"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




El mio. (perdón por la largura!)

Publicado en General el 9 de Octubre, 2006, 11:57 por maripau.-

De Mentirita

Nunca la vio llorar pero de lejos la presentía de goma espuma. Para ella no había mejor defensa que un ataque y no quería que la quisieran para relleno de almohadones, ni de empanadas, ni de botiquines. A simple vista se empeñaba en revertir esa creencia, si él se inclinaba, ella vertiginosa daba vuelta todas las cosas comunes para ver qué caía de ellas y sin embargo, al alejarse regaba a lagrimones los cuatro plantines de albahaca que llevaba siempre en la cartera. Hasta que el agua salada comenzó a secar los brotes, entonces, con la extrañeza de llorar al mediodía, llenaba cacerolas en las que cocinaba fideos con manteca o ravioles de espinaca. Él tenía manos que conmovían los cabellos, era de los que se animaban a abrir caramelos en los teatros, pero que si lloraba, lo hacía entre paréntesis y jamás entre comillas, para disimular la frecuencia. 

Se habían visto por primera vez haciendo palomitas que arrojaban desde un edificio abandonado. A veces volaban, otras no llegaban ni a una vuelta a la manzana. Pero volviendo a las palomitas, éstas y el edificio eran de papel, con tijera zigzag tenía las puertas recortadas, las ventanas irregulares, los balcones forrados de papel glacé y para trepar, una escalera interminable encolada con boligoma.

La ciudad en la que vivían estaba cubierta de enredaderas. Crecían por todas partes. Trepaban los ladrillos, los troncos, los palos de la luz, se colgaba de los cables y regularmente había que ir desmochando los semáforos. Así inevitablemente todo en la ciudad estaba conectado por esa mata que apareció de la nada un día cualquiera que ya nadie recordaba. Por más alejadas que vivieran las personas era la misma planta la que pasaba por sus casas. Las ramas se atravesaban, embrollaban, se apasionaban y entre ellas había historias de las más increíbles. Los jardineros tenían tanto trabajo cómo los psicólogos, la gente se juntaban a tomar en los bares y en vez de decir que el mundo era un pañuelo, decían que era una nervadura. En primavera la ciudad era verde loro y en otoño, forrada de un esqueleto gigante extendido sobre los contornos.

Él era pintor de rutas. Prefería las líneas amarillas interrumpidas, esas que según decía, eran cómo puntos suspensivos. Ella que no sabía nada de signos ni de señales, atendía un negocio de objetos para regalo, vendía artículos que la gente disfrutaba aunque para nada le servían: motorcitos para relojes de arena, submarinos de esponja envueltos en papel celofán, corazones para marionetas. De las cajas para llenar, tenía las más lindas, declaraciones y promesas por escrito en variedad de letras, resortes que no saltaban, guantes sin espacio para dedos.

Entre todos los lanzadores de palomitas ellos se preferían. Se miraban, hacían volar sus animales sin plumas, los veían desaparecer juntos y volvían a mirarsemirarsemirarse. El silencio era como la trepadora del muro, estaba por todas partes. Una plastilina en la que se guardaban. Era también como jugar a las nubes, a veces puma, mariposa, cara de señor barbudo, un hueso y en verdad ninguna cosa pero repetida en perfecta afonía. Se escondían tan cerca que no podían encontrarse, por ejemplo si estaban entre los cuatro lados de una baldosa iban a mirarse haciendo una diagonal desde los vértices. De la normalidad sus caricias eran interrupciones, en forma de círculos para no saber si terminaban o si eran apenas comienzo. El resto del tiempo permanecían inversamente proporcionales sujetados a alguna dificultad,  él siempre de algo era ausencia y ella no desamparaba sus baldíos. El derecho a no pertenecerse fue de todo lo más tierno.

Llevaban arrojados varios vuelos aquella vez que se dijeron algo, las mismas palabras los dos: fue sin querer, si eso es lo que dijeron... Es que una de las aves había quedado atrapada en las ramas que pasaban por enfrente. Fue luego del incidente que cada uno pronunció las tres palabras iguales. Pero nunca supieron con certeza si estaban hablando de eso. Tampoco intentaron preguntarse.  Aquella tarde resultó más triste despedirse viendo a la palomita estacionada entre las hojas. Se fueron como siempre pero extrañando algo, yo no se qué, ni ellos sabían, se alejaron esperando lentamente que la inercia del abandono los deje estar. 

A los dos les costaba relacionarse con la filosofía de saber aceptar el minuto que viene y el que se va. Tampoco nunca sabían a donde abrirían los ojos, ocurría siempre desde alguna otra parte entre crónicas de puntería y médulas. Además, a los dos era conveniente jamás dejarlos ir enojados y por último coincidieron aquella tarde en una vereda común de canaletitas, pero eso voy a contarlo al final.

Un día entre todas las semanas, se olvidaron o se aburrieron, que es lo mismo. Él se fue a pintar caminos desde Mburucuyá hasta Chos Malal, ella estaba convencida que no quería ser de goma espuma si esa era toda su gracia, así que cerro su negocio y puso otro de artículos útiles, el más grande de la ciudad: vendía todo tipo de podadoras y regaderas y se enamoró del primer cliente que entró preguntando por semillas.

En una vereda con canaletitas mucho después se cruzaron. Verse fue raro y reconocerse, difícil tan lejos de aquellas alas. Ella hubiese querido advertirlo a tiempo para cruzar de lado o esconderse en su media naranja. Él que había pintado tantos caminos, sabía de su manía de torcer los recorridos pero descifraba mal aquellas fugas. Mientras, lejísimo un pedazo de hielo austral se derretía, otra gente caminaba por la misma vereda, sobre zapatos antigravitatorios, hablando de elefantes rosas, de que los pies toquen el piso, seguros de que ahí no pasaban más que autos.

 Nunca se sabe cómo saludar a las personas en movimiento. ¿Hola o chau? Es difícil coincidir, por lo general, uno dice una cosa y otro, dice otra, y se escucha un holachau o un chauhola y cada uno sigue en su movimiento habiendo querido poder decir lo mismo. No sé mucho más sobre esa tarde de las canaletitas, todo sigue como siempre, bandadas de pájaros de papel haciendo nidos en las enredaderas. 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-