"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




... y lo mejor de Chéjov

Publicado en De Otros. el 20 de Abril, 2007, 0:50 por MScalona

Stanislavski, semidiós inapelable de la escena rusa, al leer una de sus obras se limitó a enfurecerse: “¡Esto es imposible de representar!”. Chejov mismo se disculpaba de su teatro con mansa perplejidad: “Me salen no sé qué cosas raras” (palabras que también hubiera podido escribir Kafka). Su pieza Ivanov fue bautizada “Estupidov” en Rusia, y el clamoroso fracaso de La gaviota lo llevó a decir, en una carta: “He aquí la moraleja: no hay que escribir obras teatrales. Nunca jamás las escribiré ni las haré representar, así viva setecientos años”. También solía afirmar que, dada su mala suerte con el teatro, si se casara con una actriz seguramente ella pariría un puercoespín. Por supuesto, Chejov era tan imprevisible como sus personajes y se casó con una actriz, Olga Knipper. Escribió para ella El jardín de los cerezos, puercoespín de representación obligada desde hace cien años por todos los grandes teatros del mundo. Fue su gran éxito, pero le llegó unos meses antes de la muerte. Lo último que escribió Chejov fue una obra teatral, la más conocida. Lo primero también fue una pieza de teatro: la más olvidada y secreta. Entre ésta y aquélla hay enormes similitudes formales y temáticas. Los mismos hacendados al borde la ruina, las mismas conversaciones disparatadas, igual tristeza y pesimismo y humor, la misma aparente incoherencia de los diálogos, la misma ambigüedad de género. Chejov insistía que El Jardín de los Cerezos, era una comedia, incluso una farsa. Stanislavski, que lloró al leerla, sostenía que era un drama y hasta una tragedia. La explicación de esta discordia, que aun hoy gravita sobre su teatro, me parece muy sencilla: toda la obra de Chejov es simultáneamente las dos cosas. Chejov estaba inventando sin saberlo algo que hasta allí no podía existir: un teatro absurdo a fuerza de ser real; un teatro patético, irresistiblemente cómico. Su única teoría estética era que sus personajes no debían ser actuados, sino vividos, sencillamente porque la verdadera vida es así: lo que más hace la gente es comer y hablar tonterías; no anda declarando su amor todo el tiempo o cortándose el pescuezo. Dicho con sus propias palabras: “Es preciso hacer una obra donde la gente entre y salga, coma y hable del tiempo, juegue a los naipes, que todo sea tan complicado y al mismo tiempo tan sencillo como en la vida. La gente come, no hace otra cosa que comer, pero mientras tanto va forjando su destino dichoso o destruyendo su vida”.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-