"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




- Ford -................Novios -2º p.

Publicado en De Otros. el 17 de Mayo, 2007, 15:57 por MScalona

                                                                                                                                   

Bobby comía los huevos y miraba por la ventana

 con fijeza, como si le costara un gran trabajo concentrarse en lo que estaba haciendo. Bobby es un hombre menudo y bien parecido, de pelo negro y espeso y ojos claros. Un tipo muy agradable; se

comprende bien por qué gusta a las mujeres. Aquella mañana llevaba unos tejanos y una camiseta roja, y botas. El atuendo justo de quien va a entrar en prisión.

            Miró por la ventana durante largo rato, y al cabo suspiró con ruido por la nariz y asintió con la cabeza.

            -Uno tiene que afrontar ese momento vacío, Russ –dijo, y fijó en mí la mirada-. ¿Cuántas veces has tenido tú que hacerlo?

            -A Russ ya le ha pasado, Bob –dijo Arlene-. A todos nos ha pasado, Bob. Somos adultos.

            -Bien, pues ahí estoy yo en este momento –dijo Bobby-. En ese instante vacío. Lo he perdido todo.

            -Pero estás entre amigos, cariño –dijo Arlene, sonriendo. Fumaba un cigarrillo.

            -Te estoy llamando. Adivina quién soy –dijo Cherry, dirigiéndose a Bobby. Tenía los ojos apretados y la nariz y la boca fruncidas, muy juntas. Movía la cabeza de un lado a otro.

            -¿Quién eres? –dijo Bobby, y sonrió.

            -Soy el abejorro.

            -¿No puedes volar? –dijo Arlene.

            -No. Tengo las alas muy cortas y estoy demasiado gordo.

            Abrió de pronto los ojos y nos miró.

            -Entonces estás metido en un buen lío –dijo Arlene.

            -Los pavos pueden alcanzar los setenta kilómetros por hora –dijo Cherry, y adoptó un aire de asombro.

            -Ve a vestirte –dije.

            -Vete, cariño –le dijo Arlene con una sonrisa-. Voy en seguida a ayudarte.

            Cherry dedicó una mirada de soslayo a Bobby y volvió a su cuarto. Cuando abrió la puerta alcancé a ver su acuario en la penumbra, recortado sobre la pared: una luz desvaída y verde con minúsculas rocas y diminutos peces.

            Bobby se pasó las manos por el pelo y se quedó mirando hacia el techo.

            -Muy bien –dijo-. He aquí al horrible criminal, listo para la cárcel.

            Nos miró, y su expresión se había dislocado: era bárbara y desesperada, como yo jamás la había visto en hombre alguno. Y quizá no era para menos.

            -Eso es una tontería –dijo Arlene-. Una monserga. Yo no me habría casado nunca con un puto criminal.

            Me miró, pero también me miraba Bobby.

            -Alguien tendría que llevársela de aquí –dijo Bobby-. ¿Sabes, Russell? Montarla en una camioneta y llevársela muy lejos. Dios, ha tenido siempre un aspecto tan maravilloso. Uno se pregunta cómo ha llegado a este cuchitril.

            Echó una ojeada en torno a la pequeña cocina, destartalada y blanca. La casa de Arlene había sido una joyería años atrás, y sobre la puerta de la cocina había una caja fuerte negra, fuera ya de uso, ociosa.

            -Intenta ser agradable, Bobby –dijo Arlene.

            -Debería darte una bofetada –dijo Bobby. Vi cómo se le tensaban los músculos de las mandíbulas, y temí que fuera a hacerlo en aquel mismo momento. Vi a Cherry desnuda en  la oscuridad de su cuarto, esparciendo comida dentro del acuario. Su piel, por efecto de la luz, parecía del color del agua.

            -Cálmate, Bob –dije, y seguí inmóvil en la silla-. Somos tus amigos.

            -No entiendo por qué la gente viene a vivir a estos parajes –dijo Bobby-. El oeste está hecho una puta mierda. Una ruina. Me gustaría que alguien me llevara lejos.

            -Alguien va a hacerlo, me temo –dijo Arlene. Estaba furiosa con Bobby, y yo no la culpaba por ello, pero deseé que no hubiera dicho aquello.

            Los ojos azules de Bobby se empequeñecieron. Sonrió a Arlene de un modo malévolo. Vi que Cherry nos miraba de lejos. Ella jamás había oído una charla de este tipo. Charla carcelaria. Charla malsana. De ese tipo de charla que no se olvida.

            -¿Creéis que estoy celoso de vosotros? –dijo Bobby-. ¿Eso es lo que creéis?

            -No sé lo que estarás –dijo Arlene.

            -Pues no lo estoy. No tengo celos de vosotros. No quiero un crío. No quiero una casa. No quiero nada de lo que tenéis. Prefiero que me encierren en Deer Lodge.

            Nos miraba fijamente, con ojos encendidos.

            -Pues tienes suerte, entonces –dijo Arlene. Aplastó el cigarrillo contra el plato, echó el humo, se levantó y fue a ayudar a Cherry-. Ya estoy aquí, cariño –dijo, y cerró la puerta del cuarto.

            Bobby siguió sentado en la mesa de la cocina, sin despegar los labios. Yo sabía que estaba furioso, pero no contra mi persona. Era muy probable, de hecho, que ni si quiera lograra explicarse por qué tenía que ser yo quien estuviera con él allí en aquel momento: un tipo a quien apenas conocía, que dormía con la mujer a quien él siempre había amado y a quien –en aquel trance de su vida- creía seguir amando; una mujer que –amén de sus demás desdichas- ya no lo amaba. Yo sabía que quería expresar eso y muchas cosas más. Pero las palabras, a veces, de poco sirven. Y sentí lástima de él, y quise mostrarle comprensión y solidaridad con su congoja.

            -No me gusta decirle a la gente que soy divorciado, Russell –dijo con voz audible y clara, y sus ojos parpadearon-. ¿Para ti tiene sentido lo que digo?

            Me miró como recelando que fuera a mentirle, cosa que en absoluto pensaba yo hacer.

            -Tiene muchísimo sentido –dije.

            -Has estado casado, ¿no, Russell? Tienes una hija.

            -Así es –dije.

            -Y eres divorciado, ¿no es cierto?

            -Sí.

            Bobby miró hacia la caja fuerte de encima de la puerta de la cocina, y con el índice y el pulgar hizo como si empuñara una pistola, que apuntó hacia la caja; luego emitió un suave <<pum>> con los labios, me miró y sonrió. Aquello pareció calmarle. Algo muy extraño.

            -Cuando mi madre aún vivía, ¿sabes? –dijo Bobby-, solía llamarla por teléfono. Le llevaba mucho tiempo levantarse de la cama. Y yo esperaba y esperaba dejando que sonara la señal. Y a veces sabía que no contestaría, que no podría levantarse. ¿Entiendes? Y el teléfono seguía sonando y sonando sin parar, porque era yo quien llamaba y no me importaba esperar. A veces los dos lo dejábamos sonar, eternizarse  y yo nunca sabía qué diablos pasaba. Podía estar muerta, ¿entiendes?

            Sacudió la cabeza.

            -Seguramente. Es muy posible.

            -¿Qué hubieras hecho tú? –dijo Bobby. Se mordió el labio inferior y se quedó pensativo-. ¿Cuándo habrías colgado? ¿Después de dejarlo sonar veinticinco, cuarenta veces? Quería darle tiempo a decidirse. Pero tampoco quería volverla loca, ¿entiendes?

            -Unas veinticinco, pienso –dije.

            Bobby asintió con la cabeza.

            -Es curioso –dijo-. Supongo que cada cual hace las cosas a su modo. Yo siempre lo dejaba sonar cincuenta veces.

            -Me parece perfecto.

            -Creo que cincuenta son demasiadas.

            -Eso es lo que te parece ahora. Pero entonces era distinto.

            -Ahí tienes: una historia de familia –dijo Bobby.

            -La historia de todo el mundo –respondí-. La historia de siempre.

            -Estamos lejos del paraíso, ¿verdad, Russell?

            -Sí, muy lejos –dije.

            Bobby me sonrió entonces con dulzura, de un modo que dejaba ver bien claro que, pese a los robos que había cometido, no era una mala persona.

            -¿Qué harías tú en mi lugar? –dijo-. ¿Si fueras tú quien tuviera que pasarse un año en Deer Lodge?

            -Pensaría en el día en que iba a salir libre, en cómo sería ese día, en que a fin de cuentas no era un día tan lejano.

            -Tengo miedo de que haya demasiado ruido y no consiga dormir –dijo, y se quedó como abrumado ante la idea.

            -Todo irá bien –dije-. Un año pasa rápido.

            -No si no puedes dormir –dijo-. Me preocupa.

            -Dormirás –dije-. Dormirás perfectamente.

            Y entonces Bobby me miró desde el otro lado de la mesa como alguien que supiera sólo parte de algo que debería saber cabalmente, que viera con claridad sus problemas y sintiera pánico ante ellos.

            -¿Sabes? Tengo la sensación de estar muerto. –Las lágrimas, de pronto, asomaron a sus ojos claros-. Lo siento de veras –dijo-. Sé que estás furioso conmigo. Lo siento.

            Se puso la cara entre las manos y se echó a llorar. Y yo pensé: <<¿Qué otra cosa puede hacer?>> No podía evitarlo. Era normal.

            -Está bien, muchacho –dije.

            -Me alegro por Arlene y por ti, Russ –dijo, con la cara bañada en lágrimas-. Te doy mi palabra. Pero me habría gustado tanto que hubiéramos seguido juntos, no ser el cretino que soy. ¿Sabes lo que quiero decir?

            -Claro, perfectamente –dije.

            No me acerqué para tocarlo, para consolarlo, aunque tal vez debería haberlo hecho. Pero Bobby no era mi hermano, y deseé fugazmente no haberme visto mezclado en todo aquello. Me dolía tener que presenciarlo, y lamentaba que ambos nos viéramos condenados a recordarlo siempre.

 

 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-