"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




La búsqueda de un hincha

Publicado en General el 27 de Octubre, 2007, 22:44 por nicolás doffo

La búsqueda de un hincha 


       Hay muchas opiniones con respecto al origen de su extraño comportamiento, encontradas y diferentes teorías sobre la génesis de su accionar. Hay quienes sostienen que un enviado divino –ángel materializado o fulgurante voz proveniente de un mate, según las versiones– le encomendó su misión. Otros, menos metafísicos, creen que todo comenzó cuando en un partido en que estaban peloteando a Central Córdoba mediante un baile que el empate en cero no reflejaba, Herminio se dirigió a comprarse un choripán               (cosa que por tacaño nunca hacía). Justo en el momento en que le hacían entrega de clásico tentempié canchero, se produjo el milagro deportivo: los charrúas marcaron un impensable gol y ganaron el partido. Ambas explicaciones son posibles, claro está, pero yo prefiero creer que todo comenzó de un modo un poco mas natural: este oficinista, medido y parco, se levantó un día con la convicción de que poseía la llave para cambiar el destino de su querido club. Ni más ni menos que eso. Un día se dio cuenta de que podía torcer la historia. A cualquiera le puede pasar lo mismo; nadie esta exento de levantarse sintiéndose distinto, creyéndose especial. Desde aquel momento tuvo en claro su tarea: su misión necesaria para la obtención del campeonato de los charrúas había sido revelada.

Al principio, mucho antes de ser conocido como ¨ El Loco ¨, Herminio Fontana era un tipo más. Un hincha del montón, de esos que aprecian con alegría las victorias pero no desesperan en las derrotas. Igual que vos y que yo: un simpatizante normal.

Solía ir a la cancha a ver a Central Córdoba siempre que la familia y el clima lo permitiesen. Su trabajo de oficinista público nunca lo obstaculizaba. Por todo esto, se hacía presente en la mayoría de los partidos de local. Puedo asegurar, pues muchas veces lo vi, que en el estadio se comportaba con mesura y sólo se desbordaba y dirigía algún insulto cuando la situación, léase los impertinentes árbitros,  realmente lo ameritaban. Como todos.

Su ausencia en la cancha se hizo evidente. Resulta notorio cuando alguien que iba casi siempre deja de hacerlo de un día para el otro. Nadie sabía que pasaba. Dábamos por descontado que no se trataba ni de una traición a los colores –Herminio sentía la camiseta en serio–, ni de un deceso,  pues se lo seguía viendo vivito y coleando por las calles. Lo que estaba claro era que, por alguna razón, no soportaba más ir a la cancha. Ésto nos extrañó, ya que nunca tuvo ningún problema en el estadio, ni siquiera un entredicho, de esos que son tan habituales, con algún otro simpatizante. Conociéndolo pudimos conjeturar que era probable que siguiera los encuentros por la radio, en su casa, rodeado de la tranquilidad que sólo el hogar puede brindar. Nos reconfortó pensar que, aunque no in situ, continuaba siguiendo al equipo. Pero como en el barrio los rumores se corren rápido, y más aún cuando se trata de infidelidades, peleas o demencias, pronto nos fuimos enterando, poco a poco, que realmente sucedía.

Llegó a nuestros oídos que en el horario de los partidos se lo había visto en distintos bares cercanos. ¿Podría haber abandonado al equipo? Esa idea nos inquietó, temíamos haberlo perdido. Más de uno ya había comenzado a defenestrarlo por la deslealtad. Por suerte, nuestros interrogantes acerca de la fe de Herminio fueron disipados cuando el sobrino del hermano de un conocido, que trabaja de mozo en un bar, afirmó haberlo visto un sábado por la tarde con una radio portátil pegada a la oreja. Entonces nos pareció que la historia estaba cerrada: Herminio no quería, por motivos desconocidos, ir a la cancha y prefería escuchar los partidos por la radio. El cuento cerraba con un final, si bien no feliz, por lo menos tolerable. Pero la cosa se puso rara.

Con el correr de los partidos, en los cuales la suerte nos seguía adversa y sólo podíamos rescatar algún que otro empate, las noticias sobre Herminio empezaron a hacerse confusas. Un halo de misticismo comenzó a tejerse sobre su figura. Diferentes reportes afirmaban que todos los sábados se lo veía en algún bar de la ciudad, con la radio pegada a la oreja y gesto nervioso en el rostro. Lo extraño, además de la decisión de no hacerse presente en el estadio cuando nada lo impedía, era que siempre se lo encontraba en distintos bares. En ninguno de los locales se lo veía dos veces. Ésto, a los dueños de dichos establecimientos, no les desagradaba, ya que al parecer la presencia de Herminio, y una apática actitud de su parte, no eran bien vistos e incomodaban al resto de los parroquianos. Por otro lado, las reseñas también afirmaban que cada vez se iba más lejos, a bares mas alejados. 

Por una sucesión de hechos fortuitos, como sucede la mayoría de las veces, nos enteremos finalmente del modus operandi del otrora hombre racional. El dueño de la carnicería que frecuento tenía que reunirse en un bar de zona norte con un posible abastecedor de novillos buenos pero baratos. Dio la casualidad que en el mismo lugar del encuentro se hallaba Herminio. Cacho, el carnicero, aseguró que en un primer momento no lo reconoció, estaba muy cambiado, la cara tensa, transformada, y los ojos queriendo salir de sus orbitas. Herminio miraba frenético para todos lados, más por paranoia que por curiosidad.  Siempre la radio en la oreja. Aquel día ganamos uno a cero, cortando una mala racha que prefiero olvidar. Según el carnicero, llamativamente, Herminio apenas festejó el gol cerrando el puño. Al siguiente sábado, Cacho debió volver a reunirse en ese bar para finiquitar el asunto de los novillos clandestinos. Otra vez encontró a Herminio en idénticas condiciones: igual de sacado, igual de distinto al que conocíamos. Aquel partido, ante la incredulidad de propios y ajenos, volvimos, sobre la hora y agonizando, a ganar. Adentrándonos en su ¨ lógica ¨ pudimos deducir que en el próximo partido encontraríamos a Herminio en ese mismo bar. Uno de nosotros tendría que ir a verlo, para hablar con él, para recuperarlo o entenderlo. Pero nadie quería perderse de ir a la cancha, más cuando estábamos pasando por una buena seguidilla de triunfos.  Luego de un improvisado sorteo yo fui el elegido.

Fui. Como precaución llegue un buen rato antes del partido. Localizarlo resultó fácil, el bar estaba casi vacío. Debo reconocer que no lo encontré tan mal como esperaba. El panorama que me habían pintado era exagerado. Sin duda los rumores y el boca a boca acrecentaron demasiado su condición. Si bien se encontraba distinto a aquel oficinista parsimonioso que conocíamos, para nada se trataba de una persona fuera de sus cabales. Un poco más eufórico, un poco mas fanatizado si se quiere, pero no más. Ya tenía la portátil en su oreja. Me reconoció y me saludó con la mano. No sé si con su ademán me invitaba a sentarme con él, pero de todas formas fui directo a su mesa. ¨¿Qué hacés? ¿Cómo andás, che? ¨, me saludó sustrayéndose del hechizo de la radio. Sin perder tiempo me senté y me puse a contarle, dulcificando un poco, lo que se comentaba sobre él por el barrio y el club. Me mostré preocupado. 

Al terminar mi relato, él trató de echar paños fríos sobre el asunto diciéndome que no pasaba nada. Luego se lanzó a contarme su historia, tal vez buscando mi aprobación, o quizá sólo por la natural necesidad que todos tenemos de hacernos oír. Comentó que hacía unos meses que se había dado cuenta de su misión (no me dio mayores detalles sobre el momento de la revelación,  por lo que todavía se especula sobre ángeles y mates). Dijo que desde aquel momento supo que existía un lugar, un bar para ser más preciso, que debía encontrar. En ese local las victorias se sucederían unas tras otras hasta alcanzar la meta del campeonato. En el lugar indicado la gloria estaba esperándolo, su tarea es dar con el. Debería peregrinar hasta encontrar el recinto, ese era su aporte. ¨ El lugar existe, estoy seguro ¨, me dijo. La convicción de sus palabras, de su voz, me intimidó y casi me persuadió, al modo que lo hacen los pastores en la televisión, de que aquella era la pura verdad. Ese hombre no estaba loco, pensé entonces.  

Continuó hablando. Me contó que empezó por los bares del barrio, pero ninguno era el correcto: en algunos surgían indicios alentadores, sin embargo la realidad, con el correr de los minutos, le escupía en la cara una derrota.  Creía que el lugar no podría estar muy lejos de La Tablada. ¨ Es lógico que no esté muy lejos ¨, me dijo. Noté en esas palabras cierta súplica, como un deseo de que el bar prometido no se hallase demasiado alejado. A pesar de esto, su convicción se mantenía firme. Después de hablar con él no me quedó ninguna duda de que este hombre no va a parar hasta dar con el lugar que busca, si es que existe, claro.

Traté en vano de disuadirlo de su casi imposible propósito. Le dije que son muy pocos los equipos en la historia del fútbol que han salido campeones ganando todos su partidos, que lo común y probable es que hasta el más indiscutido campeón deje puntos en el camino. Ese fue el único argumento que se me ocurrió entonces, y ni le movió un pelo. Reconoció que lo que le dije era cierto, pero me aseguro que él daría con la llave a la hazaña. Entusiasmado me dijo que ya llevaba dos victorias al hilo en ese bar. ¨ Dos. Tal vez después de todo ya encontré el lugar ¨, sentenció con esperanza. ¨ Si, puede ser, puede ser ¨, le dije mientras me levantaba desorientado y me retiraba. Yo sabía que era inútil tratar de convencerlo, ni en mil años lo movería de su posición.

Quedé confundido. Por un lado lo noté tan seguro de sí mismo y de su noble propósito que sentí algo de felicidad, pero por el otro no pude evitar pensar que se embarcaba en una empresa que iba a terminar consumiéndolo.

Me subí al auto y encendí la radio. El partido ya estaba por comenzar pero no me sentía con ánimos para ir a la cancha. Anduve dando vueltas por la ciudad toda la tarde, ensimismado en lo que Herminio me había dicho.

Muchos nos hemos aferrado más de una vez a alguna cábala; yo mismo sostuve una tan absurda que me avergüenza reconocerla. A veces la desesperación nos lleva a lugares impensados, pero él cruzó el límite, entregándose de lleno a su búsqueda. Por propia voluntad se convirtió en un hincha itinerante, condenado a un perpetuo mendigar de un lado al otro: un trotabares. Reflexionando sobre eso me sentí orgulloso de Herminio –lo mismo pasó con los demás muchachos cuando les referí la historia–, su sacrifico era por y para  nosotros. Confinado a un vagar errante por los bares, sufriendo las exageraciones de los relatores por su pequeña radio, continuaría con su búsqueda, que es la de todos: la búsqueda de la gloria. Algunos calvarios valen la pena…

Enfrascado en mis pensamientos se me pasó fugaz y pesado el tiempo. Cuando me di cuenta el sol se estaba yendo. El partido ya debía de haber terminado. Por primera vez en lo que iba del paseo presté atención a la transmisión radial: habíamos perdido, por supuesto. Sentí lastima por Herminio: debería continuar con su búsqueda. Quién sabe hasta cuando.

 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-