"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




8 de Junio, 2007


GUSTAVO SALUT

Publicado en Cuentos el 8 de Junio, 2007, 13:59 por MScalona

Prófugo

 

 

Lo que a veces puede una huella digital sobre la manija de una puerta violentada, o el testimonio de un transeúnte casual por el lugar de un delito, o el irrefutable ADN sobre una gota de sangre derramada en una alfombra, todo  lo que pueden un montón de pruebas juntas caras a los detectives, pudo una porción de zapallitos rellenos gratinados al roquefort.

Para hacer más llevadera su estadía en la cárcel, Cucharita recurrió a los únicos recuerdos tibios que tenía de una infancia dura. Venían de una cocina de piso de tierra que seguía emanando aromas a  laurel y clavo. Una tía lejana  doblada por los años y el cuidado de las siete criaturas que sin opción tuvo que asumir, como una llama votiva mantenía todo el día prendida la cocina económica de tres hornallas que servía tanto para hacer la comida como para calentar las paredes de barro del rancho. Aquellos recuerdos de ollas negras cargadas de granos, trozos de papa y huesos escasos de carne, hicieron que se ofreciera a colaborar en la cocina del penal. Permanecían vivos en su mente los aromas de aquellas ollas. Por mandato de su tía él mismo cortaba de los almácigos del fondo las hojitas de albahaca  y  los palitos de romero, después, subido a una silla los arrojaba a la olla y revolvía.

Ya instalado en la cocina de la cárcel, durante un año Cucharita alegró los estómagos del plantel de sombríos presidiarios que con ansiedad aguardaban la hora de la comida. Y fue tanto el rumor de la exquisitez de sus recetas que al  llegar a oído de los jefes, éstos empezaron a separar porciones que desviaban hacia sus despachos. El Jefe se había hecho adicto a los zapallitos rellenos gratinados que no conforme con ingerirlos dentro de la institución, en un secreto recipiente se los llevaba hacia su casa en donde también su familia los devoraba con igual devoción. Antes le sacaba “esos yuyitos que molestan”, decía el Jefe y que no le gustaban a sus hijos. Eran unas hojitas de rúcula con un corte en los extremos que coronaban el gratinado y que al decir de su tía ahuyentaban maleficios.

Pero cierto día, por culpa de una insoportable claustrofobia, Cucharita se fugó de aquel presidio al que lo había mandado una batida y un inoportuno fajo de billetes falsos descubierto en sus bolsillos.

No fue necesario quebrar pescuezos ni meter hondos navajazos. Un descuido a la hora de visitas y un paso rápido y liviano  lo devolvieron al vientre del arrabal que dos años antes lo había vomitado. Dentro de esa sórdida geografía de barderos y rufianes, Cucharita diseñaba su limitado porvenir. No apto por el lado de las transparencias, se hundió otra vez en los oscuros abismos del engaño.

Para escapar de los identikit y a los detectives baratos que habían puesto precio a su bigote fino, desenterró debajo de una parra sus escasos ahorros malhabidos. Con ellos compró medias de nylon, polleras a media pierna y camisas floreadas. Cambió bigote por finas cejas. Le dio cuerpo y vapor a su cabellera negra y salió a la calle. Avergonzado, urdió los laterales de una ciudad que lo acogió como a una hija más. Ya más desinhibido se fue al centro donde robó autos estacionados y monederos a señoras paquetas que tomaban el té en las confiterías.

Cierto día empezó a sentir un discreto encanto en la mirada libidinosa de algunos hombres que ensayaron hacia él el verso obsceno. Entre hurto y hurto se daba de cuerpo entero en cuanto solarium veía al paso y se atendía en peluquerías de moda. Al mismo tiempo desvalijaba estanterías repletas con cremas de depilar y enjuague, sombras y lápices labiales.

Disconforme con los pliegues que le hacía cierta pollera tubo, se adentró en los secretos de la gym localizada, de bicicletas fijas y cintas de correr. En los intervalos de recuperación cardíaca e hidratación, violaba bolsos y mochilas.

Ya orgulloso de la fina estampa que le devolvían los espejos, empezó a sentir placer en el coqueteo a los yuppies de la city. A ellos le vendió a mitad de precio, bonos de la deuda externa fabricados por un antiguo cómplice.

Pero ese delicado arte de la seducción tenía sus riesgos. Su impostura se le fue de las manos cuando el acoso de un agente de bolsa que ofreciéndole un incondicional amor comenzó a perseguirlo. Antes de ser desenmascarado prefirió abandonar los trapos femeninos y cambiar de oficio. Fue entonces cuando disfrazado de payaso tiraba la ruleta de una barquillera. Cansado de estafar con su rueda adulterada la ilusión de los niños se hizo estatua viviente bajo el perfil de pirata. Con el ojo libre de parche espiaba a la gente mayor y con gran sutileza pungueaba sus billeteras. Debido al sarpullido que le ocasionaban en la piel las espesas cremas con que recubría su rostro decidió mutar. Camufló su cara con unos grandes lentes oscuros y fue el pobre cieguito de la peatonal. Con su bastón blanco imantado en la punta robaba las limosnas que los otros ciegos tenían dentro de sus cajitas. Desapareció unos días para recuperarse del palazo sobre la espalda que le propinó otro ciego que hacía su mismo trabajo. Reapareció en un templo evangelista en donde un pastor afanosamente intentaba el milagro de devolverle la vista hasta que se dio cuenta que le había hurtado el diezmo que depositaban los feligreses. Aterrorizado por los calores del infierno que éste le auguró decidió enderezar su rumbo.

Y otra vez en su vida aparecieron los aromas del laurel y la albahaca. Para seguir escapando  a su deuda con la justicia se proveyó de unos documentos falsos y un diploma de chef trucho. Manido de ambos cartones consiguió trabajo en un conocido restaurante y se refugió en los herméticos límites de su cocina. Ahí se perfeccionó en el manejo de las finas especies. Conoció el auténtico azafrán y el coriandro. Aprendió a mezclar el jengibre con la salvia y el estragón. Se adentró en los secretos de la comida agridulce. Cruzó cosas de la cocina mediterránea con la oriental, de ese mestizaje salieron criaturas maravillosas ponderadas por los más distinguidos comensales. Pero su plato estrella seguía siendo el de los zapallitos rellenos gratinados a los que le había agregado el toque del roquefort.  Pero el relleno con carne picada y las dosis justas de  comino, pimienta y orégano que le daban un toque inconfundible eran los históricos. 

Una noche para despedir el año se reunió en el restaurante la cúpula de la penitenciaría. La calma y el sano jolgorio se vieron interrumpidos de golpe cuando unos aromas estimularon los centros olfativos más sensibles del Jefe. Como un sabueso entrenado en la búsqueda de droga, desaforadamente empezó a recorrer el salón tras esos olores que hubiera reconocido mezclados con pólvora en medio de un tiroteo. La impunidad que le otorgaba su charretera hizo que hundiera sus narices en los canelones de verdura servidos a una dama, de ahí saltó a unos niños envueltos al champignon que humeantes iban a ser degustados por una pareja de jóvenes. Ante el resultado negativo  de su búsqueda saltó por encima de una mesa donde se festejaban unas bodas de oro y se abalanzó sobre el tenedor de un señor que  se llevaba a la boca el último bocado de una tortilla a la española.

Todo transcurría ante el asombro de los subalternos camaradas que cartuchera en mano cubrían sus espaldas.

Él ya había sufrido las burlas de su mujer, que al reclamarle en forma  insistente y antojadiza por “los gratinados”, como llegaron a nombrarlos familiarmente, tuvo al fin que poner al descubierto su vulnerabilidad y confesar que el cocinero se le había escapado.

Pero ahora, un alboroto de sospechas y  pasiones azotaban su cuerpo. Y cuando una esperanzadora lipotimia estaba a punto de apoyarse sobre su humanidad, por el rabillo de sus desorbitados ojos, y por encima del hombro de una dama que estaba de espaldas, vio como unas temblorosas hojitas de rúcula partidas al medio, coronaban las dos grandes mitades de zapallitos rellenos gratinados que libremente entregaban sus candores al mundo.

Todo lo que sucedió después fue rápido y preciso. No hizo falta ir a la cocina a reconocer al sospechoso. Bajo intermitentes luces de mal gusto y envuelto en una ensordecedora y molesta sirena llegó al lugar un móvil del comando. Dos policías de rodillas se quedaron apostados al lado del auto, otros dos a punta de escopeta entraron al local e irrumpieron en la cocina  con una orden de secuestro emitida por el Juez de turno, y bajo el pretexto de grave sospecha de hallar en las comidas restos de un isótopo radiactivo altamente tóxico llamado  Polonio 210, decomisaron tres enormes bandejas de zapallitos rellenos al roquefort que estaban gratinándose dentro del horno. Pálido desde un rincón, Cucharita solícito ofrecía frotar con una rodaja de cebolla la mano del cabo que a los gritos sacudía su mano chamuscada por la fuente.

Al rato, en el domicilio del Jefe, sus hijos y esposa con desbordado placer sacaban las hojitas de rúcula partidas al medio que coronaban el gratinado y se disponían a disfrutar de una maravillosa cena.

 

 

                                                                                                     Gustavo Salut

                                                                          Rosarino, 44 años.

 

 

Dorothy Parker

Publicado en De Otros. el 8 de Junio, 2007, 9:47 por MScalona

¡Está disculpada!

Obvio y más que obvio que Dorothy Parker no esperó respuesta alguna a su epitafio –¡PERDÓN POR EL POLVO!- (nada hace suponer que confiara en un más allá), y aún así es posible perdonarla, no por el polvo sino por la desnudez a la que expuso cierta mentalidad femenina, por haber metido el dedo –o la estola– en la llaga de la más nimia cotidianidad y hasta por habernos heredado ese glamour por el mareo alcohólico hoy tan démodé. A cambio, que ella nos disculpe, en el aniversario de su muerte –¿casualmente en nuestro día del periodista?–, por esas hijas apócrifas que adoran los finales felices.

El resto de la nota en

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-3400-2007-06-08.html

... el más difícil...

Publicado en Humor el 8 de Junio, 2007, 9:35 por MScalona


 

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