"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Richard Ford ...-Novios-...4º p.

Publicado en De Otros. el 20 de Mayo, 2007, 9:23 por MScalona

                                                                                                     

Entramos en la calle de la cárcel. Era la zona antigua de la ciudad; había varias viejas mansiones blancas de dos plantas que habían sido transformadas en oficinas de abogados y de prestamistas de fianzas. Más adelante había unos cuantos bares, y la estación de autobuses. Y al final de la calle estaba el Palacio de Justicia. Aminoré la marcha para demorar un poco nuestra llegada.

            -Te vas a la cárcel ahora mismo –le dijo Cherry a Bobby.

            -¿No es fantástico? –dijo Bobby. Lo miré por el retrovisor: bajó la mirada hacia Cherry y sacudió la cabeza como asombrado.

            -Yo me voy al colegio en cuanto te vayas –dijo Cherry.

            -¿Por qué no me voy al colegio contigo? –dijo Bobby-. Creo que eso es lo que voy a hacer.

            -Ni hablar –contestó Cherry.

            -Oh, Cherry, por favor, no me hagas ir a la cárcel.

            -Es una pena –dijo Cherry, y se cruzó de brazos.

            -Sé amable con Bobby –le dijo Arlene. Pero yo sabía que Cherry creía que estaba siendo amable. Bobby le gustaba.

            -Me está haciendo rabiar, mami –dijo Bobby-. Estamos de broma, ¿verdad, Cherry? Nos entendemos bien.

            -No soy su madre –dijo Arlene.

            -Está bien. Lo había olvidado –dijo Bobby, y la miró con ojos muy abiertos-. ¿Por qué esas prisas, Russ? –dijo luego, y caí en la cuenta de que casi me había parado en medio de la calle. La cárcel estaba a media manzana. Era un edificio alto y moderno, construido en la trasera del viejo caserón de piedra del Palacio de Justicia. En el pequeño patio de la entrada, dos personas miraban hacia una de las ventanas del edificio. Junto al bordillo había aparcada una ranchera. La niebla empezaba a despejarse.

            -No quería llegar tan rápido –dije.

            -Cherry está deseando verme entrar ahí dentro, ¿verdad, bonita?

            -No es cierto –dijo Arlene-. Ella aún no entiende de esas cosas.

            -Tú vete al infierno –dijo Bobby, y agarró el hombro de Arlene y lo apretó con fuerza hacia atrás, contra el respaldo del asiento-. Esto no te concierne, no te concierne en absoluto. Mira, Russ –dijo. Metió la mano en la bolsa negra de plástico donde llevaba sus cosas y sacó una pistola y la tiró sobre la parte delantera, entre el asiento de Arlene y el mío-. Pensaba matar a Arlene, pero he cambiado de idea –dijo, y me sonrió. Vi que estaba desquiciado y que tenía miedo, y que se hallaba ya al cabo de sus fuerzas.

            -Santo Dios –dijo Arlene-. Dios santísimo.

            -Cógela, maldita sea. Es para ti –dijo Bobby con la mirada enloquecida-. ¿No es lo que querías? ¡Pam! –dijo-. ¡Pam, pam, pam!

            -La cogeré yo –dije, y la atraje hasta dejarla debajo de mi pierna. Quería que desapareciera de la vista.

            -¿Qué es? –dijo Cherry-. Déjame verlo.

            Se alzó un poco para mirar el asiento delantero.

            -No es nada, cariño –dije yo-. Una cosa de Bobby.

            -¿Una pistola? –dijo Cherry.

            -No, cariño –dije-. No es eso.

            Hice que el arma se deslizara y cayera al suelo, y la oculté bajo los pies. No sabía si estaba cargada; confié en que no lo estuviera. Ahora quería que Bobby se bajara del coche. He tenido mis problemas, pero no soy un tipo al que le gusten la violencia o las pistolas. Me detuve frente a la cárcel, detrás de la ranchera color marrón.

            -Será mejor que te bajes –le dije a Bobby. Miré a Arlenes, pero vi que ella miraba hacia el frente. Ella también quería perder de vista a Bobby.

            -No lo tenía planeado. Ha surgido así –dijo Bobby-. ¿De acuerdo? ¿Lo entendéis? No era nada premeditado.

            -Baja –dijo Arlene, sin volverse para mirarlo.

            -Devuélvele a Bobby la cazadora –le dije a Cherry.

            -Déjalo. Es suya –dijo Bobby, y cogió su bolsa de plástico.

            -No la quiere –dijo Arlene.

            -Sí la quiero –dijo Cherry-. La quiero.

            -De acuerdo –dije yo-. Está bien, cariño.

            Bobby siguió en el asiento trasero, sin moverse. Ninguno de nosotros se movió. Por la ventana alcancé a ver el pequeño patio de la cárcel. En él, ante la puerta de doble hoja, dos indios estaban sentados en sillas de plástico. Un hombre en uniforme gris salió por la puerta y les dijo algo; uno de los indios se levantó y entró. De pie en la zona de hierba había una mujer corpulenta, de cara rubicunda, mirando hacia nuestro coche.

            Me bajé, rodeé el coche, fui hasta la puerta de Bobby y la abrí. Hacía frío fuera, y me llegó el olor acre a pasta de papel suspendido en la niebla, y oí cómo los neumáticos de un coche arañaban el asfalto de una calle vecina.

            -Adiós, Bobby –dijo Cherry en el interior. Se inclinó hacia él y lo besó.

            -Adiós –dijo Bobby-. Adiós.

            El hombre del uniforme gris, después de bajar las escaleras, vino hacia nosotros y se detuvo a medio camino, observándonos. Esperaba a Bobby, no había duda.

            Bobby se bajó del coche y se quedó de pie junto al bordillo. Miró a su alrededor y tiritó. Parecía muerto de frío, y me dio lástima. Pero tenía ganas de que se marchase, de que mi vida volviera a la normalidad.

            -¿Y ahora qué hacemos? –dijo Bobby. Vio al hombre del uniforme gris, pero no quiso mirarle. Cherry le decía algo a Arlene, pero Arlene no le respondió-. Quizá debería fugarme –dijo Bobby. Vi que sus ojos claros brincaban como si le asaltara un vivo deseo, como si estuviera ansioso de que las cosas le sucedieran sin más preámbulos. De pronto me agarró los dos brazos, me empujo contra la puerta del coche y acercó su cara a medio palmo de la mía-. Pelea –me susurró, y sonrió con sonrisa de lunático-. Párteme la crisma. A ver lo que hacen.

            Le empujé hacia atrás, y por espacio de un instante siguió sujetándome, seguí sujetándolo, como si estuviéramos bailando sin movernos. Y olí su aliento y sentí sus fríos, delgados brazos, su cuerpo debatiéndose contra el mío, y supe que lo que quería era que no lo dejara ir, que todo aquello no fuera más que un sueño pasajero y fácil de olvidar.

            -¿Qué estáis haciendo? –dijo Arlene. Se volvió y nos fulminó con la mirada. Estaba furiosa, y quería que Bobby entrara de una vez por todas en la cárcel-. ¿Os estáis besando? –dijo-. ¿Es eso? ¿Os dais el beso de despedida?

            -Exacto, nos besamos –dijo Bobby-. Eso es lo que hacemos. Siempre he querido besar a Russell. Somos maricones.

            Entonces la miró. Y sé que quería decirle algo, añadir algo, decirle que la odiaba o que la amaba o que quería matarla o que sentía mucho todo aquello. Pero las palabras no le venían a los labios. Y sentí su rigidez, su estremecimiento, y me pregunté qué es lo que haría a continuación. Pero sabía que acabaría por aceptar su situación, por ceder sin oponer resistencia. No era hombre dado a luchar contra lo inevitable. Era un rasgo de su carácter, un rasgo común a mucha gente.

            -Es el colmo, ¿no crees, Russell? –dijo Bobby. Supe que iba a calmarse. Me soltó los brazos y sacudió la cabeza-. Tú y yo peleando aquí como gentuza. Peleando como una mujer.

            Y no supe qué decir para salvarlo o para hacer su vida más soportable en aquel instante o para cambiar su forma de ver las cosas. Y subí al coche mientras Bobby se entregaba al hombre uniformado que le estaba esperando.

 

 

                                                                                                                                 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-