"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Terraza de tercero

Publicado en General el 23 de Octubre, 2007, 21:09 por dvaldez

CLARISA

 

La letra con sangre entra, me dijo el Laucha mientras me tendía de espaldas sobre la mesa. -Necesitamos ver como reaccionás bajo presión- declaró.

Apiló sobre mi estómago los cinco tomos de la enciclopedia  popular básica. Juntó mis piernas y las sostuvo en su lugar con dos bustos pequeños de San Martín que yo usaba de pisapapeles, uno al lado de cada rodilla. En el pecho me dio tres vueltas con un rollo de film para microondas, que manoteó de pasada de un cajón. Cuando puso el plato de loza con una naranja encima sobre mi cabeza y me advirtió debía mantenerlo en equilibrio, comencé a sospechar que no había sido buena idea comentarle que la extrañaba a Clarisa.

El Laucha era así. Científico casero. Empírico por naturaleza. Temerario y gran amigo.

Puso cara de preocupación y sin decir palabra me arrastro hacia el comedor.

-Clarisa no tiene derecho a que vos la extrañes- me decía mientras vigilaba la naranja temblorosa, la transpiración bajo el plástico y los San Martines polvorientos. –No después de lo que sufriste-continuó-  Esa mina te arruino la vida.

El laucha hablaba y yo pensaba cada vez más en letras de tango. Se me cruzaba una de manera mas persistente que las otras: “No habrá ninguna igual, no habrá ninguna….” Ahora mi terapeuta se había sacado una hojota y me pegaba en las piernas unos cortos y eficientes chicotazos, que me empezaban a dejar los muslos rojos. –Clarisa es una mierda, Clarisa es un escuerzo, Clarisa el anticristo- repetía como un mantra entre uno y otro chicotazo- La pena es una piedra de la que es preciso liberarse- me decía mientras arrojaba la hojota lejos y me tironeaba de las piernas hacia si. Los bustos patrios cabeceaban y amenazaban con caerse. Hacían un ruido hueco, oscilando sobre sus bases macizas y cuadradas. Yo la pasaba mal, tratando de mantener la naranja en su lugar. De repente me vino a la mente la tarde en que el Laucha colgó a un gato de la cola y le prendió un fuego debajo, argumentando que estaba poseído por el espíritu de un ratón.

Ya me empezaba a picar demasiado el pecho, el plato estaba cada vez más inestable y la posición me entumecía los músculos, amenazando un calambre.

La incomodidad me cedió un momento de lucidez. Fui capaz de comprender la tontería en la que estaba metido. El laucha era mi mejor amigo. Y por no querer herir sus sentimientos yo lo había dejado hacer cualquier cosa. Hiciera lo que hiciese, yo no iba a dejar de pensar en Clarisa. Y aunque me ponía mal evocarla, era justamente eso lo que necesitaba. No sabía muy bien por que. Quizás era un masoquismo terapéutico. Quizás, simple y pura estupidez humana.

Me tembló todo el cuerpo. Ya cansado, apoyé las manos en la dura superficie de la mesa y me levanté de un tirón. Los tomos de la enciclopedia volaron hacia todas partes. Un tomo cayo a plomo por el borde de la mesa y se clavo de canto en el dedo gordo del sorprendido laucha. Puteó fuerte y se agachó furioso. El nailon crujió en mi pecho, resbalando con la transpiración. Por suerte estaba flojo y lo arranque sin ceremonias, haciéndome daño en el canto de la mano. Sentí los San Martines rebotar en el suelo de baldosas y por el sonido que hicieron me pareció que alguno se había descabezado. Fue en ese momento en que la pata de la mesa vieja decidió romperse. Sentí el ¡crak! Inapelable. Vi algunas astillas volar delante de mí, mientras caía de culo al piso.

El Laucha no se entero de nada. Todavía agachado, insultando al suelo, nunca alcanzo a ver el filo de la silla que le partió la frente. Llamé a mi viejo a los gritos y lo llevamos en el auto hasta el hospital.

Después, cuando la urgencia ya había pasado y los puntos de sutura se secaban en la frente de mi amigo, miraba por una ventanita de la sala de espera un rosal que vibraba imperceptible bajo la brisa de la tarde. Las flores eran rojas y se oscurecían a medida que el color se desplazaba hacia los bordes. Eran las mismas flores por las que Clarisa tenia debilidad. Me quede un rato con la vista fija en el jardín, pensando en la coincidencia. Después me entró la risa. A su manera torpe y atropellada, el Laucha lo había logrado. Porque entre el lío de la mesa, las corridas y el sanatorio, me había pasado un par de horas sin pensar para nada en Clarisa.

Y la verdad era que al final no me había importado demasiado.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-