"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




17 de Noviembre, 2006


el granizo de Fabri...

Publicado en De Otros. el 17 de Noviembre, 2006, 16:26 por MScalona

                                           

 Afecto invernadero

El rastro infringe

la presunta declaración de amnistía

en el ojo de la tormenta

vamos a guarecernos detrás de cada teta

que deba palidecer entre las ramas

en el signo del cielo cabe toda la mayonesa

que no ungimos

y caen también las piedras

como el desorden de Ramona

que divide las aspirinas después del cable

ahora llueve...

no quedan canales

detrás de las pantallas

planas

la histeria del pararrayos

concibe el mute

que se incrusta en el silencio

o el ruido blanco de lo que dice un conductor negro

los pedazos de puente que no cruzamos

y lo que no llegamos a decir,

hay cierto anegamiento que nunca vimos

el que hunde la chapa

bajo las sábanas

un vidrio ámbar

simulado con nylon

las cosas suelen acumularse en el sexo

más palomas desfondadas ya sin sangre

perturban la penetración.

Ramona vuelve

aunque esta vez

quiere tomarse la presión.

                                                            

  FABRICIO    SIMEONI

                                                               

Y Dios creó a la Jirafa

Publicado en De Otros. el 17 de Noviembre, 2006, 11:41 por Celeste Galiano

 Long tall Gambaro

Jirafas (fragmentos)  por Griselda Gambaro

Si algo me molestaba era sentirme objeto de una observación constante. No porque pensara que querían meterse en mi vida o creyera que me espiaban con intenciones aviesas. Resultaba... no sé como decirlo, incómodo para mí que cada vez que saliera al patio las encontrara con la cabeza por encima del tapial. Era una familia rara. Yo saludaba: - Buen día – y jamás devolvían el saludo. Me costaba además enfrentar esas miradas tristes, de una melancolía infinita, que me lanzaban a través de las gruesas pestañas. Intuía que habían sufrido infortunios, pero todo el mundo padece los propios y no era el caso de compartirlos. Tampoco lo deseaban en apariencia. De ser así, me hubieran devuelto el saludo, iniciado una conversación. Estaban mudas. (...) Entonces me atreví. - ¿Por qué tanta melancolía? – pregunté – Y esa dulzura. De pronto hubiera querido volver atrás.

- ¿Dulzura? – repitió, y guardó un largo silencio. No supe si se había distraído o rehusaba contestarme. Su boca sonreía. – Se tiene o no se tiene – terminó por decir.

-               ¿Nada más?

-               Nada más

-               ¿Y la melancolía? – pregunté decepcionado.

-               No sé. Dicen que se debe a las pestañas, tan gruesas que nos velan los ojos.

-               ¿Las pestañas?

-               Nos dan expresión. Parece

-               ¿Sólo eso?

-               Sólo eso.

Fatigada, se le escapó un sonido ronco. – Además... – dijo, y dejó la frase inconclusa. Dirigió una mirada de preocupación a las crías. Las espantó con un golpe de cola en el anca, como si quisiera proteger su inocencia, librarlas de un conocimiento fatal.

-          ¿Además?

No me contestó hasta que las crías desaparecieron en la casa. Suspiró y volvió los ojos hacia mí.

- Además... el mundo es triste -, y con esa boca cuya sonrisa no significaba nada, dulce y melancólicamente agregó: - ¿No lo sabías?

         (“Los animales salvajes”, G. E. Norma, Marzo de 2006)      

... un cuentazo de Tomás...

Publicado en Cuentos el 17 de Noviembre, 2006, 10:44 por MScalona

Telaraña             

                                                                                  

   “ Todas son depredadoras, generalmente solitarias, de pequeños animales. Producen seda que usan para tejer redes de caza, tapizar refugios e incluso hacerse llevar por el viento.” Apagó el televisor. Todo pierde interés y su cuerpo cansado necesitaba aire. Salió al balcón y miró por sus binoculares. Percibía las grietas de la ciudad, las luces de los baños, mujeres cocinando, un hombre arrojando un cigarrillo. El aumento de lo cotidiano. Más arriba aún, las nubes que se desvanecían, los colores del ocaso irrumpiendo el ocre de los edificios. Si se hubiese asomado podría haber visto cómo las calles transversales parecen sierras eléctricas que lastiman a la avenida principal. Escuchó llantos, el ruido del exterior había despertado a Teo. Seguro tendría hambre. Sonó el teléfono. Era Marcos. Ah... qué hacés... bien... se acaba de despertar... estuvo durmiendo hasta recién... no, no vengas... ya es tarde... mañana tengo que salir, si querés te lo dejo... Ella suspiró, no tenía ganas de hablarle, sabía que él llamaba por compromiso, que si hubiera querido ver al bebé hubiese caído directamente, sin avisar, como siempre. Mirá, tengo que colgar... está llorando... sí, yo bien... bueno...chau.

    Ahora Teo estaba en sus brazos, tranquilo. Se le cayó el chupete, ella lo alzó, lo limpió con su saliva, luego se lo dio de nuevo. Otra vez estaba durmiendo. Le preocupaba que durmiese tanto, la perseguía la idea de estar haciendo mal las cosas, el primer hijo y todos los temores. Incluso, tenía miedo de darle la teta.

    Volvió al balcón y siguió mirando, cada vez más detallista. La cortinas entreabiertas, un partido de fútbol en un televisor, arriba las antenas de Direct TV, el vuelo de un gorrión que se detuvo en el balcón de enfrente. En una fisura, una araña daba forma a lo que era un principio de tela. No la asombró tanto el hecho  de que la araña produjese por sí sola la seda, sino la forma perfecta con que iba naciendo su obra y la rapidez con la que se extendía.

    El cansancio en los ojos la hizo regresar del mundo-araña y entró al departamento para controlar a su bebé. Todo en orden, pero la preocupación no cesaba, el sueño profundo, la teta, la araña: en el fondo, siempre está el miedo. Fue hasta su habitación y se desvistió. Se miró al espejo y su cuerpo desnudo se reflejó de lleno. Pensó en alguna diosa, una diosa moderna cuidando a su hijo recién nacido, separada, al acecho de lo mínimo cuando engrandece, en el marco de un departamento en pleno centro de una ciudad con calles que se cruzaban perfectas como la tela de la araña.

    Miró sus tetas y palpó una de ellas, se le cayó una lágrima y dio justo en el pezón. Estaba hinchada, algo irritada, podía notarlo, no todavía a simple vista, sí mediante el tacto. Quiso quedarse desnuda un rato más, sentía la necesidad de liberarse e invadirse de orgullo.     

    Volvió al balcón, la telaraña ya no se veía, la noche había caído sobre la ciudad. Se notó triste y ansió despertar al día siguiente para verla allí terminada, completa, sosteniendo al bicho contra viento y marea. También deseó que Teo despertase, la soledad nunca viene sola, se dijo, las maquinaciones de todo tipo, las diversas formas de espera, pensamientos  ilógicos regidos por el temor, ansias de lo que no hay, sed. Alzó al bebé y éste abrió sus ojos, gimió durante un rato, pero una vez que su madre puso música pareció tranquilizarse. Nuevamente se asombró. Durante el embarazo, había probado esa terapia nueva de ponerle al bebé música clásica, y ahora que en el disco sonaban los ensambles de Bartok el bebé había callado como si ese piano fuese parte de la familia, como si las notas fuesen las manos de mamá, como si fuese el mismísimo alimento que mamá no se anima a dar.

    La música se iba por lugares insospechables, como el tronco que se ramifica gestando una ramita en la que en su punta concluye una flor, y cae, como lo hace el pañal de Teo al tacho de basura, y entonces están los dos desnudos, tirados en la cama, madre, hijo y Rachmaninoff desplazando a Bartok, los besos de mamá, las caricias de mamá, sus tetas apoyadas en el cubrecama, y la mancha de nacimiento de Teo, insignificante, pero ahora lo sabía, era una araña, diminuta, en el pecho, como la manifestación de una gen materno, un tatuaje que nunca tendría que hacerse cuando mamá no esté, pero por el momento estaban los dos, y qué felices en la cama, durmieron juntos.

    Soñó que nadaba por un mundo de tejidos, todo el ambiente negro y las ramificaciones verdes; pudo verse separada de algo que sabía inalcanzable. Escuchaba palabras incomprensibles: carcinoma, ductal, sonidos de otro mundo. Estaba atrapada, paralizada; incluso, cuando fue conciente de que estaba soñando no logró despertar, un vértigo le invadió el cuerpo hasta que por fin abrió los ojos. Era de madrugada y el disco había finalizado. Hubiese querido seguir durmiendo con Teo pero tuvo miedo de aplastarlo, pobre, tan chiquito; le puso un pañal, lo llevó hasta la cuna y lo besó en la frente. Al no poder conciliar el sueño, continuó leyendo una novela de Agatha Christie que había dejado por la mitad, hasta la última página no se conocería al autor del crimen. Escribir una novela en la que no importe conocer al autor, sino que el hecho resaltase por su propio brillo como una obra de arte, no estaría mal. A la cuarta página se durmió.

    La despertó el teléfono, era el papá de Teo, insistía con pasarlo a buscar y ella cedió, le haría bien al bebé tomar un poco de aire. Pasó lo poco que quedaba de la mañana preparando a su hijo. Al mediodía él toco el timbre y subió por su cuenta, todavía tenía las llaves.

    Una vez sola, se acordó del balcón y de la araña. Allí estaba: una tela perfecta, enorme, como su creadora. Durante un rato, siguió perpleja ante tal maravilla mientras su mente le recordaba al papá de Teo, no pudo recordar nítidamente cuáles habían sido los buenos momentos y cuáles los malos, de lo que sí pudo azorarse fue de que nada de eso había estado mal, pero la duda de si volvería o no a esa vida la invadió rápidamente.

    Comió sólo unas galletitas y fue una tarde pesada de recuerdos. Qué quería escuchar, algo tranquilo, que la traslade; se decidió por Sigur Ros y se recostó. Ni siquiera tenía ganas de salir para devolver A love song for Bobby Long, la relación con su madre la persiguió durante toda la película, la época de su muerte y los acercamientos forzados. Sabía que la afinidad no importa mientras el cielo siga inmenso; aunque uno mire hacia arriba todo se vive por dentro, se decía, ahora soy mamá. El doble sentido la hizo sonreír.

    El médico había dicho no te preocupes, sólo de rutina, pero ella sabía que algo andaba mal, podía presentirlo, una se conoce, conoce su cuerpo y su madre girando alrededor como un espectro, una herencia al acecho, patrimonio de la mujer.

    La espera no ayudaba, los nervios crecían y las obligaciones también, ahora debía avocarse a Teo, toda una vida soñando con un hijo, con abrazarlo, amamantarlo, verlo crecer, soñar, cuidarlo hasta el último segundo. Todo le dolía, su propia conciencia de no disfrutar lo que tiene y siempre quiso tener; el cumplimiento de todos sus deseos reducido a un resultado, a un capricho.

    Ahora los resultados estaban ocultos bajo un mapa, sobre la mesa. Todavía no los había visto, prefirió seguir esperando. Volvió al balcón y buscó los binoculares. La tela había tomado especial brillo, ocupaba su lugar en el mundo, pero la araña no estaba más, había desaparecido dejando su obra intacta. No importaba el autor, importaba el hecho, no estaría mal darle la teta al bebé, tampoco quedarse con la película y no devolverla, subir el volumen de la música, y aunque en el fondo siempre está el miedo, volvió a entrar, corrió el mapa, buscó los resultados y los abrió. Los leyó de pié, junto a la mesa, no se movió. Luego, lentamente, los guardó en el sobre, lo tuvo un rato entre sus manos y miró hacia su habitación, donde estaba la cuna de Teo. Cerró los ojos. Se le vino a la mente la tela sin la araña. Volvió a dejar el sobre en su lugar y detuvo su mirada en el mapa. Pensó que un viaje le vendría bien.           

                                                              TOMÁS  BOASSO    

plus Anäis...

Publicado en De Otros. el 17 de Noviembre, 2006, 8:42 por MScalona

... Conversamos hasta las dos o tres de la mañana. Qué tragedia que te haya encontrado y no pueda casarme contigo. -Era a él a quien le preocupaba embrujarme. Era él quien hablaba, se mostraba ansioso y desplegaba todos sus poderes de seducción. Yo era la cortejada, espléndidamente. -Qué bueno es cortejarte. Las mujeres siempre me han buscado, cortejado. Yo sólo he sido galante.

Historias interminables sobre mujeres. Hazañas. Al mismo tiempo, me enseña lo máximo en el arte de amar: juegos, sutilezas, caricias nuevas. En cierto momento tuve la sensación de que era el auténtico Don Juan, aquel que había poseído más de mil mujeres, y él me enseñaba a la vez que elogiaba mi talento, mi asombrosa habilidad amatoria, mi extraordinaria afinación y sensibilidad. Estaba asombrado por la riqueza de mis mieles.

Caminas como una cortesana griega. Pareces ofrecer tu sexo cuando caminas. Cuando volví por el pasillo oscuro. Hasta mi habitación.

Mi pañuelo entre las piernas porque su esperma es superabundante -soplaba el mistral y sentí que se interponía un velo entre la vida y yo, entre el placer y yo. Todo se desarrollaba espléndidamente, como correspondía, pero sin la chispa final de placer, porque en ciertos momentos era el amante desconocido, el español encantador experto en seducciones, amante enamorado con su mente, espíritu y alma, en otras ocasiones demasiado íntimo, demasiado parecido a mí, con las mismas contracciones de miedo y desconfianza, el mismo survoltage, la misma susceptibilidad exacerbada.

Ciertas observaciones me preocuparon:

Ojalá pudiera reemplazar a todos tus amantes. Sé que podría hacerlo si tuviera cuarenta años en lugar de cincuenta y cuatro. Tal vez en algunos años no habrá más riquette, y entonces me abandonarás.

Era insoportable semejante inseguridad en él, el león, el rey de la selva, el hombre más viril que he conocido. Porque me asombra encontrar una fuerza sensual mayor que la de Henri; verlo todo el día en estado de erección, y su riquette, su pene, tan duro, tan ágil, tan pesado.

A la noche siguiente, cuando tenía un poco más de libertad de movimiento, se tendió sobre mí y fue una orgía, me penetró tres o cuatro veces sin pausa, sin retirarse: sus fuerzas, su deseo siempre renovados y cada eyaculación seguía a la otra como una sucesión de olas. Me hundí en el placer vago, velado, sin clímax, en la bruma de las caricias y la languidez, en la excitación continua y por fin experimenté profundamente la pasión por ese hombre, una pasión asentada sobre la veneración y la admiración. La culminación de mi propio placer dejó de preocuparme. Me sumergí en la culminación del suyo. Le dije que había vivido las noches más bellas de mi vida, y al decirlo advertí que él deseaba fervientemente saber si era verdad. Derramé amor, adoración, con ciencia.


 INCESTO -  1933    Anäis  Nin  .-

 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-