"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Una cuestión sencilla

Publicado en General el 21 de Septiembre, 2006, 17:44 por Adolfo Villatte

 

                        La cuestión en sí era sencilla. Conforme el dato anónimo recibido, desde una casa que se encontraba en el sur de la ciudad se distribuiría un cargamento de marihuana cuyo dueño era un tal G que vivía en el lugar. Durante las observaciones que hicieron los policías de la fuerzas antidrogas se vio salir de allí a dos personas en bicicleta, una de las cuales llevaba diez “ladrillos” de esa sustancia -que rondarían unos diez kilos- y durante el allanamiento de la finca se encontraron en la terraza cuarenta kilos más. Los detenidos eran tres. El juez a cargo dictó el procesamiento de dos de ellos y el restante recuperó su libertad. Llegar a esa decisión no le requirió mucho esfuerzo: la droga estaba allí, las personas detenidas tenían acceso a ella y, en el caso de R y S, salieron del lugar con iguales sustancias a las encontradas en la casa de G, por lo que la conclusión –que por su tipo tenía carácter provisoria- fue sencilla.

                        Sin embargo, una cuestión quedó sin tratar en esa resolución, había un punto al que, no solo se había omitido hacer referencia sino que se había evitado, cuidadosamente. La prescindencia de cualquier palabra que remitiera a ella, no solo porque en lo sustancial no modificaría nada, sino porque traerlo a colación podía debilitar innecesariamente los argumentos que sostenían la resolución, había sido una cuestión quirúrgica.

                        En rigor de verdad, los panes de marihuana -de un valor considerable-, fueron encontrados en la terraza contigua a la casa allanada, en los techos de la finca vecina a la de G, pero nunca se prestó atención a la razón de ello, las causas de la presencia de algo de semejante valor en un lugar en el que nadie se animaría siquiera a dejar un caramelo. El asunto no le interesaba al juez y al secretario por los ribetes policíacos que pudiera tener, sino simplemente porque, en algún punto, se trataba de algo que desafiaba la lógica de la formación que tenían, que despertaba en ellos mecanismos de alerta que no lograban definir con exactitud. Sabían que no podían sencillamente “comprar” las versiones de los hechos que diariamente les daba la policía; que muchas de ellas, en el mejor de los casos, eran verdades a medias y, en el peor, tenían el olor a pescado podrido más nauseabundo que se pueda imaginar. Ambos habían sufrido en carne propia las manipulaciones de la información dada a cuentagotas, las mentiras, las trampas, la simple tergiversación de las órdenes verbales que les pedían para desprenderse de la responsabilidad, e incluso en “engarronamiento” de algún gil que era entregado por los eslabones superiores de la cadena de distribución, entre otras cosas. Hay algo que los que trabajan en la justicia penal tienen en claro: “Lo más jodido es el trato con la cana”.  

                        Fácilmente podía quedar la situación en eso, un simple dato que no encajaba del todo en lo que se podía prever; de todos modos, es normal que cosas no tan normales sucedan para alterar, aunque sea un poco, el sendero habitual de las cosas, como para no permitir que se baje del todo la guardia y producir esa rara contracción permanente del corazón que incrementa en el gremio notablemente los infartos masivos a causa del mal parido stress. Tampoco es que necesariamente fueran a descubrir algo importante; como se dijo, para los detenidos la suerte estaba echada, pero tal vez para sacudir un poco esa modorra de tantos años de casos rutinarios, ambos se imaginaron alternativas dignas de una novela policial.

                        Al principio, ninguno de los dos se animó a sugerirlo. Con rodeos y medias tintas iban tirando pequeñas carnadas para intentar descubrir en el otro algún signo que revelara la aquiescencia con el plan. Dos viejos sobados por lustros en la desconfianza propia de la instrucción penal, entrenados para buscar, contando como único elemento con la percepción, cualquier atisbo de duda en las declaraciones de los imputados, un movimiento nervioso, un cabeceo, un llevarse las manos a la cara, un taparse la boca al hablar, un ir y volver con las preguntas, especulando con la esperanza del olvido, con la guardia baja que produce el cansancio... y, a la vez, el cansancio de todo eso. Rumiaban preguntas y frases entrecortadas, casuales sólo en apariencia, y observaban el rostro curtido del otro en los reflejos de las ventanas o de los monitores de las computadoras, sino, solo de refilón, nunca una mirada directa, franca. - Que raro esto de la falopa en la terraza, ¿no? –arriesgaba uno-; -Lindo barrio para dejar una fortuna en el techo- decía el otro.

                        Todo era un juego.

                        Pero un día todo se precipitó. Decidieron hacer una “inspección ocular”, aunque de noche y sin testigos de actuación, así, por las suyas. Tomaron un colectivo de la línea 102 que los dejó a cinco cuadras de donde estaba la casa luego de una ruidosa frenada que los hizo temer que los descubrieran. No se pusieron ropas especiales para la ocasión, nada de prendas oscuras para confundirse con la noche, nada de vetún en la cara para disimular sus rasgos; ni siquiera llevar pocas llaves para que no sonaran a cada paso. Poco a poco se fueron internando en otro mundo de casillas de chapa dispuestas a los costados de senderos hormigueantes, embebidos del olor fétido a barro podrido que emanaba de las zanjas, los cables desordenados que poblaban el cielo. El frío hiriente y lo avanzado de la noche –ya cercana a la madrugada-, no habían logrado meter a todos los habitantes del barrio en sus chozas; pequeños grupos de personas sucias y malolientes se congregaban en algunos recodos que formaba el camino donde se improvisaban fumaderos de las resinas resultantes del desecho de las cocinas de cocaína; con sus dedos manchados por el humo químico, anestesiados contra la baja temperatura y el hambre, esperaban sus nuevas dosis, las que obtendrían a cualquier costo, víctimas del desenfreno producido por la necesidad; libres de servir a su amo; dependientes hasta el hartazgo.

                        Y nuestros protagonistas avanzaban determinados por aquel mundo inconscientes, casi invisibles, pero no...

                        Un estampido suena en la noche; una picazón que invade el pecho del juez; un pedido de ayuda tenue, íntimo, en aquel mundo ajeno; la sangre que una mano no llega a contener. Ahora sus ojos que giran, que ven primero a su compañero, después al cielo, luego a las casas que están a su izquierda, y de nuevo a su compañero, al cielo, a las casas, a su compañero, al cielo a las casas, imparables... y la piel que se pone gomosa y pálida; ahora sus ojos que se cierran; ahora que se vuelven a abrir, y así quedan, la soledad, la irremediable soledad, sus pupilas dilatadas, tal vez por la sorpresa de ver qué hay más allá.

                        La jueza y su secretaria –que la historia también la escriben las mujeres-, no pueden salir de su asombro por el evento. Sí, es cierto: el matador fue hallado, el arma estaba en sus manos, los restos de pólvora propios de la deflagración también; era un asunto sencillo, pero no podían entender que hacía el juez allí.             

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-