Solía repetirse, por ejemplo, que en esa belle époque rioplatense que duró hasta 1930, edad de oro de la exportación de granos y carne, sus familias viajaban a Europa con una vaca propia, para que en el barco los niños pudieran tener leche fresca. En un período en que militares y dirigentes sindicales reiteraban el mismo viaje, en avión, con maletines rebosantes de dólares destinados a cuentas numeradas suizas, aquella imagen no podía sino exhalar cierto encanto vetusto.

            Tan prudentes viajeros, ¿vislumbraban que, hacia 1972, sus nietos se revelarían capaces de una estratagema memorable? Cuando un gobierno militar decidió importar del exilio a un dictador senil, creyendo de ese modo salvar a su propia casta y a aquella clase, el más grande coleccionista de arte del continente, previendo una expropiación estatal, importó antes aún a expertos de Sotheby"s y Christie"s, quienes debieron raudamente tasar y transportar a Londres y a Ginebra ciento de telas, sólo vistas por algunas docenas de personas en el país cuyo trabajo había pagado por ellas. Para sorpresa de su propietario, no sólo muchos Sisley y Derain sino también varios Rendir y Monet resultaron ser flagrantes falsificaciones. Sus nietos, desde algún tiempo atrás, invitaban a la estancia familiar a módicos copistas, quienes en el papel de agradecidos estudiantes de arte se dedicaban durante largos, tediosos veranos a duplicar las telas menos frecuentadas por el ya vacilante anciano.

            <<¡Qué desagradable!>> El tradicional comentario de esa clase, adaptación vernácula del understatement británico, habrá resonado brevemente antes que el episodio mismo fuera sepultado por los robustos lazos de la sangre.

            Si un folklore pudo florecer en torno a ellos es porque la protección de los intereses propios no siempre revistió formas razonables. Una dama que había preferido pasar la Segunda Guerra Mundial recluida en su estancia, ya que París era momentáneamente inaccesible, se aventuró a tomar uno de los primeros vuelos comerciales, lentísimo y generoso en escalas, de la inmediata posguerra. Al volver meses más tarde, deslumbró a perplejos parientes amigos en un té donde hizo circular de mano en mano su tarjeta de afiliada al Partido Comunista francés: <<Me lo han aconsejado: parece que ya dominan la mitad de Europa, y en la otra mitad tiene partidos muy fuertes; me dicen que si nos afiliamos de los primeros nos expropian de los últimos>>.

            El mismo odiado dictador que, al fingir elegirlos por adversarios, les confirmó una leyenda donde antes sólo había habido chismes, imitó sus técnicas más probadas. Declaró, por ejemplo, la guerra al Tercer Reich cuando el ejército rojo estaba ante las puertas de Berlín: así pudo, semanas más tarde, expropiar las industrias alemanas instaladas en el país como <<propiedad enemiga>>… ¡Qué agradable! Y su esposa, cuyas obras humanitarias sumaron al consabido fascismo implícito en todo despliegue caritativo un sentido del show business y del star system más próximo a Cinecittá que a Hollywood, habría de descubrir espantosas condiciones higiénicas en la fábrica de caramelos cuyos propietarios le habían negado una sustanciosa contribución a su empresa.

            En este enfrentamiento de gangs rivales, la Historia concedió sonrisas alternadas, equitativas: la mayor fortuna de familia expropiada por el dictador sería restituida en el próximo sacudón político, con intereses y en una diversa revaluada. Porque <<caer parado>> es la única moraleja perdurable que esa clase ha predicado con el ejemplo, y el castillo del Loire reproducido en la provincia de Buenos Aires, o los sirvientes que entre las sierras de Córdoba sirven la mesa en francés, han sido sólo partículas de un mito no por limitado menos resistente.

            Los vástagos descarriados, exportados a Europa en los años veinte y treinta, casarían hacia 1980 a sus nietos con judíos e italianos que la especulación inmobiliaria o financiera había hecho sumamente aceptables. Una vez admitidos, aunque sólo fuera en el Country Club y no en el Jockey Club, sus apellidos, antes pronunciados con jocosa delectación, pasaron a ser escamoteados por una articulación veloz, sumaria, o llanamente cancelados en fórmulas como <<el marido de>>.

            Tan sagaces conversadores, ¿eran los mismos que en un domingo lluvioso de los años cincuenta, aburridos en la estancia, forzaron en el sótano un mohoso arcón para descubrir, estupefactos, azorados, thales y menarah, rápidamente devueltos a la oscuridad que los había protegido desde que la lejana colonización borró toda (incomprobable) distinción entre apellidos españoles y sefardíes? ¡Qué desagradable!

            Ajena a la locura imperial brasileña, que dio el carnaval dilapidador y se inventó, en un palmo de selva desterrada, una capital innecesaria, la epopeya burguesa argentina se premió con nociones de decoro en la riqueza, de gusto en la representación. ¿Qué literatura hacer con sus semidioses? ¿Qué Proust podrá redimirlos? Los escritores nacidos en su seno los han ignorado en su obra, en la medida misma de su talento; sólo plumas desvalidas eligieron conmoverse con sus genealogías y fortunas. La Gran Dama de las Letras, en cambio, no se equivocaba y ante su propia clase prefería citar a Sarmiento: <<Aristocracia con olor a bosta…>>. Personaje sin medida común en su tierra, siempre supo ir más allá: imponiéndole el dulce de leche a Stravinski o convocando a su casa a un cuarteto de cuerdas para obligar a Tagore, insensible a la música no hindú, a escuchar Borodin y Debussy…

            Necesitados de una ficción ajena certifique su condición de protagonistas, abandonados como figuras a la ensoñación vicaria de una clase media con afán de elegancia y cultura (una clase largo tiempo incapaz de aceptar como temas literarios las demasiado próximas, banalmente familiares mentiras del negocio político, las extravagancias de la represión sexual y de la no menos reprimida magua, en un país donde la superstición reina rampante), perdurarán en un ámbito desteñido, huéspedes de una escena imaginaria trivialmente sociológica antes que de una literatura.

            M., que termina su almuerzo en su self.service subterráneo de la calle Córdoba entre Florida y San Martín, tal vez no publique nunca su novela, ni sus diarios, ni sus reflexiones. Oriane y Odette han cubierto con un manto delicado pero letal una sensibilidad demasiado cultivada para satisfacerse con las estrellas del cinematógrafo, demasiado domesticado para ignorar llanamente los signos exteriores de prestigio social.

            Esa misma noche, ante el televisor o en una exhibición de cinemateca, tal vez vea con desdén las palmeras incongruentes y los negros apócrifos de un número tropical en algún polvoriento musical de Hollywood, tanto más verídico sin embargo que su propia, censurada imagen de la realidad en que vive.

            Y ahora, todos juntos, con maracas: <<Down Argentine Way!>>

(1980)

           

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-