"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




30 de Junio, 2007


Carta a Bartleby

Publicado en General el 30 de Junio, 2007, 14:22 por slb

 

Señor Bartleby:

 

Desde un lejano país del que usted escasas noticias habrá tenido, le escribo poco menos que temblando sobre el papel, intrigado por un recorte de diario que justamente conservo a mi derecha sobre el escritorio y que llegó hasta mis manos por descuido de mi madre, recién arribada de Estados Unidos. En dicho periódico se relataba de manera pormenorizada su estadía laboral en cierta oficina de Wall Street, su negativa a realizar trabajo alguno, y su posterior encierro en la cárcel. Debo confesarle que ha causado su historia en mí una identificación peculiar. Usted, como yo, sabe que los hombres siempre que sean sanos y provengan de buenas familias, no se adentran en el mundo al nacer con esta clase de corrupción moral, con este sentimiento que se apodera del alma y la carcome por años envolviéndola con un manto de tristezas. La profunda sensación de la que hablo, y a la que algunos hombres dan en llamar despectivamente “eterna melancolía”, se ha apoderado de nuestros cuerpos y tanto más de nuestros espíritus, conquistándonos día a día hasta sumergirnos en una larga tortura que ni la muerte parece librar. Pero ante todo – y ofreciendo disculpas por mis arrebatos emocionales- quisiera darme a conocer.

 

Mi nombre es Natalio Benito Ruiz y vivo con mi madre en un amplio departamento en el barrio de Recoleta, en la ciudad de Buenos Aires; tengo cuarenta y ocho años y di hasta poco tiempo atrás clases particulares de piano y álgebra. De niño viví en el campo en la estancia “Los Haroldos”, en la localidad de Chascomús, hasta la muerte de mi padre. En realidad solo pasaba los veranos allí; el resto del año vivía en un internado de la orden salesiana en el pueblo mismo. Y es en esta parte de la historia donde mi martirio comienza a evidenciarse. Siempre fui un pequeño retraído y solitario, y las pocas veces que intentaba relacionarme lo hacía de manera equívoca, a decir por los demás de manera egoísta y mezquina, aún contra mi voluntad. Probablemente ésta sea una característica familiar de la que no está permitido desligarse fácil.

Sufrí noche y día las burlas y los golpes de los otros pupilos, el dolor punzante de la indiferencia y los vejámenes más horrendos a los que un ser humano pueda someterse. Mis problemas respiratorios se tradujeron en severos ataques de asma y mi salud en general se fue resquebrajando. Aún así, soporté siete años de tormentos, hasta que mi madre decidió mudarse a la capital; pero comprenderá usted el daño hecho. Ya era un muchacho, pero también un espectro; me recluí por completo evitando contactos excesivos con los demás, solo salía los domingos con mi madre para ir a la catedral, y si había sol, dábamos unas vueltas alrededor de Plaza Francia. Fue en uno de esos medio días primaverales que la conocí. Habíamos cruzado miradas durante toda la misa, pero solo duraban segundos, como si el lugar sagrado nos vedara ciertos pensamientos. Sin embargo nos encontramos en las escalinatas de salida, ella del brazo de su madre y yo de la mía. Cuando cayó su pañuelo me abalancé torpe para tratar de rescatarlo del viento y devolverlo, con tal mala fortuna que el sombrero gris que llevaba tapó mi vista haciéndome trastabillar y caer. A pesar del cachetazo vergonzante de mi madre logré tenerla cerca y oler su aroma, ver sus ojos, sentir su preocupación. Mi algarabía mayor fue cuando una vez reincorporado comenzamos a caminar unos pocos metros detrás, siguiendo el mismo camino. Supe donde vivía y esa noche no dormí. En penumbras escribí infinitos versos e incursioné en la imaginación mas profunda, nos soné bailando en salones parisinos, cabalgando por estancias pampeanas y casándonos. Esperé el domingo siguiente en un estado febril, deseoso por saber su nombre, disfrutando cada día con la esperanza de sentirme un hombre nuevo. Pero llegó el día y ella no estaba, supuse que cierta minúscula enfermedad la mantenía en reposo, y hasta me alegré de continuar con mi estado fecundo cuando sobrevino la posterior semana. Pero tampoco llegó al domingo siguiente, ni al otro. Al tercer domingo la busqué atolondrado por las primeras y las últimas filas, me levanté infinitas veces con la excusa de una descompostura y hasta llegué a subir al piso donde estaba el órgano para observar mejor. Mi madre dio cuenta de que algo extraño sucedía cuando evadí el confesionario y ya en casa me reprendió duramente. Tuve la noche más insoportable del mundo, transpiré y lloré por todos los días miserables, asqueado del parásito que el espejo devolvía.

Una mañana Aurora, la mucama, me entregó una pequeña carta. Me hizo jurar por todos los santos que mi madre jamás se enteraría, pues ponía en peligro la tarea de tantos años al servicio de la familia. Me contó que una chica muy humilde la había sorprendido casi al entrar rogándole entregar el recado. En el papel se revelaba el nombre de mi amada, un lugar de encuentro y me llamaba extrañamente “ El hombrecito del sombrero gris”. Pero no moví un dedo para buscarla. El miedo es un lugar común, un hilo de fuego en el camino que divide valientes de cobardes, solo los diferencia a ambos el haberlo sorteado o no. Dejé de comer y suspendí todas mis clases. Comencé a tiritar de frío por las tardes y aumentaron mis ataques de asma. Supe que el descenso de mi alma a los avernos era el precio de mis pecados, pero que al fin Dios me rescataría. Hasta que llegaron ellos, los bárbaros, y quemaron las iglesias. Entonces mi madre me prohibió cualquier tipo de salida. Me encerraba con llave durante largas horas en mi cuarto diciéndome que en cualquier momento esa turba de delincuentes que obedecen al tirano- solo cuando se refería a ellos mamá perdía los modales- saquearía los hogares cristianos y nos mataría colgándonos de las enormes arañas. Era la única manera de estar a salvo y en ese momento así lo creí. Por eso desconfié desde el primer instante en las declaraciones de esos patanes de Turkeys y Nippers; solo las almas gemelas que han padecido el mismo dolor pueden comprenderse, amigo Bartleby. Por eso pude entender su mirada perdida en el muro, su lento caminar como de bicho rastrero, su incesante desprecio por usted mismo y su eterna culpa.. Esto solo responde a una única causa universal mi estimado, y no es otra cosa que el verdadero amor perdido por cobardía.

    

                                                                                                                   Buenos aires, 14 de diciembre de 1955

La mano de Dios

Publicado en Cuentos el 30 de Junio, 2007, 13:39 por slb

La mano de Dios

Desde la lejanía vi correr al hombrecillo con la belleza de un esteta. Lo vi perforar el aire y saltar justo debajo de mi.

Con él corrían millones; seres invisibles que apuntalaban sus pasos, flexionaban sus rodillas y limpiaban sus botines. Había mujeres que acomodaban su camiseta y pibes que lo imitaban hasta el ridículo.

Miré a todos sorprendido, pues solo yo podía verlos. El ejército rival solo seguía a ese muchacho de cabello enrulado llamado Diego que cada vez subía más al cielo.

Alguien me susurró al oído que aquella barbarie sin rostro había perdido hasta su propio país, y que ahora vagaban sin patria, incongruentes, como animales carroñeros; recordando los viejos alguna grandeza perdida, quejándose por lo que les había sido robado. Observé mejor. Eran espectros soñadores, envidiosos, melancólicos e hipócritas. Los estudié con premura. Habían sostenido tiranos a sabiendas, hurtado en los campos de sus vecinos, quemado sus propias instituciones y hasta hoy se mataban los unos a los otros. Juro que me dieron ganas de mirar para otro lado.

Sin embargo, todos aquí deseábamos ver rabiar un poco al gigante poderoso; al que se me había ido de las manos con su cara siempre prolija y sus modales señoriales, con su deseo sangriento de conquista y su aspecto de fantasma húmedo.

Fue así como decidido extendí mi brazo, acaricié el esférico de cuero y, entrelazando mis dedos con los del capitán de bandera blanquiceleste, formamos la cuchara de una catapulta e impulsamos el proyectil con energía. Alguien cercano a mí esbozó una sonrisa cómplice y guiñó un ojo.

Los británicos observaron atónitos como se derrumbaba su imperio. El arquero, último bastión de la resistencia solo atinó a mirar al cielo en mi búsqueda. Creo que nos quedamos con la vista clavada al menos un minuto. Él juró venganza mientras yo escuchaba su respiración entrecortada y los gritos de júbilo provenientes desde lejanas aldeas sometidas.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-