"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




...después de leer BARTLEBY, de Melville.

Publicado en De Otros. el 6 de Junio, 2007, 16:45 por MScalona


Estimado señor Bartleby,

            Casi con seguridad, el destino de ésta sea engrosar el montón de cartas muertas que, de acuerdo con cierto rumor, usted clasificó durante muchos años en una oscura oficina de correos. ¿Está muerta una carta que nunca llega a destino? Me lo pregunto, y me pregunto si usted se lo habría preguntado en su día, en caso de haber sido cierto el rumor de marras. Pero por ley natural el que escribe una carta está vivo y, al gozar de tal estado, supone que también vive el destinatario. ¿En qué momento la muerte se apodera de la correspondencia? ¿En qué momento se seca el río de las esperanzas y uno empieza a percibir su propia vida como una carta sin destinatario?

            Lo imagino a usted, señor Bartleby, en la soledad nocturna de los sábados, en Wall Street. Lo imagino cuando intentaba olvidar el itinerario trucado de las cartas sin futuro y procuraba dormir en ese compacto espacio silente, en ese trozo momentáneamente muerto de ciudad, tan alejado de otros seres humanos y de cualquier manifestación de amor vivo. Creo poder verlo, como un fantasma de piedra en su rincón, detrás del biombo, junto a su mesa de trabajo. O de pie, frente a la ventana, para contemplar el firmamento de muros de ladrillo. ¿Qué cosas veía y oía usted, señor Bartleby, en su soledad empecinada? Por no oír, usted no oía ladridos ni maullidos, ni siquiera el zumbido de una mosca. Nada había en ese universo inorgánico; nada, aparte de usted y de sus recuerdos de cartas muertas. ¿Qué oía entonces, señor Bartleby, aparte de su respiración resignada y sus pensamientos lúgubres?

            Me pregunto si en su soledad y ensimismamiento soñaría con países lejanos que nunca ha visitado. ¿Tal vez navegaba en sueños por extensos y cálidos océanos atravesados por la línea del ecuador? Qué diferente sería ese paisaje soñado, de los ennegrecidos patios de luz –tan faltos de luz- que usted contemplaba desde su ventana. ¿Soñaba con mares borrascosos y garzos donde imperaría alguna malévola ballena? ¿Se imaginaría a sí mismo como un joven marino que deserta en una isla poblada de palmeras y antropófagos? ¿Habría preferido tal destino antes que el de empleado de Correos y escribiente? ¿Cómo habría preferido que fuese su vida, señor Bartleby? ¿Acaso habría preferido ser funcionario de Aduanas? ¿Escritor ignoto, tal vez, aunque merecedor de una fama injustamente negada en vida?

            Ya ve que trato de comprenderlo, señor Bartleby. Intento, con mi mejor voluntad, desentrañar los motivos de su existencia, ha podido dejar de sentirse intrigado. Su terquedad y cerrazón lo ha colocado en una zona de misterio, y cuando tratamos de interpretarlo acabamos, sin remedio, pensando en nosotros mismos. Entre el templado silencio del monje y la incapacidad comunicativa del autista, existen infinidad de posibilidades al pretender clasificar su conducta, señor Bartleby. Pero cualquiera que sea el juicio que emitamos, éste se vuelve contra nosotros.

            Sí, trato de comprenderlo. Pero lo mismo me sucede con su empleador, y la compasión que usted me inspira no es menor que la que siento por él, con quien, además, me solidarizo: la paciencia y la buena disposición de éste por su persona me resultan cualidades no menos enigmáticas que la conducta impasible de usted hacia ese buen representante de un mundo ordenado, apacible y cristiano.

            Entiendo, señor Bartleby, que su jefe era un hombre con acusada debilidad de carácter. Tal vez por ese rasgo Turkey abusaba de su paciencia por las tardes, aunque el buen abogado prefería atribuir las insolencias del inglés a las malas digestiones y la tristeza que acompaña el declinar del día. Su empleador era, en cualquier caso, un hombre de juicio benévolo. Ese temperamento indulgente le permitía soportar las inapropiadas brusquedades matinales de Nippers, sabedor que la buena cerveza atemperaría por la tarde el malhumor de su auxiliar. Por mi parte, opino que tendría que haber sido más enérgico con sus subalternos, incluyéndolo a usted, señor Bartleby, que se negó a colaborar casi desde el principio.

            Sin embargo, su empleador, aunque falto del empuje y la combatividad de los hombres de su tiempo (que moldearon la gran nación americana), no era del todo un hombre sin importancia: el mismo Juan Jacobo Astor recurrió a sus servicios profesionales. Decir Juan Jacobo Astor, llenarse la boca con ese nombre contundente y sonoro, no es decir poco: el potentado, que pasó parte de su vida dedicado al comercio de pieles, llegó a establecer en las costas del Pacífico una gran factoría con el nombre de Astoria; dirigió sus capitales al comercio de Cantón, e hizo una inmensa fortuna. Antes de morir, a los ochenta y cinco años, legó en su testamento una gran suma destinada a construir una biblioteca en Nueva York, dotada con cien mil volúmenes, entre los cuales con toda seguridad no habrían de faltar las obras de Nathaniel Hawthorne. ¿Cómo ha osado usted, señor Bartleby, negar su pobre colaboración al hombre que mereció la buena opinión del finado Juan Jacobo Astor? Y por cierto, al mencionarlo no puedo menos que evocar  a otros paladines que forjaron la nación americana: pienso en los Vanderbilt, en Andrew Carnegie, en John Davison Rockefeller, en William Randolph Hearst, en John Pierpont Morgan y, por qué no, también en el célebre matador de búfalos y pieles rojas William Frederick Cody. Fueron contemporáneos suyos y de su empleador, pero a diferencia de ellos, ustedes dos rehusaron el mundo de la acción para sumirse en la vida muelle y aspirar a las prebendas del burócrata municipal, que no más lejos apuntaban las ambiciones del buen señor abogado; o para refugiarse –como usted lo hizo- en la melancolía, y por qué no decirlo, en el rechazo de las saludables pasiones humanas; esto es, en l total apatía. Si hubiese dependido de ustedes dos, señor Bartleby, jamás se habría construido el Canal de Panamá. La gente que es como ustedes no mueve el mundo, y cualquier mañana despiertan transformados en insectos cascarudos.

            Habría preferido no haber llegado a esta zona de reproches y conjunciones condicionales, tan de su gusto, señor Bartleby, pero es que toda su vida y la de su empleador fueron interminables sumas de condicionales. La acumulación de equívocos los han hecho prefigurar otras parejas célebres de la vida americana: pienso en Stan Laurel y Oliver Ardí, quienes tras su cabriolas de cómicos dejaban vislumbrar la tragedia del hombre urbano tan alejado de la épica del Far West. Pienso en otros dúos de trágicos risibles, como los que años más tarde encarnaron Walter Mathau y Jack Lemmon en los filmes <<En bandeja de plata>> y <<Primera plana>>. En escenarios tan ajenos a las praderas que cantara Walt Whitman, ellos representaron el pertinaz malentendido hacia donde de desvió nuestra sociedad, señor Bartleby. Preferiría no haberlo dicho. Preferiría que su mutismo y terquedad no me hubiesen conmovido. Preferiría que su manía de dejarse estar y ese feroz nihilismo, que no abandonó ni en la cárcel, me hubiesen sido indiferentes. Preferiría que la blanda y convencional bondad de su empleador no me irritara tanto. Pero, ¿qué puedo hacer, estimado señor Bartleby, si cada vez que los evoco a ustedes me parece que pienso en mí?

            Suyo afectuosamente,

                                                                                                          Lázaro Covadlo

Covadlo nació en Argentina en 1937,

pero desde fines de los 70 reside

en Sitges, España.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-