"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




... un cuentazo de Tomás...

Publicado en Cuentos el 17 de Noviembre, 2006, 10:44 por MScalona

Telaraña             

                                                                                  

   “ Todas son depredadoras, generalmente solitarias, de pequeños animales. Producen seda que usan para tejer redes de caza, tapizar refugios e incluso hacerse llevar por el viento.” Apagó el televisor. Todo pierde interés y su cuerpo cansado necesitaba aire. Salió al balcón y miró por sus binoculares. Percibía las grietas de la ciudad, las luces de los baños, mujeres cocinando, un hombre arrojando un cigarrillo. El aumento de lo cotidiano. Más arriba aún, las nubes que se desvanecían, los colores del ocaso irrumpiendo el ocre de los edificios. Si se hubiese asomado podría haber visto cómo las calles transversales parecen sierras eléctricas que lastiman a la avenida principal. Escuchó llantos, el ruido del exterior había despertado a Teo. Seguro tendría hambre. Sonó el teléfono. Era Marcos. Ah... qué hacés... bien... se acaba de despertar... estuvo durmiendo hasta recién... no, no vengas... ya es tarde... mañana tengo que salir, si querés te lo dejo... Ella suspiró, no tenía ganas de hablarle, sabía que él llamaba por compromiso, que si hubiera querido ver al bebé hubiese caído directamente, sin avisar, como siempre. Mirá, tengo que colgar... está llorando... sí, yo bien... bueno...chau.

    Ahora Teo estaba en sus brazos, tranquilo. Se le cayó el chupete, ella lo alzó, lo limpió con su saliva, luego se lo dio de nuevo. Otra vez estaba durmiendo. Le preocupaba que durmiese tanto, la perseguía la idea de estar haciendo mal las cosas, el primer hijo y todos los temores. Incluso, tenía miedo de darle la teta.

    Volvió al balcón y siguió mirando, cada vez más detallista. La cortinas entreabiertas, un partido de fútbol en un televisor, arriba las antenas de Direct TV, el vuelo de un gorrión que se detuvo en el balcón de enfrente. En una fisura, una araña daba forma a lo que era un principio de tela. No la asombró tanto el hecho  de que la araña produjese por sí sola la seda, sino la forma perfecta con que iba naciendo su obra y la rapidez con la que se extendía.

    El cansancio en los ojos la hizo regresar del mundo-araña y entró al departamento para controlar a su bebé. Todo en orden, pero la preocupación no cesaba, el sueño profundo, la teta, la araña: en el fondo, siempre está el miedo. Fue hasta su habitación y se desvistió. Se miró al espejo y su cuerpo desnudo se reflejó de lleno. Pensó en alguna diosa, una diosa moderna cuidando a su hijo recién nacido, separada, al acecho de lo mínimo cuando engrandece, en el marco de un departamento en pleno centro de una ciudad con calles que se cruzaban perfectas como la tela de la araña.

    Miró sus tetas y palpó una de ellas, se le cayó una lágrima y dio justo en el pezón. Estaba hinchada, algo irritada, podía notarlo, no todavía a simple vista, sí mediante el tacto. Quiso quedarse desnuda un rato más, sentía la necesidad de liberarse e invadirse de orgullo.     

    Volvió al balcón, la telaraña ya no se veía, la noche había caído sobre la ciudad. Se notó triste y ansió despertar al día siguiente para verla allí terminada, completa, sosteniendo al bicho contra viento y marea. También deseó que Teo despertase, la soledad nunca viene sola, se dijo, las maquinaciones de todo tipo, las diversas formas de espera, pensamientos  ilógicos regidos por el temor, ansias de lo que no hay, sed. Alzó al bebé y éste abrió sus ojos, gimió durante un rato, pero una vez que su madre puso música pareció tranquilizarse. Nuevamente se asombró. Durante el embarazo, había probado esa terapia nueva de ponerle al bebé música clásica, y ahora que en el disco sonaban los ensambles de Bartok el bebé había callado como si ese piano fuese parte de la familia, como si las notas fuesen las manos de mamá, como si fuese el mismísimo alimento que mamá no se anima a dar.

    La música se iba por lugares insospechables, como el tronco que se ramifica gestando una ramita en la que en su punta concluye una flor, y cae, como lo hace el pañal de Teo al tacho de basura, y entonces están los dos desnudos, tirados en la cama, madre, hijo y Rachmaninoff desplazando a Bartok, los besos de mamá, las caricias de mamá, sus tetas apoyadas en el cubrecama, y la mancha de nacimiento de Teo, insignificante, pero ahora lo sabía, era una araña, diminuta, en el pecho, como la manifestación de una gen materno, un tatuaje que nunca tendría que hacerse cuando mamá no esté, pero por el momento estaban los dos, y qué felices en la cama, durmieron juntos.

    Soñó que nadaba por un mundo de tejidos, todo el ambiente negro y las ramificaciones verdes; pudo verse separada de algo que sabía inalcanzable. Escuchaba palabras incomprensibles: carcinoma, ductal, sonidos de otro mundo. Estaba atrapada, paralizada; incluso, cuando fue conciente de que estaba soñando no logró despertar, un vértigo le invadió el cuerpo hasta que por fin abrió los ojos. Era de madrugada y el disco había finalizado. Hubiese querido seguir durmiendo con Teo pero tuvo miedo de aplastarlo, pobre, tan chiquito; le puso un pañal, lo llevó hasta la cuna y lo besó en la frente. Al no poder conciliar el sueño, continuó leyendo una novela de Agatha Christie que había dejado por la mitad, hasta la última página no se conocería al autor del crimen. Escribir una novela en la que no importe conocer al autor, sino que el hecho resaltase por su propio brillo como una obra de arte, no estaría mal. A la cuarta página se durmió.

    La despertó el teléfono, era el papá de Teo, insistía con pasarlo a buscar y ella cedió, le haría bien al bebé tomar un poco de aire. Pasó lo poco que quedaba de la mañana preparando a su hijo. Al mediodía él toco el timbre y subió por su cuenta, todavía tenía las llaves.

    Una vez sola, se acordó del balcón y de la araña. Allí estaba: una tela perfecta, enorme, como su creadora. Durante un rato, siguió perpleja ante tal maravilla mientras su mente le recordaba al papá de Teo, no pudo recordar nítidamente cuáles habían sido los buenos momentos y cuáles los malos, de lo que sí pudo azorarse fue de que nada de eso había estado mal, pero la duda de si volvería o no a esa vida la invadió rápidamente.

    Comió sólo unas galletitas y fue una tarde pesada de recuerdos. Qué quería escuchar, algo tranquilo, que la traslade; se decidió por Sigur Ros y se recostó. Ni siquiera tenía ganas de salir para devolver A love song for Bobby Long, la relación con su madre la persiguió durante toda la película, la época de su muerte y los acercamientos forzados. Sabía que la afinidad no importa mientras el cielo siga inmenso; aunque uno mire hacia arriba todo se vive por dentro, se decía, ahora soy mamá. El doble sentido la hizo sonreír.

    El médico había dicho no te preocupes, sólo de rutina, pero ella sabía que algo andaba mal, podía presentirlo, una se conoce, conoce su cuerpo y su madre girando alrededor como un espectro, una herencia al acecho, patrimonio de la mujer.

    La espera no ayudaba, los nervios crecían y las obligaciones también, ahora debía avocarse a Teo, toda una vida soñando con un hijo, con abrazarlo, amamantarlo, verlo crecer, soñar, cuidarlo hasta el último segundo. Todo le dolía, su propia conciencia de no disfrutar lo que tiene y siempre quiso tener; el cumplimiento de todos sus deseos reducido a un resultado, a un capricho.

    Ahora los resultados estaban ocultos bajo un mapa, sobre la mesa. Todavía no los había visto, prefirió seguir esperando. Volvió al balcón y buscó los binoculares. La tela había tomado especial brillo, ocupaba su lugar en el mundo, pero la araña no estaba más, había desaparecido dejando su obra intacta. No importaba el autor, importaba el hecho, no estaría mal darle la teta al bebé, tampoco quedarse con la película y no devolverla, subir el volumen de la música, y aunque en el fondo siempre está el miedo, volvió a entrar, corrió el mapa, buscó los resultados y los abrió. Los leyó de pié, junto a la mesa, no se movió. Luego, lentamente, los guardó en el sobre, lo tuvo un rato entre sus manos y miró hacia su habitación, donde estaba la cuna de Teo. Cerró los ojos. Se le vino a la mente la tela sin la araña. Volvió a dejar el sobre en su lugar y detuvo su mirada en el mapa. Pensó que un viaje le vendría bien.           

                                                              TOMÁS  BOASSO    

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-