"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Edgardo Cozarinsky

Publicado en De Otros. el 9 de Noviembre, 2007, 16:45 por MScalona

COZARINSKY nació en Baires en 1939, desde 1974 vive en París.

Fascist Lullaby está en el libro de relatos  VUDÚ URBANO...

                                                                                                              

                                                                                                                        


Fascist  Lullaby

Canción de cuna fascista

                  Cabezas que la gomina convertía en balas de cañón art déco,  

                  lustrosas, metálicas; pero la fragancia dulzona, vegetal de la misma gomita

                  sugería un atisbo de permeabilidad.

                  Tal vez, pero un poco abstracto…

                  Sidra y pan dulce, pan dulce y sidra, y el 17 de octubre el olor a chorizo

                  caliente en las parrillas cercanas a la Plaza de Mayo.

                  Ya es más concreto, aunque un poco trivial

                  Los equilibristas alemanes circulando sobre hilos de acero tendidos entre

                  la punta del obelisco y la cúpula del Trust Joyero Relojero.

                  Demasiado privado. ¿Acaso alguien más se acuerda de ellos?

                  Tibor Gordon, curandero y predicador, ante miles de fieles en su carpa de

                  circo suburbana. (Al mismo tiempo, la iglesia católica, estupefacta, incrédula,

                  veía volverse contra ella al régimen que había ayudado a entronizar.)

                  Podría ser, pero… ¿Por qué no algo menos excepcional?

              Las <<calles de tango>>, tal vez…

                  Él solía acompañarla de vuelta a casa.

                  Allí, en la penumbra del zaguán, comenzaban los tanteos, los roces, esa

                  prolongación natural de los besos y las caricias que en aquellas tierras criollas

                  había recibido un nombre de tela. (Aún hoy, escribiendo en otro idioma,

                  tan lejos, tanto después, ¿recuerdas la obscenidad que connotaba esa palabra?

                  Sí. Franela…

                  Una oreja atenta a la familia que dormía adentro, otra a eventuales pasos en la calle,

                  pasaban a   sí media hora, una hora.

                  ¿Pero acaso Papá no reconocía esas formas palpitantes a través de la cortina

                  de croché  de la segunda puerta, cuando en mitad de la noche iba o volvía del

                  baño? ¿Acaso Mamá no seguía los inconfundibles suspiros y jadeos disimulando

                  su aprensión vicaria? Y el Hermanito, ¿no espiaba, descalzo sobre las baldosas del

                  patio, esas sombras desmesuradas, mientras apretaba su sexo incipiente

                  en una espera fraterna?

                  Él solía acabar en los calzoncillos. Ella sentía, con alivio, con tristeza,

                  que la presión disminuía sobre su vientre: una noche más y todavía virgen, otro

                  paso hacia el matrimonio. Así seguía pensando aun semanas más tarde,

                  cuando él se abrió la bragueta y le murmuró al oído <<por favor, por favor>>,

                  en un tono inesperadamente pueril, mientras le tomaba la mano y la llenaba

                  con un volumen caliente, rígido. Ella vacilaba entre sacudirlo, para ser liberada

                  más pronto, o acariciarlo torpemente para demostrar su inexperiencia. Pero su

                  preocupación real era el vestido nuevo, la liviana tela de verano, el claro estampado

                  que debía salvar de ese horror pegajoso.

                  Él no quería acabar otra vez en los calzoncillos, pegajoso y frío mientras volvía a

                  casa en el ómnibus, maloliente y pegajoso más tarde, esa misma noche, al

                  desvestirse en el cuarto de pensión para entregarse a la austera promiscuidad de unas

                  sábanas remendadas. No, no quería. Apretando la barbilla contra el hombro de ella 

                  se dejaba ir y sentía cómo la mano desviaba el chorro, aumentando así el relámpago

                  final de su exaltación. Se despeinó levemente: la gomina desprendió un polvillo

                  seco, leve, parecido a la caspa, como el metal de la bala de cañón nunca podría

                  descargar en el momento de la detonación, aun cuando fuera enviada al

                  espacio, en llamas, hacia la destrucción.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-