"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Revisando en el blog de Patricia Suárez ...

Publicado en De Otros. el 1 de Agosto, 2007, 16:23 por maripau.-

I  Sueño

Hace poco que lo conozco y por eso tengo miedo. Me acostumbré mal todo este último tiempo, a querer poco y a que me quieran poco. Pero él llega lleno de amor, así dice, usando esa palabra, y expresándolo en los gestos y yo quedo desconcertada. Estoy como en el país de Oz; hay algo que no puede ser cierto, hay algo que no encaja. Busco y busco sin encontrar la quinta pata del gato. Trato de no manifestar el pánico que me atraviesa y finalmente estallo toda una noche, llorando a mares delante de él, sin que él comprenda qué cuernos me pasa. Está bien que no comprenda, pienso. Es lo más natural.
Pasa una semana en que nos vemos un poco sí y un poco no; y después él viaja fuera. Duermo, esa noche que él está fuera del país, de mi mundo, y sueño que él vino a visitarme. Es de día y la luz rebota contra las paredes verdes de mi habitación. Las paredes de mi casa no son verdes, pero así se ven. Él trae una bandera, brillante, de seda o de satén. Tiene colores que no conozco, que no he visto antes en una bandera. Amarillo imperial, púrpura. Hay rojo también. Son franjas de diez centímetros o menos, horizontales. Dobla la bandera cuidadosamente, y la trae como en bandeja, en sus dos brazos. Abre el cajón de mi ropa interior y la guarda ahí, entre mis cosas. Una bandera extraña, la de su país, la suya propia. Luego me besa y se va. Ahí se termina el sueño.

.

II

en el final

su cuerpo era todo de aristas,

y lo que no era aristas, era abismos;

me desafiaba,

como una fuerza de la naturaleza;

no había dulzura ni suavidad en las mañanas,

su presencia me volvió fotofóbica;

andaba a los tumbos durante el día,

un muciélago sin orientación,

un ratón huído;

el atardecer me derrumbaba,

caía en la noche como en un precipicio;

soñaba con médanos, con dunas, con arena;

el sol parecía un punto blanco, me angustiaba,

no quería despertar, nunca,

las sábanas eran papeles

sobre los que yo escribía cartas,

un diario íntimo, impresiones,

estupideces con que me consolaba;

anotaba el insomnio o el sonambulismo,

era mi propia paciente,

la ansiedad, la impaciencia por caer

me roía,

caería al fin de cuentas,

casi sin protección alguna,

estaba decidido, o era

fatalismo o la consecuencia lógica

de la pasión, el conocimiento de la carne,

la suya,

en medio del caos, errático, infantil;

cuando me llamaba él no decía mi nombre,

y cuando lo decía,

me empujaba.

..

III  Vestido Nuevo

Aunque no entiendo por qué pasó, o mejor dicho, por qué se pasó aquello que había, acepto cenar con él. Creo que él está enamorado de mí y él cree que yo estoy enamorada de él. Yo no estoy enamorada de él; es probable que él tampoco esté enamorado de mí. En esos días, unos días después, llego a la conclusión de que soy para él algo así como Mick Jagger, salvando las distancias. Una –me refiero a mí o a cualquiera de mis amigas- puede acostarse con Mick Jagger una, dos, tres veces. Hasta es probable que se acueste con él para contarlo. Pero no puede una convertirse en la novia de Mick Jagger, esto exige un cambio de vida completo; quiere decir convertirse en otra persona. El costo es muy alto.

Igual, esa noche me pongo mi vestido nuevo, que me costó carísimo y está estampado con formas geométricas, rectángulos y cuadrados del tamaño de la yema del dedo pulgar. Bebo mojitos. Uno, dos. No me hacen nada; ya nada es capaz de alterar mis nervios, me digo.

El habla de todo menos de por qué se pasó aquello tan cálido, de tanta unión, que había entre nosotros. Yo ni siquiera le hago preguntas.

De todas formas, no programé que él fuera el final de esa noche. Me pondría muy ansiosa, de pronto, sentir que él no quiere irse a la cama conmigo. Hasta me deprimiría. Así que esa parte de la noche la arreglo con otro. Obviamente, el otro no sabe en qué consiste la primera parte de la noche, ni con quién estoy. Ni soportaría saberlo.

Por más que en ese momento, en el momento de acordar ambas citas, pienso que estoy loca, con el transcurrir de los días, cuando comento a otras personas lo que he hecho, a todas les parece un acto de sensatez. Es extraño a lo que la gente normal llama ‘sensatez’: no más con solo definir el término lo dejan a uno boquiabierto.

El hombre número uno me cansa, me agota, no puedo seguir las vueltas de sus razonamientos. Tampoco es que esté hablando de sí mismo o de nosotros, a menos que esté tan loco, que hablar de sí mismo sea hacer referencia a las estructuras medievales de dominación, que es el tema del que está hablando. Yo no puedo seguir; es muy tarde y me levanto muy temprano en la mañana. Me quiero ir con el otro hombre.

El otro. Me manda un mensaje, le envío un mensaje. Que tiene sueño, que quiere dormir. Que me espere, que ya termino. Que es una reunión de trabajo. Salgo del bar -una whiskería en realidad- tan rápido como puedo y lo llamo. Estoy a tres cuadras; tengo puesto un vestido nuevo. Este hombre me veía –en un pasado no tan lejano al momento en que programamos el encuentro- como a una Claudia Cardinale de América del Sur. Es para reírse semejante comparación, casi un chiste; pero no quiero reírme ahora de eso, porque es algo que recordaré cada vez que esté con la autoestima hecha polvo. Beso al hombre número uno en la mejilla. El acto completo consiste en lo siguiente: lo beso en la mejilla y le friego un codo a la voz de ‘Cuidate’. No me da igual que se cuide o no. Quisiera que siga vivo. Cuando abro la puerta del bar y el frío me topa de frente como un fierro, ya no me importa tanto que viva o no el hombre número uno. Que se muera pero que lo entierren lejos. En un campo por donde encima pasen el tractor y las trilladoras.

Llamo al hombre número dos desde el celular. El tarda en responder, luego lo hace con voz pausada.

-Tomé una pastilla –dice. –Estoy por dormirme.

-…

-Dejémoslo para otro día.

-Está bien –digo.

Como no sé lo que siento, no tengo ni idea de cómo traslucen mis palabras a través del aparatito del teléfono, tan chiquito, y que lleva y trae los latidos de un día. Lo veo en una tumba al lado del hombre número uno; una segadora acaba de pasarles por encima, cortando cuanto tallo de trigo llegó a edad de merecer.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-