"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




17 de Septiembre, 2007


Haruki Murakami

Publicado en De Otros. el 17 de Septiembre, 2007, 19:05 por MScalona

Haruki MurakamiHaruki Murakami, Japón, 1949


Yo entonces tenía treinta y siete años y me encontraba a bordo de un Boeing 747. El gigantesco avión había iniciado el descenso atravesando unos espesos nubarrones y ahora se disponía a aterrizar en el aeropuerto de Hamburgo. La fría lluvia de noviembre teñía la tierra de gris y hacía que los mecánicos cubiertos con recios impermeables, las banderas que se erguían sobre los bajos edificios del aeropuerto, las vallas que anunciaban los BMW, todo, se asemejara al fondo de una melancolía pintura de la escuela flamenca. <<¡Vaya! ¡Otra vez en Alemania!>>, pensé.

            Tras completarse el aterrizaje, se apagaron las señales de <<prohibido fumar>> y por los altavoces del techo empezó a sonar una música ambiental. Era una interpretación ramplona de Norwegian Word de los Vétales. La melodía me conmovió, como siempre. No. En realidad, me turbó; me produjo una emoción mucho más violeta que de costumbre.

            Para que no me estallara la cabeza, me encorvé, me cubrí la cara con las manos y permanecí inmóvil. Al poco se acercó a mí una azafata alemana y me preguntó si me encontraba mal. Le respondí que no, que se trataba de un ligero mareo.

            -¿Seguro que está usted bien?

            -Sí, gracias –dije.

            La azafata me sonrió y se fue. La música cambió a una melodía de Billy Joel. Alcé la cabeza, contemplé las nubes oscuras que cubrían el Mar del Norte, pensé en la infinidad de cosas que había perdido en el curso de mi vida. Pensé en el tiempo perdido, en las personas que habían muerto, en las que me habían abandonado, en los sentimientos que jamás volverían.

            Seguí pensando en aquel prado hasta que el avión se detuvo y los pasajeros se desabrocharon los cinturones y empezaron a sacar sus bolsas y chaquetas de los portaequipajes. Olí la hierba, sentí el viento en la piel, oí el canto de los pájaros. Corría el otoño de 1969, y yo estaba a punto de cumplir veinte años.

            Volvió a acercarse la misma azafata de antes, que se sentó a mi lado y me preguntó si me encontraba mejor.

            -Estoy bien, gracias. De pronto me he sentido triste. Es sólo eso –dije, y sonreí.

            -También a mí me sucede a veces. Le comprendo muy bien –contestó ella. Irguió la cabeza, se levantó del asiento y me regaló una sonrisa resplandeciente-. Le deseo un buen viaje. Auf Wiedersehen!

                               -Auf Wiedersenhen! –repetí.

                                                           * * * * *

            Incluso ahora, dieciocho años después, recuerdo aquel prado en sus pequeños detalles. Recuerdo el verde profundo y brillante de las laderas de la montaña, donde una lluvia fina y pertinaz barría el polvo acumulado durante el verano. Recuerdo las espigas de susuki* balanceándose al compás del viento de octubre, las nubes largas y estrechas coronando las cimas azules, como congeladas, de las montañas. El cielo estaba tan alto que si alguien lo miraba fijamente le dolía los ojos. El viento que silbaba en aquel prado agitaba suavemente sus cabellos, atravesaba el bosque. Las hojas de las copas de los árboles susurraban y, en la lejanía, se oía ladrar un perro. Era un ladrido tan tenue y apagado que parecía proceder de otro mundo. No se oía nada más. Ningún otro ruido llegaba a nuestros oídos. No nos habíamos cruzado con nadie. La única presencia, dos pájaros rojos que alzaban el vuelo de aquel prado, como espantados por algo, se dirigían hacia el bosque. Mientras andábamos, Naoko me hablaba de un pozo.

* * * * *

            La memoria es algo extraño. Mientras estuve allí, apenas presté atención al paisaje. No me pareció que tuviera nada de particular y jamás hubiera sospechado que, dieciocho años después, me acordaría de él hasta en sus pequeños detalles. A decir verdad, en aquella época a mí me importaba muy poco el paisaje. Pensaba en mí, pensaba en la hermosa mujer que caminaba a mi lado, pensaba en ella y en mí, y luego volvía a pensar en mí. Estaba en una edad en que, mirara lo que mirase, sintiera lo que sintiese, pensara lo que pensase, al final, como un bumerán, todo volvía al mismo punto de partida: yo. Además, estaba enamorado, y aquel amor me había conducido a una situación extremadamente complicada. No, no estaba en disposición de admirar el paisaje que me rodeaba.

            Sin embargo, ahora la primera imagen que se perfila en mi memoria es la de aquel prado. El olor de la hierba, el viento gélido, las crestas de las montañas, el ladrido de un perro. Esto es lo primero que recuerdo. Con tanta nitidez que tengo la impresión de que, si alargara la mano, podría ubicarlos, uno tras otro, con la punta del dedo. Pero este paisaje está desierto. No hay nadie. No está Naoko, ni estoy yo. <<¿Adónde hemos ido?>>, pienso. <<¿Cómo ha podido ocurrir una cosa así? Todo lo que parecía tener más valor –ella, mi yo de entonces, nuestro mundo- ¿adónde ha ido a parar?>>. Lo cierto es que ya no recuerdo el rostro de Naoko. Conservo un decorado sin personajes.

            Aunque, si me tomo el tiempo suficiente, puedo revivir su imagen. Sus manos pequeñas y frías, su pelo liso, tan bonito y agradable al tacto; los lóbulos de sus orejas, suaves y carnosos, y el lunar que tenía debajo; el elegante abrigo de piel de camello que solía llevar en invierno; su costumbre de mirar fijamente a los ojos cuando hacía una pregunta; el ligero temblor que, por una u otra razón, vibraba en su voz (como si estuviera hablando en lo alto de una colina barrida por un fuerte viento). Al sobreponer estas imágenes, su rostro emerge de repente. Primero se dibuja su perfil. Tal vez porque Naoko y yo solíamos andar el uno al lado del otro. Por eso el perfil es lo que primero emerge en mi recuerdo. Después ella se vuele hacia mí, me sonríe, ladea la cabeza, me habla y me mira fijamente a los ojos. Tal vez esperaba ver en ellos el rastro de un pececillo que cruzaba, veloz como una centella, el fondo de un manantial de aguas cristalinas.

            Me lleva tiempo evocar su rostro. Y conforme vayan pasando los años, más tiempo me llevará. Es triste, pero cierto. Al principio era capaz de recordarla en cinco segundos, luego éstos se convirtieron en diez, en treinta segundo, en un minuto. El tiempo fue alargándose paulatinamente, igual que las sombras en el crepúsculo. Puede que pronto su rostro desaparezca absorbido por las tinieblas de la noche. Sí, es cierto. Mi memoria se está distanciando del lugar donde se hallaba Naoko. De la misma forma que se está distanciando del lugar donde estaba mi yo de entonces. Sólo el paisaje, aquella imagen del prado en octubre, vuelve una y otra vez  mi mente como la escena simbólica de una película. Aquel paisaje sigue sacudiendo, pertinaz, una parte de mi cabeza. << ¡Vamos! ¡Arriba! ¡Aún estoy aquí! ¡Arriba! ¡Levántate y comprende! ¿Cuál es la razón de que todavía esté aquí?>> No siento dolor. Únicamente el sonido hueco que acompaña cada patada. Pero también este eco se apagará algún día. Como se ha ido borrando, inexorablemente, lo demás. Con todo, a bordo de aquel avión en el aeropuerto de Hamburgo, la sacudida fue más fuerte, más prolongada que de costumbre.

<< ¡Arriba! ¡Comprende!>>, decía. Por eso ahora estoy escribiendo. Soy de ese tipo de personas que no acaba de comprender las cosas hasta que las pone por escrito.

  TOKIO BLUES  -       Haruki Murakami –   p. 9-13    Ed. Tusquets.

Palabritas

Publicado en Nuestra Letra. el 17 de Septiembre, 2007, 16:10 por el gallito del rodeo ajeno

Co

Conocí las raíces de la luna sagrada,
visité las orillas de un mar sin tu sal.
Divulgué los motivos que me habían prestado,
encendí con ceniza mis ojeras sin paz.

Inventé mil historias que no fueron una,
creí que la suerte era como el azar.
Recordé que los cuerpos eran el pecado,
sugerí el camino que debía tomar.

Releí sin esfuerzo un libro cerrado,
degusté las delicias de la fábula gris.
Derrumbé los cien mitos que más me gustaron,
pregunté como diablos he llegado hasta aquí.

Caminé por las playas de un perro cansado,
sonreí por las dichas de años atrás.
Construí con espejos un castillo encantado,
alquilé sin garante unas horas de más.

Encontré a la deriva la magia del mago,
consumí los recuerdos sin quererlos ahorrar.
Pagué con mis sueños el tiempo pasado,
protegí las memorias que prefiero olvidar.

Mastiqué las palabras que no había escuchado,
invoqué a un dios muerto sin enterrar.
Comprendí que el infierno está superpoblado,
masturbé un muro muerto sin poderlo excitar.

t u n á i t... poesía de lujo...

Publicado en General el 17 de Septiembre, 2007, 10:39 por MScalona

21 hs... en BAR TERCER MUNDO,  Rioja 1089, 
HOY...  EL SEBA RIESTRA Y LA VERO LAURINO,
no tengo el gusto de conocer a la otra lectora,
EDE GELABERT, pero con los dos primeros hay
para hacerse una panzada, además, dos estilos tan distintos pero tan buenos y eficaces...
AHÍTÁMO...  además hay música en vivo...
                          

Destino

Publicado en Poemitas. el 17 de Septiembre, 2007, 10:02 por Saty

Quise

          Mas no pude

                               Congelar el instante

Tus manos

Lascivas

Hurgando mi soledad

Mi espalda

Desnuda

Vulnerable a tus ojos

Tu sonrisa

Lamiendo

Los retazos de mi cuerpo

Quise

         Mas no pude

                              Capturar sensaciones

La cadencia

De tu respiración

Frenética

El mágico

Contragolpe en mis

Vísceras

El velo final

Que nos encontró

Abrazados

Quise

          Mas no pude

                              La imagen se disolvió.

 

                                                                

 

 

 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-