"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




-FORD- .....Novios... última parte

Publicado en De Otros. el 21 de Mayo, 2007, 16:25 por MScalona

                                                                                                                                                

Llevé a Cherry al colegio, y cuando volví del edificio Arlene estaba de mejor humor y propuso que diéramos una vuelta en coche. No empezaba a trabajar hasta mediodía, y yo tenía todo el día por delante hasta que Cherry volviera a casa.

            -Nos vendría bien poner por medio cierta distancia emocional –dijo. Y me pareció una excelente idea.

            Llegamos a la autopista y tomé la dirección de Spokane, donde habíamos vivido años atrás los dos sin conocernos; en el pasado, antes del matrimonio y los hijos y el divorcio, antes de aquella vida común –feliz o no- que acabaríamos llevando.

            Avanzamos por Clark Fork urante un rato, por encima de la niebla que seguía fija en el río, hasta que el río viró hacia el norte y pareció amainar en nosotros la necesidad de ir a alguna parte. Hubo un momento en que pensé que lo mejor sería ir a Spokane y tomar una habitación en un motel. Pero sabía que no era una buena idea. Y cuando habíamos recorrido lo bastante para que ambos pudiéramos dejar a un lado a Bobby y pensar en otras cosas, Arlene dijo:

            -Vamos a tirar esa pistola, Russ.

            Yo la había olvidado por completo. Estaba en el suelo, y la desplacé con el pie para poder verla: la pistola que –suponía- Bobby había utilizado en sus atracos, la pistola utilizada para robar dinero a la gente por quién sabe qué motivaciones absurdas.

            -Vamos a tirarlas al río –dijo Arlene.

            Di media vuelta y volvimos por la autopista hasta descender al nivel del río; tomé un desvío y seguí durante un par de kilómetros un camino de tierra y grava. Paré bajo unos pinos y cogí la pistola y miré si estaba cargada y vi que no lo estaba. Entonces Arlene la cogió por el cañón y la tiró por la ventana sin bajarse siquiera del coche. El arma cayó no lejos de la orilla, pero se hundió en seguida, sin salpicar, en agua profunda.

            -A lo mejor ahora le cambia la suerte –dije, refiriéndome a Bobby. El habernos librado de la pistola me hizo sentirme mejor respecto a Bobby; como si entonces se hallara más a salvo, tuviera menos riesgo de arruinar su vida, y la de otros.

            Llevábamos allí sentados unos minutos, y Arlene dijo.

            -¿Ha llorado? ¿Cuándo estabais en la cocina juntos? Me lo estaba preguntando.

            -No –dije-. Estaba asustado. Pero es natural, no se lo reprocho.

            -¿Y qué dijo?

            A diferencia de horas antes, ahora parecía interesada.

            -No gran cosa. Que te quería, pero eso yo ya lo sabía.

            Arlene miró por la ventanilla hacia el río. Seguía habiendo  jirones de niebla que el sol  aún no había disipado. Puede que fueran las nueve de la mañana. A nuestra espalda se oía el ruido de la autopista, el paso de camiones a gran velocidad hacia el este.

            -No me hace muy infeliz el que Bobby haya desaparecido de escena. Tengo que admitirlo –dijo Arlene-. Imagino que me debería dar más lástima. Pero no me es nada fácil amar el sufrimiento.

            -En realidad a mí no me concierne –dije. Y lo pensaba de verdad: ni era cosa mía ni lo sería nunca. La vida, confiaba, no me empujaba en esa dirección.

            -Algún día, si me emborracho lo bastante quizá te cuente cómo nos separamos –dijo Arlene. Abrió la guantera, sacó un paquete de cigarrillos, y cerró la tapa con el pie-. Cuando el sol se pone a nadie le debería asombrar nada. Sólo diré eso. Todo es tan melodramático…

            Se dio unos golpecitos con el paquete en la palma y puso los pies sobre el salpicadero. Y yo pensé en el pobre Bobby; lo estarían cacheando y esposando en el patio de la cárcel; luego lo encerrarían convertido en presidiario, como una pieza de maquinaria inútil. Pensé que nadie podría reprocharle lo que pudiera pensar o decir o llegar a ser después de aquello. Podría morir en la cárcel, y nosotros seguiríamos aquí, fuera, en libertad.

            -¿Me dirías algo si te lo preguntara? –dijo Arlene mientras abría el paquete de cigarrillos-. Tu palabra tiene un valor, ¿no es cierto?

            -Para mí lo tiene –dije.

            Me miró y sonrió, porque se trataba de algo que ya me había preguntado antes, de algo a lo que yo ya había respondido. Tendió la mano a través del asiento y cogió y apretó la mía; luego miró el camino de grava en dirección al punto donde Clark Fork se desviaba hacia el norte y donde la niebla, que iba cediendo ya, había cambiado el color de los árboles, que aparecían más verdes, y oscurecido el curso azul del agua.

            -¿Qué piensas todas las noches cuando te metes en la cama conmigo? No sé por qué, pero el caso es que quiero saberlo –dijo Arlene-. A mí me parece importante.

            Y la verdad es que no tuve que pensar en absoluto la respuesta, porque ya la conocía; ya había pensado en ello, y me había preguntado si mi respuesta se debía a la época que estaba atravesando, o a la existencia de un ex marido, o a que tenía una hija a quien educar yo solo y nadie más de quien pudiera estar totalmente seguro.

            -Lo único que pienso –dije- es que ha pasado otro día. Un día que he pasado contigo. Y que ha quedado atrás.

            -Y en eso hay como una pérdida, ¿no es cierto? –Arlene movió la cabeza y me sonrió.

            -Supongo que sí –dije yo.

            -Pero después de todo no es tan malo, ¿no crees? Puede haber un día siguiente.

            -Es cierto –dijo.

            -No sabemos adónde nos lleva todo esto, ¿verdad? –dijo Arlene, y me apretó con fuerza la mano.

            -No –dije.

            Y yo sabía que eso no era malo en absoluto, para nadie, en ninguna vida.

            -No vas a dejarme por otra mujer, ¿verdad? Sigues siendo mi novio. No estoy loca, ¿verdad?

            -Nunca he pensado que lo estuvieras –dije.

            -Es la carta que nos queda en la manga, ¿sabes? –dijo Arlene-. Uno no puede partir dos veces. Bobby es la prueba.

            Me sonrió de nuevo.

            Y yo sabía que estaba en lo cierto, aunque no quería volver a oír hablar de Bobby durante un tiempo. El y yo éramos diferentes. Arlene y yo nada teníamos que ver con él. Pero yo ahora sabía cómo llega uno a ser un delincuente en este mundo, cómo lo pierde todo. De alguna manera, quién sabe por qué, tus decisiones un día dan un vuelco y pierdes tu dominio de las cosas. Y un día te despiertas y te encuentras en la situación en la que juraste que jamás te encontrarías, y ya no sabes qué es para ti lo más importante en este mundo. Y después de eso, todo ha acabado. Y yo no quería que a mi me sucediera; jamás pensé, de hecho, en la posibilidad de que llegara a sucederme. Sabía el significado del amor. El amor era no crear problemas, no ponerse en situación de crearlos. Era no dejar a una mujer porque se ha puesto el pensamiento en otra. Era no llegar nunca a estar donde se juró que nunca se estaría. Y no era vivir aislado, estar solo. Eso nunca. Nunca.

           

 

                                                             F  I  N

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-