"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




es largo, pero lindo

Publicado en General el 24 de Octubre, 2006, 19:13 por negrointenso
La vida está en otra parte
La mexicana Natalia Toledo, poetisa zapoteca-español, estuvo en el Festival de Poesía, donde además de leer sus textos participó en mesas sobre bilingüismo
Los relatos de una abuela indígena, “Mafalda” y “Las mil y una noches” fueron parte de la formación inicial de Natalia Toledo en Juchitán.
Foto: GENTILEZA FESTIVAL DE POESÍA

Pablo Makovsky

Detrás de sus gafas oscuras Natalia Toledo se sienta a una de las mesas en la vereda del bar de Urquiza y Maipú. Sonríe, le gusta el sol, salió a caminar la ciudad el miércoles, cuando llegó para participar del XIV Festival Internacional de Poesía. A la noche dio una charla sobre su condición de poeta zapoteco-español en un instituto de arte privado y, más tarde, se sentó a la vera del río con sus anfitriones. “¿A qué hora empieza la gente de acá a beber alcohol?”, quiere saber. Porque en su pueblo, Juchitán, en el Istmo de Tehuantepec, Oaxaca, al sur de México, los hombres se levantan alrededor de las cuatro de la madrugada para salir a pescar y doce horas más tarde ya están adobados y listos para volver a la cama. Y cuando el grabador ya está apagado, la poetisa, hija de Francisco Toledo, uno de los pintores más importantes de su país, cuenta que concurre a un taller de escritura al que a su vez visitaron algunos de los escritores más actuales de México, como Mario Balletín o Sergio Pitol. Allí desarrolla una novela sobre un circo salvadoreño que visitó un día Juchitán, cuando ella era una niña, y se instaló frente a su casa. La pequeña Natalia Toledo cruzaba la calle y proveía a los artistas del circo de tortillas que preparaba su madre. La sorpresa de esos artistas circenses en camiseta, discutiendo por cosas triviales y cotidianas; y su imponente presencia en la gala nocturna es uno de los temas de esas páginas. Como el hecho de que un día, el dueño abandonó la carpa y la compañía y el circo se desarmó: una vecina se hizo cargo del león y su jaula; otra, de las lonas; los Toledo, de los bonetes, las pelucas y las narices de los payasos.
Natalia Toledo nació en 1968. Se mudó joven a Ciudad de México, donde publicó la antología personal Flor de pantano (2004), Mujeres de sol, mujeres de oro (2002, traducido al francés), Paraíso de físuras (1992); Olivo negro, libro ganador del premio Nezahualcóyotl 2004; La muerte pies ligeros (cuento zapoteco-español con ilustraciones de Francisco Toledo, traducido al mazateco, chinanteco, mixe y mixteco, 2005). En el bar donde se realiza la entrevista unas mujeres giran la cabeza para mirar a Natalia Toledo, se detienen en los coloridos detalles de su huipil negro, en los pendientes metálicos con forma de pez, se quedan mirándola, es difícil no escucharla.
—Los poetas latinoamericanos de los años 60 y 70, rescatan como una actitud de las vanguardias el haber intervenido y puesto a circular en el español términos aborígenes, ¿qué percepción tiene usted de esto, siendo una poeta bilingüe, zapoteco-español?
—Me asumo como una poeta que habla dos idiomas. Pero mi lengua materna es el zapoteco. Es muy curioso porque yo platicaba ayer, en una charla (en Ícaro) que mi vida de niña transcurrió en zapoteco, los juegos eran zapoteco, las curaciones, los conjuros, todo con lo que uno crece. Porque allá las enfermedades se curan de otra manera...
—¿Como lo contaba Carlos Castaneda en “Las enseñanzas de Don Juan”?
—Se curan con palabras, con metáforas y con cosas muy simbólicas. Por ejemplo, la tristeza se concentra en el dorso, en la espalda y se recoge con una hoja de maíz que te pasan por atrás y van diciendo que la tristeza debe desalojarse, que son esas espinas negras que tenemos en la espalda y las comienzan a quitar y tiran esa hoja. En cuanto tiran esa hoja tú sabes que estás curado y ya no tienes tristeza. Entierran esa hoja a la orilla del río, la tierra chupa esa tristeza, queda ahí y cuando sales eres como un resucitado. Te devuelven a la vida.
—Es algo muy chamánico.
—Ah, claro. Yo estoy aquí sentada y creo en todas esas cosas. Y así es como me curo. Claro que también voy al doctor, porque ya vi otras cosas, ya me contaminé... Nacimos contaminados.
—¿De modo que el cosmos, el universo zapoteco concibe la palabra con un poder particular?
—Bueno, pienso que lo que dieron estas lenguas, la musicalidad que tiene el zapoteco, porque es una lengua tonal y tiene sus acentos, dobles vocales, y eso le da una musicalidad muy bonita, importante, que cuando hablas estás cantando. Y eso se pierde cuando me traduzco al español, pero son lenguas que reflejan una poesía. Tú cuando hablas estás dibujando. A ver, no sé, un ejemplo. Nosotros no decimos “la playa”, decimos “los labios del mar”, porque para nosotros todo tiene corazón, cuerpo, entonces esa parte es interesante, es como si todo tuviera vida, no hablas en abstracto, hablas dibujando. Y supongo que eso enriquece la poesía en español. En sí esta lengua es muy metafórica y en el inicio todas las lenguas tenían esa necesidad de dibujar las cosas, de nombrarlas.
—Su padre es uno de los artistas plásticos más importante de México, ¿hay alguna relación con esto que decía de que la lengua “dibuja” las cosas?
—Yo creo que el señor nació con mucho talento, porque desde niño descubrió su vocación en las paredes del baño de su casa. Empezó a rayar. Vivió un época en Veracruz, donde había una refinería de petróleo y mi abuelo, su papá, vendía cervezas, tenía una concesionaria y mi papá creció entre esas cajas, torres de cerveza. Y gracias a ese talento comercial de mi abuelo pudo mi padre desde muy niño pedir por correspondencia libros, como la Divina comedia, era de los pocos en el pueblo que la había leído, sin entender absolutamente nada, tal como él lo platica. Su papá, como le veía el interés, le compraba cosas. Y claro, con toda la memoria de lo que te transmiten los abuelos en forma oral, de lo que es pertenecer a una cultura, más lo que le llegaba, tuvo la ambición suficiente como para irse a los 17 años a Europa, sin un quinto, a hacerse en el camino. Eso le dio mucha fortaleza.
—¿Y cómo le llegó a usted esa herencia?
—Bueno, pues a mi me encanta la idea de venir de alguien sensible, talentoso, que lee, que ama la poesía, la literatura, la imagen.
—¿Y sus lecturas, sus influencias, cuáles han sido?
—Mis primeras lecturas, todo lo que aprendí en forma oral, las historias, los relatos que existen en zapoteco, que me contó mi abuela, mis tíos, mi mamá, a la hora que fuera, nos arrimábamos una silla a un árbol de tamarindo y empezaban a contarnos historias: de miedo, del conejo y el coyote, trabalenguas, canciones de cuna.
—Y las de miedo, ¿qué clase de historias eran?
—De sombras en las paredes, de cosas que aparecen, de los muertos, no sé, muchos como de hacerte pensar, de las habilidades de los animales para convencer, para ganar, todo eso que no está en los libros, pero está en la memoria y se va pasando de generación en generación, que yo recibí. Los viejos de Juchitán son nuestras bibliotecas. Bueno, déjame decirte que cuando yo tenía diez años leía Mafalda, porque en la biblioteca de mi pueblo había un ejemplar. Leía Asterix, Las mil y una noches. Pero también cuando ya tuve el interés de comenzar a escribir, cuando tenía unos trece años, comenzaba a hacer versos rimados, porque esa era mi idea de poesía, porque comencé de pura casualidad a leer a un poeta que era un romántico que rimaba y todo era amoroso, doloroso, de la ausencia, y me hice súper cursi, pero cómo me llegaban. Y lo mejor de todo es que hace poco volví a leerlo y me sigue gustando. Y también comencé a leer a toda una generación en particular, que existió en Juchitán, porque la mayoría ya murió, el último que queda va a cumplir cien años en noviembre y es muy amigo mío, Andrés Henestrosa. Es una generación pos revolución que fundaron una revista en Ciudad de México. Eran estudiantes y como extrañaban su pueblo, su cultura, empezaron a pasar todas las cosas al papel, entonces son los primeros que retoman los mitos, las leyendas, las canciones. Fue una generación muy curiosa, que se vinculó con Diego Rivera, Frida Khalo, querían aprender, eran como si quisieran salir de lo propio pero poniendo lo propio como punto de partida.
—Cuando refería esas historias propias de la cultura zapoteca, recordaba lo que escribió Claude Levi-Strauss acerca de los ritos chamánicos: son efectivos no porque cuenten con la credulidad total de quienes participan en ellos, sino porque a través suyo la persona participa y pertenece a una experiencia comunitaria, cultural.
—Claro, tú naces ahí y una vez que naces recibes una serie de informaciones, tu piel, desde que es arrojada al mundo sabe si nació en un lugar donde hace frío o hace calor, te tapan o te destapan, y el alimento, y esas cosas que nos hacen lo que somos, pertenecer a un lugar, todo lo que escuchas y, también, cuando tienes tu primera diarrea y te llevan con la señora que soba y te da aceites, que te despega la espalda, te curas. Y es imposible después no pensar en ello. Puedes no seguir las reglas una vez que sales, como yo. También puedes criticar algunas cosas con las que tú ya no estás de acuerdo, sobre todo en la parte humana. Entonces, si creces con toda es información uno repite esas cosas. Te voy a contar una anécdota. Durante mucho tiempo nosotros no tuvimos una regadera –una ducha– y siempre nos bañamos con jícaras. Bueno, cuando me fui a la ciudad de México, cuando tuve la fortuna de tener una regadera, no la prendía y metía otra vez mi cubeta. Y cuando me daba el primer jicarazo me decía: “Pero qué estúpida, para qué tengo esto si sigo bañándome de la misma forma”. Lo que bien se aprende jamás se olvida. Es como esas cosas que son tan fuertes que todo el tiempo tienes que, no pelear con ellas, pero si quieres cambiar y volverte más “in”, pues tienes que ir viendo, porque qué necesidad, si es más práctico así. Como convenciéndote a ti mismo, aunque yo lo sé, pero hay una parte de mi, acaso en un lugar mucho más poderoso que me dicta: “Agáchate y toma la jícara”.
—Durante mucho tiempo se sostuvo que Argentina no era una “zona poética” en la medida en que lo eran las zonas influidas por César Vallejo o Pablo Neruda. ¿Qué opina de eso?
—Ah, pero ustedes tienen a Olga Orozco, con eso se pueden morir y esos narradores increíbles: Borges, Cortázar, esas voces que nos abrieron la mente a las miles de posibilidades de narrar una historia..
—Usted escribe sus textos primero en zapoteco y luego en castellano. Los poemas de “Olivo negro”, asimismo, se leen como la afirmación de una visión de mundo y de un estilo poético. ¿Cómo es ese trabajo?
—Bueno, hay una necesidad, el estar distanciada de todo eso que fui de niña y que amo profundamente y uno agarra como una maza, revuelve todo y lo vuelve a acomodar de forma que su corazón se cure. Y eso es lo que tal vez la niña que fui, que se fue muy chica de Juchitán a la Ciudad de México hizo todo eso para poder sobrevivir y sobrevivir, por supuesto, no tiene ningún mérito, porque no soy la única que lo hace, pero tengo la necesidad de ir y reafirmarme y decir esto es lo que soy. Hay un precio que se paga, porque cuando tú regresas tus ojos ya no son los mismos, porque saliste, viste otras cosas, hay como un precio muy alto que se paga para los que salen. Y en ese trayecto, al final, ese lugar al que siempre quisiste regresar porque lo añorabas, ya no puedes, porque hiciste tu vida en otra parte. Y esa insatisfacción es lo que te lleva a estar recordándolo, porque crees que tu vida ahí hubiera sido mejor, pero no lo sabes.

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