"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




23 de Octubre, 2007


En la Estación

Publicado en General el 23 de Octubre, 2007, 23:53 por Frambuesa_Interestelar

                                                                

                                                                                                      

cinco minutos antes de dormirme arriba del cole

dejo el libro abierto por la mitad,

después sueño :

                      *con los personajes mas inverosímiles

                       * que el mundo es un vaso de porrón

 muero por sumergirme en mil fantasías

 la siesta en los coles es corta y precisa

me despierto cuando prenden las luces cerca de Centeno

para hacer la parada y bajarme a mear

pienso:

una vez hechas mis nesecidades  ya no soñaré lo mismo

*el vaso de porrón que tomé con Beto se irá por las cañerías

*los personajes mas inverosímiles se irán con la meada

y ahi es cuando  un señor fisicoculturista con la ropa de la empresa Güemes

me indica que si no me bajo a mear ahora, no habrá más paradas hasta llegar a Rafaela

me quedo en la difícil decisión de descartar o no mis sueños por el mijitorio

(continuará)...

--  ALEJANDRO MENARDI              (para los que no conocen mi lado virtual)

los lejanos

Publicado en Poemitas. el 23 de Octubre, 2007, 23:02 por amanda poliester

en una playa confusa y silenciosa

escriben cosas en la arena sabiendo

las ofrendas van al mar tarde o temprano

en la tarde de certeza agobiante

ruedan abultan códigos  telepostales

miran fotos se ven se entreven los lejanos

tienden a suponer que

estarán en un tiempo seguro

en algún sitio cierto

sin que haya razón aparente

ahora dispersos no tienen

ni aniversarios ni números de teléfono

programan encuentros que no se concretan

tal vez no hace falta esa compensación inútil

pero en cambio

ríen porque sí ríen de agua

una fracción de segundo

mandarinas que vuelven con perfume de siesta

los lugares de infancia

los besos habidos de los labios de un primo

y viste alguna vez los pobres árboles

con qué lenta desesperación se nos parecen

los viste deshacerse en la tarde

y tina calcinada piensa todo el tiempo

detrás de sus especies de higo

margarita bucea en su universo de agua

y humo

tal vez hoy si no estuvieran del otro lado

en este blanco automático de letras uniformes

no habría la música

todo seguiría desafinando tanto

y mi pobre corazón una vez más

no entendería en qué consiste

todo

qué sostiene

todo

para qué sirve

todo

 

(perdonen este exabrupto

desatinado y de pésimo gusto

es debido al exceso de luz fluorescente)

Terraza de tercero

Publicado en General el 23 de Octubre, 2007, 21:09 por dvaldez

CLARISA

 

La letra con sangre entra, me dijo el Laucha mientras me tendía de espaldas sobre la mesa. -Necesitamos ver como reaccionás bajo presión- declaró.

Apiló sobre mi estómago los cinco tomos de la enciclopedia  popular básica. Juntó mis piernas y las sostuvo en su lugar con dos bustos pequeños de San Martín que yo usaba de pisapapeles, uno al lado de cada rodilla. En el pecho me dio tres vueltas con un rollo de film para microondas, que manoteó de pasada de un cajón. Cuando puso el plato de loza con una naranja encima sobre mi cabeza y me advirtió debía mantenerlo en equilibrio, comencé a sospechar que no había sido buena idea comentarle que la extrañaba a Clarisa.

El Laucha era así. Científico casero. Empírico por naturaleza. Temerario y gran amigo.

Puso cara de preocupación y sin decir palabra me arrastro hacia el comedor.

-Clarisa no tiene derecho a que vos la extrañes- me decía mientras vigilaba la naranja temblorosa, la transpiración bajo el plástico y los San Martines polvorientos. –No después de lo que sufriste-continuó-  Esa mina te arruino la vida.

El laucha hablaba y yo pensaba cada vez más en letras de tango. Se me cruzaba una de manera mas persistente que las otras: “No habrá ninguna igual, no habrá ninguna….” Ahora mi terapeuta se había sacado una hojota y me pegaba en las piernas unos cortos y eficientes chicotazos, que me empezaban a dejar los muslos rojos. –Clarisa es una mierda, Clarisa es un escuerzo, Clarisa el anticristo- repetía como un mantra entre uno y otro chicotazo- La pena es una piedra de la que es preciso liberarse- me decía mientras arrojaba la hojota lejos y me tironeaba de las piernas hacia si. Los bustos patrios cabeceaban y amenazaban con caerse. Hacían un ruido hueco, oscilando sobre sus bases macizas y cuadradas. Yo la pasaba mal, tratando de mantener la naranja en su lugar. De repente me vino a la mente la tarde en que el Laucha colgó a un gato de la cola y le prendió un fuego debajo, argumentando que estaba poseído por el espíritu de un ratón.

Ya me empezaba a picar demasiado el pecho, el plato estaba cada vez más inestable y la posición me entumecía los músculos, amenazando un calambre.

La incomodidad me cedió un momento de lucidez. Fui capaz de comprender la tontería en la que estaba metido. El laucha era mi mejor amigo. Y por no querer herir sus sentimientos yo lo había dejado hacer cualquier cosa. Hiciera lo que hiciese, yo no iba a dejar de pensar en Clarisa. Y aunque me ponía mal evocarla, era justamente eso lo que necesitaba. No sabía muy bien por que. Quizás era un masoquismo terapéutico. Quizás, simple y pura estupidez humana.

Me tembló todo el cuerpo. Ya cansado, apoyé las manos en la dura superficie de la mesa y me levanté de un tirón. Los tomos de la enciclopedia volaron hacia todas partes. Un tomo cayo a plomo por el borde de la mesa y se clavo de canto en el dedo gordo del sorprendido laucha. Puteó fuerte y se agachó furioso. El nailon crujió en mi pecho, resbalando con la transpiración. Por suerte estaba flojo y lo arranque sin ceremonias, haciéndome daño en el canto de la mano. Sentí los San Martines rebotar en el suelo de baldosas y por el sonido que hicieron me pareció que alguno se había descabezado. Fue en ese momento en que la pata de la mesa vieja decidió romperse. Sentí el ¡crak! Inapelable. Vi algunas astillas volar delante de mí, mientras caía de culo al piso.

El Laucha no se entero de nada. Todavía agachado, insultando al suelo, nunca alcanzo a ver el filo de la silla que le partió la frente. Llamé a mi viejo a los gritos y lo llevamos en el auto hasta el hospital.

Después, cuando la urgencia ya había pasado y los puntos de sutura se secaban en la frente de mi amigo, miraba por una ventanita de la sala de espera un rosal que vibraba imperceptible bajo la brisa de la tarde. Las flores eran rojas y se oscurecían a medida que el color se desplazaba hacia los bordes. Eran las mismas flores por las que Clarisa tenia debilidad. Me quede un rato con la vista fija en el jardín, pensando en la coincidencia. Después me entró la risa. A su manera torpe y atropellada, el Laucha lo había logrado. Porque entre el lío de la mesa, las corridas y el sanatorio, me había pasado un par de horas sin pensar para nada en Clarisa.

Y la verdad era que al final no me había importado demasiado.

John Irving... Una Mujer Difícil...

Publicado en De Otros. el 23 de Octubre, 2007, 20:50 por MScalona

 Elle Fanning, interpreta a RUTH COLE

                                                                                                    

                                                                                                 

Ocurrió aquel verano de 1958, cuando Ruth tenía cuatro años, poco antes de que Eddie se instalara en su casa. Esta vez no fue el ruido que producen dos personas al hacer el amor lo que la despertó, sino un ruido que había oído en sueños y que recordó al despertar. En el sueño de Ruth, su cama sufría sacudidas, pero al despertar vio que era ella quien temblaba, y por lo tanto la cama también parecía temblar. Y por unos instantes, incluso cuando Ruth estaba despierta del todo, el ruido procedente del suelo persistía. Entonces, bruscamente, se quedó quieta. Era un ruido como el de alguien que quiere pasar desapercibido.

-¡Papá! –susurró Ruth.

Había recordado que esa noche le tocaba a su padre quedarse con ella, pero le llamó en voz tan baja que ni siquiera ella misma se oyó. Además, Ted Cole dormía como un tronco. Como les sucede a la mayoría de los grandes bebedores, más que dormirse se caía redondo, por lo menos hasta las cuatro o las cinco de la madrugada; entonces se despertaba y ya no podía volver a conciliar el sueño.

Ruth bajó de la cama, donde su padre estaba acostado. Desprendía un olor a Whisky o a ginebra, un olor tan intenso como el de un coche que huele a aceite de motor y gasolina en un garaje cerrado.

-¡Papá! –volvió a llamarle-. He tenido un sueño. He oído un ruido.

-¿Qué clase de ruido era, Ruthie? –le preguntó  su padre. No se había movido, pero estaba despierto.

-Ha entrado en la casa –dijo Ruth.

-¿Qué es lo que ha entrado? ¿El ruido?

-Está en la casa, pero intenta estarse quieto –le explicó Ruth.

-Entonces vamos a buscarlo –dijo su padre-. Un ruido que intenta estarse quieto. Tengo que ver eso.

La tomó en brazos y recorrió el largo pasillo del piso superior, de cuyas paredes colgaban más fotografías de Thomas y Timothy que en cualquier otra parte de la casa, y, cuando Ted encendió las luces, los hermanos muertos de Ruth parecieron rogarle a la niña que les dispensara toda su atención, como una hilera de príncipes que solicitaran el favor de una princesa.

-¿Dónde estás, ruido? –preguntó Ted.

-Mira en las habitaciones de los invitados –le pidió Ruth.

-Entonces creo que se ha ido –concluyó Ted-. ¿Qué clase de ruido era?

-Era como el ruido de alguien que no quiere hacer ruido le explicó Ruth.

Él la depositó en una de las camas para los invitados, y tomó de la mesilla de noche un bloc y un bolígrafo. Le gustaba tanto lo que la niña había dicho que debía anotarlo. Pero no llevaba puesto el pijama y, por lo tanto, carecía de bolsillos para guardar la hoja de papel, de modo que sostuvo la hoja entre los dientes cuando tomó de nuevo a Ruth en brazos. Ella, como de costumbre, sólo mostró un interés pasajero por la desnudez de su padre.

-Tu pene es gracioso –le dijo.

-Sí, mi pene es gracioso –convino su padre.

Era lo que siempre le decía. Esta vez, con la hoja de papel entre los dientes, la naturalidad de esa observación parecía todavía más natural.

-¿Adónde ha ido el ruido? –le preguntó Ruth.

Su padre la llevaba a través de los dormitorios y baños de los invitados, apagando las luces al pasar, pero en uno de los baños se detuvo tan en seco que Ruth imaginó que Thomas o Timothy, o tal vez los dos, habían alargado la mano desde una de las fotografías para agarrar a Ted.

-Voy a contarte un cuento sobre un ruido –le dijo su padre, y, al hablar, la hoja de papel que sostenía entre los dientes se ondulaba.

Entonces, con la niña todavía en los brazos, se sentó en el borde de la bañera.

En la fotografía que le había llamado la atención, Thomas tenía cuatro años, exactamente la edad que tenía Ruth ahora. Todos aparecían en poses desgarbadas: Thomas, sentado en un gran sofá con un confuso diseño floral en la tapicería, y Timothy, con dos años, a quien parecía inundar el exceso botánico del sofá, y que permanecía a la fuerza en el regazo de Ted. La foto debía de datar de 1940, dos años antes de que naciera Eddie O` Hare.

-Una noche, cuando Thomas tenía tu edad, Ruthie… -le contó su padre-, y Timothy aún estaba en pañales…, Thomas oyó un ruido.

Ruth siempre recordaría a su padre en el acto de quitarse la hoja de papel de la boca.

-¿Los dos se despertaron? –le preguntó Ruth, mirando la fotografía.

Y eso fue lo que puso en movimiento el viejo y memorable relato. Ted Cole se lo sabía de memoria desde la primera línea.

-<<Tom se despertó, pero Tim no. >>

Ruth se estremeció en los brazos de su padre. Incluso de mayor, convertida ya en una novelista de éxito, Ruth Cole no podría oír o pronunciar esas palabras sin estremecerse.

-<<Tom se despertó, pero Tim no. Era noche cerrada. "¿Has oído eso?", le preguntó Tom a su hermano, pero Tim sólo tenía dos años e, incluso cuando estaba despierto, no hablaba mucho.

>>Tom despertó a su padre y le preguntó: "¿Has oído ese ruido?".

>> "¿Qué clase de ruido?", preguntó su padre.

>> "Era como el de un monstruo sin brazos ni piernas, pero que intenta moverse", dijo Tom.

>> "¿Cómo puede moverse sin brazos ni piernas?"

>> "Pues se arrastra", dijo Tom. "Se desliza sobre su pelaje."

>> "¡Ah!, ¿pero tiene pelaje?", preguntó el padre.

>> "Avanza apoyándose en los dientes."

>> "¡También tiene dientes!", exclamó el padre.

>> "Ya te lo he dicho… ¡Es un monstruo!", insistió Tom.

>> "Pero ¿cómo era exactamente el ruido que te ha despertado?", le preguntó su padre.

>> "Era un ruido como si…, como si uno de los vestidos que tiene mamá en el armario estuviera vivo de repente y tratara de bajar del colgador", dijo Tom.>>

Durante el resto de su vida, Ruth Cole tendría miedo de los armarios. No podría dormirse en una habitación si la puerta del armario estaba abierta. No le gustaba ver los vestidos allí colgados. No le gustaban los vestidos, y punto. De niña jamás abría la puerta de un armario si la habitación estaba a oscuras, por temor a que un vestido tirase de ella y la arrastrara dentro del armario.

-<< "Volvamos a tu habitación y escuchemos el ruido", dijo el padre de Tom.

>>Y allí estaba Tom, que seguía dormido y aún no había oído ningún ruido. Era un ruido como el de un perro que intentara abrir una puerta: tenía la boca húmeda, y por lo tanto no podía agarrar bien el pomo, pero no dejaba de intentarlo, y Tom pensó que al final el perro entraría. Era un ruido como el de un fantasma en el desván, que dejara caer al suelo los cacahuetes que había robado en la cocina. >>

Y al llegar ahí, la primera vez que escuchó el cuento, Ruth interrumpió a su padre para preguntarle qué era un desván.

-Es una habitación grande encima de los dormitorios –le dijo.

La existencia incomprensible de semejante habitación la llenó de espanto. La casa. La casa donde Ruth creció carecía de desván.

-<< "¡Ahí está otra vez el ruido!", susurró Tom a su padre. "¿Lo has oído?"

>>Esta vez Tim también se despertó. Era un ruido como el de algo atrapado dentro de la cabecera de la cama. Se estaba comiendo el material para salir de allí, roía la madera. >>

Ruth interrumpió a su padre de nuevo. Su litera no tenía cabecera, y no sabía lo que significaba <<roía>>. Su padre se lo explicó.

-<<A Tom le parecía que el sonido era claramente el de un monstruo sin brazos ni piernas que arrastraba su espeso y húmedo pelaje.

>> "¡Es un monstruo!", exclamó.

>> "Es un ratón que se arrastra entre las paredes", dijo su padre.

>>Tim lanzó un grito. No sabía qué era un ratón, y le asustaba la idea de un ser con pelaje espeso y húmedo, sin brazos ni piernas, arrastrándose entre las paredes. Además, ¿cómo algo así podía meterse entre las paredes?

>>Pero Tom le preguntó a su padre si de veras sólo era un ratón.

>>El padre golpeó la pared con la mano y oyeron cómo el ratón se escabullía.

>>"Si vuelve", les dijo a Tom a Tim, "Sólo tenéis que golpear la pared."

>> "¡Un ratón que se arrastra entre las paredes!", exclamó Tom. "¡No era más que eso!"

>>Se durmió enseguida, y su padre regresó a la cama y también se durmió, pero Tim se pasó toda la noche en vela, porque no sabía lo que era un ratón y quería estar despierto cuando la criatura que se arrastraba entre las paredes volviera a arrastrarse. Cada vez que creía oír al ratón moviéndose entre las paredes, Tim golpeaba la pared con la mano y el ratón se escabullía, arrastrando su espeso y húmedo pelaje, sin patas delanteras ni traseras.

-Y éste… -le dijo Tid a Ruth, porque terminaba todos sus relatos de la misma manera.

-Y éste es el final del cuento –concluyó la pequeña.

Cuando su padre se levantó del borde de la bañera, Ruth oyó el crujido de sus rodillas. Apagó la luz del baño de invitados, donde Eddie O` Hare no tardaría en pasar una absurda cantidad de tiempo, dándose largas duchas hasta que se terminaba el agua caliente o haciendo alguna otra cosa propia de los adolescentes.

El padre de Ruth apagó las luces del largo pasillo, donde las fotografías de Thomas y Timothy se sucedían en una hilera perfecta. A Ruth, sobre todo aquel verano en que ella tenía cuatro años, le parecía que abundaban las fotografías de sus dos hermanos a la edad de cuatro años. Más adelante especularía con la posibilidad de que su madre hubiera preferido los niños de cuatro años a los de cualquier otra edad, y se preguntaría si ésa fue la razón de que su madre la abandonara  al final del verano, precisamente cuando ella tenía cuatro años.

Después de que su padre la acostara en la litera, Ruth le preguntó:

-¿Hay ratones en esta casa?

-No, Ruthie, no hay nada que se arrastre entre nuestras paredes –respondió él.

Pero la niña permaneció despierta después de que su padre le diera las buenas noches con un beso, y aunque el ruido que la había seguido desde su sueño no la siguió, o por lo menos no lo hizo esa misma noche, Ruth sabía ya que algo se arrastraba entre las paredes de la casa. Sus hermanos muertos no limitaban su residencia a aquellas fotografías. Se movían de un lado a otro, y era posible detectar en numerosos detalles su presencia fantasmal.

Frag. Novela  UNA MUJER DIFÍCIL, ed. Tusquets p. 28-31

terraza

Publicado en General el 23 de Octubre, 2007, 16:57 por negrointenso

Perros ladrándole a los trenes

Carteles

Donde debía decir:

"Estufa

no apoye sus pertenencias

en la rejilla

se pueden quemar"

decía:

"Ufa

apoye sus impertenencias

en la rejilla

no se pueden quemar"

......

Escribo

con letra temblorosa

en el tren que me lleva a Tucumán

no reconozco

ni letra

ni paisaje

.....

El agua trata de suavizar

                           en vano

algarrobos   

espinillos

tunas

cardón

La tierra no se cansa de dar espinas.

.....

Clase turista

primera clase

pullman

camarote

gente buscando gente

.....

Casas humildes

pintadas con la vivacidad

de los pigmentos a la cal.

......

Superintendente Ledesma

una interminable plantación de caña de azucar

......

Doble vidrio blindado

persiana metálica

intentando evitar

la ira de la piedra

......

En el paisaje del suburbio

los neumáticos y los adoquines

evitan que las chapas tomen vuelo

....

Todo el monte

hecho leña

dejando lugar a

campos de limoneros

podados como cubos

......

El brillo de dos gallos

se disputaba

la vastedad del paisaje.

.....

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-