"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




15 de Abril, 2007


Sex & the City

Publicado en Aguafuerte el 15 de Abril, 2007, 12:07 por MScalona

 

            Más que sexo, los turistas que llegan a Buenos Aires vienen a buscar argentinas. O argentinos, que no es lo mismo pero es igual. En el cabaret Play Woman la mayoría de los clientes son extranjeros. Estoy en la Recoleta, un barrio lujoso de la capital, una zona demasiado parecida a Miami para una ciudad que siempre quiso mirarse en un espejo de París. Los cabarets más caros están aquí, en esta suerte de South Beach que huele a bife de chorizo, asediados por turistas cargados con dólares, chaquetas de cuero, tarjetas de crédito y pulseras de oro macizo. Por dentro, este night club tiene demasiados espejos para tanta gente que anda de incógnita. Por lo demás es un clásico: asientos de felpa, baños con imitación de mármol, cascadas de juguete y escaleras angostas y curvas ideales para mirar las piernas de las chicas que suben al escenario. Allí, una rubia se mueve ahora con gracia. Está desnuda, salvo por unas botas cortas de tacones filudos y un brazalete de diamantes falsos en su bíceps derecho. Tiene el cuerpo brillante, los pechos carnosos pero no grotescos y un culo redondito que mantiene firme en sus piruetas de gimnasta rusa.

-Brenda no sale con nadie, ¿eh? –me dice una mujer invisible que huele a cabaret y se acomoda a mi lado-. Ella sólo baila mientras nosotras venimos a las mesas.

Como me quedo en silencio, me dice que si tengo muchas, muchas ganas de estar con Brenda, bueno, tendría que hablarlo con el garzón. No tengo muchas, muchas ganas con Brenda, pero igual llamo al tipo del corbatín que lleva una bandeja en la mano y un bigote estilo José María Aznar. Me dice que serían unos doscientos dólares sólo por invitarle una botella de champán. Por menos, nada. Entonces me doy cuenta de que esta Buenos Aires-sex city no es una urbe barata si buscas una compañía parecida a una de esas top models que le han dado celebridad a la belleza de este país. Es barata sólo si estás dispuesto a enganchar a una de esas chicas que pasean por las esquinas o trabajan en locales de una sola estrella, pero en ese caso tendrían que conformarte con alguien que podría ser tu compatriota. O incluso una antigua vecina de tu barrio si has venido de Ecuador, Paraguay, Bolivia o Perú. A lo mucho podrías conseguirte a una argentina de provincia, de Mendoza, Salta o Jujuy, pero de estas últimas son los mismos porteños bonaerenses los que dicen que no parecen argentinas. Yo al menos puedo jugar que no se parecen a Brenda, aquella rubia de culo redondito que hace gimnasia sobre el escenario y que viene a las mesas.

Ahora Brenda está apoyada en la barra con la seguridad de saberse un producto exclusivo. Bebe un vaso de agua y charla con el barman, sin ganas de que alguien se le acerque. Con lo que gana bailando parece feliz. Ahora hasta la mujer invisible ya se ha marchado de mi lado y apostaría a que está corriendo la voz, entre sus colegas que merodean en bikini por las mesas, de que no traigo dinero y hago demasiadas preguntas. Es obvio, porque ya no se me acerca nadie. La pobreza se huele, dijo el rico Neruda.

El único que me habla es un gringo viejo y obeso que me pide fuego. Le pregunto su país y me dice United States. Allá podrá ser un camionero de Minnesota o un taxista de Kentucky, pero aquí es un yanqui lleno de dólares. Al rato, camino al baño, lo veo abrazado de dos mujeres, una rubia y otra morena. Cuando me ve pasar me detiene para decirme algo así como: 

-Las mujeres argentinas son las mejores. ¡Esto es el paraíso! Estoy enamorado de todas estas chicas.

De cerca, bajo el escenario, Brenda tiene la nariz operada y una máscara de tosco maquillaje. Lleva puesto un ajustado vestido blanco que se ilumina al prender un cigarrillo con su encendedor de medio dólar. En su brazo mantiene el brazalete de diamantes tan falsos como su cabello rubio. Tiene la piel tan suave que parece que se ha depilado hasta la lengua, y cada seis o siete palabras me guiña un ojo, con esa coquetería automática de quienes están en el negocio del sexo. Su cuerpo es de calendario y sus ojos verdes son tan perfectos como sus labios, que tal vez algún cirujano plástico redibujò mirando una revista porno. Con poca luz, parece el típico sueño erótico de millones de latinoamericanos que llegan a Buenos Aires buscando mujeres como ella. Con la luz del día y recién levantada, Brenda debe tener tantas marcas como la muralla de un calabozo.

Me cuenta que la mejor noche de su último mes ganó unos tres mil dólares. Casi todo ese dinero se lo pagó un tipo que se presentó como un empresario colombiano, quien además le juró amor eterno y una vida de diosa en Miami. Brenda tiene veinte años y me dice que prefiere quedarse a vivir en Buenos Aires. Su plan es continuar ganando dinero aprovechando durante dos años más esta ola de sexo pagado en dólares, y cree con entusiasmo que ese tiempo será suficiente para asegurarse la existencia de por vida.

 

 

En esta ciudad el dinero se acaba entre copas, noches de cabaret, comidas, madrugadas en Internet, hoteles, taxis. Es verdad que la violenta devaluación del peso argentino ha convertido a Buenos Aires en una de las ciudades más baratas del continente, pero ninguna tiene su misma cantidad de tentaciones. Pocos se saben vender tan bien como los argentinos. Y uno los compra. Uno cae, una y otra vez. Nunca debes comprar a un argentino por lo que dice que vale, dice el chiste. Pero seguimos comprándolos. Pasa con los futbolistas: el pibe Valderrama se lamentaba diciendo que si hubiera nacido en Buenos Aires y no en la costa colombiana, el precio de sus piernas se habrían multiplicado por cinco. Pasa con las mujeres. Pasa con la ciudad.

Lo digo con autoridad de chileno exiliado: hace dos años me mudé de Barcelona a Buenos Aires y lo hice siguiendo a una argentina. Cada vez que regresaba a Chile debía responder preguntas tan increíbles como ésta: ¿Qué se siente estar con una argentina? La fama de estas mujeres ya suena a eslogan regional. A drama continental, mejor dicho. Y esto no deja de sorprender. La manera en que estamos embobados por la belleza de las argentinas, disfrutando su culto por el cuerpo, celebrando el negocio de los cirujanos plásticos que les inyectan silicona a las quinceañeras, aplaudiendo que aquí haya tantas rubias. Tantìsimas rubias.

En síntesis, nos gustan las putas argentinas porque nos gustan los argentinos. Y nos gustan porque no somos argentinos, ni nunca lo seremos. Jamás tendremos ese culto a la apariencia ni a las rubias falsas, ni tampoco esa obsesión abdominal por las cinturas de puro músculo. Pero nunca seremos argentinos como jamás lo será la mayoría de los propios argentinos, porque aquí no hay tantos como se cree en el extranjero. La mayoría son buenas  personas latinoamericanas que ven el Chavo de Ocho, consumen chismes, van al estadio, disfrutan de las telenovelas y sueñan con su mes de vacaciones en Mar del Plata. Chicos de barrio que saben que nunca fueron y jamás serán europeos, pero que por una tierna inseguridad mantienen esa actitud racista de cualquier nieto ilegítimo de familia venida a menos. No lo digo yo, lo dicen Borges y Gardel, pasando por Cortázar. La Argentina de la que aquí se enorgullecen es igual que el paraíso: no existe ni existió jamás, aunque el gancho sexual en Buenos Aires juegue con esa idealizada imagen del deseo. Esto lo descubro en una calle donde están los travestis más exuberantes, estilo Susana Jiménez y Moria Casàn, esas célebres travestis argentinos que alguna vez se vendieron como las campeonas mundiales del trasero.

Levantarse a un travesti ya era un clásico en Buenos Aires aun antes de que uno de ellos protagonizara la principal serie televisiva del país. Ahora empieza a serlo el turismo gay, que es un circuito dirigido directamente a los que vienen a salir del clóset por una semana. ¿Qué mejor para ello que un argentino gigante y rudo vestido con una camiseta de Boca Juniors o River Plate, tal como se ofrecen en unos folletos repartidos en algunos hoteles? Hace unos meses se aprobó una ley que permite el matrimonio gay en Argentina. Una norma gayfriendly en un país donde, hasta hace poco, el presidente debía ser

obligatoriamente católico, según la Constitución. Desde entonces, la oferta de atractivos gays se han duplicado en Buenos Aires, como acabo de leer en un reportaje publicado en La Nación. Al fin y al cabo, a este país con fama mundial en el negocio de las personas.

-Buenos Aires siempre se dedicó a lucrar con la carne –dice el escritor argentino Martín Caparròs, quien una vez publicó una crónica sobre el turismo sexual más salvaje que se practica en el mundo, el de los pedòfilos en Sri Lanka-. Que ahora sea carne viva cuando solía ser muerta, que ahora no sea necesariamente para vender cuando antes se cotizaba por kilo, que ahora sea de gay nacional o importado, señorita o señora o señorón en mal o bien de amores, en lugar de vacas, vaquillonas o terneritos finos, resulta un gran avance, ¿no?

Caparròs profetiza una solución:

-Yo creo que la síntesis final de todo esto se aproxima: un bruto sexicentro –con bares de levante, porno-shops, moteles, cines eróticos, perros amaestrados- en el Matadero de la ciudad, entre últimos mugidos y aquel olor a sangre, y ahí sí que seremos imbatibles.

 

 

A veces me viene la idea de que el turismo sexual es una redundancia. Que todo el turismo es sexual y que todo el sexo pagado es turismo. Hay sitios en el mundo donde el turismo sexual así, con esas dos palabras juntas, se ha vuelto la industria local de mayor progreso. No sé si éste sea el caso de Buenos Aires, aunque a las cinco de la madrugada el microcentro porteño huele a sexo. Salvo los mendigos que buscan comida en la basura y los barrenderos del gobierno que limpian las calles, todo el resto parece vivir del sexo. Los taxistas, los vendedores de cigarrillos, las cafeterías y hasta los policías. Se acaba la noche y regreso a mi hotel. La historia empieza a terminar. Me insisten en que la mayoría de turistas que llega a Buenos Aires viene a buscar sexo. Pero ahora que amanece sólo veo a dos viejitas italianas con cámaras en el cuello con las que acabo de chocarme en el ascensor y que se han levantado muy temprano para aprovechar el city tour. Las espera un recorrido por el centro histórico y por La Boca, San Telmo, los shoppings, los museos, las tiendas de chaquetas de cuero y los bifes de ochocientos gramos.

Mi noche de sexo alocado termina aquí, ahora que está saliendo el sol. Los primeros oficinistas del día ya están peinaditos y en la calle. Las cafeterías acaban de abrir sus puertas. Las financieras y los bancos todavía están cerrados. Son las siete de la mañana y afuera hace frío. Una mujer lleva de la mano a sus dos hijas al colegio. Los vagabundos roncan bajo sus cartones. En el subterráneo, las putas que vuelven cansadas a sus casas y a sus camas de verdad se juntan con los obreros que acaban de levantarse para firmar el libro de ingreso a la fábrica. Desde la ventana de mi hotel veo un coche de policía que recorre las calles a baja velocidad. El recorrido me termina enfrentando a una perturbadora revelación personal: me he quedado a vivir en Buenos Aires y es hora de que lo empiece a asumir. Llegué hasta aquí enamorado de una argentina.

 

 

Juan Pablo Meneses

Rev Cultural FNAC

Madrid, Primavera 2005

 

 

   

 

 

 

che... loco...

Publicado en General el 15 de Abril, 2007, 11:58 por MScalona


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Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-