"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




12 de Septiembre, 2006


Luisa Futoransky

Publicado en De Otros. el 12 de Septiembre, 2006, 22:53 por MScalona

 

 

LA SIN TIEMPO

 

 

Deshice casas

 

perdí bibliotecas

 

me fui con lo puesto

 

en una valija

 

dos valijas

 

tres

 

indivisible

 

la trinidad

 

es

 

 

 

lágrimas

 

patitas

 

para qué te quiero

 

 

 

las actrices pobres y viejas

 

terminan sus días emparedadas

 

tomando mate

 

en un asilo temible
 
la Casa del Teatro    ¿ y qué...
 
acaso no matan a los caballos ?

 

 

 

 

Luisa Futoransky,   Bs As. 1939

Soneto de tus vísceras

Publicado en De Otros. el 12 de Septiembre, 2006, 21:15 por bianka

Soneto de tus vísceras

 

Harto ya de alabar tu piel dorada

Tus externas y muchas perfecciones,

Canto al jardín azul de tus pulmones

Y a tu traquea elegante y anillada.

 

Canto a tu masa intestinal rosada

Al bazo, al páncreas,  a los epiplones

Al doble filtro gris de tus riñones

Y a tu matriz profunda y renovada.

 

Canto al tuétano dulce de tus huesos,

A la linfa que embebe tus tejidos,

Al acre olor orgánico que exhalas.

 

Quiero gastar tus vísceras a besos,

Vivir dentro de ti con mis sentidos...

Yo soy un sapo negro con dos alas.

Baldomero Fernandez Moreno.

 

En defensa de Maripau

Publicado en De Otros. el 12 de Septiembre, 2006, 19:28 por tomasboasso

EL PERSEGUIDOR. CORTÁZAR (frag.)

–Bueno, de acuerdo, pero antes le voy a contar lo del métro a Bruno. El otro día me di bien cuenta de lo que pasaba. Me puse a pensar en mi vieja, después en Lan y los chicos, y claro, al momento me parecía que estaba caminando por mi barrio, y veía las caras de los muchachos, los de aquel tiempo. No era pensar, me parece que ya te he dicho muchas veces que yo no pienso nunca; estoy como parado en una esquina viendo pasar lo que pienso, pero no pienso lo que veo. ¿Té das cuenta? Jim dice que todos somos iguales, que en general (así dice) uno no piensa por su cuenta. Pongamos que sea así, la cuestión es que yo había tomado el métro en la estación de Saint–Michel y en seguida me puse a pensar en Lan y los chicos, y a ver el barrio. Apenas me senté me puse a pensar en ellos. Pero al mismo tiempo me daba cuenta de que estaba en el métro, y vi que al cabo de un minuto más o menos llegábamos a Odéon, y que la gente entraba y salía. Entonces seguí pensando en Lan y vi a mi vieja cuando volvía de hacer las compras, y empecé a verlos a todos, a estar con ellos de una manera hermosísima, como hacia mucho que no sentía. Los recuerdos son siempre un asco, pero esta vez me gustaba pensar en los chicos y verlos. Si me pongo a contarte todo lo que ví no lo vas a creer porque tendría para rato. Y eso que ahorraría detalles. Por ejemplo, para decirte una sola cosa, veía a Lan con un vestido verde que se ponía cuando iba al Club 33 donde yo tocaba con Hamp. Veía el vestido con unas cintas, un moño, una especie de adorno al costado y un cuello... No al mismo tiempo, sino que en  realidad me estaba paseando alrededor del vestido de Lan y lo miraba despacio. Y después miré la cara de Lan y la de los chicos, y después me acordé de Mike que vivía en la pieza de al lado, y cómo Mike me había contado la historia de unos caballos salvajes en Colorado, y él que trabajaba en un rancho y hablaba sacando pecho como los domadores de caballos...

–Johnny –ha dicho Dédée desde su rincón.

–Fíjate que solamente te cuento un pedacito de todo lo que estaba pensando y viendo. ¿Cuánto hará que te estoy contando este pedacito?

–No sé, pongamos unos dos minutos.

–Pongamos unos dos minutos –remeda Johnny–. Dos minutos y te he contado un pedacito nada más. Si te contara todo lo que les vi hacer a los chicos, y cómo Hamp tocaba Save it, pretty mamma y yo escuchaba cada nota, entiendes, cada nota, y Hamp no es de los que se cansan, y si te contara que también le oí a mi vieja una oración larguísima, donde hablaba de repollos, me parece, pedía perdón por mi viejo y por mí y decía algo de unos repollos... Bueno, si te contara en detalle todo eso, pasarían más de dos minutos, ¿eh, Bruno?

–Si realmente escuchaste y viste todo eso, pasaría un buen cuarto de hora –le he dicho, riéndome.

–Pasaría un buen cuarto de hora, eh, Bruno. Entonces me vas a decir cómo puede ser que de repente siento que el métro se para y yo me salgo de mi vieja y Lan y todo aquello, y veo que estamos en Saint–Germain–des–Prés, que queda justo a un minuto y medio de Odéon.

Nunca me preocupo demasiado por las cosas que dice Johnny pero ahora, con su manera de mirarme, he sentido frío.

–Apenas un minuto y medio por tu tiempo, por el tiempo de ésa –ha dicho rencorosamente Johnny–. Y también por el del métro y el de mi reloj, malditos sean. Entonces, ¿cómo puede ser que yo haya estado pensando un cuarto de hora, eh, Bruno? ¿Cómo se puede pensar un cuarto de hora en un minuto y medio? Te juro que ese día no había fumado ni un pedacito ni una hojita –agrega como un chico que se excusa–. Y después me ha vuelto a suceder, ahora me empieza a suceder en todas partes. Pero –agrega astutamente– sólo en el métro me puedo dar cuenta porque viajar en el métro es como estar metido en un reloj. Las estaciones son los minutos, comprendes, es ese tiempo de ustedes, de ahora; pero yo sé que hay otro, y he estado pensando, pensando...

Miniatura

Publicado en General el 12 de Septiembre, 2006, 16:56 por Euge

  

      Pocas veces me sentí tan nulo. Tan mínimo. Mientras escapaba de allí esquivando cucarachas que bloqueaban el paso. Pobre pena alojada en el alma. Gotas que caen por el lavabo, socavando. Es lo único que escucho. Me sigo alejando. Guardo cosas en la mochila sin distinguir. Abrí la agenda sin sentido, aparece el rezo a San Expedito. ¿Sirve para algo rezar? Antes, quizás. De abajo llega un sonido estridente, el silencio, la indiferencia atroz. El espejo es mentiroso, distorsiona la idea, igual que ellos. Respirar es fácil, quererlo no tanto. Me quiero ir. Desaparecer si es posible. Pero como pesan mis pies, los arrastro...y respiro. Yo sé que puedo.

      Me enseñaron que está mal, pero que lindo que es odiar. No me gusta, pero es la única manera de aliviar mis pasos. Aún así tropiezo con mi sombra errante, pero el odio me levanta, inflo el pecho y sigo camino. Ya bajé las escaleras, mi orgullo está en eso.

      Estoy llegando a la puerta, no levantes la mirada, me digo. Sé que está ahí, indiferente. Me choca. Otra vez me vuelvo nulo. Mínimo. Los golpes practicados fueron huecos, ojalá algún día le duelan. ¿O no es humano acaso? Se dirige a mí como si nada hubiera pasado, que lujos se dan algunos. En mi garganta se estacionan mil y un gritos, preocupados, el espacio escasea. El tiempo es impiadoso con quienes lo contemplan, pero implacable con quienes lo evitan. Es asfixiante ser.

      Ya traspasé el umbral, vuelvo en sí. El sol y el aire invernal me abrazan con dulzura. Voy a estar bien. Puede ser. Solo quiero que el espejo no vuelva a mostrarme su imagen. ¿Dios juega a los dados con los hombres?  Algún día va a perder.

sin palabras...

Publicado en General el 12 de Septiembre, 2006, 16:21 por MScalona

Torre de libros Lámina por Quint Buchholz en este caso, las palabras pónganlas ustedes

I D E A ...

Publicado en De Otros. el 12 de Septiembre, 2006, 14:19 por MScalona

 

Si Muriera esta Noche

 

 

Si muriera esta noche
si pudiera morir
si me muriera
si este coito feroz
interminable
peleado y sin clemencia
abrazo sin piedad
beso sin tregua
alcanzara su colmo y se aflojara
si ahora mismo
si ahora
entornando los ojos me muriera
sintiera que ya está
que ya el afán cesó
y la luz ya no fuera un haz de espadas
y el aire ya no fuera un haz de espadas
y el dolor de los otros y el amor y vivir
y todo ya no fuera un haz de espadas
y acabara conmigo
para mí
para siempre
y que ya no doliera
y que ya no doliera




IDEA  VILARIÑO

 

Alarma.

Publicado en General el 12 de Septiembre, 2006, 13:21 por maripau.-

.

el Tiempo es increíble. 

el final de Tabaquería...

Publicado en De Otros. el 12 de Septiembre, 2006, 12:59 por MScalona


Pero de pronto, un hombre

ha entrado en la tabaquería

(¿a comprar tabaco?),

y la realidad plausible cae de repente

encima de mí.

Me incorporo a medias con energía,

convencido, humano,

y voy a tratar de escribir estos versos

en los que digo lo contrario.

Enciendo un cigarrillo al pensar en escribirlos

y saboreo en él la liberación

de todos los pensamientos.

Sigo al humo como a una ruta propia,

y disfruto, en un momento sensitivo y competente,

la liberación de todas las especulaciones

y la conciencia de que la metafísica

es una consecuencia de encontrarse enfermo.

Después me echo para atrás en la silla

y continúo fumando.

Mientras me lo conceda el destino

seguiré fumando.

(Si me casase con la hija de mi lavandera

a lo mejor sería feliz.)

Visto lo cual, me levanto de la silla.

Me voy a la ventana.

El hombre ha salido de la tabaquería

(¿metiéndose el cambio

en el bolsillo ?)

Ahí le conozco... es el Esteves, sin metafísica.

(El propietario de la tabaquería

ha llegado a la puerta.)

Como por inspiración divina,

Esteves se ha vuelto y me ha visto.

Me ha dicho adiós con la mano, le he gritado

¡ Adiós, Esteves !,

y el Universo

se me reconstruye sin ideales ni esperanza,

y el propietario de la tabaquería se ha sonreído.


 

Fernando  Pessoa,     Portugal 1888-1935

LORE... lo prometido... más Houllebecq...

Publicado en General el 12 de Septiembre, 2006, 1:06 por MScalona

Michel -7

Este recuerdo tan poco lucido me llevó al final de la noche, tras un insomnio casi completo, a esbozar un guión al que puse por título provisional Un Empome en la Autopista, que debía permitirme combinar astutamente las ventajas comerciales de la pornografía y las de la ultraviolencia. Por la mañana, devorando brownies en el bar del Lutetia escribí la secuencia previa a los créditos.

Una enorme limusina negra  (tal vez un Packard de los años sesenta) circulaba a poca velocidad por una carretera rural, en mitad de praderas y matorrales de retama de un vivo color amarillo (pensaba rodar en España, probablemente en la región de Las Hurdes, muy bonita en mayo); al circular emitía un gruñido sordo (tipo bombardeo que vuelve a la base).

En medio de una pradera, una pareja hacia el amor en plena naturaleza (era una pradera muy florida, con hierbas altas, amapolas, ancianos y flores amarillas de cuyo nombre no me acordaba en ese momento, pero anoté al margen: "Exagerar las flores amarillas"). La chica tenía la falda remangada y la camiseta remangada por encima de los pechos, en resumen, parecía una zorra de primavera. Le desabrochaba el pantalón al chico y lo gratificaba con una felación. Al fondo, un tractor parado con el motor en marcha hacía pensar que se trataba de una pareja de agricultores. Una mamadita entre faena y faena, la Consagración de la Primavera, etcétera. Pero un travelling hacia atrás no tardaba en informarnos de que los tortolitos se revolcaban en el campo visual de una cámara, y que en realidad se trataba del rodaje de una película pornográfica; probablemente de bastante calidad, porque había un equipo completo.

La limusina Packard se detenía, dominando la pradera, y de ella salían dos ejecutores con trajes cruzados de color negro. Ametrallaban sin piedad a la joven pareja y al equipo. Dudé, y luego taché "ametrallaban": mejor un sistema más original, por ejemplo que lanzaran afilados discos de acero que surcarían el aire para seccionar las carnes, sobre todo la de los dos amantes. No había que escatimar, se imponía cortar la pija de un tajo en la boca de la chica, etcétera; en fin, necesitaba lo que mi director de producción en Diógenes el cínico había llamado imágenes enrolladas. Anoté al margen: "Pensar en un sistema arrancatestículos".

Al final de la secuencia, un hombre gordo con el pelo muy negro y la tez grasa marcada de viruela, vestido también con un traje cruzado negro, salía de la parte trasera del vehículo acompañado de un viejo esquelético y siniestro, a lo William Burroughs, cuyo cuerpo flotaba dentro de una gabardina gris. Éste contemplaba la carnicería (jirones de carne roja en la pradera, flores amarillas, hombres de negro), suspiraba levemente y se volvía para decirle a su compañero: "Una moral segura, John".

Tras diversas masacres, perpetradas sobre todo contra parejas jóvenes, por no decir adolescentes, resultaba que aquello poco recomendables colegas eran miembros de una asociación de católicos integristas, quizás afiliada al Opus Dei; en mi opinión, esta puja contra el retorno del orden moral me valdría la simpatía de la crítica de izquierdas. Sin embargo, un poco más tarde se revelaba que a los ejecutores los filmaba un segundo equipo, y que el verdadero objetivo del asunto no era la comercialización de películas porno, sino de imágenes ultraviolentas. Relato dentro del relato, película dentro de la película, etcétera. Un proyecto infalible.

En resumen, como le dije a mi gente esa misma noche, estaba avanzando, trabajaba, vamos, que estaba recobrando el ritmo; él dijo que se alegraba muchísimo y me confezó que había llegado a preocuparse. Hasta cierto punto, yo era sincero. No fue hasta dos días después, al subir al avión que me llevaría de vuelta a España, cuando me di cuenta de que nunca iba a terminar aquel guión, ni mucho menos a dirigirlo. En París hay una cierta agitación social que te da la impresión de tener proyectos; sabía que en cuanto estuviera de regreso en San José me quedaría paralizado por completo. Por mucho que me hiciera el elegante, me estaba encogiendo como un mono viejo; me sentía mermado, menoscabado, más allá de lo posible; mi manera de refunfuñar y mascullar ya era la de un viejo.

Tenía cuarenta y siete años, hacía treinta que me había propuesto hacer reír a mis semejantes; y estaba acabado, hecho mierda, inerte. La chispa de curiosidad que subsistía en mi forma de mirar el mundo se apagaría pronto y sería como las piedras, con el añadido de un vago sufrimiento. Mi carrera no había sido un fracaso, al menos en términos comerciales: si agredes al mundo con suficiente violencia, él te acaba escupiendo un tocazo de guita; pero nunca, nunca te devuelve la alegría.




Michel Houllebecq 

LA POSIBILIDAD DE UNA ISLA   p.  145-147

           

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-