"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




19 de Septiembre, 2007


mo-ra-ru-ki ... más Murakami

Publicado en De Otros. el 19 de Septiembre, 2007, 23:14 por MScalona

 -Pero a ti no te pasará nada. Tú no tienes por qué preocuparte. Aunque anduvieras por aquí de noche con los ojos cerrados, tú jamás  te caerías dentro. Seguro. Y a mí, mientras esté contigo, tampoco me pasará nada.

            -¿Jamás?

            -Jamás.

            -¿Y cómo lo sabes?

            - Lo sé. –Naoko asió mi mano con fuerza. Luego siguió andando un rato en silencio-. Estas cosas las sé muy bien. De pronto las siento, y punto. Por ejemplo, ahora que estoy agarrada a ti con fuerza, no tengo miedo. Nada puede hacerme daño.

            -Entonces es fácil. Basta con que estés siempre así –dije.

            -¿Eso… lo dices en serio?

            -Desde luego.

            Naoko se detuvo. Yo también. Ella posó sus manos sobre mis hombros y se quedó mirándome fijamente. En el fondo de sus pupilas, un líquido negrísimo y espeso dibujaba una extraña espiral. Las pupilas permanecieron largo tiempo clavadas en mí. Después se puso de puntillas y acercó su mejilla a la mía. Fue un gesto tan cálido y dulce que mi corazón dejó de latir por un instante.

            -Gracias –dijo Naoko.

            -De nada –contesté.

            -Estoy muy contenta de que me digas eso. –Esbozó una sonrisa triste-. Pero no es posible.

            -¿Por qué?

            -Porque no puede ser. Porque es horrible. Eso… -Pero enmudeció y siguió andando en silencio.

            Comprendí que debía de darle vueltas a algo, así que, sin mediar palabra, empecé a andar a su lado en silencio.

            -Porque eso… no es bueno. Ni para ti, ni para mí –prosiguió ella mucho rato después.

            -¿Y en qué sentido lo es? –le pregunté en voz baja.

            -Eso de que alguien proteja eternamente a alguien… es imposible. Mira. Suponiendo, ¿eh?, suponiendo que te casaras conmigo… Tú trabajarías en alguna empresa, ¿no es así? ¿Quién me protegería mientras estuvieses de viaje de negocios? ¿Tengo que estar pegada a ti hasta que me muera? ¿Dónde está la igualdad? A eso no puede llamarse una relación humana, ¿no te parece? Además, cualquier día acabarías hartándote de mí. Te preguntarías: << ¿Qué es mi vida? ¿Hacer de niñera de esta mujer?>>. Yo no quiero eso. No resolvería mis problemas.

            -Mis problemas no tiene por qué durar toda la vida. –Posé mi mano en su espalda-. Algún día acabarán. Y cuando todo haya terminado, bastará con que reconsideremos el asunto. Bastará con que pensemos qué debemos hacer a partir de entonces. Y ese día tal vez seas tú quien me ayude a mí. No tenemos por qué vivir haciendo balance. Si tú ahora me necesitas a mí, me utilizas sin más. ¿Por qué eres tan terca? Relájate. Estás tensa y por eso te lo tomas así. Si te relajas, te sentirás más ligera.

            -¿Por qué dices eso? – La voz de Naoko con la vista clavada en el suelo-. Si te relajas, te sientes más ligero, eso también lo sé yo. No hace ninguna falta que me lo recuerdes. Pero si ahora me relajo, me haré pedazos. Desde hace tiempo he sido incapaz de vivir de otra manera, y todavía lo soy. Si bajara la guardia, aunque sea una vez, sería incapaz de recomponerme a mí misma. Me haría pedazos y éstos volarían con un soplo de viento. ¿Cómo puede ser que no lo entiendas? ¿Cómo puedes decir que cuidarás de mí si no comprendes eso?

Enmudecí.

-         Me siento mucho más perdida de lo que puedas imaginarte. Perdida entre tinieblas y hielo… Escucha… ¿Por qué te acostaste conmigo aquel día ¿ ¿Por qué no me dejaste en paz?

Andábamos por un pinar en el más absoluto silencio. En lo alto de una cuesta había esparcidos los restos de unas cigarras muertas a finales del verano, que crujían bajo nuestros pies. Naoko y yo cruzamos el pinar despacio, con la mirada fija ante nosotros, como quien busca algo.

      -Lo siento –dijo Naoko tomándome del brazo cariñosamente. Sacudió varias veces la cabeza-. No pretendía herirte. No hagas caso de mis palabras, ¿eh? Lo siento muchísimo. Sólo estaba enfadada conmigo misma.

      -Quizás aún no te comprenda –afirmé-. No soy muy inteligente y me cuesta entender las cosas. Pero, con un poco de tiempo, llegaré a entenderte. Y no habrá nadie en el mundo que te comprenda mejor que yo.

      Nos detuvimos un momento y aguzamos el oído en el silencio que nos envolvía. Con la punta del zapato hice rodar los restos de las cigarras y unas piñas, contemplé el cielo a través de las ramas de los pinos. Naoko permanecía absorta con las manos en los bolsillos, sin mirar nada en concreto.

      -Watanabe, ¿me quieres?

      -Claro –respondí.

      -¿Puedo pedirle dos favores?

      -Incluso tres.

      Naoko sacudió la cabeza sonriendo.

      -Con dos es suficiente. El primero es que te agradezco que vengas a verme. Estoy muy contenta y me… me ayuda mucho. Quizá no lo parezca, pero es así.

      -Volveré a venir –dije-. ¿Y el otro?

      -Que te acuerdes de mí. ¿Te acordarás siempre de que existo y de que he estado a tu lado?

      -Me acordaré siempre.

     

                                                                                                                           

                                                                                                                           

     

TOKIO BLUES.   p. 14-17  -  Haruki  Murakami

Coincidencia con Lorena

Publicado en Nuestra Letra. el 19 de Septiembre, 2007, 18:33 por Saty

Pocas cosas recuerdan a su abuelo. Una visita, un certificado de defunción y un chocolate compartido con su hermano, es todo lo que le queda a Lorena,  de ese ser tan querido y a la vez lejano.

Y pensé… es insuficiente, pero, no es poco.

A mí, solamente me regalaron un par de fotos desteñidas por los años y un sin fin de historias que me hablaban desde otro tiempo y que por mis pocos años, me costaba entender.

 Mil veces traté de imaginar cómo sería la voz de aquel hombre, tan amado y respetado por todos, cómo sería su olor, mezcla de café e incontables cigarrillos que terminaron quitándole la vida. Otras tantas, me encontré mirándome al espejo, en una búsqueda de algún parecido que indicara que, efectivamente, yo me le parecía. Como queriéndome aferrar a la sangre que corría por mis venas y que me confirmara un vínculo para armar la historia que otros me habían contado.

Coincido con Lorena, la vida a veces puede parecernos injusta. Así lo siento cuando pienso que no conocí a mi abuelo, que él nunca supo de mí.

Hace mucho tiempo que no me miro al espejo buscando semejanzas, pero cada tanto vuelve esa necesidad de sentir su olor, el que yo misma imaginé.

Y es ahí, en ese  preciso momento, que me entrego a la nostalgia.

Qué lindo escribe este desgraciado!!!

Publicado en De Otros. el 19 de Septiembre, 2007, 14:33 por maripau.-

IMAGINAR LOS SITIOS POSIBLES DONDE ESTABAS...

...en un rincón del año...
                            V. Huidobro

Imaginar los sitios posibles donde estabas,
verte llegar sin noche a La Tertulia,
reconocer tu voz apresurada
al contar una anécdota
o preguntar por mí,
saber que nos mirábamos antes de conocernos,
son capítulos largos de mi vida.

Supongo que también te dejarán a ti
este mismo vacío,
esta impaciencia por estar sin nadie
mientras se nos olvida
todo el calor que duele de olvidado.

El naufragio es un don afín al hombre.
Después de que sucede
suelen tener las huellas
esa incomodidad que tienen las mentiras,
el recuerdo es un dogma,
la soledad el pecho que tú me acariciaste.

Pero cambiando de conversación
el tiempo -buen amigo
que deforma el pasado como el amor a un cuerpo-
hará que cada día no parezca un disparo,
que volvamos a vernos una tarde cualquiera,
en un rincón del año y sin sentir
demasiada impotencia.

Será seguramente
como volver a estar,
como vivir de nuevo en una edad difícil
o emborracharnos juntos
para pasar a solas la resaca.

Igual que quemaduras debajo de los dedos,
en un segundo plano
seguiremos presentes y esperando
ese momento exacto del náufrago en la orilla,
cuando al salir del mar
me escribas en la arena:
«Sé que el amor existe,
pero no sé dónde lo aprendí».

Luis García Montero

Maestro de lo Fantástico...

Publicado en De Otros. el 19 de Septiembre, 2007, 12:42 por MScalona

                                  Continuidad De los Parques

 

        

        Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia él parque de los robles. Arrellanando en  su sillón favorito, de espalda a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía esfuerzo los hombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo  del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente  la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado; coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente  atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciaba una mejilla. Empezaba anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta  de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa.  Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela. 

 

 

                                                     Julio  Cortázar

 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-