"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




...la mejor prosa del mundo

Publicado en De Otros. el 29 de Agosto, 2007, 17:13 por MScalona
JUAN CARLOS ONETTI,  Urug. 1909-1994

Tratando de analizar su sensación de estafa, Larsen colgó su sombrero de un clavo, palpó el asiento de hierro y puso sobre él un pañuelo abierto antes de sentarse.

            Eran las cinco de la tarde, al fin de un día de invierno soleado. A través de los tablones mal pulidos, groseramente pintados de azul, Larsen contempló fragmentos rombales de la decadencia de la hora y del paisaje, vio la sombra que avanzaba como perseguida, el pastizal que se doblaba sin viento. Un olor húmedo, enfriado y profundo, un olor nocturno o para ojos cerrados, llegaba desde el estanque. Al otro lado, la casa se alzaba sobre los delgados prismas de cemento, sobre el alto hueco de oscuridad violácea, sobre pilas de colchones y asientos de verano, una manga de riego, una bicicleta. Bajando un párpado para mirara mejor, Larsen veía la casa como la forma vacía de un cielo ambicionado, prometido; como las puertas de una ciudad en la que deseaba entrar, definitivamente, para usar el tiempo restante en el ejercicio de venganza sin trascendencia, de sensualidad sin vigor, de un dominio narcisista y desatento.

            Murmuró una palabra sucia y sonrió mientras se levantaba para recibir a las dos mujeres. Estaba seguro de que era adecuada una expresión de leve sorpresa y supo aprovecharla después, en el principio de la conversación: <<Estaba esperándola, pensando en usted, y casi me había olvidado de dónde estaba y de que usted iba a venir; así que cuando apareció era como si se me hiciera verdad lo que pensaba.>> Casi se impuso luego para servir el té; pero comprendió, ya separadas las nalgas de la silla, que en el mundo difícil de la glorieta la cortesía podía expresarse pasivamente. Ella iniciaba una frase –después de revolver los ojos como un animal acorralado, en guardia, pero sin miedo, con una viejísima costumbre de hostigamiento y peligros-, creía terminarla, hacerla comprensible y recordable con dos golpes de risa. Quedaba entonces un momento con los ojos y la boca abiertos, sin sentido, como si los usara para escuchar, hasta que las dos notas de la carcajada podían considerarse definitivamente diluidas en el aire. Se ponía seria, buscaba huellas de la risa en la cara de Larsen y apartaba la mirada.

            Más allá de los losanges de la glorieta, lejana y presente, amputada por los yuyos, Josefina discutía con un perro, afirmaba los tutores de las rosas. Dentro de la glorieta estaba el problema, aún sin planteo, la cara blanca y sumisa dentro del ancho peinado, los brazos gruesos y blancos que se movían para interrumpirse, para caer sin acabar las confesiones. Estaba el vestido malva, anchísimo más abajo de la cintura, largo hasta los zapatos hebillados, lleno de adornos sobre el pecho y los hombros. Afuera y adentro, encima de ellos, tocando el cuerpo enhiesto y engordado de Larsen, la tarde de invierno, el aire tenso y caduco.

            -Cuando vino la inundación en la casa vieja –dijo ella-, ya no estaba mamá, era de noche, empezamos a subir las cosas al piso de los dormitorios, cada uno arrastraba lo que más quería y era como una aventura. El caballo que tenía más miedo que nosotros, las gallinas ahogadas y los muchachos que se pusieron a vivir en bote. Papito estaba furioso pero nunca se asustó. Los muchachos pasaban en los botes entre los árboles y nos querían traer comida y nos invitaban a pasear. Comida teníamos. Ahora, en la casa nueva, puede subir el agua. Los muchachos pasaban remando y no les importaba, venían de todas partes en los botes y hacían señas con los brazos agitando camisas.

            -Adivine cuándo –dijo Larsen en la glorieta-. Ni en mil años, porque a usted no le importó. Yo estaba en el Belgrano y había llegado por casualidad; ese negocio a una cuadra del astillero. No sabía qué hacer de mi vida, créame; me tomé una lancha y me bajé donde me gustó. Empezó a llover y me metí allí. Así eran las cosas cuando usted aparece. Desde aquel momento tuve la necesidad de verla y hablarle. Para nada; y yo no soy de aquí. Pero no quería irme sin verla y hablarle. Ahora sí, ahora respiro: mirarla y decirle cualquier cosa. No sé lo que me tiene reservado la vida; pero este encuentro ya me compensa. La veo y la miro.

            Josefina golpeó al perro y lo hizo ladrar: entraron juntos en la glorieta y la mujer miró sonriente y jadeando la cara de Angélica Inés, el perfile dolorido de Larsen, los platos olvidados en la mesa de cemento.

            -No pido nada –dijo Larsen en voz alta-. Pero me gustaría volver a verla. Y le doy las gracias, tantas gracias, por todo.

            Hizo chocar los tacones y se inclinó; fue a descolgar su sombrero mientras la hija de Petrus se levantaba y reía. Inclinándose otra vez, Larsen recogió el pañuelo de la silla.

            -Ya es de noche –susurró Josefina. Apoyaba una cadera en el listón de la entrada y miraba la mano que ofrecía a los saltos del perro-. Salga que lo acompaño.

            Guiado por el cuerpo de la sirvienta, Larsen se mezcló, sordo y ciego, con los reiterados vaticinios del frío, de los roces filosos de los yuyos, de la luz afligida, de los ladridos distantes.

            Incauto y rejuvenecido, apretó la mandíbula de Josefina bajo la J y la P del portón y se inclinó para besar.

            -Gracias, querida –dijo-. Sé agradecer.

            Pero ella le detuvo la boca con una mano.

            -Quieto –dijo, distraída, como si hablara con un caballo manso.

                                                                                                                 

                                                                                                                 

                                                                                                                 

                                                                                                                 

                                                                                                                 

Fragm. de EL ASTILLERO, p. 33-36, Seix Barral...

Cuando digo "la mejor prosa del mundo", es una opinión, la mía y nada más. Este pasaje, en mi humilde opinión, leído y releído cientos de veces ya, creo que es la cosa más perfecta en cuanto a construcción formal, ritmo, imágenes y sentido, de todo que leí en mi vida.  Pienso así, de casi todo lo que uno lee de Onetti, pero a veces "sus detalles luminosos" se condensan con una perfección invencible. Lo que destaqué con fondo celeste, es una pieza formal de romanticismo inigualable, en un escritor al que los lectores apenas iniciados, suelen considerar triste o pesimista. En todo caso -seguro- la vida suele ser muy triste -a menudo, no siempre- no los textos de Onetti. Todo lo contrario, quien convierte la realidad o la tristeza en una epifanía, revelación o rasca detalles luminosos entre piedras y cenizas, debiera ser considerado un ángel, no un maldito.  En fin... lo que es seguro, es que Onetti no es para lectores aficionados o en la pubertad de la literatura, sino más bien todo lo contrario. Se aprovecha después de haber leído las largas bibliotecas amables, legibles, objetivas, naturalistas y románticas. Solo después.

Pero a no olvidarse para entonces.  Es como Stravinsky, te puede gustar mucho (mucho) tiempo después de haber escuchado Schubert.  Por las dudas, si hay algún gil, el libro nuevo de EL ASTILLERO de Seix Barral sale $ 16.-  Pero qué saben los giles...!!!!!!!!!!!!!!!!!!                            Marce             

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-