"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




María Maseroni

Publicado en De Otros. el 18 de Diciembre, 2006, 10:30 por scalona

Mandatos

María Maseroni  (*)

Aquel domingo de junio salimos a robar mandarinas a las quintas por primera vez. Teníamos 10 años.
Tenían que ser mandarinas y no naranjas, porque las mandarinas se comen así, sin más herramientas que las manos, apoyadas las espaldas contra el alambrado que se acaba de pasar, tirando – despreocupados y sabios - las cáscaras y semillas al surco. Mandarinas y no naranjas porque esa cáscara floja deja que las manos abran la fruta naturalmente y naturalmente separen los gajos preparados en perfectas porciones. Las naranjas hubieran impuesto cargar con un cuchillo y esa simple previsión nos hubiera predestinado. Además, a nadie nunca se le ocurrió robar naranjas (o tal vez se le ocurrió, siempre hay innovadores). Claro que para concretar esa idea hubiera necesitado pasar por la cocina de su casa, abrir el primer cajón del aparador y llevarse uno. La madre - que en ese momento estaría echando flit para eliminar dos moscas infiltradas gracias al descuido de alguien que dejó la puerta mosquitero del patio abierta – preguntaría entonces, qué vas a hacer con ese cuchillo, el trasgresor hubiera contestado vamos a robar naranjas y entonces la madre - corriendo las cortinas para dejar entrar la penumbra que preludia la siesta – le hubiera dicho, mejor vayan a robar mandarinas.
Cuando salimos se iniciaba la siesta. Empezó como una rutinaria vuelta en bicicleta, una más, y la decisión de llegarnos hasta las quintas apareció sin alardes ni pretensiones. Serían las dos cuando tomamos la calle que va al cementerio y en fila india desviamos hacia la ruta. Avanzábamos a ritmo sostenido, las manos firmes sobre el manubrio, temblando cada vez que levantábamos un brazo para saludar a los camioneros que nos pasaban (el túnel de los acoplados nos chupaba por un momento aliviándonos la pedaleada, haciéndonos sentir que avanzábamos rápido, para dejarnos después a merced del viento, haciendo fuerza, todo el cuerpo volcado hacia delante, la cabeza baja, los codos abiertos, las piernas endureciéndose por el esfuerzo). En el trayecto saludamos a otro grupo que iba para el lado de la balsa. Nosotros nos desviamos en un camino cualquiera, uno de esos de tierra que se abren perpendiculares al pavimento, nos paramos sobre los pedales para amortiguar el golpe del badén y avanzamos aminorando la marcha, los ojos atentos y en los oídos el chirriar de las ruedas sobre la grava.
Como todos antes que nosotros y como todos los que después vendrían, buscamos una quinta al azar, con un alambrado gentil como única condición. Lo demás era fácil: los árboles hacían todo el trabajo, nosotros simplemente juntábamos las frutas caídas que todavía buenas parecían estar esperándonos o cortábamos las más fáciles, las que se balanceaban en las puntas de las ramas más bajas. Comimos ávidos las primeras y muy despacio las que elegimos después. Tumbados al sol, los ojos entrecerrados, fuimos abriendo esos mundos, desarmándolos en las bocas que se llenaban de jugo y semillas. Desde nuestro lugar podíamos ver los limoneros y más allá, los esqueletos de los durazneros, esperando el calor para estallar en flores rosas y blancas. No sé de qué hablábamos, si es que hablábamos de algo. Recuerdo el silencio, el olor verde y una tranquilidad despojada de pensamientos, despojada incluso de la conciencia de estar tranquilos. A la vuelta ya éramos otros. Ligeros y confiados, disfrutábamos nuestra flamante veteranía.
Un domingo de agosto Roque vino con la idea. Dijo que conocía una quinta sin alambrar por el lado del Tala, en un camino tranquilo, perfecto como un billar. Era más lejos que de costumbre, pero fuimos. Tenía razón: la tierra tierna apenas si se rebelaba al contacto con las ruedas, levantado blancas nubes bonsái. Desde el cruce se veía el campo abierto, marcado con postes de cemento tan altos como nunca habíamos visto, agujereados como para veinte hilos. Suerte que lo habíamos encontrado a tiempo, para el próximo invierno quien sabe si íbamos a poder pasar por ahí. Apurados bajamos enseguida, tirando las bicicletas a un costado. Nos abrimos en abanico, cada cual a elegir su árbol. Roque se separó de nosotros, caminando monte adentro entre las hileras. Lo último que vimos fue su brazo enfundado en la campera anaranjada, confundiéndose con las frutas. Enseguida escuchamos el disparo.

Volvimos a la quinta del Tala al invierno siguiente. El camino seguía fácil, pero el alambrado terminado ya fortificaba el campo. Nos quedamos un rato mirando el monte sin bajarnos de las bicicletas. Con la renguera enredándole los pedales, Roque llegó retrasado. Lo estábamos esperando, decididos a cumplir sus órdenes y nuestra promesa. Apoyó su bicicleta contra un árbol, recuperó el aliento y arrastrando la pierna machucada caminó despacio hacia el alambrado (detrás del pie destrozado quedaba un rastro de piedras y tierras amontonada). Sin acercarnos lo miramos trepar el alambrado. Desde allá arriba, colorado, sonriente, jadeando, nos preguntó cuál de todos los árboles nos gustaba para empezar. Y nos largamos a reír.

                                                                                                     

                                                                                                             

María murió ayer al mediodía en el HECA, después de haber sido atropellada por un auto la medianoche del sábado en calles 27 de febrero y E. Ríos. Tenía 41 años, era oriunda de San Pedro, redactora de la agencia de publicidad NAZER, una persona muy sensible e inteligente, encantadora... en una época escribía contratapas en Rosario/12 y me hizo una reseña crítica muy buena de mi libro COMPOSTURA DE MUÑECAS... siempre coincidíamos en grupos de interés culturales de la ciudad. Una pérdida importante y por otro golpe sordo, brutal, del crimen urbano, cotidiano.  Lo lamento mucho y desde que me enteré ayer, quedé aturdido...

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-